crítica Cine MAR.2026

Johann Rodrigo Romero Ayala

El otro nombre de los árboles de Jorge Gutiérrez Reyna

Cúbreme de verde en invierno

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Y los pájaros serán árboles en lo idéntico de la soledad. GUSTAVO CERATI, “Cactus”


Pero siento en la tarde que declina el hoy tan lento y el ayer tan breve. JORGE LUIS BORGES, “New England, 1967”

Tarde o temprano es como titula José Emilio Pacheco su obra poética completa. La oración disyuntiva nos atrapa en un conjuro: aquello que tenga que ser ocurrirá con certeza en algún momento, bien antes, bien después. Llevo años conociendo a Jorge y nunca como hoy, es decir, como estas noches en que leo su poesía, sentí tan cerca a ese joven “en la llanura” de los veinte años que escribió sus poemas en medio de la nostalgia, del dolor, de la pérdida y del sufrimiento de las personas que habitan sus versos. ​ Siempre que comparto su libro, El otro nombre de los árboles, publicado por la Universidad de Guadalajara en 2018, sugiero que inicien con “Langostas de agua dulce”. Sin excepción, la estrofa que se ancla en la memoria es la siguiente:

Me descubro hincado, rezando a un lado de mi tía, como cuando era niño. Pido entre murmullos que encuentre pronto el cadáver de su hermana, a quien no conocí. Hay muertos que duelen de rebote, muertos que no son nuestros, sino de los nuestros. Pido también que el próximo muerto de los titulares no sea mi tía, ni mamá, ni papá, ni mi hermano. que no sea uno de los míos.

Es como si sus palabras engrandecieran la semántica y el sentimiento contenidos en un “te acompaño” o en el silencio que arropa un abrazo. Éste es uno de los poemas que más me conmueven, pues hay momentos en la vida en que, inevitablemente, vemos a familiares llorar por los que se van. En la infancia, escenas así impactan. Nunca supe qué decirle a mi padre cuando falleció su hermano, y la imagen de sus ojos rojos aún ronda mis recuerdos; fue un muerto que me dolió de rebote. Pero Jorge Gutiérrez Reyna se concentra, en particular, en las consecuencias del contexto violento que se vive en el país y en las personas víctimas de las tragedias:

El que me dijeron se había desbarrancado pero hallaron sobre la terracería incandescente: un zopilote trepado en las espaldas, una bala albergada al fondo de la nuca.

​ Bajo la sombría situación de México —y de otras partes del mundo—, el final del poema cobra la forma de una oración llena de miedo:

Pido que el próximo muerto de los titulares no sea uno de los míos.

Jorge nació en 1988, en Monterrey. Es profesor de Literatura Novohispana y del Taller de Poesía en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM, y es maestro de Creación Literaria en el Claustro de Sor Juana. En 2014, junto con la editorial La Dïeresis y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, publicó Óyeme con los ojos. Poesía visual novohispana, una obra monumental no sólo por los textos que antologa, sino también por la hechura de la edición: poemas impresos en dípticos, trípticos y hojas sueltas, se alojan en una caja artesanal cuya portada se realizó con serigrafía. ​ Jorge ha dedicado muchas horas de desvelo al estudio del periodo novohispano, en especial, a la obra de sor Juana Inés de la Cruz. Esta entrega lo ha llevado a ser considerado hoy uno de los mejores sorjuanistas de la historia. En 2023 se doctoró en Letras Mexicanas con la tesis Sor Juana a través de sus editores y, próximamente, saldrá publicada por la Academia Mexicana de la Lengua una edición crítica de textos de la Décima musa. ​ Además de ser un reconocido académico, Jorge es un extraordinario poeta. Su libro El otro nombre de los árboles ganó el Premio de Literatura José Emilio Pacheco Ciudad y Naturaleza 2018. En éste “lanza un SOS a los poetas y escritores para que se unan a otros ciudadanos y científicos conservacionistas para salvar la naturaleza y salvarnos a nosotros mismos”.1 ​ Es una feliz coincidencia que el premio lleve el nombre del autor de Morirás lejos, ya que entre sus poemas hay uno que describe muy bien la aptitud de Gutiérrez Reyna de ser un habitante de tiempos antiguos. En una ocasión, en clase, dijo: “Yo no me sé los nombres de las calles del Centro como son ahora, me sé sus nombres como eran en la época novohispana”. “Santa María” de José Emilio explora ese sentimiento de sabernos parte de otro siglo, como si lo hubiéramos vivido, aunque nunca estuviéramos ahí:

La noche se desploma sobre otra época. El aire emponzoñado huele a campos antiguos. Y todo se me vuelve aún más extraño porque lo reconozco. Porque ya de algún modo estuve aquí (donde no he estado nunca). Porque he perdido la ciudad insondable que ahora recobro misteriosamente.2

​ Estas cualidades de reconocer y recuperar se desarrollan, a su vez, a lo largo del poemario de Jorge; así en el inicio de “Musofobia”:

No sé si piramidal pero funesta la noche escala por la palimpséstica arquitectura de la Ciudad de México. […] No acecha la lechuza por los campanarios ni ulula el tecolote ni el chillido del murciélago tienta los contornos de ​ la sombra.

El poeta no sólo retoma y hace suyos pasajes de la poesía virreinal —como la referencia al Primero sueño de sor Juana—, sino que también interpela directamente a los autores de aquella época:

Tiemblan, Sigüenza, los cometas, pedazos de roca y hielo a miles de kilómetros por hora en las carreteras azules del cosmos. […] Dejarás dicho en el testamento que se abra tu cadáver, que se averigüe la causa de tu muerte: hallarán en tu riñón izquierdo una piedra del tamaño de un hueso de durazno. Qué tiempos tan oscuros los tuyos, Sigüenza. La ciencia está ya muy avanzada y, hoy por hoy, nadie se muere de un pequeño asteroide en las entrañas.

​ El poeta atraviesa, de este modo, cruces que conjuntan tiempos y personas. Pero más aún, El otro nombre de los árboles es, en realidad, un árbol genealógico poético con diferentes ramas que exponen la sensibilidad del autor. Una de éstas corresponde a la memoria familiar: Jorge llegó a la Ciudad de México con maletas cargadas de recuerdos y de nostalgias. Uno de los cuadros más presentes en el poemario es, sin duda, el recuerdo que tiene de su abuelita y los días en su jardín. ​ La composición que da título al libro está dedicada a Antonio Deltoro, maestro de poesía de Gutiérrez Reyna en la Fundación para las Letras Mexicanas; en esos versos, la voz lírica habla de cómo uno debe aprender el verdadero nombre de los árboles para comunicarse con ellos en un lenguaje ancestral:

Bien sabido es que los árboles no prestan atención si no se les llama por su nombre. […] Pero, ¿cómo nombrarlos más allá de las fronteras de nuestra casa? […] Para hablar con un árbol extranjero hay que conocer su nombre científico, antiguo latín invariable, lengua franca que, como se sabe, entienden todas las criaturas de sangre verde.

No obstante, el poeta sabe que, en realidad, quien conoce ese lenguaje secreto es su abuela y a ella le escribe:

Abuela, en esta ciudad hay unos árboles que ya conoces: fresnos, bugambilias, y uno que otro limonero; los sabinos (Taxodium mucronatum) aquí se llaman ahuehuetes; nogales no hay por ningún lado porque con tanto ruido nadie los escucharía; y hay otros francamente estrafalarios que no creo que te suenen: las jacarandas, cuyo follaje morado adorna las plazas mejor que el papel picado y el colorín, con el que no se sabe si lo encienden cardenales que florecen o flores que brincan de rama en rama.

Abuela, nombro los árboles por las calles de esta ciudad porque es la única forma que tengo de permanecer en tu patio.

​ Los nombres son una caja de recuerdos, y cuando nacen de nuestros labios se despiertan sentimientos involuntarios que evocan un sinfín de historias; en este poemario, brotan los nombres de Bartola, Polifema, Guillermo, papá, abuelo, tía, abuela. Quizás, lo más bello del lenguaje es que las palabras son las mismas para todos y, al mismo tiempo, no lo son para ninguno.

Tenías razón, abuela, los árboles no hablan en latín, estos desconocidos no hacen caso si los llamo por su nombre taxonómico. Tú, que tienes tierra entre las uñas y has estado toda la tarde en tu jardín, conoces el otro nombre de los árboles, el nombre que es un bálsamo

​ Si hiciera una fotografía del jardín que recuerda Jorge, retrataría las uñas de su abuela, aquellas manos cubiertas de tierra, pues quizá la única manera de conocer realmente un terreno sea así, sintiendo las pulsaciones del suelo. Aquellos días seguro el autor los guarda en un cofre en el que se reúnen los recuerdos de la convivencia familiar. En otra afortunada coincidencia, José Emilio Pacheco, en su poema “Rama”, escribe lo simbólico y significativo que resultan los jardines:

Este jardín como mil jardines pudo ser sin saberlo el paraíso3

​ Tristemente hoy el mundo se nos está cayendo a pedazos. El panorama es cada vez más desértico e incluso hay lugares donde los árboles ya son inexistentes. En el poemario, como si el autor fuera un vidente, visualiza una “Ciudad desarbolada”. A aquellos que viven y vivirán ese tiempo, la voz poética les susurra con un aire seco:

No conocerás el árbol. No escucharás jamás estos secretos verdes que hoy susurra en el oído de los vientos ni sabrán tus manos de la áspera caricia de los troncos que custodian las orillas del camino […] Te costará imaginar debajo del asfalto las raíces de una antigua ciudad de rugosas columnas, bóvedas sonoras de pájaros y soles. […] El árbol para ti estará plantado en el polvo remoto de la biblioteca, […] Tal vez al hojear un libro viejo envidies a ese que una tarde escuchó el viento volar entre las hojas e intentó sembrar en sus palabras los susurros, secretos que jamás escucharás, del último árbol que habitó sobre la Tierra.

​ Este último poema nos lleva a pensar que El otro nombre de los árboles transita tres tiempos: el pasado, por sus diálogos, las referencias al periodo novohispano y la presencia de la memoria en sus versos —por ejemplo, cuando recuerda el día en que su padre lo llevó al zoológico—; el presente, por los temas que aborda en la mayoría de los textos, que van desde la violencia en el país hasta el vínculo familiar; y el futuro con poemas como “Ciudad desarbolada”, una triste predicción del mundo si las cosas no cambian. Al mismo tiempo, leer a Jorge Gutiérrez Reyna es una invitación a contemplar y sentir “la áspera caricia de los troncos/ que custodian las orillas del camino”; es una invitación a encontrar, en el diccionario emocional de nuestros recuerdos, el otro nombre de los árboles para que, al decir, por ejemplo, “sauce” hallemos un espacio que nos cubra de verde en invierno y nos consuele en la nostalgia.

Jorge Gutiérrez Reyna, El otro nombre de los árboles, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2018.

Imagen de portada: Rembrandt van Rijn, San Jerónimo junto a un sauce podado, 1648. The Art Institute of Chicago. Copyrighted.

  1. Eduardo Santana Castellón, “Presentación”, en Jorge Gutiérrez Reyna, El otro nombre de los árboles, p. 10. 

  2. José Emilio Pacheco, “Santa María”, Tarde o Temprano, p. 177. 

  3. J. E. Pacheco, op. cit., p. 169.