dossier Gatos ABR.2026

Aura García-Junco

La loca de los gatos busca roomie

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Para mis amigas que viven solas con sus gatos


I. El silencio

Mi departamento es un lugar, más que nada, de silencio. Entre los tenues rayos de luz polvosa que se cuelan por las persianas, abro los ojos sin el sonido de un despertador. Estiro el cuerpo bajo las cobijas sin ningún humano cerca. La mayor parte de los días, sólo Nini, mi gata bicolor, se estira conmigo. Tensa los músculos de sus patas peludas y suaves y saca levemente las uñas en el proceso. Me mira con los ojos a media asta y nos damos las buenas, cada una a su manera: ella con un ronroneo delicioso y prolongado y yo con mis caricias y besándola con los ojos. ​ Vivo sola con tres gatos. Suelo inaugurar con ellos mi capacidad de emitir sonido, diciéndoles cosas como: “¡No, Caos, esas croquetas te dan diarrea!” o “¡Hestia, deja de joder a Nini!” o “Nini, buenos días, te amo con todo el corazón”. Hablo poco en mi vida cotidiana y trabajo primordialmente en casa. Están, claro, las juntas, los clubes de lectura, las entrevistas, todas ellas por Zoom, que con frecuencia son otras formas de ejercitar mis cuerdas vocales. Fuera de eso, mis interacciones verbales en casa suceden casi exclusivamente por mensajes de Whatsapp o con algún repartidor que cumple la heroica función de sostener el enclenque mundo moderno que algún entrepreneur nos recetó y nosotras nos comimos con particular alegría. Un uso del lenguaje puramente transaccional. El silencio no llegó como una decisión consciente. No fue un proyecto ni una renuncia explícita. Llegó por acumulación, como tantas cosas en la vida adulta.

​ Los gatos son la criatura del silencio. Su paso por los cuartos del departamento es, a menudo, imposible de percibir. La pata trasera se posa en el lugar exacto donde estuvo la previa y así avanzan lánguidamente por este espacio sin eco. Sólo tiran cosas cuando juegan entre sí o cuando quieren que les escuche. Nini me saluda con un maullido igual cada mañana, agudo y breve. Caos, mi gato gigante, se harta de esperar que lo alimente y entonces se comunica de un modo extremadamente eficaz: parándose frente a mí donde tenga que hacerlo, el teclado, la estufa (ningún riesgo es demasiado con tal de conseguir su comida), o tirando algún objeto. Hestia, la menor, responde a su nombre con un sonido ronroneador parecido a un “mrrr”. ​ Tengo la tentación de decir que hablo con mis gatos para hablar conmigo misma, porque es obvio que no me entienden. No de la manera en que una persona lo hace, por lo menos. Sabemos que sí captan emociones e intenciones, incluso en las personas a su alrededor. Que saben su nombre, aunque harán lo que sea por dejarte claro que ese conocimiento no les obliga a honrarte con su atención. El lenguaje común tarda un buen rato en desarrollarse. El ritmo de los cuerpos, la medida del maullido en relación con el sonido de una voz. La forma en que tal o cual gato se tira de lado para que ¿le acaricies la panza?, ¿pongas tu mano ahí y te la haga papilla? Todos esos detalles que crean un ritmo compartido entre varias criaturas de especie diversa y común. Ése es un baile que he venido a aprender bien en estos trece años de cohabitar con felinos. ​ Quizás porque crecí entre hámsters y otras mascotas mucho menos domesticadas y legibles, la comunicación que se desarrolla entre gatos y humanos me fascina. Toma tanto tiempo empezar a entender a un gato, crear coreografías propias, pero hay algo de ese lenguaje que, estoy segura, cambia la forma de entender el mundo. Supongo que toda comunicación intensiva con animales no humanos lo hace en cierto grado. Al mismo tiempo, su falta de palabras dificulta definir a los gatos usándolas. Esa asimetría entre un animal que se expresa con acciones casi siempre sutiles y que está programado para ocultar muestras de debilidad vuelve su narración impresionista. La complejidad de este arte nos hace metaforizarlos, como se ha visto en tantas obras artísticas. Son símbolos de algo, a veces del propio deseo de quien escribe. Supongo que ésa soy yo en este momento. Mis gatos pagarán finalmente esas croquetas finas (carne en el caso de Caos, alérgico al gluten) prestándome su suave existencia para hablar de nuestra soledad acompañada. ​ Dije que los gatos son criaturas del silencio y ahora me pregunto por ello. Por eso que me ha llevado a vivir sola con mis gatos y no compartir mi espacio con seres cuyo lenguaje es, sin duda, más cercano al mío. Toda esta faramalla para preguntarme: ¿por qué no tengo roomies?, ¿por qué no vivo con mi pareja?, ¿qué tipo de vida produce un lenguaje casi sin eco?, ¿qué significa inaugurar la voz sin testigos humanos?

II. Hablar a la pantalla

En mi presente, que es el de muchas, si quiero ver personas tridimensionales, tengo que buscarlo o dejarme buscar. Esas interacciones son deliberadas y, casi siempre, gozosas. Sin embargo, a veces cansan. Cansa mucho que todo pase por una agenda, que haya que ir por ahí recordando: tengo que ver a tal o cual, es la fiesta de cumpleaños de sutanito o fulanita. Ejercitar la consabida logística para ejecutar ese encuentro: compaginar agendas igual de terribles; pedirle a Maps que te engañe diciéndote cuánto tiempo pasarás en el infernal trayecto; emocionarte porque no es tanto; constatar en el acto que era, de hecho, más prolongado; llegar tarde; ser feliz; volver a casa. Repetir. Fracasar con frecuencia, más de una vez, a la hora de quedar. Cancelar o ser cancelada. Frustrarte por eso y a la vez sonreír porque de todas maneras se antojaba ponerte la piyama a eso de las seis. ​ Quisiera que mis amigos se llevaran más con mis gatos. Quizás ésta es otra manifestación de que desearía que fuera más fácil integrar toda la vida. Que me diera el cansancio para ir a conocer a los papás de mis amistades, a la gente que más aman. Integrarnos. Al mismo tiempo, me cuesta. Se ha dicho en muchos lados que es increíble que tengamos en nuestro teléfono decenas de contactos, pero a la hora en que necesitamos que alguien alimente a nuestros gatos al salir de viaje, no hay nadie a quién llamar. Los mundos están tan separados, tanto geográficamente como en horarios y prácticas. Pienso: si le digo a Yaz o a Liliana que vengan, tendrán que venir desde el otro lado de la ciudad. Si le acepto a Gadi su oferta, vendrá entre sus jornadas laborales de lunes a domingo. Si Manya viene, ya no terminará a tiempo esa convocatoria. Todas lo harían. Yo lo haría por ellas, pero el miedo a incomodar me paraliza. No quiero ser la fricción en la vida de nadie.

​ Quizás si me da por hablar de esto es porque, en nuestra sociedad urbana, el gato es una mascota primordialmente de interiores. Es raro que las personas dejen salir a su gato a la calle. Pasear un perro es una actividad que puede fácilmente devenir social. Ocurren cosas, buenas, malas, simpáticas y psicóticas cuando paseas con un animal a tu lado en la jungla de otros seres. Los gatos rara vez dan la cara. Tan es así que las locas de los gatos reconocemos esa ventana donde se asoma un señor de pelaje azulado que nos deja acercarle un dedo para olisquearnos. ​ Un poco de demografía amateur de mi entorno. Si me pongo a pensar en mis amistades, las que son más cercanas a mi edad se encuentran en ese umbral que va cerrando los treinta o empezando los cuarenta. La estadística improvisada me dice que abundan lxs habitantes solitarixs de departamentos, más caros o menos céntricos, más o menos lo que sea, pero siempre a solas. Luego están las familias pequeñas y, en último lugar, una que otra persona que comparte hogar con un roomie. Nos vemos seguido, nos buscamos como si nuestra vida dependiera de ello. Y yo creo que en el fondo es así. ​ A mi alrededor se dividen las aguas entre quienes viven con su pareja o quisieran una pareja con la cual vivir y quienes preferimos no hacerlo. ¿Cuándo en la historia se ha visto algo así? Nunca, claro que nunca. Siempre pasa: nadie antes ha vivido como lo hacemos ahora porque las constelaciones humanas son tan flexibles como las ramas de los árboles que se adaptan al árbol vecino. La superabundancia de vivienda vertical, la clase media urbana mandándose sola y la muerte del matrimonio como la máxima obligación de la ídem clase social han hecho una fisura tremenda en nuestro suelo común.

​ Hay muchos deber ser distintos, unos con más prensa que otros. Un deber ser más mainstream: conseguir un trabajo bueno, ganar dinero, conocer a alguien, vivir juntxs, casarte aunque luego te divorcies. Un deber ser alternativo: vivir en soledad a partir de cierta edad. La única graduación posible de esa etapa casi inescapable del compañerx de piso es la pareja-familia o la soledad. Quien a los cuarenta “sigue” cohabitando con alguien que no tiene el sello social de “pareja” será el punch line de algún mal chiste. El humor y la burla siempre han sido también una forma de disciplinar. ​ Tengo amigas que no es que se estén haciendo ricas, pero logran pagar algo chiquito en alguna colonia no tan fina porque esa independencia es su prioridad. Tengo amigas, y es mi caso, con una pareja estable, pero no viven con ella. Supongo que habrá días en que hablan con sus gatas y nadie más. Con algunas de ellas tengo un chat en el que se dice mucho de mascotas, especialmente de gatos, como sin duda en otros debe hablarse de hijes. ¿Qué puedo decir? Queremos mucho a nuestros gatos. ​ Soledad o pareja, los dos caminos. Uno más nuevo y que se asume impermanente, mientras tanto. Cuesta mucho pensar que hace un siglo una mujer viviendo sola era una loca demente. Supongo que algo de eso queda flotando en el aire, no es que la reputación de la mujer que vive sola haya cambiado por completo. Al menos es sospechoso o un largo mientras se casa. Por otro lado, vivir en soledad es caro, mucho. Una locura también en ese sentido. Y encima: ¿es incapaz de conseguir pareja con la cual vivir o qué hace ésa viviendo así? (Es posible que yo misma me pregunte esto de vez en cuando.) ​ Me remito a las palabras de cierto innombrable miembro del gobierno de los Estados Unidos que se refirió, a modo de insulto, a un sector de las mujeres de izquierda como childless cat ladies. Supongo que no se esperaba (y/o no le importaba) una respuesta orgullosa por parte de muchas de mi clan. Todas esas amantes gatunas que, por un motivo u otro, no tenemos descendencia biológica. Es tan habitual el prejuicio de la loca de los gatos. Yo lo aprendí de Los Simpsons, con el personaje de igual nombre, una anciana muy sola y muy agresiva, con una cantidad ingente de felinos con igual grado de bravura. En esa misma serie aprendí que las hermanas de Marge eran solteronas que vivían solas y que no hay especie más condenable en el cosmos. Ya lo dije: el humor al servicio del disciplinamiento social. ​ Fuera de la caricatura, esa “loca de los gatos” existe y es de muchos géneros, pero priman las mujeres que, abandonadas de la mano de dios, y especialmente de la sociedad, se quedan solas con esos animales a la vez eternamente rebeldes e infinitamente gratificantes. Los animales están ahí cuando nadie más lo está. ​ Con los gatos no hay agenda. Quizás por eso funcionan tan bien como compañía en un mundo donde casi todo exige planificación, reciprocidad y rendimiento. Pero a la vez, pienso, ¿dónde está la fricción?

III. Fricción

Adoro el silencio, es mi tendencia natural. Me cuestan los sonidos constantes, me cuestan los gritos. Los puedo tomar a gotas. Sin embargo, pienso que a veces el ruido de las redes sociales contraviene los beneficios del silencio. No es que mi soledad sea siempre creadora. Muchas veces es sólo destructiva. ¿Valdría también la pena cuestionarlo? Yo creo que sí, pero de momento no sé cómo. ​ Este silencio mío llegó de manera gradual y sin que me diera cuenta. Mi casa de la infancia era tan ruidosa como cualquier otra. La música en las mañanas, el ruido de dos niñxs jugando, luego de dos adolescentes, cada uno con su propio itinerario. La televisión eternamente al fondo. Música cada fin de semana. El ejercicio de mi mamá por las noches. Mucho ruido de vecinos. Crecí en una unidad del ISSSTE, así que los departamentos eran pequeños y bastante pegados entre sí. Era más o menos imposible no enterarse de alguna intimidad vecinal. Luego, viví muchos años con roomies y luego, con una pareja. Hay que acoplar también los ritmos. Desde mis primeros compañeros de piso, que vivían en la fiesta, hasta el simple hecho de que hay gente a la que le gusta hacerse un licuado a las 7:00 a. m., el ruido y el encuentro son constantes. Mucho más si vives en los departamentos de un solo baño que son la norma. Coordinar momentos de regadera, ése deporte extremo. ​ Los gatos desacomodan cosas y si deciden tener una noche de aventuras, sin duda afectan el sueño, pero hay poco que organizar con ellos más allá de horas de comida y descanso nocturno. Incluso eso poco se pasa por alto porque son animales no humanos y siempre terminarás perdonándoles que te muerdan la cara en medio de la madrugada o uno que otro escapismo escatológico. Recuerdo un día en que estaba con un amigo en mi cocina y presenciamos el momento, casi en cámara lenta, en que mi gata, torpe por sus lesiones en las rodillas, se subía a la barra y, al resbalarse, se llevaba consigo una tetera de cerámica con una fina tapa de pulpo que mi amiga Bárbara hizo luego de horas y horas de moldear tentáculos. Él me miró con cara de: ésta se volverá loca ahora. Yo sólo me mordí el labio y dije: “estas cosas pasan”. Los gatos siempre enseñándonos sobre lo efímero, etc. Si Nini hubiera sido una persona, yo lo hubiera llevado con mucha menos elegancia. ​ Hay quien dice que un perro es mucho menos conflictivo que un gato, pero pienso que hay mucha más fricción en tener que sacar varias veces al día a un animal para darle la vuelta a la cuadra. Sí, un gato probablemente pase la mayor parte de su existencia ignorándote cuando lo llamas por su nombre (deliberada, descaradamente, incluso) y eso te puede llevar a entender de forma distinta el mundo si lo racionalizas, si le das tantas vueltas como muchxs escritorxs a lo largo de la historia han hecho: la templanza, la paciencia, etc. Pero en términos de mantenimiento, limpiar un arenero una vez al día y dar un puñado de croquetas es un mínimo tan mínimo que es poco. Nada que ver con las necesidades de una caminata que te saca al mundo. Quizás por eso lxs gatxs son las mascotas de quienes vivimos una vida intensamente cerebral.

​ Sin embargo, es cierto que un perro se puede educar y un gato es prácticamente un animal salvaje que, para su fortuna y su desgracia, se ve obligado a convivir contigo; ese animal que, según la académica Leigh Claire La Berge, ha sido el más disruptivo para el capitalismo por su reticencia a dejarse domesticar por completo. Siempre habrá algo levemente inconcluso al cohabitar con ellos. Pero siguen sin ser personas. No te dicen que dejaste la leche afuera y se agrió, no les dices que olvidaron lavar los trastes de nuevo, los puedes correr sin contemplaciones ni modales de un área de la casa si quieres estar sola, no pagan servicios ni renta y, por tanto, nunca hay peleas de dinero con esos seres de ojos enormes que sólo te demostrarían lo poco que les importa tu quiebra. ​ Recuerdo mucho la charla de la filósofa Francesca Gargallo en la que nos dijo que recientemente, luego de años de vivir sola, había decidido mudarse con más gente. Un proceso inverso al que suele estilarse. Vivir sola la había vuelto neurótica, dijo. Y además, alguna vez se desmayó y se dio cuenta de que era peligroso. Sin familia cerca, con hijxs ya emancipadxs y sin pareja, la opción era armar un entramado de amistades. Qué pregunta más curiosa es ¿con quién vivir? Entiendo que transparente privilegio. No todo el mundo puede hacérsela, pero igualmente me parece importante porque muchas personas ahora mismo nos encontramos en esa encrucijada que nunca antes, repito, había tenido sentido. ​ Convivir en una casa con personas es, no necesito decirlo, una negociación constante. Supongo que esa neurosis a la que Gargallo se refería es la que surge de querer que el mundo sea tal como tú mandas. Una pequeña dictadora de tu espacio doméstico. Dije supongo, pero quizás debería decir: me proyecto. Sueño con volver a cohabitar pero temo mucho. Se habla cada día más de que la vida contemporánea se aleja de la fricción. Puedes pagar con un clic sin meter los datos de tu tarjeta (ni reflexionar), puedes pedir comida y llegará a tu casa, puedes pedir un uber y no habrá necesidad de salir a la calle a cazar un taxi. Esta enumeración apenas da cuenta de cuán profundo es el cambio cultural. Vivir sola también, pienso, es una manera de evitar la fricción. ​ La historia del siglo XX, lo han dicho muchas personas, ha sido la historia de la exacerbación del individualismo. El cambio de valores ha permeado cada rincón de la experiencia humana. Los gatos me permiten hablar de casas y también de aquello que evitamos cuando decidimos no compartirlas.

IV. El miedo

Empiezo a preguntarme si mi resistencia a la cohabitación no tiene tanto que ver con una aversión personal como con una competencia aprendida, no tanto una fobia sino una alfabetización afectiva específica de mi tiempo. Hemos aprendido, con notable eficacia, a no quedarnos donde el roce se vuelve incómodo, a identificar muy pronto las señales de desgaste, a interpretar la fricción como advertencia. A veces esto es supervivencia pura y necesaria; otras, una falta de estrategias de conciliación. La convivencia, hoy, parece exigir una justificación constante. No basta con compartir un espacio: hay que quererlo activamente, celebrarlo, narrarlo. Cualquier incomodidad prolongada se lee como un error de diseño. La posibilidad de irse no es ya un último recurso, sino una condición de posibilidad del vínculo. Saber que podemos irnos tranquiliza tanto que a veces sustituye al trabajo de quedarse. ​ Durante siglos, la cohabitación estuvo sostenida por instituciones densas: la pareja, la familia, el matrimonio. Instituciones profundamente ambivalentes, capaces de producir cuidado y daño al mismo tiempo, pero también de absorber fricción. Las pocas opciones obligaban a aprender a convivir y, muchas veces, a enfrentar la violencia. No eran fácilmente reversibles, había algo que se perdía si se rompían. Esa pérdida, terrible en muchos casos, también producía espesor. Todavía pasa, pero ahora hay cada vez más huidas. ​ Las alternativas contemporáneas, en cambio, nacen bajo otro signo: el de la ligereza. No porque sean superficiales, sino porque están diseñadas para no fijarse demasiado. Mudarse, reconfigurar, disolver, volver a intentar. Todo eso es, sin duda, una conquista, pero al mismo tiempo instala una fragilidad nueva: el vínculo se sostiene mientras no incomode. Ahora no es que no perdamos al alejarnos de lxs otrxs, pero estamos más acostumbradas a ello y la sociedad tiene una flexibilidad más grande para absorber los cambios.

​ Empiezo a sospechar que mi miedo a cohabitar con algo que no maúlle no es una excepción, sino una forma extremadamente coherente de habitar este régimen afectivo. Una se siente única y detergente hasta que se da cuenta de cuánto hay del sistema en las decisiones individuales, aunque no sean tan típicas. Vivir con gatos, en ese sentido, resulta casi perfecto. Hay presencia, hay fricción sin consecuencias, hay cuidado cotidiano, pero no hay dolor (más allá de uno que otro rasguño). Yo digo de qué color es la alfombra, nunca tenemos Zooms simultáneos que tiran el internet. La convivencia se sostiene en el presente y sólo en el presente. Los gatos no sustituyen vínculos humanos ni los caricaturizan: no son hijos, pareja o metáfora compensatoria. Son cuerpos que cohabitan sin promesa de proyecto y, por tanto, sin decepciones. No me queda duda, como una crazy cat lady simpsoniana en potencia, de por qué una persona con problemas de convivencia de cualquier tipo se quedaría con una legión de éstos. ​ El problema para mí no es la soledad, sino la imaginación. Hemos heredado un repertorio mínimo de formas legítimas de convivencia: pareja, familia nuclear y, excepcionalmente, comunidad. Todo lo demás aparece como tránsito, etapa o falla. Vivir sola (con o sin gatosidades) se interpreta como antesala o como derrota, rara vez como una forma estable de habitar, y en ese sentido yo lo reivindico. Pero también me pregunto qué tanto me hace bien. Cada tanto el cosquilleo de la cohabitación vuelve a mí y pienso cómo activar el cambio. Luego esos pasos se me antojan tan complicados que busco cualquier otra manera de seguir sosteniéndome como estoy. La historia del siglo XX exacerbó el individualismo, pero el XXI nos ha dejado con una paradoja distinta: nunca fue tan posible vivir solas y nunca fue tan difícil imaginar cómo vivir juntas sin repetir las formas conocidas. La reversibilidad, esa gran conquista, ha vuelto frágil todo lo que toca. Esa tensión es el ritmo de mis años recientes. Mi sueño es vivir comunitariamente, mi realidad es que no sé cómo. Pero al menos me quedan mis inefables efables effainefables profundos, singulares e inescrutables gatos, listos para romper mis objetos más valiosos y darme las mejores conversaciones en el silencio.

Imagen de portada: Antonio Yemail, Fábrica de afectos [proyecto arquitectónico para diversas formas de vida con mobiliario, planos y maquetas], 2022. Cortesía de Yemail Arquitectura y galería Policroma.