dossier Cárcel JUL.2026

Gabriela Mistral

Mujer de prisionero

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A Victoria Kent


Yo tengo en esa hoguera de ladrillos, yo tengo al hombre mío prisionero. Por corredores de filos amargos y en esta luz sesgada de murciélago, tanteando como el buzo por la gruta, voy caminando hasta que me lo encuentro, y hallo a mi cebra pintada de burla en los anillos de su befa envuelto.

Me lo han dejado, como a barco roto, con anclas de metal en los pies tiernos; le han esquilado como a la vicuña su gloria azafranada de cabellos. Pero su Ángel-Custodio anda la celda y si nunca lo ven es que están ciegos. Entró con él al hoyo de cisterna; tomó los grillos como obedeciendo; se alzó a coger el vestido de cobra, y se quedó sin el aire del cielo.

El Ángel gira moliendo y moliendo la harina densa del más denso sueño; le borra el mar de zarcos oleajes, le sumerge una casa y un viñedo, y le esconde mi ardor de carne en llamas, y su esencia, y el nombre, que dieron. En la celda, las olas de bochorno y frío, de los dos, yo me las siento, y trueque y turno que hacen y deshacen se queja y queja los dos prisioneros ¡y su guardián nocturno ni ve ni oye que dos espaldas son y dos lamentos!

Al rematar el pobre día nuestro, hace el Ángel dormir al prisionero. dando y lloviendo olvido imponderable a puñados de noche y de silencio. Y yo desde mi casa que lo gime hasta la suya, que es dedal ardiendo, como quien no conoce otro camino, en lanzadera viva voy y vengo, y al fin se abren los muros y me dejan pasar el hierro, la brea, el cemento…

En lo oscuro, mi amor que come moho y telarañas, cuando es que yo llego, entero ríe a lo blanquidorado; a mi piel, a mi fruta y a mi cesto. El canasto de frutas a hurtadillas destapo, y uva a uva se lo entrego; la sidra se la doy pausadamente, porque el sorbo no mate a mi sediento, y al moverse le siguen —pajarillos de perdición— sus grillos cenicientos.

Vuestro hermano vivía con vosotros hasta el día de cielo y umbral negro; pero es hermano vuestro, mientras sea la sal aguda y el agraz acedo, hermano con su cifra y sin su cifra y libre o tanteando en su agujero, y es bueno, sí, que hablamos de él, sentados o caminando, y en vela o durmiendo, si lo hemos de contar como una fábula cuando nos haga responder su Dueño.

Cuando rueda la nieve los tejados o a sus espaldas cae el aguacero, mi calor con su hielo se pelea en el pecho de mi hombre friolento: él ríe, a mi nombre y mi rostro y al cesto ardiendo con que lo festejo, ¡y pudo, calentando sus rodillas, contar como David todos sus huesos!

Pero por más que le allegue mi hálito y le funda su sangre pecho a pecho, ¡cómo con brazo arqueado de cuna yo rompo cedro y pizarra de techos, si en dos mil días los hombres sellaron este panal cuya cera de infierno más arde más, que aceites y resinas, y que la pez, y arde mudo y sin tiempo!

Victoria Kent, a quien Gabriela Mistral dedica el poema, fue una abogada española y la directora general de prisiones, en 1931. Durante su dirección hizo reformas que buscaron, ante todo, humanizar el sistema carcelario. En mayo de 1936, esta revista publicó “Recado sobre Victoria Kent” de la nobel chilena, un reconocimiento a la trayectoria de esta defensora de derechos humanos.

Imagen de portada: Abrecartas en forma de cimitarra, s.f. Cortesía de la Colección de arte carcelario del Museo de Arte y Artesanía de Linares, Chile.