dossier Amistad FEB.2026

Laura Sofía Rivero

Rimar a pesar de todo

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I

Hace unos años conocí a alguien que pensaba en la amistad como un script. Una relación debía cumplir con una serie de acontecimientos para satisfacer los supuestos de su mente. Quizá porque la televisión lo había educado en un imaginario de cómo debía verse un grupo de amigos jóvenes: solteros aperlados y bellos rentando departamentos contiguos en la ciudad de Nueva York, enamorándose y desenamorándose unos de otros, tomando café a todas horas del día, compartiendo aventuras bobas a las que reaccionan con gesticulaciones excesivas, propias de una versión moderna de la comedia de enredos. Era, lo pienso ahora, una suerte de Don Quijote, sólo que alimentado no por las convenciones narrativas de las novelas de caballería, sino de las sitcoms estadounidenses.

​ Complacerlo, por tanto, era difícil. Sin canciones de inicio, sin actores invitados, sin finales de temporada, sin arcos dramáticos sorpresivos, la vida siempre se quedaba rezagada y no colmaba con sus expectativas. En las reuniones, por ejemplo, solía quejarse de que no estábamos haciendo lo que, a su juicio, nos tocaba hacer. Si alguien comenzaba a mostrar las fotografías de un viaje, lo amonestaba diciendo que aún no era su turno. Se enojaba de que no nos riéramos de alguna travesura que había planeado meticulosamente con tal de asegurar la carcajada comunal. ¿Por qué nos quedábamos mudos tras hallar un suéter que había escondido en el congelador si él ya había pregrabado, en los confines de su mente, una retahíla de risas? Éramos nosotros los inoportunos, fallábamos por no seguir el guion. “Oigan, esto es algo muy especial”, decía como un director de escena, “es nuestra primera noche en cita de parejas”; pues era habitual que nos explicara, mientras acontecían, cuáles serían los sucesos compartidos que habríamos de recordar para siempre.

​ Curiosamente, a pesar de sus ardides por fabricar momentos memorables, me doy cuenta de que he olvidado casi todo de él. Hoy me resulta una presencia borrosa, sin detalles. Llegó un punto en que cualquier invitación suya me comenzó a parecer tan atractiva como asistir a una cita en la Secretaría de Hacienda. Los policías de la diversión no suelen ser divertidos. Concentrados, más bien, en lo que quieren que sean sus acompañantes y no en lo que genuinamente son, terminan por edificar un cerco que los rodea hasta aislarlos por completo.

​ No sé qué será de él ahora. Quizá lo sabría si, en lugar de haberse afanado en borrar las imperfecciones de nuestra incipiente relación y en dar indicaciones de cómo debía comportarme, se hubiera dedicado a ser, simplemente, mi amigo.

María José Casazza, “Cuartel”, 2024. Todas las imágenes forman parte del Archivo de camas huérfanas, 2024-en curso y son cortesía de la artista.

II

Lo contrario de la amistad, me parece, no son los enemigos, sino la impostura. Esa solemnidad que nos acosa en todas partes y que no nos deja ser quienes somos a plenitud. Producto del miedo y del rechazo, nos obliga a fingir otro carácter, nos recorta los bordes, nos disminuye. La amistad no debería ser definida como un tipo de relación humana o de afecto, sino como la ocasión que tenemos para ser por fin.

​ Lo pienso al recordar que cuando afirmamos “te lo digo como amigo” en una conversación estamos instalando, mediante esas palabras, un pacto de buena fe en el que la sinceridad se antepone, incluso, a las buenas costumbres. Es una búsqueda de la autenticidad. Con esa simple frase nos permitimos hablar no en términos de jefe ni de conocido ni de licenciado ni de subalterno: trazamos una línea horizontal con el otro, suspendemos las jerarquías y los acartonados roles sociales. (Natural me resulta entonces preguntarnos si acaso las madres y los padres, como han dictado algunos nuevos enfoques de la educación, pueden llegar a convertirse, genuinamente, en amigos de sus hijos…)

​ De ahí que una “amistad simulada” me parezca la más terrible de las contradicciones. ¿Por qué convertiríamos a la amistad en otro papel que se desempeña en este mundo tan teatral? ¿Por qué perderíamos la oportunidad de ser, ahora sí, quienes somos?

La amistad no debería ser definida como un tipo de relación humana o de afecto, sino como la ocasión que tenemos para ser por fin.


​ Tengo la impresión de que, dado que el amor es un órgano exhausto por haber fungido durante siglos como el centro de nuestras exigencias, en los últimos tiempos hemos procurado advertir colectivamente la valía de la amistad. Hay quienes dicen que los verdaderos amores de su vida son sus amigas o amigos. ¿Pero no será que estamos trasladando las fórmulas de la desesperación romántica a un nuevo territorio? Aunque el compromiso de ofrecer tiempo y cuidado más allá de una pareja me parece tan bello como alentador, sospecho que, en muchos casos, una nueva idealización —ya no de los príncipes matadragones, sino de los amigos infalibles— está comenzándose a popularizar bajo conceptos muy similares a los que ya nos producen urticaria al hojear una novela rosa venida a menos.

“Estampados y tramas”, 2024.

​ Un amplio repertorio de lugares comunes, repetidos por doquier, insiste en sublimar la amistad: por ejemplo, las escenas de niños que se juran cariño eterno al herirse la palma de la mano con una navaja; las pulseras y collares con corazones divididos por la mitad a la espera de juntarse con su contraparte; en la adultez, los tatuajes gemelos; las paletitas y cupidos fabricados en maquila que se reparten el catorce de febrero —formidablemente inmortalizados, por cierto, en “Ojalá” de José Israel Carranza—; así como las mil y una series de televisión basadas en la fórmula del indestructible grupo de amigos que sigue unido a pesar de los vendavales de conflictos y rencillas internas.

​ Pero ¿cómo sabemos que con todos estos tópicos y gestos honramos la felicidad, el sosiego y la compañía que nos dan nuestros amigos o que, por el contrario, hemos comenzado a demandarles una constreñida excelencia?

​ Fuera del ámbito de la ficción, la esencia de la amistad no está en las grandes historias, sino en compartir con otros seres humanos lo intrascendente; aquello que, en apariencia, no importa. La amistad no es épica, y quizá ni siquiera narrativa; la concibo, más bien, como una viñeta o una estampa, como un poema en prosa. Aunque haya amigos que se muestran con diafanidad en una visita al hospital, en un pésame o al rescate ante alguna avería, la esencia de su encanto me resulta más rotunda en un cúmulo de gestos con significado borroso. En mi caso: un bote extragrande de nuggets en una tarde que se pronosticaba solitaria, una conversación en la banca de una casa del Porfiriato, un diligente correo con un archivo adjunto que resolvía los berrinches de una computadora lenta, una maleta descosida que explotó por exceso de ropa, y también en la paciencia de quien decidió esperarme y no irse ante una impuntualidad de más de hora y media.

​ Imágenes caprichosas que, de manera aislada, no parecen tener ningún mérito. Pero que, para quien las alberga, hacen saber que —en esta rutina ahíta de sonrisas gastadas, transacciones simbólicas y luchas de poder— hay también espacio para lo espontáneo, lo que no tendrá un costo; aquello que vale por ser, precisamente, gratuito.

“Pareja en el campo”, 2024.

III

No sólo a la cultura popular le reclamo su visión idealizada de los amigos. También me gustaría reclamárselo a Aristóteles, pues leo con suspicacia su afirmación acerca de que la amistad perfecta es una confluencia de almas similares. Y no sólo eso, sino de almas virtuosas. Su idea me invita a trazar un eco con el mito del andrógino puesto por Platón en boca de Aristófanes; para ambos, el afecto se concibe como la reunión de lo que fue separado en otro tiempo o de lo que, por consonancia, funciona como un conjunto, una unidad. ¿Pero cómo explicar, entonces, que muchas personas aseguremos tener amigos muy queridos que, aunque sea por ratos o aunque sea un poco, nos caen mal?

​ Hace poco escuché que nuestro cerebro es el que toma la decisión de elegir a quienes se convertirán en nuestros amigos dependiendo del parecido que otras personas tienen con nuestros propios patrones neuronales. En tiempos de desinformación en los que un “estudio científico de la Universidad de” resulta ser, más bien, una alucinación colectiva, no puedo constatar con certeza esa hipótesis. Pero, sea cierta o no, ostenta ideas valiosas: en caso de ser verdad, valida la opinión del estagirita desde el funcionamiento de nuestro cuerpo; de no ser más que un invento, recalca lo mucho que nos importa entender los lazos de amistad como testimonios de la similitud y la consonancia, de las medias naranjas y las personas idénticas como gotas de agua.

​ A mí, por el contrario, me seduce la idea de poder convertirnos en amigos de quienes son distintos de nosotros. Claro que me conmueven las simpatías sobrenaturales —como la de Montaigne y Étienne de La Boétie— y el hallazgo de esos interlocutores irrepetibles que tienen la capacidad de convertir a dos individuos en un mundo. Pero qué aburrido sería únicamente hablar con clones nuestros en un universo aplanado por las semejanzas; sería como, de hecho, lo es aquel mundo virtual en el que nos reunimos en tribus, muchas veces sin saberlo. O como esa validación, cansina por perpetua, con que las máquinas que más nos azoran hoy en día responden a nuestros mensajes desesperados.

​ Porque si la palabra “amigo” sirve como una muletilla con la que nos referimos a un desconocido en la calle o se utiliza para nombrar a quienes decidieron agregarnos en una red social nomás porque se les hizo fácil dar un clic, entonces puede significar también la apuesta por hablar como iguales con personas distintas a nosotros.

“Siesta en el bosque”, 2024.

​ Si únicamente lográramos simpatizar con quienes tenemos afinidades, ¿cuántos amigos perderíamos? Y no sólo eso, ¿cuántas formas de percibir y aquilatar la realidad escaparían de nuestra mirada? En una época en que reinan la hostilidad y los insultos inmotivados, los amigos nos regalan el derecho a la tan necesaria confrontación sin cuchillazos.

​ Entablar una amistad es algo más que compartir una lista de preferencias y disgustos (aunque me pregunto qué dice de nosotros como especie que sea más fácil sentirse unido a alguien con quien se sostiene un odio en común). La falacia de la afinidad resulta patente cuando fracasamos en el intento de reu­nir a diferentes grupos de amigos: gente que, en estricto sentido, comparte intereses, sentido del humor, gustos gastronómicos y una persona en común a la que se aprecia; pero que, ya en conjunto, no termina de cuajar en su trato y nos obsequia las ocasiones más tensas y soporíferas de nuestra existencia.

​ Me rehúso a pensar que la amistad es esencial, una similitud de origen. Prefiero concebirla como un estilo de conducirnos en el mundo: la disposición a concurrir más allá de las desavenencias. La mayor prueba de ello la encuentro en las amistades largas. Si el cariño —que en un principio nació por el azar de una banca contigua en el salón de clases o por una coincidencia como las hay por millones— puede persistir a lo largo del tiempo, es quizá por esa voluntad de sostener algo construido en una capa profunda.

​ ¿Y qué es ese algo? Para mí, es tomar el riesgo de observar todas y cada una de las tonalidades que irradian de una persona. Aquello que nos hace posible saber que frente a nosotros se encuentra alguien que, aunque no comparta ni nuestro oficio ni nuestras predilecciones, ni siquiera nuestra opinión, es más que la suma de ello. No el rostro para la foto, no el depositario de nuestras fantasías, no el remanso para la tristeza; apenas alguien que está ahí, sin más pretensiones que el no irse. Una persona que se permite ser; dispuesta a rimar, a pesar de todo.


Escucha el Bonus track de Laura Sofía Rivero, con Fernando Clavijo M.

Imagen de portada: María José Casazza, “Pijamada”, 2024. Esta imagen forma parte del Archivo de camas huérfanas, 2024-en curso y es cortesía de la artista.