Cultura UNAM

Entrevista con Juan Villoro

Llegar a tu propia voz

Cultos / PANÓPTICO / Diciembre de 2018

Lourdes Montes

El primer libro que publicaste es La noche navegable (1980), después publicaste Albercas (1985). Ambos son una recopilación de cuentos. ¿Crees que el cuento es un género que todo aspirante a escritor debe explorar?

Es el más difícil de los géneros en prosa. Hace unos momentos tú me preguntabas en qué género me siento más cómodo, y te dije que en ninguno porque todos tienen reglas desafiantes, pero sin duda alguna lo más difícil de escribir en prosa es cuento, porque es el género que exige más economía de recursos: tienes que aludir más de lo que estás diciendo, es decir, lo no dicho tiene que ser, incluso, más importante que lo dicho y eso no es fácil. Es un género que yo no consideraría apto para principiantes. A veces la gente piensa que, por ser breve, te puede preparar para escribir una novela, pero yo siempre recuerdo a Augusto Monterroso (mi maestro en un taller de cuento) que cuando alguien le decía “Acabo de terminar una novela”, él contestaba “Ah, te estás preparando para ser cuentista”; porque es muy difícil escribir cuentos, los tienes que empezar diez veces y terminar diez veces. Los cuentos tienen que ser distintos todos ellos, de lo contrario no tendrían sentido; pero al mismo tiempo tienen que tener cierta familiaridad para que integren una unidad. Es un gran desafío escribir cuentos.

Me gustaría saber acerca de tus hábitos de escritura: ¿tienes algún ritual u horario? Entre tantas charlas, conferencias, columnas, entrevistas y demás invitaciones, ¿en qué momento lo haces?

Escribo generalmente en la mañana, de ocho y media a dos de la tarde, en esas horas no contesto el teléfono y trato de no tener interrupciones, salvo las más esenciales. Ése sería mi horario de escritura. Y luego en las tardes doy conferencias, hago cosas de ese tipo: leo o veo gente. En fin, ya la tarde es más para la sociedad o también para la lectura.

Has mencionado que la novela De perfil de José Agustín fue un parteaguas para decidir que querías ser escritor, ¿qué otros libros crees que te han formado como el escritor que eres ahora?

Pues muchísimos; ya a la larga sería muy difícil mencionarlos a todos, pero yo no sería el autor que soy sin haber descubierto a Cortázar, a Calvino, a Borges, a Onetti, a Felisberto Hernández, a Bashevis Singer, a Hemingway y a muchos otros. Es pretencioso pensar que yo tengo influencia de Cervantes, de Shakespeare o de Goethe, pero son autores de los que he estado cerca, sobre los que he escrito, a Goethe lo he traducido. Espero que algo de ellos se haya quedado en mí, y por supuesto, hay muchas otras lecturas. Soy un gran aficionado a la crónica, he leído periódicos toda mi vida; también he leído bastantes textos de divulgación, ya sea expediciones, viajes extremos, textos científicos; luego, estudié la carrera de sociología, un tema que me interesó mucho. He leído muchas obras de política, interpretación de la sociedad, tengo una curiosidad muy dispersa. Me gusta leer libros para niños también porque escribo en el género; teatro, que es difícil de leer porque no siempre puedes vislumbrar las escenas y saber qué potencia real puedan tener al margen del escenario. En fin, por ahí va la cosa. En los libros que he escrito de ensayo, si tú ves el libro Efectos personales, le dedico un capítulo a Casanova, otro a Vladimir Nabokov, otro a Italo Calvino, otros a Sergio Pitol, Augusto Monterroso, Alejandro Rossi… Estos últimos fueron grandes amigos míos, pero más allá de eso, son escritores que también me han formado.

Recientemente estuve en la biblioteca Fernando Benítez y conocí su trabajo como antropólogo, sociólogo y como difusor de la cultura, pero creo que hoy en día es más escaso el espacio que se le da a la cultura en las publicaciones periódicas. ¿Qué suplementos culturales en diarios mexicanos recomendarías?

Hoy en día estamos en una crisis brutal, Fernando Benítez fue un inventor de los suplementos culturales modernos. Yo tuve la suerte de trabajar con él en un proyecto que no llegó a cristalizar, que era la idea de un periódico. Él lo dirigía, se iba a llamar El Independiente, no se trata del periódico que luego salió con ese nombre, sino de otro. Yo era el encargado de la sección cultural, el director del suplemento era Sergio Pitol. Durante dos años trabajamos en el proyecto sin poder realizarlo, pero esos dos años para mí fueron como un diplomado de periodismo, rodeado de los mejores periodistas que había en el momento en México. Fernando a mí me publicó en Sábado, posteriormente en La Jornada; publicó a mi padre cuando él trabajaba en Novedades; es decir, fue el gran creador de la cultura como espectáculo, como un escenario que valía la pena tomar en cuenta. Tenía un olfato maravilloso para el talento, hay que pensar que sus escuderos jovencísimos fueron, en un momento dado, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, que tenían dieciocho años, eran adolescentes en los que él depositó su confianza. En aquel entonces un joven diagramador y diseñador fue contratado por él, y era Vicente Rojo. Realmente esta escuela de talento que hizo Fernando Benítez es irrepetible. Por desgracia hoy en día hay muy pocos suplementos (El Universal tiene Confabulario, por ejemplo), y hemos perdido el diálogo entre ellos. Cuando yo empecé a escribir había grandes figuras de la cultura mexicana que dirigían, o bien suplementos, o bien revistas; por ejemplo: Octavio Paz dirigía la revista Vuelta; el historiador Enrique Florescano, Nexos; Fernando Benítez, el suplemento de unomásuno y luego el de La Jornada; Jaime García Terrés dirigía La Gaceta del Fondo de Cultura Económica; Julieta Campos, la Revista de la Universidad de México. Eran grandes escritores al frente de proyectos editoriales, esto permitía crear disputas, polémicas, pero también consensos. Así que, por ejemplo, un joven autor publicaba un libro y, si en tres de estos espacios era reseñado favorablemente, ese joven autor quedaba situado como alguien que había sido reconocido por el medio. Hoy en día no tenemos esta posibilidad de valoración, se ha perdido por completo, no hay diálogo. Está Laberinto, está Confabulario, pero no tienen mayor relevancia. En general, el periodismo ha dejado de importar.

Quisiera ahora preguntarte acerca de la literatura infantil, ¿cómo cambias tus registros lingüísticos para poder escribir con diferentes públicos en mente?

Pienso que no es nada fácil escribir para niños. Es una de las cosas más desafiantes porque los niños son lectores sumamente inteligentes, no leen por esnobismo, no leen por moda, no leen para quedar bien con nadie, sino que leen por gusto, si es que acaso lo hacen, y al mismo tiempo tienen una gran inteligencia y les gusta mucho jugar, la literatura se presta para esto. Yo creo que, al escribir para niños, de alguna manera tienes que entrar en personaje. Esto lo he discutido mucho con Francisco Hinojosa, uno de nuestros mejores escritores infantiles. En alguna ocasión nos convocaron a un grupo de autores a escribir para niños, pero no todos ellos lo habían hecho y no todos ellos debían hacerlo. Pancho fue el primero en advertirlo y en comentarme “Oye, ¿te das cuenta de que para estos autores es muy difícil pensar en la situación en que tienen que escribir?”, porque es totalmente distinta. Me parece que un buen indicador es la dedicatoria de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, donde él le dedica el libro a su mejor amigo, pero no al de ese momento, sino a su mejor amigo cuando era niño. Porque dice Saint-Exupéry ahí mismo “Todos los adultos han sido niños, pero muchos de ellos lo han olvidado”. La posibilidad de retrotraerte hacia una psicología desde la que puedes conectar con los niños no está en todos los autores. Yo creo que los mejores (Roald Dahl, Francisco Hinojosa) son los que logran esto.

Y finalmente, ¿qué consejo les darías a los jóvenes escritores?

Lo más importante es entender que se han escrito muchos libros a lo largo de la historia de la literatura y, si tú vas a escribir otro, tiene que ser algo que verdaderamente nazca de tu propia voz. Tienes que tener una auténtica pasión por escribir y un cierto descaro para decir cosas que nadie más ha escrito. Esto atañe a la forma y al contenido. Pero evidentemente, y ésa es una de las grandes paradojas del aprendizaje literario, para llegar a ti mismo tienes que dar un rodeo por los otros, tienes que encontrar autores que te modelen, que te enseñen, que te tracen una ruta. El camino a ti mismo pasa por los demás, pasa por las lecturas. Es muy importante fijarte ciertos modelos, no para copiarlos, sino para que ellos te permitan llegar a tu propia voz.

Una versión extendida de esta entrevista se publicará en www.eloficiodelescritor.com, proyecto con el que un grupo de jóvenes interesados en la creación literaria se propone descubrir y analizar la manera en que diversos escritores hispanohablantes realizan su trabajo.

Imagen de portada: Juan Villoro. © Javier Narváez