Cultura UNAM

Primeras palabras

Lenguajes / dossier / Julio de 2019

Jazmina Barrera

Silvestre acaba de cumplir un año y aunque ya dice algunas palabras, hoy por hoy, siguen predominando entre nosotros las señas. Está de moda enseñarles a los bebés de más de seis meses lenguaje de señas, para que puedan comunicarse antes de que logren pronunciar ciertas palabras. A los pocos meses, los bebés ya entienden muchas cosas, pero no tienen la capacidad física de decir ciertas palabras, y sí, en cambio, de gesticular. Con Silvestre tuvimos la intención de intentar ese método, pero nunca encontramos el momento. Lo que no sabíamos era que él nos iba a enseñar su propia simbología de gestos y señas. Por ejemplo: cuando quiere que cantemos, mueve los brazos arriba y abajo. Cuando nos jala las manos hacia el suelo, es porque quiere que lo carguemos, y cuando se lleva la mano a la frente (un gesto derivado de sus ocasionales tropezones) es porque algo anda mal. Comenzó a hablar hace un par de meses. Su vocabulario crece a paso acelerado y sé que va a llegar un día en que se desborde. Algún día, nuestro lenguaje de señas y gestos, con el que tan bien nos entendemos, será superado por el imperio equívoco de las palabras. Rivka Galchen dice en su libro Pequeñas labores que cuando su hija comenzó a hablar empezaron los malentendidos. Hasta ese momento creía que se comunicaba con su hija mejor que nadie, pero con el lenguaje hablado descubrió que quizá no tanto después de todo, o que dejó de entenderla cabalmente. Ahí empezaron las confusiones. Con Silvestre tengo una sensación similar y a la vez distinta. Sus palabras son pocas y singulares, y puedo todavía enlistarlas y decir muchas cosas sobre cada una de ellas, sobre sus matices y las connotaciones que sólo conocemos quienes lo vemos a diario. Hasta el día de hoy, éste es su vocabulario completo, junto con algunas onomatopeyas y gestos que funcionan, pienso yo, como palabras.

Mamá y papá

Dicen que mamá y papá suenan casi igual en todas las lenguas, porque son las sílabas más fáciles de pronunciar. Silvestre las decía por azar todo el tiempo y después esas borucas se fueron cargando de intención. El sonido y las personas se asociaron de manera paulatina, hasta que un día yo era mamá y Alejandro era papá. No hubo primera vez; estas palabras se fueron construyendo a lo largo de los días y de los meses.

William Blake, “The Fly”, en Canciones de inocencia y experiencia, Londres, 1826. Imagen de dominio público

En La metafísica de los tubos, Amélie No­­t­homb cuenta la historia de una niña que empieza a hablar a los dos años. Pasó sus primeros veinticuatro meses sumida en una especie de vida vegetal de la que despierta gracias al pedazo de chocolate que le da a probar su abuela. Cuando cumple dos años comienza a familiarizarse con las palabras y muy pronto entiende una gran cantidad, aunque por cautela prefiere no utilizarlas. Durante un buen tiempo se debate en la elección de la primera palabra que pronunciará, porque sabe que es crucial, y con plena conciencia elige decir mamá. Lo hace, dice la narradora, no por amor ni por apego, sino por conveniencia y cortesía.

Caballo (onomatopeya)

Después de mamá y papá vino el caballo: un chasquido de la lengua con el paladar que se repite dos o más veces. Silvestre nunca había visto un caballo, nunca lo había escuchado galopar, sólo conocía los dibujos de sus cuentos infantiles. Daban ganas de creerle a Platón, de pensar que esas imágenes le recordaban a un caballo que conocía de otro mundo, del que eran imitaciones. Cuando vio a uno de verdad, una yegua pinta, en Santiago de Chile, no mostró miedo ni sorpresa. Parecía reconocerlo con toda naturalidad y permitió que la dueña lo subiera y lo paseara, mientras él chasqueaba con la lengua al ritmo del paso de la yegua. Para dormirlo, le canto a Silvestre una canción que me cantaba mi madre. El intérprete original es Paco Ibáñez y la letra es de un poema de Antonio Machado. Cuenta la historia de un niño que soñaba con un caballo, y siempre que se despertaba, pensaba que el animal se le había vuelto a escapar. Cuando el niño creció, llegó a la conclusión de que “todo es soñar, el caballito soñado y el caballo de verdad”. Muchas veces, al despertar de una siesta larga, lo primero que hace Silvestre es un chasquido que se repite.

Ten

De los personajes célebres conocemos muchas veces sus últimas palabras y casi nunca las primeras, seguramente porque se desvían muy poco de mamá y papá. Pero la tercera palabra es fundamental. Tiene, sí, mucho de azarosa, pero existe ya una mínima libertad de elección. Hay algo oracular, algo de presagio en la tercera palabra. La de Silvestre fue el imperativo en segunda persona del verbo tener: ten. Cerca del momento en que entendió cómo soltar objetos (se dice fácil, pero no es cualquier cosa), aprendió a dárselos en la mano a otra persona, y que la palabra para esa transacción era “ten”. Entre nosotros se volvió muy pronto un juego: aceptar un objeto de su parte y casi inmediatamente volver a dárselo, siempre diciendo de nuevo “ten”. Empezó a usar “ten” como sinónimo también de “dame”, con resultados ambiguos. Al convivir con otros niños, Silvestre se dio cuenta de que ten era un verbo unidireccional, que las cosas que entregaba casi nunca se le devolvían. Por la forma en que alarga la consonante n, ten tiene un timbre metálico, suena como una campana de cobre. Walter Benjamin hizo una lista enorme de las primeras palabras de su hijo Stefan. En un diario que llevó por varios años anotó también expresiones divertidas o peculiares que usaba el niño. Por ejemplo, un día que vio la luz del sol en el piso y dijo que el sol “había pintado el suelo”. “La primera palabra significativa que dijo fue silen-cio. Alzó el dedo, como hacía Dora, cuando le decía ‘silencio’ a él.” Como no sé alemán, leo las expresiones espontáneas de Stefan traducidas al inglés. Quién sabe cómo serán en el idioma original, pero al menos sé que alguna variación de silencio (“qui-a”) fue la primera palabra significativa de Stefan (no está claro a qué se refiere Benjamin con “significativa”, pero yo creo que debe ser la tercera palabra). Me parece hermoso comenzar el larguísimo discurso de una vida pidiendo silencio. Es como si Stefan le solicitara su atención al mundo antes de empezar a hablar. Es una historia digna de Beckett. La tercera palabra de Beckett debió haber sido también ésa. Mi tercera palabra fue agua. No sé qué significa eso, probablemente sólo sed.

Tucán en Roatán, Honduras, 2007. Fotografía de Sheila Sund. Creative commons BY

Gato (gesto)

Gato no es una palabra y tampoco una onomatopeya, es el gesto que se hace con la mano para atraer a un gato: un baile de los dedos con la palma de la mano abierta. Le enseñamos a Silvestre que con ese gesto podía llamar a Chimino, el gato que vive en casa de su tía. Chimino no ha respondido ni una sola vez a ese llamado. Parte de la rutina diaria de Silvestre consiste en perseguir a ese gato, llamarlo con la mano y ver cómo se escapa y se aleja, una y otra vez. Es su primera experiencia con el deseo no correspondido.

Elefante (onomatopeya)

Antes de las sílabas espontáneas, Silvestre se convirtió en un experto en trompetillas. Las hacía a toda velocidad o lentas, en un espectro muy amplio de registros y tonos. Por eso no le costó ningún trabajo imitar el sonido de los elefantes con una trompetilla aguda. El elefante no debe confundirse con la paloma, que Silvestre interpreta con un sonido similar pero proferido en un tono ligeramente más grave.

Tucán

Éste es hasta el momento el único animal que se representa con el sustantivo que le corresponde: tucán. Aunque casi siempre es sólo la segunda sílaba: can. Cuervos, flamingos y pingüinos han sido llamados también por ese nombre, así que, en su cosmovisión, tucán vendría a ser una clasificación taxonómica más amplia. Me parece un misterio venturoso por qué de todos los animales del reino eligió al tucán, que aparece apenas como personaje secundario en un par de sus libros ilustrados. De cualquier forma, celebro la adquisición lingüística de una de las aves tropicales más hermosas y coloridas.

Gallo (onomatopeya)

El gallo hace cocó, apócope de cocorocó, porque todavía no sabe pronunciar la í en el más extensamente convenido quiquiriquí.

Perro (onomatopeya)

El perro es una especie de tos. La onomatopeya que le sugerimos (el clásico guau guau) no le pareció adecuada. Y tiene razón, el ladrido de los perros es mucho más parecido a una tos humana que al dichoso guau guau, que bien visto es una mala ocurrencia. Aunque Alejandro dice que lo que Silvestre imita es a un perro muy prudente que quiere intervenir en una conversación ajena.

Tigre (onomatopeya)

El tigre es un rugido. Para Silvestre, el león también es un rugido. Aunque nosotros lo percibimos idéntico al tigre, quizá para Silvestre no lo sea. Cuando estábamos en Santiago y su padre en São Paulo, sintió la voz de Alejandro en el teléfono y me lo quitó. Alejandro le preguntó cómo hace el tigre y Silvestre articuló el rugido. Fue, oficialmente, la primera conversación telefónica de su vida.

Abuela

No eran fáciles las tres sílabas de este sustantivo, pero era tan importante la presencia de su abuela materna en la vida de Silvestre que necesitaba invocarla. Alela, fue la solución que encontró, y lo dice casi siempre en volumen alto, quizá para que lo escuche hasta donde vive, en la casa de al lado.

Claudine Bouzonnet-Stella en Juegos y placeres de la infancia, París, 1657. Imagen de dominio público

No

No siempre es un número mayor a uno. Se repite en cadenas a veces cortas y a veces larguísimas: nononononono. Para que no quepa duda del mensaje.

Silvestre

La pronunciación de su nombre se le complicaba, pero encontró una sílaba que, duplicada, forma una idea general del conjunto: Tete. Utiliza Tete para hablar de sí mismo, en particular cuando ve una fotografía suya o se mira en el espejo. Siempre lo dice en un tono agudo, más agudo todavía en la primera sílaba. En general, cuando se dirige a otros niños, o se refiere a ellos, usa ese timbre agudo, como son las voces de los niños. Aunque en el caso de su nombre pienso que el tono replica más bien el entusiasmo con el que lo llamamos. Es como si a él mismo le diera emoción decirse. Aunque ortográficamente sea incorrecto, por puro énfasis dan ganas de acentuar Tete en la primera e: Téte.

Arabesco

Cuando era muy pequeño y lloraba, lo único que lograba distraer a Silvestre eran las delirantes imitaciones que su padre hacía de alguien hablando una especie de idioma oriental. Dejaba de llorar y lo miraba. Según Alejandro esa mirada significaba “estoy triste, quiero llorar, pero me tocó un padre imbécil y eso es infinitamente más grave”. No estaba claro que a Silvestre le gustara la imitación, pero sí que lo desconcertaba. Y si la imitación terminaba, reanudaba el llanto a voz en cuello. Ahora hay veces en que se lanza en un soliloquio armado a punta de balbuceos y de verdad parece que hablara una lengua distinta. Esos soliloquios (que eso son, porque no parece esperar respuesta) suenan verdaderamente parecidos a la lengua inventada que improvisaba su padre.

*

Coda

Tengo un recuerdo de los cuatro o cinco años. En el coche va adelante mi madre, manejando, y yo estoy sentada en el asiento trasero. Desde allá alzo la voz para preguntarle el significado de la palabra panteón. Es donde entierran a los muertos, me responde. Yo me imaginaba una panadería. La bodega de una panadería, quizá. Me quedo pensando en la posible relación entre los panes y los muertos, y el pan de muertos, y luego pienso que hay muchas palabras que todavía no conozco, pero que algún día las voy a conocer todas. Ser adulto, pensaba, significa conocer todas las palabras. Eso creí durante mucho tiempo. No sé en qué momento me di cuenta de que era imposible, pero tampoco me imaginé lo que me pasa ahora, que conozco todas las palabras de alguien más. Decir que hablas el mismo idioma que otra persona es siempre medio exagerado. Habrá siempre palabras que no compartas y definiciones o asociaciones que difieran. Pero con Silvestre ahora siento que sí, que hablamos el mismo idioma. Así debe sentirse eso que dice Blake: “Ver al Mundo en un Grano de Arena/ y al Cielo en una Flor Silvestre/ Contener el Infinito en la palma de tu mano/ Y la Eternidad en una hora”.


Escucha el Bonus track de Jazmina Barrera, con Fernando Clavijo

Imagen de portada: Fotograma de Mamoru Hosoda, Mirai, mi hermana pequeña, 2018