El cine de Tania Hernández Velasco: una expansión colaborativa
Leer pdfCon su segundo largometraje, Nuestro cuerpo es una estrella que se expande (2025), una especie de road trip en el que dos hermanxs buscan sanar sus heridas racializadas y de género, Tania Hernández Velasco generó una forma cooperativa de tratar algunos temas urgentes al proponer un enfoque distinto al de los adoctrinamientos oficiales a partir de una capacidad de reimaginación nueva y fresca, sin alejarse de una postura crítica al tiempo que poética. Mediante su primer film, Titixe (2018), que acompaña la última siembra familiar de frijol negro, dio inicio a una búsqueda que permea su producción posterior, y que conceptualiza el binomio cuerpo-territorio. Ahora suma preocupaciones relativas a las consecuencias que trae consigo la migración del campo a la ciudad, vislumbradas a través de su narrativa personal y familiar, aunque también alude a otros linajes ancestrales de formas vivas, comunitarios y familiares, presentes en su propia geografía, en donde se observa un tributo permanente a las formas vivas y los seres que rodean su historia. Tanto en Titixe como en Eclipsis (2022), Hernández Velasco reflexiona desde una conciencia desmarcada del antropocentrismo que busca consolidar alianzas con otras especies enraizadas en el centro de la República Mexicana. En Titixe, un estilo intuitivo derivó en un lenguaje cinematográfico con el que mostró los idiomas propios de su territorio de origen: el baile de los brotes, las cabañuelas, lo que expresan flores y semillas, el árbol seco de guaje, los animales que arrastran la yunta y cargan la cosecha, todos ellos inmersos en ritmos de vida y muerte en conexión directa con sus raíces y legado. Todo comenzó con una promesa hecha al abuelo, mientras se celebraban los rezos tras su muerte. El origen de Titixe fue la revelación identitaria que le permitió a su autora acercarse y practicar una escucha radical con su madre y su abuela; es así como encontró el fruto de una relación amorosa, cercana y primigenia con la tierra. Si Titixe utiliza el montaje para compartir una perspectiva animista en donde cada ser obra de forma armónica en virtud de su presencia vital, en Eclipsis —cortometraje encomendado por la Filmoteca de la UNAM y Síntesis (un proyecto de la Coordinación de Difusión Cultural) que cuenta la historia de una mariposa ficticia que produce estados alterados de consciencia en los seres humanxs— la realizadora colaboró con la bailarina y coreógrafa Aura Arreola, cuya investigación entra en intimidad radical con los seres más que humanos.1 El proyecto involucró también a científicas y sus experiencias hicieron posible un producto a medio camino entre el minidocumental de investigación y una historia fabulada más cercana a la ciencia ficción. Su tercer filme, Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, codirigido y protagonizado por ellx y su hermano Semillites Hernández Velasco, apela a la teoría queer, de lo que resulta un montaje marcado por la racialización de los cuerpos en transición de este lado del mundo. Mediante sus recuerdos, los protagonistas hilan una constelación familiar, un autorretrato a dos voces. Cuando miramos la tierra y las piedras de las grandes canteras cercanas a Puebla a través de la pantalla, descubrimos que los estratos geográficos del planeta son accidentes en los que surge un códice que contiene también nuestro pasado y que espera ser descifrado. La explotación mineral deviene entonces en herida de los cuerpos discriminados por su color y origen. Mediante las voces de Tania y Semillites, así como las de sus familiares más cercanos, se recuerda la encomienda de Valentín, el abuelo muerto, así como la de los vivos, sus padres y la abuela, al tiempo que rinden tributo al hermano fallecido a los pocos días de nacido. Lxs protagonistas relatan la profunda herida que cargan desde la infancia como consecuencia de la discriminación racial, lo que emparenta a la película con los momentos más sensibles de The bluest eye, de Toni Morrison. Las tomas desde un dron sobre las salinas blancas de Guerrero Negro nos permiten observar a lxs protagonistas remontando un camino cuyas formas y texturas le dan apariencia de juego infantil. Mientras lo hacen, rememoran un pasado cuyos recuerdos implican el desconocimiento de su propio ethos, pues, al migrar se ven obligadxs a olvidar su identidad para sobrevivir. El aspecto lúdico forma parte importante del discurso: ambos intentarán emular la exacta colorimetría de sus cuerpos rayando con lápices de colores la superficie de un papel kraft. Ellx recuerda haber sido marginada por ser “del color de la caca” y muestra las fotografías de una niña que se cubría de talco para parecer blanca; su hermano trae a cuento las llamadas telefónicas, previas a su transición, en las que se mostraba ante otras personas como el ideal a ser: un joven de tez blanca y ojos claros. La iluminación con lápices de colores es sinonimia del glitter que decora los cuerpos y funciona como símbolo de liberación. La semilla de frijol, piedra angular de Titixe, es fuente de inspiración de los cómics y las ilustraciones que Semillites muestra en Nuestro cuerpo es una estrella que se expande. Es importante señalar que tanto el movimiento sonoro como el coreográfico son esenciales en esta apuesta. El ritmo recuerda la forma en que Sergei Loznitsa trabaja en gradientes de sonido en películas como Paisaje (2003). Tras colaborar con ella en Eclipsis, la cineasta invitó de nuevo a Aura Arreola para el desarrollo de Nuestro cuerpo es una estrella que se expande. Fue precisamente entonces cuando los codirectores cayeron en cuenta de que muchas cosas no se pueden transmitir por medio de palabras, pues exceden lo teórico o racional. La reflexión vinculada a la danza gira en torno al sentir y al pulso del movimiento y, como lx cineastx atina a concretar, expresa energías soterradas. Los cuerpos de los dos hermanxs se entrelazan y fusionan gracias a una semilla, y la sábana blanca que, por momentos aparece, recuerda la presencia de un fantasma. A través del movimiento que encarna el baile, son unx con la tierra, más cercanos a semejar una estrella dentro de las infinitas posibilidades del universo. Parte del desafío de Tania Hernández Velasco ha consistido en realizar películas con un presupuesto limitado sin prescindir de amplias posibilidades creativas y de su objetivo primordial: encontrar belleza en lo pequeño. La configuración de sus equipos de realización recuerda a los de la célebre Chantal Akerman, pues parte de planteamientos colaborativos que enriquecen su ética y estética trans y queer. Abreva en las posibilidades que ofrecen el afrofuturismo, el futurismo indígena y la noción de pluriversos, pues sus películas tienden puentes entre el futuro y el pasado; y su iniciativa esencial consiste en ayudar a reimaginar la experiencia de personas señaladas por el género, el colonialismo y la pigmentocracia. Esto último recuerda a Sum of the Parts: What Can Be Named (2010), de la artista Deanna Bowen, pieza oral en la que hace un recuento del viaje que desmembró su genealogía. También cabe encontrar similitudes con la pieza de video Kempinski (2007), del artista visual franco-argelino Neïl Beloufa, quien muestra extraños poderes de manifestación evocativa en una comunidad africana enraizada en un entorno rural, pero con escasa tecnología para emprender aquello que manifiesta. Los proyectos de Hernández Velasco se caracterizan por ser desarrollados por equipos pequeños, pero con mucha libertad creativa. La búsqueda de narrativas híbridas y experimentales es lo que ha definido su producción, lo mismo que el placer por retratar los rasgos del paisaje, la cultura y la identidad del centro del país; todo ello tiene su origen en una mirada tan auténtica como singular. Para quienes gustan del cine de culto, estas tres películas les recordarán la forma en que James Benning observa la naturaleza; también hay una suerte de carácter autorreferencial que está presente en Los espigadores y la espigadora y otras películas más de Agnès Varda; y, al igual que Marie Menken, Hernández Velasco genera sentido tomando la lente desde la entraña. Ciertas escenas de estas entregas son un homenaje tácito a creaciones fílmicas capitales como El canto de la flor imposible de encontrar, de Otar Iosseliani, y evocan rasgos de la ciencia ficción presentes en Octavia Butler, Ursula K. Le Guin y las teorías que, según Donna Haraway, podrían liberar al mundo de la extinción natural a través de alianzas de parentesco multiespecie. Además, este cine documental también tiene ciertas reminiscencias con el espíritu que busca hacer justicia en los filmes del cineasta chileno Patricio Guzmán. En años pasados, Hernández Velasco colaboró en proyectos cercanos a otras disciplinas, tal es el caso de su participación como directorx de escena de Silvain (2022), para la Ópera Lafayette, que se estrenó en el Museo del Barrio de Nueva York y en el Kennedy Center en Washington. En 2025, en codirección con Marina Lameiro, crearon Todo lo que tiene nombre es, película-ofrenda a dos diosas, la diosa vasca Mari y la Coatlicue, encarnaciones de lo divino maternal y femenino en el inconsciente colectivo vasco y prehispánico; el material se exhibió en la segunda edición de los encuentros de Pamplona/Iruñeko Topaketak. El próximo proyecto de Tania Hernández Velasco será el primero en el que lx autorx, productorx y realizadorx experimentará desde las amplias posibilidades que implica mezclar la ficción con el género documental. En Capolcuahuitl —palabra náhuatl que designa al árbol de capulín—, expondrá la resistencia de los árboles de capulín en el valle del Anáhuac y de los seres que lo habitan. También será una película sobre la defensa del territorio, pues relatará la historia del abuelo que siendo niño escapó de la hacienda en la que trabajaba. El suyo es un cine permeado por el sostenimiento conjunto de sus propios procesos comunitarios y por la intención política de descentralizar el poder en el cine y hacer del documental experimental un lugar de apertura al encuentro de lxs otrxs.
Cartel de la película Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, 2025.
Imagen de portada: Fotograma del cortometraje Eclipsis, 2022
Un ejemplo sería la forma en que Tania Hernández Velasco se acerca a todo (abejas, flores, insectos, pieles) por medio de un -zoom in frontal. De igual manera, en la última película hay muchos acercamientos de la lente con respecto a los estratos geográficos, así como el contacto entre pieles humanas cubiertas de glitter y los dibujos que hace el codirector. ↩