Nos reiremos cuando acabe
Leer pdfCometí perjurio en un juzgado e incriminé a un desconocido por el delito de asalto y lesiones con arma blanca. No culpo a la alineación de los planetas, pero casualmente fue cuando tuve esa racha de obsesión con la astronomía.
Habíamos estado bebiendo en la casa de Jorge desde muy temprano. El plan era evadirnos y tomar valor. Esperábamos que el día transcurriera lento para retrasar lo más posible nuestra hora de llegada a la inauguración del nuevo local de tatuajes de unos snobs pendejos que odiábamos. Los odiábamos, pero Jorge había perdido una apuesta con uno de ellos y debía dejarse hacer un tatuaje sorpresa, seguramente repugnante, en vivo, delante de todos en ese estercolero pretencioso.
Estaba nervioso y mezcló cerveza con Jägermeister y pastillas. Tenía de todo tipo porque sus papás lo enviaban al psiquiatra desde los dieciséis. Ansiolíticos, antipsicóticos, estimulantes, betabloqueadores, antihistamínicos, antidepresivos y estabilizadores atípicos eran lo común en su botiquín. Ésas eran sus medicinas legales, que solía combinar con las mejores y más vanguardistas drogas de diseño. Sus preferidas eran las de colores chillones y figuritas graciosas.
—Para quitarle lo aburrido a las píldoras blancas del loquero —decía tragándose dos corazoncitos o un pequeño cactus anaranjado.
Yo había ido dosificando mis tragos y alternándolos con agua porque era algo que había leído en una revista de mujeres, de esas con chismes de celebridades, consejos de belleza, tendencias de moda y una sección completa dedicada a posiciones sexuales. Me sentía un poco mal por no beber a la par de Jorge, como si lo estuviera engañando, pero no era una traición de verdad, sobre todo tomando en cuenta que me tocaba la responsabilidad de conducir el carro de su primo.
El primo tenía edad suficiente para ser su tío. Un tío obeso que se negaba a envejecer, de los que fuman mariguana en bonga y dicen frases como “qué trip” y “dar el rol”. Era ingeniero de algún tipo y trabajaba como jefe de operaciones en una empresa tecnológica, así que cuando Jorge se fue a vivir con él, supuestamente porque ya no aguantaba la tacañería de sus papás, el dinero dejó de ser un problema.
El primo le asignó una mesada que alcanzaba para la escuela, sus gastos diarios y para que me invitara a comer, a conciertos, de viaje; para que me comprara ropa y cualquier cosa que se nos ocurriera. De hecho, se había vuelto tan natural que el primo mantuviera a Jorge y Jorge me mantuviera a mí, que mucha gente no creía que sólo fuéramos amigos. Mi familia podía sumarse entre los incrédulos. Mi mamá y mis hermanas estaban seguras de que me acostaba con él y estaban muy felices y conformes al respecto, porque significaba una boca menos que alimentar y espacio extra en nuestra casita de juguete, hacinada hasta el fastidio de parientes y mascotas y, nunca he entendido por qué, de desconocidos.
Pero sólo éramos mejores amigos.
La pinche adultez [Ingrid León y Ana Armitage], Hoy no salimos de casa, 2022. Todas las imágenes son cortesía de las artistas.
Jorge me conocía. Sabía que era codependiente y neurótica; que desde que tuve el primer periodo mis hormonas despertaron para arruinarme la vida y mi historia romántica era toda igual. Si era inalcanzable, si era demasiado guapo, si tenía novia, si no se enteraba de mi existencia, si sólo me buscaba cuando le daba la gana y después me ignoraba, si me usaba, si se burlaba de mí, entonces yo caía en un estado de profundo enamoramiento.
Pero Jorge no me rechazó ni huyó de mí. Reconoció mi tristeza y mi enojo porque él también estaba enojado y triste. En la época en que nos hicimos amigos pensábamos que el universo giraba a nuestro alrededor y que éramos las personas más solas del planeta. Nos volvimos inseparables. Me había acompañado a la clínica de abortos dos veces, había pagado las intervenciones y nunca, nunca me juzgaba. Ni siquiera cuando intenté acostarme con su primo.
Nos daba mucha risa hablar de que yo era tan asquerosa que lo hubiera hecho con ese señor fumeta, sin motivo y sin ganas, sólo porque estaba allí, pero que no lo conseguí porque nos habíamos drogado tanto que, primero, no se la encontraba debajo de la grasa y, después, no se le levantó. No le conté que me la metió en la boca. Ni que era un repulsivo tentáculo flácido con una ventosa en la punta que se me pegó al arco del paladar. Ni que le olía horrible, como a hongos de los pies.
El carro del primo era un jeep híbrido. Nos sentamos en el cofre y Jorge, que había abandonado el Jäger, daba traguitos a una botella de ginebra. Miramos al cielo y le conté lo que había aprendido en mi clase de mitología sobre las constelaciones. De Casiopea y su vanidad, que la condenó a pasar la eternidad de cabeza. De Perseo convirtiendo a Ceto en coral para salvar a Andrómeda. Que Andrómeda comparte una estrella con Pegaso y que los científicos proponen a Próxima Centauri como el siguiente destino de los viajes interestelares.
Compartimos una pastilla guinda con forma de sol y una cápsula rellena con algo que parecía diamantina. Subí las cervezas que quedaban al jeep y ayudé a Jorge a recomponerse mojándole la cara y embutiéndole en la boca un puñado de tabletas para el aliento. La noche era limpia y fresca. A través del parabrisas se distinguía Orión con su daga y su nebulosa roja. La famosa Catedral del Cielo y sus estrellas súper gigantes, Rigel y Betelgeuse.
Adelante estaba la Osa Menor, señalándonos el norte con Polaris, su estrella más brillante. Sabía que los griegos llamaban a la Osa Menor “Cinosura” y que en la antigüedad Polaris formaba parte de la constelación Draco, porque lo investigué en el planetario única y exclusivamente para contárselo a Jorge. También tenía información sobre la carrera espacial y los cosmonautas rusos. Sobre Laika y los gatos astronautas franceses.
Sobremesa, 2020.
Eso decía cuando la faringe de Jorge hizo el mismo sonido que debe producir el colapso gravitacional que forman los agujeros negros y vomitó un caldo de espuma de menta, alcohol, bilis y ácido estomacal. En el siguiente semáforo se enjuagó la boca con ginebra y dijo que tenía un regalo para mí. Saltó a la parte trasera del carro y pasó dos cajas al asiento del copiloto, una rectangular, muy grande, y otra cuadrada, de menor tamaño.
Después se colocó detrás de mí y me tomó por el cuello. Podía verlo en el espejo retrovisor, el rostro rígido por el bruxismo en la mandíbula, la mirada oblicua y desorientada. Sacó la vieja navaja automática que llevaba en el bolsillo y accionó el mecanismo muy cerca de mi garganta. Jorge podía tener un humor sórdido y, en ocasiones como ésa, parecía un asesino serial.
Encajó la navaja en el paquete más grande y me dio un beso escandaloso y húmedo en la sien. Sus maniobras casi nos hicieron derrapar. Me estacioné a una calle del local de tatuajes y esperé a que Jorge cortara las cajas. Lo hacía como si estuviera destripando un gato. Pensé en el destino final de Félicette. Esa gatita de manchas blancas y negras que habría vuelto loco de amor al zorrillo Pepe Le Pew.
Jorge me mostró mis nuevos tesoros. Un telescopio refractor con cuatro oculares de repuesto y una dotación de fuegos artificiales y cohetes dignos de una celebración del Cuatro de Julio estadounidense. Iba a reaccionar, pero en ese preciso segundo la cápsula reventó en mi sistema esparciendo la diamantina en mis terminales nerviosas y un soplete recorrió con su flama mis vértebras cervicales.
Lo siguiente que recuerdo es estar besando una cosa informe. No sé decir si era hombre, mujer o quimera. Vi a Jorge quitarse la camiseta para dar inicio al espectáculo. Escuchaba las risas que llegaban de distintas direcciones en una frecuencia distorsionada, convertidas en un molesto ruido blanco. Cada pantalla de teléfono existente apuntaba su camarita de última generación hacia Jorge y el tatuador, grabándolos con la esperanza de obtener un video que se volviera viral.
La tortura duró casi veinte minutos. El infausto diseño elegido fue una rata. Una puta rata mostrando sus ojillos estrambóticos y siniestros desde el mancillado brazo de Jorge. Al terminar, el tatuador tiró al piso el hierro todavía conectado y Jorge se inclinó para hacer una reverencia que hizo estallar una marabunta de aplausos y gritos de aprobación. Unos tipos lo cargaron y lo lanzaron al aire como si aquello fuera una boda judía.
Las siguientes veinticuatro horas sería el héroe de Snapchat. Un aprendiz de DJ mezcló a Die Antwoord con una base de cumbia y el lugar se atiborró de zombis normcore moviéndose como si estuvieran sufriendo apoplejías. Intenté llegar a Jorge, pero justo entonces apagaron las luces. Atravesé el gentío a empujones, derramando bebidas sin ton ni son y recibiendo más de un codazo. Cuanto más avanzaba, más parecía hundirme entre la gente.
Galería de arte termina en perreo, 2020.
Sentía la música como algo sólido, un alfiler que me atravesaba el cráneo de lado a lado; las personas y las cosas se esfumaban por instantes, borrosas, como hologramas discontinuos. Logré escabullirme hacia una puerta confiando en que me llevaría al exterior, pero me encontré en una bodega que los dueños del garito usaban como oficina.
Había tres sombras con máscara de lobo forcejeando con una chica de mi edad. Quise intervenir. Decir algo. Al acercarme me encontré a mí misma luchando con la jauría. Esa parte de la noche es la más confusa en mi memoria, pero hay una serie de publicaciones de la fiesta donde se me puede ver sin blusa, bailando y jodiendo a unas fulanas, tirándoles servilletas mojadas y vasos de plástico vacíos. En las fotos llevo puesta una máscara de lobo.
En algún momento terminé, por fin, en la banqueta. Tenía mucha sed y quería hallar a Jorge para largarnos de ahí. La cabeza me dolía como si acabara de sufrir una trepanación o me hubieran sometido a electrochoques. Podía sentir cada neurona quemada. Arriba, las Pléyades relucían, azules y fulgurantes, envueltas en polvo de nebulosa. Busqué a quién contarle de las siete estrellas hermanas protegidas por el toro y el escorpión, pero Jorge seguía desaparecido.
Caminé al carro del primo para tomarme una cerveza caliente y estrenar el telescopio. Lo encontré ahí, temblando en el bordillo de la acera, recargado en una de las llantas del jeep. Sangraba. Creí que lo habían atacado. Iba a gritar, a pedir ayuda, pero me detuvo. Apretaba con tanta fuerza la navaja que pensé que quizá trataba de arrancarse el tatuaje. Al aproximarme descubrí que la sangre manaba de su pantalón, de su regazo.
Había intentado emascularse, sin éxito. No había cortado ninguna arteria principal.
Dijo que iba al psiquiatra y vivía con el primo porque sus papás no lo querían cerca. Que el dinero que gastábamos juntos era parte de la compensación que sus padres depositaban en la cuenta de su sobrino por quedarse con él. Que lo habían sorprendido tocando a un niño de su vecindario. Un niño de cinco años. No era la primera vez, sólo era la vez que lo habían atrapado.
También dijo que había empezado como un juego cuando él mismo era niño. Por curiosidad. La exploración de su propio cuerpo lo llevó a preguntarse cómo eran los cuerpos de los demás, de sus compañeritos de la guardería. Niños y niñas. Pero las niñas lo aburrieron casi tanto como lo fascinaron los niños. Porque eran iguales. Idénticos. Y al mismo tiempo tan diferentes.
Al primero lo tuvo en los albores de la pubertad, cuando su voz enronquecía y se agudizaba yendo de barítono a contralto, a soprano, a tenor, y vuelta a empezar sin control posible. Fue en una feria ambulante. Lo miró desde lo más alto de la rueda de la fortuna: un punto lejano, estático, que iba transformándose en epifanía conforme la noria giraba y su cabina colgante bajaba.
Estaba perdido. Jorge sabía que un parque de atracciones podía ser un lugar mágico o uno de pesadilla según la situación, así que se presentó con el niñito y le prometió llevarlo con sus padres. Le compró un cono de nieve y se subió con él al carrusel. Pescaron patitos de plástico y el niño obtuvo una o dos baratijas que atesoró como si fueran joyas. Sus ojos, antes pasmados de temor, cedieron al pasmo de la maravilla.
Y de pronto era como si se hubiera perdido sólo para poder encontrarse con Jorge. Corrieron entre globos y algodones de azúcar. Seguramente parecían dos hermanos divirtiéndose. Jorge, el mayor, siendo un ejemplo para el pequeño. Entraron a la casa de los espejos. Se vieron deformes, achaparrados, largos como tiras de serpentina. Cuando llegó la oportunidad, Jorge lo llevó tras bambalinas para mostrarle el artificio sobre el que se construía el entretenimiento.
Sentí que algo me caminaba mientras dormía, 2023.
El espacio era estrecho y la cercanía inevitable. Jorge puso al niño delante de él, de espaldas y se arrodilló. El niño se estremeció al contacto de las manos de Jorge, que le desabotonó el short y le descorrió los calzoncillos, descubriéndole el trasero. Entonces Jorge puso la cara entre sus piernas y lo lamió, introdujo su lengua en el intacto orificio anal, asociando para siempre el olor y el sabor de la mierda infantil con el placer.
A ese niño sin nombre le seguirían otros y Jorge se iría volviendo intrépido y descuidado. Mucho más cuando sus poluciones nocturnas dejaron de ser un fluido transparente para convertirse en una mucosa blanquecina y espesa, y la diferencia de edad entre él y sus amiguitos se hizo notoria y extraña para cualquiera. Jorge confesaba y la sangre continuaba mojando de rojo sus palabras.
Dijo que ahora sus papás tendrían una excusa para encerrarlo en una institución y olvidarse de él. Escuché pasos. No podía detenerme a comprender lo que Jorge decía. Aquellos pasos retumbaban en el pavimento y yo tenía que actuar. Era uno de los lobos. Avanzaba tropezando, borracho, ondeando la máscara en el aire. Retiré la navaja de la mano de Jorge con cuidado y le di mi teléfono para que llamara a emergencias.
Intercepté al lobo con actitud de damisela en apuros. No se acordaba de mí. Le ofrecí una cerveza y, cuando empezó a manosearme, puse las llaves del jeep en su camisa. La ambulancia llegó a los pocos minutos escoltada por una patrulla. Inventé que nos quiso asaltar, que Jorge lo había confrontado y por eso estaba malherido. Que yo había peleado para proteger mi virtud y, como el criminal iba tan intoxicado, pude hacerme con la navaja.
Pese a los huecos de la historia, el relato era consistente.
Se llevaron al lobo y yo alcancé a Jorge en la camilla. Le dije que no había nada que temer. Que pronto aquello acabaría y estaríamos juntos, riéndonos de nuestras travesuras. El lobo pagaría la fianza y después del juicio pasaría unos meses en prisión. Saldría bajo palabra. Eso le dije a Jorge. Que aguantara. Que veríamos las estrellas y encenderíamos los cohetes y las luces pirotécnicas se confundirían con las constelaciones.
Lo abracé y rozamos las narices como acostumbran los esquimales. Subí con él a la ambulancia. Un paramédico le tomó el pulso y otro le introdujo un catéter para suero en el brazo de la rata. El paramédico más atractivo me preguntó si sabía qué sustancias había consumido Jorge.
—¿Alcohol? ¿Drogas? ¿Estimulantes? ¿Depresores?
No respondí, ocupada como estaba imaginándolo en un espectacular de la vía rápida, anunciando boxers junto a David Beckham. De cualquier modo, mis pupilas dilatadas y el barómetro que midió la presión de Jorge fueron más elocuentes.
No lo solté cuando lo inyectaron. Antes de que se durmiera, acaricié su cabello con ternura.
—Tú y yo nos reiremos de todo cuando acabe —le dije.
Imagen de portada: La pinche adultez [Ingrid León y Ana Armitage], Beso de tres amix, 2024. Imagen cortesía de las artistas.