Dos puntos: de José Israel Carranza
Leer pdfLeer, muchas veces, es retomar una conversación. Hay libros cuya lectura se siente muy parecido a esas charlas que se entablan con los verdaderos amigos, esos con quienes los saludos vienen sobrando. Algo así experimenté al acercarme al nuevo libro de José Israel Carranza. A quince años, casi dieciséis, de la publicación de Las encías de la azafata, la lectura de Dos puntos: es una buena respuesta al ¿y dónde nos quedamos?, que reaviva una plática tras una pausa. En estos nuevos textos: aparecen temas que son familiares a la obra del ensayista tapatío: el polémico gozo de fumar cigarros, las antipatías provenientes de los años escolares, el calculado deseo de preservar algunos sitios distintivos de Guadalajara ante sus infinitos cambios, la presencia tutelar de Arreola. Se trasluce también —a veces muy en el fondo y otras tantas con absoluta transparencia— un deseo de escribir no únicamente para registrar la memoria, sino para aquilatar, moldear, e inclusive reinventar el paso del tiempo. Existen pocos ensayistas contemporáneos, como José Israel Carranza, que hayan apostado a confeccionar, con verdadera insistencia, un estilo. Un estilo del mirar —cuya óptica suele estar teñida por la neurosis, la nostalgia y hasta la indignación—, pero sobre todo de la prosa. Esta observación puede parecer menor, quizá inclusive manida. Tantas veces se subraya el “trabajo con el lenguaje” de un autor al punto que se ha convertido en un lugar común de la crítica, un cliché muchas veces usado para subrayar, de forma pomposa, apenas cierta belleza en la redacción. Pero en el caso de Carranza no me parece una afirmación menor ni, mucho menos, una palmada en la espalda para salir al paso. Hay algo en su escritura que resulta desafiante: su prosa es dichosamente alambicada, un engorro que se disfruta y que, en mi opinión, constituye uno de sus mayores aciertos. Al ensayar, inventa un español propio. No necesita firmar los textos para que uno lo reconozca. Oraciones larguísimas —de respiración extenuante—; un registro formal que se salpica con la simpatía de palabras coloquiales y hasta malsonantes —cuando no determinadamente peladas, pero que, con gracia, logran convertir un insulto, como “mamada”, en una estricta categoría de análisis estético—; un uso impertinente, pero exactísimo, de los signos de puntuación. Esos dos puntos que dan título al libro son marca de la casa: usados con holgura, permiten acoger enumeraciones y sentencias, una frente a otra, concatenadas con agitación.1 Urden también, por supuesto, ese título tan incómodo de pronunciar cuando uno le solicita un ejemplar al dependiente de una librería; un título en cuya inconveniencia se atisba el interés por instalar las posibilidades de lo ajeno y de lo excéntrico. Esos dos dos puntos, quiero imaginar, funcionan como una doble manera de llamar la atención sobre lo que vendrá: no solamente el contenido de una cavilación, sino también en torno a su forma. A veces da la impresión de que ese editor tan hábil que es José Israel Carranza usa su sabiduría ortotipográfica para sembrar el caos en su ensayística: con inteligencia logra convertir en virtudes los aparentes defectos que cualquier corrector de estilo procuraría enmendar a golpe de manual. Esa escritura tan caprichosa como elegante resulta exigente en la lectura, pero también reconfortante. Pienso esto último tras terminar Dos puntos: porque, en tiempos en los que escribir se ha vuelto una actividad ejecutada masivamente por las máquinas, toda escritura anómala nos recuerda que el estilo es la mayor rebeldía contra esa homogeneización. En Carranza, además, se ha vuelto un ejercicio sin sosiego: en publicaciones periódicas, en el anonimato de la labor editorial, hasta en sus correos electrónicos y reclamos al pésimo servicio de Megacable,2 persevera en la búsqueda del ritmo y de la agudeza. Es un escritor de tiempo completo. Ahora que el ensayo literario parece haberse hermanado sin remedio con la escritura autobiográfica, es estimulante recordar, con libros como el suyo, que ese yo tan importante para toda ensayística no únicamente se crea a partir de la anécdota confesional o el uso de un pronombre; puede consolidarse en la creación de una lengua individual. Su prosa es juguetona y tupida, sin dejar de resultar conversacional y de regalarnos hallazgos redondos como “un diario en verdad sincero tendría que ir borrándose a medida que va siendo escrito”. Responde a una compulsión mayor: captar la volatilidad, los giros y escarceos del flujo mental.3 Muy en sintonía con Mallarmé, dirían algunos; vocación también muy patente en su novela Tromsø (2018), donde ese monólogo que da cuenta de la vida interior del narrador nos confronta con la sensación de que nunca podremos comunicar el pensamiento a plenitud, sólo a retazos. Dos puntos: también insiste en esa voluntad, de ahí que no comunique ideas desnudas ni dichas de manera escueta, sino que se interese, principalmente, en capturar el ritmo de una cavilación. Reducir un libro como éste a sus asuntos tratados —la infructuosa escritura de los diarios, el odio al aguacate, la vergüenza y la rabia de tirar un café recién servido, el deseo frustrado de tener barba— sería achatar su búsqueda más importante: la de fabricar una escritura porosa que se parezca más a ese regodeo mental que nos azota repentinamente, que capture sus desvaríos, sus distorsiones y su emoción. Si a ratos en Dos puntos: descubrimos una voz autoconsciente que se sabe redactando esas mismas líneas, es porque deja plasmada la elección no de escribir el pensamiento, sino de pensar mediante la escritura. Aunque en el posfacio del texto se deje en claro que hay opiniones que cambian, hábitos que se han dejado atrás y lugares en la ciudad borrados por la mancha del tiempo, en esos rasgos estilísticos radica la perennidad de los ensayos de José Israel Carranza. Su antojo constante por poner a prueba el sentido común y sus felices hallazgos sobre lo cercanos que pueden ser el ensayo y la estampa y el poema en prosa, hacen de esta lectura un reencuentro con el placer de especular. No pocas veces he escuchado el reclamo de que cierto tipo de ensayo —ese que aspira a leerse como literatura— puede ser entretenido y disfrutable, pero siempre estará falto de profundidad. Nada podrá resolver en tan pocas páginas, le falta informarse, le falta bibliografía, carece de una investigación que arroje datos originales o nuevas certezas; parece que esas demandas constituyen otras maneras de exigir que un texto sea exhaustivo para que tenga algún “aporte”. Pero, hoy que la tecnología nos permite peinar bibliotecas enteras en segundos, ¿qué tanto valor existe en esa compulsión por querer agotarlo todo? Hay otro ensayo: el ensayo espeso. Breve, pero denso. Tan concentrado que podría ser untable. Esa escritura que no logrará colmarse de todos los libros publicados ni tampoco habrá de minar los recursos del pensamiento hasta verlos extintos, sino que lleva a cabo, con verdadero ímpetu, un fin mucho más modesto: hacernos olvidar, por un momento, su humildad y sus carencias, deslumbrados al notar que, incluso, una pequeña chispa puede volverse incandescente.
José Israel Carranza, Dos puntos:, UNAM, Ciudad de México, 2025.
Imagen de portada: Piet Mondrian, Composición en color A, 1917. Kröller Müller Museum, Países Bajos.
Valga este fragmento como ejemplo: “Tal remedo de voluntad consiste, precisamente, en las fórmulas económicas que van datando cada uno de nuestros actos: las palabras en las que suponemos están las claves por las que perviven los mundos que atravesamos alguna vez (y nuestras sombras en ellos): las palabras: los conjuros deficientes con que buscamos regresar a esos mundos, tan irrecuperables como inservible sería nuestra presencia en ellos si nos fuera dado visitarlos de nuevo”. ↩
Como cuando se pregunta, en un ejercicio de libre asociación: “¿Por qué son parejas, en su gravedad, así sea por un instante, la errata detectada cuando el libro ya está no sólo impreso sino además distribuido, y la llegada al poder de un cretino en turno, y la necesidad inesperada de cumplir un trámite grotesco, y la revelación tardía de que uno dijo que sí cuando quería decir que no?”. ↩