periódicas Gatos ABR.2026

Jorge ComensalLaura Ímaz Álvarez Icaza

Iyari: la maestra salvaje de la UNAM

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LA PRIMERA LECCIÓN

Estamos frente a ella y nos observa, con sus delineados ojos amarillos, desde su guarida predilecta, un cobertizo de madera oculto entre la hierba y a la sombra de un encino. Aunque una reja nos protege, su mirada no deja de intimidarnos. El cuerpo sabe que se encuentra frente a un magnífico depredador. No tenemos garras ni colmillos para defendernos, pero tenemos adjetivos: su mirada es profunda, adusta, pizpireta. Su figura es al mismo tiempo esbelta e imponente, su pelaje dorado, grisáceo. Acumulamos palabras para acercarnos a ella sin perder la calma. ​ Hay algo en ella tan felino, tan salvaje, que se resiste a la domesticación de un nombre. Sin embargo, su nombre está ahí, pintado encima de la casa donde reposa. Iyari. Fue bautizada de manera democrática, a partir de una votación pública entre la comunidad. La propuesta, que ganó con más de diez mil votos, fue de Arturo Vera Tenorio, estudiante de la FCPyS, y de Javier Chávez Posadas, alumno de la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Iyari significa “corazón” en wixárika. Nació en Puebla, en una Unidad de Manejo Ambiental, y cuando llegó a la Universidad, en 2013, tenía alrededor de dos meses y medio de edad; esto significa que ahora ya tiene catorce años, lo que la convierte en una puma de la tercera edad. Por ese entonces, el pumario se encontraba en el Centro de Enseñanza, Práctica e Investigación en Producción y Salud Animal, en Topilejo, donde también vivía Miztli, una puma a la que muchos llegaron a conocer en los partidos de futbol americano y soccer, y en las fotos de generación frente a Rectoría. Al poco tiempo, en 2015, se terminó la construcción de las instalaciones de la Facultad de Veterinaria en las que residieron las dos felinas; cuando se conocieron, la veterana tenía ocho o nueve años.

Iyari de cachorra (hacia 2015) y de joven y adulta en el pumario. Todas las imágenes son cortesía de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM a través de Oscar Vargas.

​ Gracias a la intervención de una Comisión de Bioética, Iyari ya no es una mascota de exhibición deportiva sino un animal de docencia. Vive al cuidado de Oscar Vargas, de Cristóbal Pérez —quienes la conocen desde cachorra— y de muchos voluntarios. El 24 de junio de 2014, tras un dictamen de la Comisión, se decidió que “Iyari sería la última puma que tendría la UNAM y que ya no sería un animal de exhibición; su función, a partir de ese momento, iba a ser de educación y docencia”, recuerda Oscar. ​ La primera vez que Oscar nos contó que todos los días por la tarde hay una sesión de entrenamiento y que los lunes y los viernes la pesan, asumimos convencionalmente que se trataba de adiestrarla a ella, pero después de largas conversaciones y de saludar a los alumnos voluntarios, nos pareció que, en realidad, el entrenamiento es más bien humano: hay que preparar a la juventud veterinaria para saber cuidar de un gran felino. ​ Una de las primeras lecciones consiste en que deben hablarle y explicarle, como a cualquier paciente, lo que van a hacerle: “voy a tocar tu abdomen”, “ahora voy a revisar tu cola”, para que los identifique y perciba el tono sereno de su voz; aunque también, nos confiesan los cuidadores, es para que los mismos veterinarios se relajen y entren en confianza. Es importante que los alumnos no pierdan de vista que se trata de un ser vivo y que, por tanto, puede sentir dolor, miedo o incomodidad. ​ Los estudiantes también aprenden a hacer enriquecimientos ambientales con el fin de estimular sus sentidos y su mente. Revisan los que se han hecho antes y ven cuáles han sido exitosos —como la piñata de cerdito de cartón y mecate que ya no tiene ojos, pero que resiste los años—; ven qué materiales son óptimos para ella —las llantas de coche no son muy manejables y no le gustan—; las piñatas sólo deben hacerse con engrudo, sin resistol y no les pueden poner comida; además, hacen un calendario, pues no se le deben colocar enriquecimientos todos los días para no sobreestimularla. A Iyari le encantan las pelotas; las hechas con capas y capas de papel o las de baloncesto son las que más duran. ​ ¿Pero por qué tendríamos que cuidar de los grandes felinos, si son bestias salvajes? El cautiverio de la fauna silvestre, aunque es penoso, a veces resulta inevitable. El caso de Iyari es ejemplar: ella nació en un criadero, por lo que nunca aprendió a vivir en libertad. Las madres enseñan mucho en la naturaleza. El instinto no basta para convertirse en un buen cazador. Si a alguien se le ocurriera soltar a un puma como ella en el Desierto de los Leones (parque nacional nombrado así porque a los pumas les llamaban leones antes de importar ese nombre quechua), el felino no sabría cómo agenciarse el alimento y, probablemente, terminaría atropellado en una carretera o acorralado en un patio doméstico, esperando que los humanos llegaran puntualmente a darle de comer a las tres y media de la tarde. ​ De lo perdido, dice el dicho, lo hallado: los animales criados en cautiverio no pueden ser liberados, así que lo más ético es procurarles una existencia saludable que contribuya de la mejor manera posible a la buena vida de sus congéneres y de la fauna en general. Como nos recuerda Itzcóatl Maldonado, secretario académico del Programa Universitario de Bioética, cuando lo entrevistamos: “debemos reconocer su valía como seres vivos y es responsabilidad de la Universidad tratar a todos los animales bajo los más altos estándares de cuidado”. ​ Imaginemos un escenario doloroso: un gato salvaje es atropellado en una carretera.1 Las autoridades ambientales lo encuentran lastimado. Es preciso capturarlo, hacerle una cirugía, cuidarlo hasta que esté en condiciones de ser liberado. Alguien tiene que hacer todo esto, y para ello hacen falta los conocimientos que se adquieren en las clases de Iyari. De esta forma, algún día ella le habrá salvado la vida a un felino silvestre. ​ El puma (Puma concolor) es un felino panamericano. Se le puede encontrar desde el Yukón, en Canadá, donde tiene que lidiar con osos grizzly y lobos, hasta la Patagonia, donde ha comenzado a depredar a los pingüinos. Su pariente más cercano es el jaguarundi, que hasta donde sabemos no ha sido adoptado como emblema por ningún equipo deportivo. Fuera de América, los guepardos son sus primos más cercanos, y los gatos domésticos son, incluso, parientes más cercanos que cualquier especie del prestigioso género Panthera, que incluye jaguares, leones, tigres y leopardos. ​ El amplísimo rango del puma no puede atribuirse a uno solo de sus rasgos; comparte con los demás felinos un extraordinario talento depredador, y si algo lo favorece tal vez sea la flexibilidad de su menú silvestre y la compatibilidad de su complexión con muy diversos climas. Su tamaño es idóneo: si fuera más pequeño tal vez sería una presa más fácil para coyotes y muchos otros carnívoros, y si fuera más grande tal vez sus requisitos dietéticos le dificultarían mucho vivir en entornos de baja carga faunística. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la población de pumas en América está decreciendo, pero aún está catalogada como de “preocupación menor”, aunque haya regiones, como en Florida, México y la Amazonia, en las que las subpoblaciones se encuentran amenazadas, sobre todo por la actividad humana.2

Casti (1947-1954), la primera puma en llegar a la UNAM.

UNA PUMA ENTRE LOS PUMAS DE LA UNAM

Oímos, todo el tiempo, hablar de los Pumas: que si llegaron a la liguilla, que si todavía alcanzamos a tomar el pumabús y sabemos, por otra parte, que hay una marca Puma de artículos deportivos. ¿Por qué? La historia de estos felinos como emblema universitario está ligada al futbol americano, que promovían los profesores, a inicios del siglo XX, al regresar de sus estancias de posgrado en Estados Unidos. A los hermanos Noriega se les adjudica, por ejemplo, haber traído en 1927 los colores azul y oro para el equipo, mismos que tomaron de los Fighting Irish de la Universidad de Notre Dame de Indiana. El equipo jugaba con otros del país vecino, pero desde 1936 surgió una intensa rivalidad, que se convertiría en un clásico, contra los Burros Blancos del Instituto Politécnico Nacional, fundado, como el equipo unamita, en 1936.3 ​ Más tarde, entre 1942 y 1946, el entonces entrenador Roberto Tapatío Méndez le dio el nombre de Pumas al equipo, “porque el uniforme de los jugadores era dorado y porque, aunque sus jugadores no eran tan grandes y fuertes como los típicos gringos grandotes, eran muy rápidos y aguerridos como un puma”, nos platica Oscar, técnico académico de tiempo completo de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Entonces se empezaron a traer pumas a la UNAM. En total ha habido once y cada uno tiene su propia historia. Casti fue la primera cachorra en llegar, en 1947, y a ella le siguieron Palillo, Ulises, Pibe, Maya, Pilú, Vendi, Toshka, Élmer, Miztli e Iyari, con quien cambió el paradigma. ​ En un inicio, Iyari buscó en Miztli una figura materna de la cual aprender a ser buena puma, sin embargo, no tuvieron contacto directo porque podía ser peligroso para la pequeña: “era un hecho que, si las poníamos en contacto directo, Miztli la iba a matar. De hecho, había lonas entre sus recintos porque si se veían se ponían muy mal, se trataban de agredir a través de la malla”. Pasados los años las cosas cambiaron: empezaron a llamarse, por lo que Oscar y Cristóbal quitaron los velos; aún así, las pumas “interactuaban, pero siempre con la barrera de por medio”. Al final los papeles terminaron por invertirse: Iyari era una adulta joven y Miztli, un felino senecto; ahora era ella quien podía salir lastimada en un encuentro. Miztli, musculosa en su juventud, era más pequeña que Iyari, quien la superaba en longitud; aproximadamente mide, erguida sobre los cuartos traseros, 1.75 m y, si se cuenta la cola, unos 60 u 80 cm más.

​ Oscar relata que cuando vieron a Iyari por primera vez, “tenía el pelaje hirsuto, pegado, y se veía con una actitud como de miedo, temor”. Quizá su recelo venía de su primer contacto con el mundo: su mamá abandonó la camada y no la quiso criar. Luego, ya en la Universidad, Iyari tuvo mucha relación con los humanos; era tierna, consentida, casi malcriada. En sus años mozos le llamaban la atención los animales que entraban a su recinto, como tlacuaches, cacomixtles, ardillas, pájaros e, incluso, lagartijas; los cazaba y jugaba con ellos, pero nunca intentaba comérselos. También era “de carácter fuertecito”, afirma Cristóbal. A la fecha no permite que todos los voluntarios trabajen con ella, le molestan las voces agudas, algunos olores y los humanos asustadizos —mide a sus interlocutores aventándose a la reja, gruñe y sisea, y si alguno se espanta, no querrá volver a saber nada de él. ​ Antes de que estuvieran listas las instalaciones de su facultad, su espíritu aventurero la llevó a pasear por el jardín y fracturarse el fémur derecho. La radiografía, además, mostró que tenía una baja densidad ósea; entonces, le colocaron un clavo intramedular y le cambiaron la dieta. No obstante, la curiosidad felina fue mayor y, una vez más, volvió a fracturarse ese hueso al saltar y golpearse contra las piedras del estanque de su recinto; en esa ocasión se le colocó una placa de fijación que se le revisa anualmente. ​ Iyari acaba de cumplir catorce años en febrero y la edad la ha vuelto más tranquila, cavilosa. Aunque no hay un consenso de cuánto viven los pumas en vida silvestre, la Mountain Lion Foundation considera un promedio de trece años;4 mientras que en cautiverio pueden llegar a vivir hasta veinte.5 Una señal de que ya no es ninguna jovencita es que desde el año pasado, en época de frío, se lame el miembro que se rompió; por ello le han acondicionado una lámpara de luz infrarroja frente a su casa de noche, su lugar seguro, que le sirve como fuente de calor también en invierno. ​ Aún así, a Iyari no le gusta el calor, la incomoda y la estresa —¿y a quién no? Nosotros estuvimos un rato bajo este sol de temperaturas dignas del Antropoceno y queríamos meternos con ella al frescor de la casa de noche—. Suele acostarse en el suelo para bajar su temperatura corporal y luego, dice Oscar, “se sube a la plataforma y se duerme, se queda muy muy relajada”. Los cuidadores y los voluntarios deben de estar atentos tanto de la temperatura como del comportamiento de la puma. Ella sabe darse a entender perfectamente: si se pasea de una puerta a otra quiere decir que es hora de meterse; si no le hacen caso, empieza a vocalizar y a sisear. Si siente mucho calor no quiere salir y, si sale, exige que la metan pronto, en vez de buscar lugares frescos como lo hacía Miztli. ¿Será éste otro de esos aprendizajes que no heredó de un puma adulto? ​ Iyari es más retraída que su antecesora, le gusta la tranquilidad de su recinto y, como pudimos comprobar, los jardineros no son santo de su devoción, pues producen demasiados estímulos. Una de las veces que fuimos a verla, el jardinero de Ciencias del Mar, la instalación vecina, estaba trabajando; Iyari, acostada sobre el cobertizo de madera, tensó el cuerpo, estiró el cuello y dirigió las orejas al lugar de donde procedía el ruido. Parece, sin embargo, que ahora los tolera más; Oscar dice que la última vez que vinieron a arreglar su recinto hasta se quedó dormida.

LA SEGUNDA LECCIÓN

Su pelaje dorado-grisáceo y brilloso es reflejo de una sana y equilibrada dieta; Iyari come cerdo, conejo, cuyo, pollo, ratón y rata que le envían de los bioterios de la UNAM o de Puma Gourmet, que incluso le ha mandado cabrito. Su alimentación varía en función de la disponibilidad de la carne y de la temporada del año, pero suele comer entre uno y dos kilos diarios que se reparten entre lo que se le da para el entrenamiento y lo que se pone en su plato en la casa de noche. Esta variación es así porque, en la vida silvestre, “cuando es la época de lluvias tienen más presas disponibles, entonces, es cuando le damos un poco más de comer”, nos cuenta Cristóbal y agrega que su peso oscila entre 47 y 54 kilos. ​ Los voluntarios trabajan con diligencia: cortan y pesan pedazos de carne, lavan trastes y abren y cierran refrigeradores, mientras Cristóbal empaniza algunos trozos con suplemento molido. Están listos para el entrenamiento y nosotros también. Los cuidadores nos encierran, junto a los alumnos, en la cocina; luego ellos también se ponen detrás de una reja que les llega hasta la cintura, toman un repelente en spray de citronela —el que se usa en el adiestramiento de perros— y le abren la casa de noche; está lista para salir: ha bajado de la plataforma y se ha estirado; es la señal. Se dirige al recinto exterior y una vez que le cierran la puerta, salimos todos. Iyari, perspicaz, sabe que tiene público y nos hace un pequeño show: se tira al piso panza arriba y frota su lomo contra la hierba.

​ Entonces, inicia la coreografía coordinada de los voluntarios, bajo la mirada atenta de Oscar y Cristóbal, que sueltan una que otra indicación. El trabajo es entre pares: uno tiene el target —un palo de golf con una pelota de squash en uno de sus extremos— mientras que el otro sostiene una cubeta verde con la comida que le da a Iyari cuando ha escuchado el clicker. El primero pasa la varilla de golf por la reja y dice “target”; Iyari acerca su hocico a la pelota; se escucha un “clic” y el otro voluntario le da con unas pinzas un trozo de carne. Cuando se acaban los cinco pedazos que le tocan a cada uno, intercambian instrumentos; es una actividad más o menos veloz porque, de lo contrario, Iyari se desespera y sisea. Nosotros la escuchamos ronronear, como cualquier gato, desde el primer bocado; está contenta. Uno de los chicos le revisa el tórax —el corazón y los pulmones— con un estetoscopio al que se le pegó, gracias al ingenio mexicano, otro palo de golf para darle rigidez. Él ya conoce la lección, le habla y le explica, e Iyari, por su parte, se deleita con la sangre que recibe de una jeringa —es el líquido que suelta la carne descongelada. La puma y los estudiantes realizan ejercicios de condicionamiento operante, enfocado en cuestiones clínicas y de bienestar animal; aprenden a decir y realizar ciertos comandos —sit, target, boca, down, stay, pata— para estar preparados cuando sea necesario revisarla y así sepan cómo se mueve y reacciona. ​ Hoy toca pesarla. De nuevo nos encierran y la felina entra en una transportadora de manera voluntaria y siguiendo el target. Cristóbal revisa su pata y su cola —la aprieta simulando una toma de sangre; la intención es que no se extrañe cuando le hagan un procedimiento médico y que sea más seguro para los veterinarios—; los ojitos cerrados de la puma, mientras bebe otro poco de sangre, son muestra de que no está para nada a disgusto. Luego sale de la transportadora y se sube a la báscula en la que Oscar ha dejado caer un pedazo de carne. Los estudiantes tienen la mirada fija en la pantalla: “54.200 kg”, dice uno. A continuación, Iyari entra de nuevo a su casa de noche y el entrenamiento ha terminado. ​ Cristóbal aprovecha el momento para explicarnos su peso: “ha subido porque aprendió a comerse la piel del puerco, que tiene mucha manteca, y porque por la edad ya no tiene tanta actividad física. Aunque tampoco queremos que esté muy baja porque eso hace que pierda masa muscular; buscamos proteger sus articulaciones”. Además, nos dicen, la fibra no digerible de su dieta viene del pelo de las ratas y los cuyos.

LA LECCIÓN FINAL

Dentro de este recinto abundan los pájaros. De vez en cuando entran las ardillas y los tlacuaches; y alrededor hay muchos estudiantes que, tendidos en el pasto, conversan, conviven, estudian y se besan (en efecto, nos tocó que en una visita a Iyari hubiera afuera una pareja apasionada). Los alumnos también se hacen presentes adentro, puesto que Iyari es, sin lugar a dudas, un “animal de docencia” y una gran maestra.

Diseño oficial de Goya, la mascota del Club Universidad Nacional, 2025.

​ Fuimos testigos de la dedicación, el respeto y el cuidado que Itzcóatl, Oscar y Cristóbal tienen por la puma y cómo le transmiten estos valores a sus estudiantes; vimos, además, cómo se adaptan a sus necesidades. Con Iyari aprenden las bases del condicionamiento operante, el enriquecimiento ambiental y cómo manejar respetuosamente a los grandes felinos. La felina está dejando una gran lección y un importante legado a toda la comunidad. Desde hace doce años ya no hay animales mascotas en la UNAM; prueba de ello es la recién llegada Goya, la nueva integrante del Club Universidad Nacional, que no es más que una persona con botarga. ​ A pesar de su edad, el andar de Iyari sigue siendo sigiloso, elegante; y el movimiento de su gruesa y larga cola, hipnótico. Su mirada es tan profunda que parece leernos el alma desde sus aposentos. Iyari, la lista y feroz puma que destroza con garras y dientes los enriquecimientos que le ponen los alumnos, tiene, no obstante, una debilidad: un juguete que no ha roto nunca; se trata de Roli Roli, un peluche rosa que ha tenido desde que era cachorra. Juega con él, lo avienta, lo recupera y, luego, lo abraza y acicala. Además de servirle de confort, Roli Roli también ha sido útil para desviar su atención cuando quiere lamerse la vieja herida, pues no puede resistirse ante su pelaje rosado, así como nosotros caemos rendidos ante su fascinante mirada.

Imagen de portada: Iyari de cachorra (hacia 2015) y de joven y adulta en el pumario. Todas las imágenes son cortesía de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM a través de Oscar Vargas. Estadio Olímpico Universitario, 2007. Fotografía de Edgar Efrén López Ramos. Wikimedia Commons ©.

  1. “Atropellan a jaguar en la carretera Cancún-Chetumal; sujetos intentan robar su cadáver”, El Universal, 12 de julio de 2023, disponible en https://acortar.link/BuBG0g. 

  2. Cf. Vanessa Díaz- Vaquero et al., “Conflict between cattle ranching and the conservation of jaguar (Panthera onca) and puma (Puma concolor) in the Amazon arc of deforestation”, PLOS ONE, vol. 19, núm. 11, 2024, pp. 1-15; Dulce María Ávila-Nájera, “Ecology of Puma concolor (Carnivora: Felidae) in a Mexican tropical forest: adaptation to environmental disturbances”, Revista de biología tropical, vol. 66, núm. 1, 2018, pp. 78-90; Osvaldo Eric Ramírez-Bravo et al., “Puma (Puma concolor), a top predator in Sierra del Tentzo Nature Reserve in Central Mexico”, Therya, vol. 9, núm. 1, 2018, pp. 95-97; y Jason Toto et al., “Strategies To Recover the Florida Panther and Secure the Preservation of the Florida Wildlife Corridor”, The Florida Bar Journal, vol. 99, núm. 5, 2025, pp. 9-21. 

  3. Omar Hernández, 95 años del futbol americano en la UNAM: una historia de fuerza, agresividad, valentía, rapidez e inteligencia, Gaceta UNAM, 7 de noviembre de 2022, disponible en https://acortar.link/ZmeOjY. 

  4. Cf. Mountain Lion Foundation, disponible en https://acortar.link/2tJrKw. 

  5. Cf. Fundación Rewilding Chile, The Legacy of Tompkins Conservation, disponible en https://acortar.link/xt0X6g.