La vida por el escenario
Leer pdfGloucester, teach me to forget myself.
WILLIAM SHAKESPEARE
Hace un par de semanas, después de su primera función como actriz de teatro, mi hija de siete años me dijo: “Primero estaba nerviosa, pero en cuanto el público empezó a reírse, me sentí libre, como si volara”. La entendí a la perfección, pues desde hace varios años yo siento lo mismo, aunque quizá me tomó más tiempo que a ella poder enunciarlo de manera tan clara y sentirme tan conectada en escena. Al escuchar a mi hija recordé todas las veces en que yo, después de tantos años de ser actriz, me he sentido libre en el escenario, mucho más que en la vida misma. Cuando recibí la invitación para escribir este texto sentí muchísima alegría y empezaron a pasar por mi mente las miles de cosas que he ido aprendiendo durante toda mi vida (parece exagerado lo de “toda mi vida”, pero empecé a actuar a los tres años, en la pastorela que hacía mi papá, y siempre supe que quería ser actriz, o que, de alguna manera, yo ya lo era). Luego pensé en los altibajos de mi profesión y, por momentos, me concentré más en los bajos —las dificultades de enfrentarme una y otra vez al rechazo y a las críticas y el hecho de pasar más tiempo buscando trabajo que trabajando, actuando, pues—. Después relajé el cuerpo (eso ayuda para todo en la vida) y observé con más amor estos cuarenta años siendo actriz: las oportunidades tan valiosas que he tenido, las personas tan hermosas con las que he conectado de diversas maneras, los personajes que se han quedado marcados en mi corazón y, algunas veces, también en el del público; pude observar mi vida como un todo: lo que he hecho dentro y fuera del escenario o en el set de filmación. Al final, me sentí profundamente agradecida y conmovida por el camino recorrido e ilusionada por los años que, ojalá, me queden por delante. Vengo de una familia de actores; crecí, igual que mis hijos, entre camerinos, giras y ensayos. Mi papá, Alejandro Aura, era actor de teatro y habría trabajado en cine si no se le hubieran cerrado las puertas, en algún momento de su carrera, por temas sindicales e ideológicos. Mi tía, Marta Aura, fue actriz de teatro, cine y televisión. Me parece que a ellos dos nunca les escuché decir lo que mi hija puso en palabras con tanta claridad, pero creo que todos sentimos esa necesidad de ser alguien más, de ser libres de nosotros mismos. Mis hijos, los dos, han picado el anzuelo de la actuación y he visto en ellos esa euforia que nos queda a los actores después de una función de teatro, o de un largo y extenuante llamado de cine; he escuchado sus conversaciones, obsesionados con los detalles de la escena, por ejemplo, sobre en qué momento empezar a hablar: justo entrando al escenario o dos segundos después de dar un par de pasos; los he visto imaginar y proponer vestuario, situaciones, utilería para llevar en las manos. Observo en ellos todas las preocupaciones y deseos que yo experimento cuando busco que una escena sea perfecta, y me resulta más fácil entenderme viendo en ellos mis propios conflictos: al atestiguar cómo sufre mi hijo mayor al pensar que otro actor pueda hacer su personaje, como si fuera un tesoro que por nada del mundo quisiera perder, veo mi propio miedo a no ser indispensable. Se hace entonces más presente el temor a llegar tarde a preparar mi función y no tener tiempo suficiente para concentrarme, revisar siete veces mi utilería, repasar diez veces mi texto, releer la biografía de mi personaje, sus motivaciones y objetivos, calentar la voz y el cuerpo, conectar con mis ancestros, sentir la energía del público, respirar con los compañeros antes de salir a escena. No tuve la fortuna de crecer con una generación de actrices y actores que nos apoyáramos unos a otros; tuve otros privilegios, me queda claro, pero no ése en particular, ya que estudié en otro país, así que he sentido solitaria la profesión (actores y actrices tenemos que estar siempre muy atentos de nuestro ego, que nos hace creer que somos importantes, ya sea de forma positiva o negativa: “la mejor”, “la peor”), como si nadie me entendiera y yo fuera la única que siente angustia ante la perspectiva de que nunca más me contraten. Es chistoso que, cuando he podido platicar con actrices y actores a quienes admiro mucho, he descubierto que casi todos tenemos las mismas preocupaciones. Como soy muy suertuda encontré a quien ahora es mi esposo, Alonso Barrera, director, dramaturgo y productor, quien, además, tiene su propio foro, un sueño para todos los que hacemos teatro. Junto a él he podido hacer los mejores personajes de mi vida; ha sido un cómplice que me entiende y me ha apoyado siempre para generar nuestros propios proyectos y no sentirnos tan solos en el camino.
Casa inclinada Alberta, Canadá, 2004.
Ser hija, hijo o esposo de una actriz tampoco es fácil. Mi familia ha tenido que soportar mis vaivenes de ánimo cuando termino un proyecto y paso de reina del set a reina del hogar; ese cambio de ritmo no es fácil y hay consecuencias para mi familia, además de la cantidad de cumpleaños, funerales y fechas importantes a las que he faltado. Al mismo tiempo, mis hijos tienen la ventaja de tener una mamá capaz de sentir profundamente el amor, que puede jugar y que tiene, en general, menos prejuicios. En la película Coraje (2022), de Rubén Rojo Aura (mi primo), en algún momento Marta Aura dice: “yo no nací para ser mamá, nací para ser actriz”. Es muy duro escucharla decir algo tan fuerte, tomando en cuenta, además, que su hijo es el director de la película, pero si la escuchas con compasión puedes entender la cantidad de presión extra que hay sobre las mujeres que somos actrices. Ser mamá ha sido, en sí, una profesión de tiempo completo y compaginarla con la carrera de actriz no es fácil. Estudié en una muy buena escuela de actuación en Nueva York, el Stella Adler Studio of Acting, y creo que salí muy bien preparada porque, en cuanto terminé, conseguí trabajo y de ahí en adelante me fue muy bien varios años, hasta que me fue mal y, después, de nuevo bien… Ser actriz es una profesión de riesgo: nunca tienes nada seguro; cuando terminas un proyecto, pueden pasar meses o incluso años hasta que consigas otro papel. No tener certezas alimenta la inseguridad que, de por sí, todos los actores y actrices tenemos; no es gratuito que nos sintamos más libres siendo alguien más. Sin embargo, he observado que las experiencias de la vida nos van haciendo mejores intérpretes, porque si bien los personajes y las situaciones que actuamos no son reales, necesitan llenarse de una verdad que no se puede fingir del todo, que requiere experiencias de vida para encarnar la profundidad que esa persona ficticia experimenta. Con los años he aprendido que actuar, como casi todo lo bueno de la vida, es compartir. Cuanto más procuro darles a mis compañeros en escena, más logro olvidarme de mí misma y ser más libre, conectar mejor con los espectadores. Por otro lado, cuando actúas para cine, el trabajo es tan interno que debe ser imperceptible. Estoy consciente de que, en mi caso, las ganas de actuar hacen que me esfuerce de más y eso se nota en cámara. Aprender a ser una buena actriz toma tiempo, sobre todo para los que no nacimos con un talento natural, sino sólo con la vocación y una enorme pasión. Creo que con los años me he ido haciendo mejor intérprete, aprendiendo más y más, aunque aún me quede mucho por asimilar.
Caroline corriendo a través de una puerta, Monkton, Maryland, 1999.
Hace un par de años empecé a meditar; es interesante la cantidad de coincidencias que existen entre meditar, entrenar la mente para concentrarse en un solo objeto de atención y actuar en escena. Cuando meditas tienes que dejar ir cualquier pensamiento, cualquier otro estímulo, sin bloquearlo ni rechazarlo, sólo observarlo y dejarlo pasar. Actuar funciona igual: la mente quiere meterte el pie constantemente, hacerte pensar en tus inseguridades, tus carencias o defectos, y tú tienes que traer de vuelta, una y otra vez, el objeto de atención que es la escena. Pienso que los actores desarrollamos tanto la imaginación y la atención que para nosotros es más fácil meditar. Hay otro obstáculo que no tiene el resto de las personas, o quizá no todas: tenemos, como ya dije, un ego muy grande y una enorme tendencia a centrar nuestra atención en nosotros. Es ahí donde entra el trabajo personal y de consciencia, pues debemos desarrollar la capacidad de olvidarnos de nosotros para poder ser buenos actores pero, sobre todo, para sufrir menos en el día a día; para poder escuchar, interactuar, tocar a la otra persona y al público. Para actuar tienes que ser humilde, olvidarte del personaje que has creado en la vida real para protegerte de sus golpes, dejar de lado la idea que has construido de ti y deshacerte de todas las otras máscaras para ponerte la del personaje que te toca interpretar, sin que tu personalidad, fuerte y marcada, nuble tu juicio o manche a la persona ficticia a la que das vida. Me encanta ser actriz porque a través de los personajes he podido sanar mis propias heridas y quizá, también, las de otras personas. Pero actuar no es terapia, aunque el objetivo de todos en el mundo consista en ser felices y cada uno lo persiga con los medios a su alcance. La herramienta de nosotros los actores es encarnar diferentes historias y buscar en nuestro interior los sentimientos, las emociones, la comprensión en torno al comportamiento humano para entendernos mejor a nosotros mismos. Actuar es explorar, volver a abrir heridas para cerrarlas. Manipulamos a nuestra mente para creer situaciones imaginarias que cualquier persona en su sano juicio preferiría no sentir, no ver; nosotros nos metemos al lodo de nuestros propios dolores y de los sufrimientos ajenos para darles vida, para sentirlos a través de nuestro cuerpo y nuestra mente. Somos los conejillos de indias que viven las emociones por el público; somos el laboratorio a través del cual las personas, que no pueden gritar y llorar y matar, consiguen vivir lo que necesitan procesar. Actuar es un acto de generosidad: es poner nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro corazón al servicio del espectador para que, a través de nosotros, experimenten todo lo que no pueden o no se atreven a sentir. He pensado mucho en las consecuencias que esto tiene para nuestra salud mental. Por ejemplo, cuando estuve embarazada, me preguntaba si tantas emociones en escena podían llegar a mis hijos a través de mi panza. ¿Qué tanto se cree mi mente las situaciones ficticias que interpreto? El dolor, el enojo, el resentimiento, el odio, el amor, el deseo; los actores estamos dispuestos a experimentarlo todo como si fuera verdad, y eso es divertido, pero seguramente conlleva consecuencias físicas y mentales. No es gratuita la cantidad de actrices y actores con trastornos emocionales, aunque, pensándolo bien, toda la humanidad presenta trastornos psicológicos, sólo que la salud mental de los actores, sobre todo en el caso de los más famosos, se visibiliza más. Lo cierto es que nosotros vivimos situaciones imaginarias de todo tipo y muchas más emociones de las que la gente vive normalmente. La satisfacción después de un día de llamado o de una función de teatro (y el hambre que te da) son experiencias que desearía para todas las personas. Los actores nos llenamos de la energía del público, de nuestros compañeros de escena y de la propia y, al menos yo, podría actuar sin parar durante horas sin sentir cansancio o hartazgo, porque no hay nada que disfrute más que la actuación: una alianza entre la mente, el cuerpo y los demás; un estado de concentración que me llena por completo. Por eso los actores sufrimos mucho cuando no tenemos trabajo —esto sí lo he podido compartir con compañeras y colegas—: sentimos que nos apagan la luz, que dejamos de existir; haríamos cualquier cosa por un papel, un momento de ficción, dejar de ser nosotros: la misma cara en el espejo, sin nadie que nos mire.
Mujer equilibrándose sobre una rama, Snedens Landing, Nueva York, 1998.
He reflexionado también sobre el papel de la fortuna respecto de los personajes que me proponen, pues suele ocurrir que hay algo de mi energía que necesita procesar situaciones particulares. A través de diversos personajes he entendido mis propias heridas y sombras y me he liberado de prejuicios y miedos. No se trata de ponerse en un plan místico, pero hay algo de mágico en usar el nombre y la ropa de otra persona. El proceso de casting suele ser cansado e incluso doloroso; una actriz como yo puede grabar más de veinte audiciones antes de obtener un papel. Y ¿qué es lo que hace que te quedes con uno en particular? Por supuesto que el talento es necesario y es importante tener el tipo físico que requiere el personaje; no obstante, la elección me parece bastante mágica: o esa persona ya existe en mí o hay algo de ella que yo tengo que procesar o no me van a dar el papel. Recientemente, hubo dos castings en los que sí me quedé y pude interpretar dos personajes muy fuertes para cine: Margarita, en Hombres íntegros (2024), de Alejandro Andrade Pease, y Elisa en Infinito (cicatrices de Júpiter), de Ana Laura Calderón. Estoy segura de que ambas mujeres ya vivían en mí. Porque si bien pasé por el proceso de selección como otras tantas veces, al interpretarlas sentí que yo no tenía que hacer nada, que se estaban interpretando a ellas mismas, sí, a costa de mi dolor, y sí, con mucho trabajo previo de ensayos, imaginación, preparación física y mental… Pero Elisa y Margarita ya existían y necesitaban contar sus historias. En ambos casos, durante el rodaje de las escenas, mi mente estaba completamente atenta, presente y sin distracciones; mi mente estaba en mi cuerpo y no había nada más que ese momento perfecto en el que ellas existían. En cada ocasión, cuando terminé de filmar, hubo una cuota emocional, semanas soltando a Margarita y a Elisa y recordándome a mí misma que esas no son mis vidas, que yo tengo una existencia bastante simple, fácil y, por fortuna, muy hermosa y feliz. Pero, cuando una conexión así se da con un personaje, cuesta trabajo desprenderse de su forma de ver el mundo, de sus afectos y sus aversiones. Aunque hay una cuota emocional, creo que soy una mejor persona gracias a los personajes que me ha tocado “ser”; han alimentado mi vida mientras yo alimento a estas personas ficticias con mis propias vivencias. Las amo a todas y deseo que, en ese universo alterno donde existen, puedan ser felices y cumplir sus deseos. En otras ocasiones, actuar no es tan mágico y tienes que sacar del sombrero todo: el oficio, la técnica, la voz, el cuerpo, el trabajo de mesa, la forma, el fondo, la respiración, la relajación, la escucha, todas ellas herramientas indispensables, pero hay otras veces en que todo eso pasa a segundo plano y, aunque está ahí, no ocupa mi mente. Entonces se da una buena actuación y se siente como volar. Me ocurre, sobre todo, cuando me toca actuar con actores hipertalentosos, entonces no tengo que hacer nada, sólo permitir que la escena suceda, escuchar y reaccionar. Me apena hablar de la actuación como si yo tuviera alguna verdad cuando, en realidad, cada día que pasa siento que sé menos cosas y que tengo el mundo entero por aprender, pero al mismo tiempo, conforme maduro siento un mayor agradecimiento por mi oficio, por haber tenido esta vocación toda la vida y por las personas que hacen posible que yo sea todas ellas. Sólo me queda una enorme ilusión por descubrir cuáles nuevos personajes interpretaré en los años venideros.
Escucha el Bonus track de María Aura Boullosa, con Fernando Clavijo M.
Imagen de portada: Rodney Smith, Viktoria bajo la pantalla de una lámpara, Rhinebeck, Nueva York, 2011. Copyright de Rodney Smith Ltd. Todas las imágenes son cortesía del Museo Franz Mayer y forman parte de su exposición Surreal.