Una pesadilla de la que no puedo despertar. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia de Patricio Pron
Leer pdfPara Jesús Silva-Herzog Márquez
Es extraño escribir acerca de una novela que, cuando se publicó por primera vez, suscitó una montaña de comentarios críticos y se tradujo a una docena de idiomas. En principio no habría mucho que agregar, excepto recordar, con William Faulkner, que “el pasado no muere, ni siquiera ha pasado”. Se trata, desde luego, más que de una simple frase literaria, de una proposición: en términos más o menos estrictos, el tiempo se comporta como el charrán ártico, ese raro pajarillo: si está sano, anda en constante movimiento, volando entre los polos norte y sur, de ida y vuelta, cero problemas: su vuelo ininterrumpido es análogo a la suspensión del tiempo. Viene esto a cuento porque la primera novela que leí de Patricio Pron fue, precisamente, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Anagrama, 2011). Estaba de paso en Madrid, donde coincidí con dos hermanos míos: Julio Trujillo (q.e.p.d.) y el poeta y ensayista Luigi Amara. Eran, todavía, esos años en los que las cosas prometían encajar, tener o cumplir un sentido, incluso si carecían de él: la vida, todavía proyectada, se inclinaba hacia adelante; todo lo contrario a la de hoy, que parece suspendida, sin demasiados motivos para virar hacia algún punto distante que resulte promisorio; yes, Mr. Faulkner, el pasado, el maldito pasado que no termina de pasar ni se acaba de morir. O, parafraseando a Bruce Springsteen en “Atlantic City”: hasta lo que ha fenecido y desaparecido de la faz de la Tierra, un buen día regresa. No fue en alguna de mis librerías preferidas de Madrid, sino en una de franquicia, no recuerdo cuál: atrapado entre montañas de best sellers y sus compulsivos compradores, tomé un ejemplar, la primera edición de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia —esa escapada madrileña debió ser en 2011—. No olvido, eso sí, que salí de aquella saturada librería y tienda de regalos con la cabeza dándome vueltas. Sé que no la pasé mal, que me encontré con amigos con quienes lo normal habría sido vernos en México; sé que, a menos que me atiborre de pastillas, no logro dormir a bordo de un avión; sé que leí de un tirón la quinta novela de Pron en el vuelo de regreso a la capital mexicana; que me gustó y me dejó intrigado. Hasta ahí. En mi último paso por Madrid después de salir huyendo de Varsovia, esta vez en la tranquilidad de mi librería preferida de la capital española (en la primavera de 2024), distinguí entre las novedades editoriales la novela de Pron leída trece años antes: “El pasado no muere, ni siquiera ha pasado.” Ciertamente, Sr. Faulkner. Pero pasaron varios meses, casi un año, para que me acercara a la nueva versión de El espíritu de mis padres. Entonces recibí, de forma completamente inesperada —si bien planeada con tiempo y sevicia suficientes—, el tipo de derechazo en plena sien —el corazón se detuvo y colapsó segundos después— que usó Sonny Liston (en 1962 y en Chicago) para mandar a la lona a Floyd Patterson apenas iniciado un primer round. Quien ha sido abatido de tal manera, escribió Gay Talese en The New York Times, “Lo que desea es ocultarse, al igual que de niño se ocultaba en un agujero encima de las vías de la estación de metro de High Street, en Brooklyn: un agujero al que trepaba mediante una escalera y dentro del cual se quedaba sentado durante horas en la oscuridad, escuchando el estruendo de los trenes al pasar, imaginándose a salvo de todo lo que temía”.1 Apenas estaba recuperándome de la brutal contusión, recostado en el rincón de los lockers a donde fui arrastrado inconsciente, cuando, al levantar con esfuerzo la cabeza (el cuello crujiendo como un mecanismo de engranajes de metal a punto de reventar): ¡PUM!, recibí otro golpazo, esta vez un jab en pleno rostro y de quien menos me esperaba. Cansado de servir de punching bag, maltrecho pero con ganas de seguir haciendo lo que más me gusta, alcancé mi ejemplar de la nueva versión de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2024). Pero es un error llamarla nueva versión, pues, y ése es el tema de este ensayo, en realidad se trata de otra novela, trasunto que no es evidente a primera vista, aunque tampoco se trata de un ejercicio literario obsoletamente posmoderno ni de alguna especie de juego o dispositivo novelístico irónico propio de esta edad a la que Félix de Azúa definió como la del “acabamiento del arte”.
George Bellows, El regreso a la vida, de la serie Hombres como dioses de H. G. Wells, 1923. Birmingham Museum of Art.
Renuente como soy a revisar los comentarios de la crítica —si me cuesta considerarme escritor, me cuesta más pensarme crítico literario—, me he encontrado, empero, con comentarios simplones respecto del libro, emparentándolo con uno de W. G. Sebald, supongo que por el mero hecho de que incluyó, como hizo el escritor alemán, imágenes fotográficas, algunas de ellas vagamente asociadas al texto y otras que pueden emparentarse a la trama y la estética de la nueva edición de El espíritu de mis padres. Lector compulsivo (como todo mundo en su momento) de Sebald, en mi caso pasé los viajes a mi trabajo en Chicago, y de regreso, leyéndolo en las ediciones de New Directions a bordo del autobús que corría, a paso de tortuga, junto al Lago Michigan. Gracias a ello puedo decir que el único paralelo que encuentro es el inicio de la historia como el reconocimiento de un extravío. Leemos en Los anillos de Saturno: “En agosto de 1992 […], emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante”; y en la novela de Pron: “Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, unos años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que mi recuerdo de ese largo periodo —por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años— es más bien impreciso y esquemático […]. Mi padre enfermó durante ese periodo, en agosto de 2008 […] llamé a mi hermana. Me contestó una voz que parecía salida del fondo de los tiempos […]. Puedo hablar con él, pregunté. No, él no puede hablar, respondió ella. Voy, dije, y colgué”. En lo que sí pensé —quizás otra obviedad— al leer El espíritu de mis padres en su versión reescrita, fue, desde luego, en “Pierre Menard, autor del Quijote”, pero invirtiendo los términos propuestos en el célebre y canónico metarrelato, en el cual Borges se oculta bajo el personaje de un comentarista de la obra visible de Menard y la otra, la subterránea: los capítulos tales y tales del Quijote y un fragmento del capítulo veintidós. El espíritu de mis padres de 2024 es, en efecto, otra novela, distinta y distante, y con ello no me refiero, obviamente, a los años transcurridos entre una y otra, sino a la(s) forma(s) en que el escritor se convierte en un replicante —quiero decir, quien pasa por un proceso de alteración de sí mismo y a la vez reemprende el intento de conectar los puntos que quedaron pendientes: que replica, que va a la busca de respuestas inaccesibles, al encuentro de la oscuridad en un diminuto haz de luz y para ello reinventa/transforma una novela publicada trece años antes, ya sea para seguir olvidando el horror o, bien, qué acto más valeroso puede haber, para actualizarlo.2 No es extraño que Ricardo Piglia, quien no fue ajeno a hacer de Emilio Renzi un otro —no confundir con algo así como un alter ego, más bien cabe pensar en una suerte de falso y a la vez auténtico dramatis personae— lograra sintetizar al Menard de Borges y, sin saberlo, anticipar la doble y necesaria senda de Pron: “La práctica arcaica y solitaria de la literatura es la réplica (sería mejor decir el universo paralelo) que Borges erige para olvidar el horror de lo real”.3 Sospecho que Patricio Pron, a la manera de Menard, “acometió una empresa complejísima y de antemano fútil”,4 una en la que padres e hijos aparecen y reaparecerán siempre derrotados, la clase de empeño laborioso e incierto cuyo propósito es, aclara el autor en 2024, “no tener que volver a pensar en lo que estaba narrando, para desterrar esos recuerdos […]; en ocasiones sucede que lo que deseas olvidar regresa y lo recuerdas con mayor intensidad y más frecuencia después de señalarlo con un gesto: por ejemplo un libro.” Empero, ese libro resultó una ingeniosa, auténtica y a la vez permisiva mise en abyme literaria, al final no precisamente fútil, sino más bien hipercontemporánea. Esto no es necesariamente un halago, sino la manera de reiterar aquello que apunta Óscar Tacca, erudito en Borges: “El comentarista ha comprendido cabalmente la ambición y la hazaña de Menard”. A mi juicio, Menard o no Menard, Patricio Pron logra versión visible de esta novela ubicándola así bajo el dictum de Marguerite Duras, el cual, si no me equivoco —y si fuera el caso resulta irrelevante— es el siguiente: “Escribir no es contar historias. Es lo contrario de contar historias. Es contarlo todo a la vez. Es contar una historia y la ausencia de esta historia. Es contar una historia que sucede debido a su ausencia”. En otras palabras: es cierto, hay quien se desplaza tan lejos como le es posible para terminar volviendo al lugar en el cual todo comenzó, incapaz de deshacerse de cuanto quería abandonar: “No creo que nadie —escribe Pron— deba exponerse a tanto dolor para escribir un libro; pero es lo que yo tuve que hacer…” Resulta casi inconcebible dejar atrás esa casa, esa ciudad, las sombras que todavía habitan esos espacios que podrían abrirte “la posibilidad de vivir de otra manera” si la historia fuera, en efecto, otra. Just another knock-out.
Imagen de portada: George Bellows, La pelea en el Club Sharkey, 1909. The Cleveland Museum of Art ©.
Gay Talese, “El perdedor”, El silencio del héroe, Alfaguara, 2013. ↩
“Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”, Roberto Bolaño, Los detectives salvajes (Anagrama, Barcelona, 1998). ↩
Ricardo Piglia, “El último cuento de Borges”, Formas breves, Temas de Grupo Editorial, Buenos Aires 1999. ↩
Jorge Luis Borges, “Pierre Menard, autor del Quijote”, Sur, Buenos Aires, 1939. ↩