periódicas Gatos ABR.2026

Rosaura Martínez Ruiz

Antigonía o cómo hacer un duelo público y una demanda política

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Un número significativo de adaptaciones de la tragedia griega Antígona, de Sófocles (ca. 441 a. C.), ha surgido en América Latina como respuesta a las múltiples crisis forenses que abaten a la región. Desde las dictaduras en el Cono Sur de la década de los setenta hasta los distintos conflictos armados en Colombia, Perú, Guatemala, El Salvador y ahora, particularmente, en México (a partir de la militarización del país), América Latina se ha caracterizado por tener una historia sistemática de desapariciones forzadas; entre las que se encuentran los feminicidios sistémicos en Ciudad Juárez. ​ La cantidad de adaptaciones en este continente llama la atención, sobre todo, porque hay una enorme diferencia entre la historia de la Antígona de Tebas y la de las Antígonas latinoamericanas: la griega tiene el cadáver de su hermano Polinices y conoce exactamente cómo murió, mientras que las otras buscan el cuerpo con o sin vida de su ser querido desaparecido y la verdad sobre su destino. Si la Antígona de Tebas demanda un ritual digno para su hermano, la Antígona argentina, la peruana, la de Ciudad Juárez y Antígona González1 exigen la materialización de sus seres amados y un sepulcro digno y humano para ellos. ​ En Duelo y melancolía, Freud sostiene que la diferencia crucial entre estos dos fenómenos psíquicos está en que el duelo ocurre cuando el sujeto sufriente sabe qué es lo que ha perdido; mientras que, por el contrario, desconocerlo sentencia al sujeto a una condición melancólica.2 Esta incertidumbre impone la sensación de que el tiempo se suspende y que el dolor se prolonga injustamente. ​ Según el psicoanalista, es claro, entonces, que el duelo de las Antígonas latinoamericanas es imposible, pues no tienen siquiera certeza de si han o no perdido a alguien. No obstante, siguiendo esta misma teoría resulta enigmática la dificultad del duelo de la heroína griega, pues si ella recupera el cuerpo de su hermano y conoce la verdad sobre su fatal destino, ¿por qué sigue lamentándose? Freud se equivoca en un punto clave: el duelo es colectivo o no es. La verdad es indispensable para la justicia social, política y restaurativa, por lo que su ocultamiento obstaculiza la apertura hacia un porvenir. ​ Freud no alcanzó a ver la dimensión sociopolítica del duelo. Me refiero a que, de haber prestado más atención a Antígona y un poco menos a Edipo, quizá se habría percatado de que su teoría no consideraba el lugar tan decisivo que juega el reconocimiento de la colectividad y la esfera pública sobre la pérdida. En Tebas, los entierros servían para impedir que los cadáveres fueran devorados por los animales de rapiña, pero también para rendirles honores. En los lamentos de la Antígona griega, se escucha la demanda por un sepulcro digno para Polinices: “Mirad vosotros, príncipes de Tebas, a la única que queda de las hijas de los reyes, cómo sufro y a manos de quiénes por guardar el debido respeto a la piedad”. ​ Por su parte, dos arias de Antígona González confirman la necesidad de conocer la verdad sobre el destino del ser amado, así como el perentorio clamor de un ritual:

Ellos dicen que sin cuerpo no hay delito. Yo les digo que sin cuerpo no hay remanso, no hay paz posible para este corazón.

Lo queremos encontrar aunque sea muertito. Necesitamos sepultarlo, llevarle flores, rezarle una oración.3

​ De acuerdo con Freud, la melancolía se caracteriza por un sufrimiento anímico intenso, el distanciamiento del entorno, la pérdida de la capacidad afectiva, el detenimiento de las actividades cotidianas y la visión negativa que el individuo tiene de sí mismo —llegando incluso a tener ideas delirantes de castigo—.4 Por su parte, el duelo también es un periodo de profundo tormento psíquico ante la pérdida de un objeto amado, no obstante, en comparación con la melancolía, no se advierten autorreproches ni se renuncia radicalmente a la acción. Esto provoca que, después de un tiempo, el sujeto logre investir (cargar de energía sexual) la libido libre en un nuevo objeto.

​ Pese a la gran erudición de la teoría de Freud del psiquismo ante la pérdida, la historia de la desaparición forzada en América Latina exige pensar en una tercera economía psíquica5 ante la ausencia del objeto amado. Las mujeres —madres, abuelas, esposas, hermanas e hijas— que demandan públicamente conocer el destino de sus seres queridos con el fin último de, siquiera, poder hacer su duelo, revelan un estadio diferente. La suspensión del estatus ontológico de los desaparecidos (pues no hay certeza ni de que esté vivo ni muerto) y la activación política de las mujeres en colectivos con la vehemente consigna de tener un lugar para poner flores, una tumba para llorarles y “guardar el debido respeto a la piedad” son reclamos que exigen la materialización del cuerpo; las lamentaciones por la ausencia de éste buscan poder registrar la pérdida y hacerla memoria. ​ Lo central aquí, me parece, es que se trata de una demanda pública. En este sentido, este lamento es político porque se lanza a la calle, a la plaza, a los medios de comunicación, contra el soberano, hacia la ciudadanía y la opinión pública. Se transforma así en un modo de resistir y subvertir la melancolía, y también de afirmar el derecho político a que todo humano sea valorado como tal. En este sentido, el proceso de duelo no sólo depende de que colectivamente una pérdida sea reconocida, sino que, además, debe ser reconocida como una pérdida humana. Esta falta de reconocimiento se aprecia en las palabras de la buscadora María Herrera: “Porque nuestros hijos no son animales que pueden quedar tirados en la intemperie en cualquier lugar”;6 o en las de Antígona González: “cómo reclamarte, Tadeo, si aquí los cuerpos son sólo escombro”. ​ De este modo, la demanda pública del duelo y el activismo político de las mujeres dejan ver un estadio psíquico distinto al del duelo o la melancolía en sentido freudiano. A esa afección psíquica la llamaré antigonía, epónimo que derivo del quehacer político de Antígona de Tebas —quien desafía el edicto del rey Creonte de darle sepulcro a uno de sus hermanos y a otro no—, pero también, y sobre todo, del quehacer de la argentina Antígona furiosa, de la Antígona peruana y de las mexicanas en Antígona, las voces que incendian el desierto y en Antígona González. La antigonía es un estado psíquico en el que la energía psíquica (libido) está dividida. En consonancia con la suspensión del estatus ontológico del desaparecido, una parte de la energía psíquica que antes se investía completamente al objeto amado queda libre, canalizándose a la acción política que pugna contra una asignación diferencial de la memorabilidad. ​ En contraste con el duelo y la melancolía, que sólo buscan recordar y rendir homenaje a quien se añora, en la antigonía, las actividades que se realizan no son por la memoria del ser amado, sino por su memorabilidad como la cualidad de ser digno de ser recordado, ahí donde ésta ha sido quebrantada. Las acciones, además, tampoco son íntimas o doméstico-familiares, como en el caso de los estados freudianos, sino públicas y políticas, pues se exige una asignación equitativa de memorabilidad. ​ Dicho esto conviene precisar que si bien la Antígona de Sófocles es un modelo paradigmático de desobediencia ante un orden tiránico y una figura femenina catacrética del lamentalismo agonístico, hay una diferencia medular entre su demanda de duelo público igualitario y el de las Antígonas latinoamericanas: la tebana exige el sepulcro para un príncipe que murió en la lucha por el trono de su ciudad natal, mientras que las oriundas de este lado del Atlántico reclaman una distribución equitativa de la lamentabilidad y la memorabilidad en un territorio donde sus Polinices han sido identificados como individuos algo menos que humanos, esto es, no son sólo muertos que no merecen sepultura “según la costumbre”, sino que son vidas desechables. ​ Otro contraste entre las Antígonas es su clase social. La europea, como sus hermanos, viene de un linaje real; en cambio, en América Latina, las protagonistas y sus “Polinices [son] identificado[s] con los marginados y desaparecidos”.7 De este modo, la genealogía geopolítica de este epónimo es más latinoamericana que mediterránea. ​ Judith Butler sostiene que “Antígona es la ocasión para un nuevo campo de lo humano, logrado a través de la catacresis política, la que se da cuando el menos que humano habla como humano”.8 Si bien dentro de la tradición metafísica occidental se ha construido un sinnúmero de definiciones de “lo humano”, quiero sugerir otra que infiero a partir de las demandas de los colectivos de buscadoras. Humano es aquél que es reconocido por su polis como digno de duelo y sepultura. Lo que finalmente pretende sustraer el despojo de la memorabilidad de un ser es su condición de humano. Tranquilina Hernández, otra buscadora, señala así esta degradación: “Tenemos que seguir. Las personas que están en las fosas no son basura, no son animales, hay que apurarnos y sacarlos a todos de ahí”, esto es, de los entierros ilegales o las fosas comunes.9 Mientras que Antígona de Tebas remarca la diferencia de respeto:

¿no ha considerado Creonte a nuestros hermanos, al uno digno de enterramiento y al otro indigno? A Eteocles, según dicen, por considerarle merecedor de ser tratado con justicia y según la costumbre, lo sepultó bajo tierra a fin de que resultara honrado por los muertos de allí abajo. En cuanto al cadáver de Polinices, muerto miserablemente, dicen que, en un edicto a los ciudadanos, ha hecho publicar que nadie le dé sepultura ni le llore, y que le dejen sin lamentos, sin enterramiento…, como grato tesoro para las aves rapaces que avizoran por la satisfacción de cebarse.

​ Tanto el lamento por un muerto expulsado del margen político de su polis como el clamor por un desaparecido denuncian la banalización que se hace de ciertos cuerpos valorados como prescindibles, desechables e infrahumanos. El sujeto antígono actúa pública y políticamente cuando el Estado y/o la comunidad no reaccionan a la desaparición con la urgencia de búsqueda y de impartición de justicia merecida; así, lucha contra la discriminación de esos sujetos que se consideran como indignos de aflicción y memoria.

​ Las buscadoras han puesto de manifiesto que no se busca a todos los desaparecidos, que no a todos se les da un sepulcro, que no todo el territorio mexicano está organizado respetando una distribución equitativa de la dignidad humana como memorabilidad, y que si vamos, por ejemplo, a Puerto Peñasco, no sabemos si estamos ante un paisaje divino, ubicado entre el desierto y el mar, o en arenas donde muertos sin nombre pueden aparecer desenterrados por la marea. ​ En un Estado democrático y justo, los restos humanos deben yacer en un espacio delimitado, un lugar de sepultura que, como umbral, facilite la comunicación con los ausentes, pero también propicie el duelo y la memoria. Esto es lo que reclaman todas las Antígonas del mundo, pero las buscadoras de México y las del desierto de Atacama, además, lo trazan. Un pedazo de tierra removida donde se oculta el cuerpo de un desaparecido es un no-lugar que evidencia y denuncia la violencia, la falla o la negligencia del Estado para delimitar el espacio designado al descanso de los muertos. Cuando la desaparición forzada no se resuelve, el territorio de la comarca va transformándose de cosmos a caos. ​ Nostalgia de la luz, un documental chileno sobre el desierto de Atacama dirigido por Patricio Guzmán, logra plasmar cómo los espacios no tienen una esencia a priori que defina su carácter. Este desierto alberga a ALMA, el mayor proyecto astronómico terrestre desarrollado hasta el momento, y las ruinas de Chacabuco, el campo de concentración más grande de la dictadura de Pinochet. De este modo Atacama es al mismo tiempo un paisaje, un punto de referencia para observar galaxias muy distantes, un área de explotación minera y un no-lugar en el que yacen restos de desaparecidos víctimas del régimen totalitario. Es, además, una de las zonas de búsqueda de las mujeres de Calama, que recorren y parcelan activamente el desierto con la esperanza de encontrar algún resto del cuerpo de sus familiares. Su andar ha evidenciado que ese asombroso paisaje en realidad esconde una espantosa fosa común. ​ Atacama no es el único desierto en América profanado por el crimen de la desaparición. Cada martes por la mañana, el artista colombiano Álvaro Enciso coloca cruces en el desierto ubicado entre Arizona y Sonora para memorar a los migrantes que mueren en su cruce de México a los EE. UU. en busca de mejores condiciones de vida. El proyecto Donde mueren los sueños ha puesto, hasta el momento, alrededor de dos mil cruces artesanales, pintadas en vivos tonos de naranja, morado y verde. Enciso y un grupo de voluntarios utilizan la base de datos de la Iniciativa OpenGis de Arizona para guiarse, aunque encuentran información limitada: el nombre (si la persona fue identificada), la edad, la causa de muerte (si se pudo determinar), el lugar y la fecha donde se recogió el cuerpo. ​ Enciso narra que el mapa de Humane Borders marca con un punto rojo cada sitio donde muere un migrante, pero que la saturación de puntos es tal que hoy, prácticamente, se ve una gran mancha roja. Su labor sustituye la vacuidad e inmaterialidad del punto por una santa cruz tangible que le regresa, aunque sea un poco, la dignidad al migrante, cuya muerte, señala el artista, “podríamos haber evitado”.10 La cruz, por un lado, convierte al espacio en un lugar de conexión y comunicación con una vida injustamente desechada, es decir, ya no es sólo un migrante más, y, por otro, transforma el desierto, un admirable paisaje de impresionantes cactáceas, en lo que las políticas asesinas estadounidenses de migración lo han convertido: una fosa común. Antigonía solidaria podría ser otro nombre para el proyecto de Álvaro Enciso.

Imagen de portada: Álvaro Enciso, Donde mueren los sueños [cruces colocadas en los Desiertos de Sonora y Chihuahua], proyecto en curso desde 2013. Fotografías cortesía del artista.

  1. En orden de aparición: Antígona furiosa (Griselda Gambaro, 1986), Antígona (José Watanabe, 2000), Antígona, las voces que incendian el desierto (Perla de la Rosa, 2004) y Antígona González (Sara Uribe, 2012). 

  2. Cf., Freud, “Duelo y melancolía (1917 [1915])”, Obras Completas. Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras (1914-1916), vol. 14, José L. Etcheverry (trad.), Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p. 243. 

  3. Sara Uribe, Antígona González, Sur+, Oaxaca, 2012, pp. 24 y 81. 

  4. Freud, op. cit., p. 242. 

  5. Freud piensa el duelo y la melancolía como trabajos psíquicos de distribución de la energía que cada sujeto invierte sobre sus objetos de amor. Es en este sentido que propongo, como veremos, la antigonía como una tercera economía que, considero, Freud no pensó, primero, porque no puso atención en la tragedia de Antígona de Sófocles y, segundo, porque no conoció la tecnología de la desaparición forzada. 

  6. Ximena Antillón Najlis et al., Yo sólo quería que amaneciera. Impactos psicosociales del caso Ayotzinapa, Fundar, México, 2018, p. 485. 

  7. S. Uribe, op. cit., p. 21. 

  8. Judith Butler, El grito de Antígona, El Roure Editorial, Barcelona, 2001, p 110. 

  9. Cf., Jaime Luis Brito, “Fosas de Tetelcingo: las historias de las víctimas (video)”, Proceso, 29 de mayo de 2016. 

  10. Max Herman, “Un artista recuerda a los emigrantes que murieron en su viaje al Norte”, Borderless, 27 de octubre de 2022.