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Verónica González Laporte

Y la nave fue… Tras la estela del Galeón de Manila

Alguna vez México fue una gran potencia marítima. Fuimos velas y cuerdas. Fuimos Pacífico y Atlántico. Fuimos axis mundi. Durante dos siglos y medio, ininterrumpidos, el Galeón de Manila o la Nao de China —que nunca tocaba puertos chinos, por cierto— recorrió la mar océano cargada de diversas mercancías. En su estela de espuma dejaba también usos y costumbres. Los puertos de Acapulco y Veracruz permitieron los intercambios comerciales entre el Lejano Oriente, Europa y América vía Manila. México, entonces la Nueva España, acuñó una moneda de plata pura extraída de las minas de Taxco, Zacatecas y Potosí (hoy Bolivia) con un valor de ocho reales que habría de convertirse en la primera divisa de uso mundial. La nao capitaneada por oficiales españoles, con una tripulación esencialmente mexicana y filipina —aunque también se embarcaban peruanos, portugueses, alemanes, franceses y flamencos—, fue precursora de la globalización.

Fotografías de la exhibición “Somos Pacífico. El mundo que emergió del trópico”. Cortesía de la Coordinación de Comunicación del Colegio de San Ildefonso

​ El archipiélago filipino fue descubierto por el navegante portugués Fernando de Magallanes, al servicio de España, en 1521, el año en que Cortés y sus tropas sometieron a Tenochtitlán. Para entonces, España y Portugal ya se habían repartido el mundo: Fernando e Isabel de Castilla y Juan II de Portugal firmaron el Tratado de Tordesillas en 1494, tras el regreso de Cristóbal Colón de su expedición a América. Antes de alcanzar Madrid, y obligado por una tormenta, Colón tuvo que hacer escala en Lisboa, donde Juan II lo interrogó. Cuando el navegante informó los detalles de su aventura, el rey de Portugal quedó muy irritado por ir atrás en la carrera colonialista. Tras arduas negociaciones entre los reyes de España y Portugal, ambas coronas reclamaron nuevas tierras. Para no entablar una guerra, se estipuló que los españoles no intervendrían en la ruta del Cabo de Buena Esperanza y los portugueses no podrían cruzar un meridiano más allá del limite occidental de Brasil. ​ Florecía la era de los descubrimientos, de la lucha desenfrenada por hacerse de colonias con todas sus riquezas. El propio Cortés mandó a su primo Álvaro de Saavedra Cerón con naves construidas en Zihuatanejo, en 1527, a explorar las Filipinas y las Molucas a petición de Carlos I. Pero no sería hasta 1564, cuando un marino vasco, Miguel López de Legazpi, salió de Acapulco para tomar posesión del codiciado archipiélago. Lo llamó Filipinas, en honor al rey en turno, Felipe II, y fundó la primera ciudad española: Cebú. Legazpi creó vínculos con los chinos quienes ya comercializaban jade, especias y seda. Unos años después, el navegante fundó la ciudad de Manila.

​ Junto a López de Legazpi viajaba fray Andrés de Urdaneta, de la orden de los Agustinos, marino diligente. Inició la primera expedición en un barco piloto, el San Pedro, con cargas de arroz, haba, pan, vinagre y aceite. Partió de Cebú, acompañado de un intérprete, un indio nacido en Tlatelolco, que hablaba tagalo, la lengua filipina. La corriente los llevó más lejos de lo previsto y alcanzaron California. Consiguieron bordear la costa hasta Acapulco. Era el mes de junio del año del Señor de 1565 y, hasta 1815, las naves siguieron esa misma ruta. ​ Pero una cosa era llegar a Acapulco y otra regresar a Manila: los vientos eran contrarios. Urdaneta dibujó mapas, era diestro con el sextante y halló una corriente ecuatorial a diez grados de latitud al norte de la bahía acapulqueña. Así, en octubre de 1565, descubrió el “tornaviaje”. A partir de entonces, las naves irían tan cargadas de ida como de vuelta, lejos de los cañonazos de holandeses y portugueses que navegaban por el océano Índico. ​ Los barcos de la ruta transpacífica eran enormes, panzudos. El Santísima Trinidad llegó a navegar con dos mil toneladas a bordo. Ninguna otra línea de navegación en la historia se mantuvo activa durante 250 años, transformando a su paso las economías, las sociedades y las relaciones entre continentes. ​ Ya los chinos, a lo largo de la dinastía Ming (1368-1644), habían establecido rutas marítimas que conectaban su imperio con Europa, África y América. Exportaban seda, porcelana, especias, papel y té, una bebida que la princesa portuguesa Catalina de Braganza (1638-1705) puso de moda en la corte inglesa. Los portugueses tomaron Macao1 en 1557 e introdujeron en Asia la tecnología naval occidental. Surgieron así nuevos barcos comerciales, de factura híbrida: un tanto chinos, otro tanto europeos. Tenían una longitud, o eslora, de 40 a 60 metros, cascos de roble o pino, clavos de hierro forjado y cuerdas de cáñamo. Navegaban con velas cuadradas y remos por si faltaba el viento. Gracias a su fondo plano podían adentrarse en aguas poco profundas y amarrar a los muelles sin dificultad. ​ El Galeón de Manila tardaba entre siete y nueve meses en recorrer cerca de dieciséis mil kilómetros. El viaje iniciaba en marzo o abril para aprovechar los vientos alisios y evitar los temporales que azotaban Asia a partir de agosto. De ida, las naos iban casi en línea recta. En cambio, el tornaviaje era más complejo: de Manila a Acapulco los tripulantes padecían los saltos de humor de la corriente japonesa Kuro-Shivo y el frío; bogaban hasta las costas niponas. Tres o cuatro meses de travesía sin escalas, con escasos productos frescos a bordo, agua dulce racionada, a veces insalubre, y galletas marineras agusanadas. Surgía el escorbuto; las ratas nunca abandonaban el barco porque eran cazadas cuando el hambre arreciaba. La disentería también era viajera frecuente. Cuenta el padre Pedro Cubero Sebastián que, en su viaje en 1679 —en el galeón San Antonio de Padua, junto a militares, marineros y frailes— padecieron ochenta días de tempestad. De los cuatrocientos pasajeros sólo llegaron a buen puerto ciento noventa y dos.

​ Las primeras costas al alcance del catalejo —¡tierra a la vista!—, eran californianas. Allí los frailes franciscanos cultivaban cítricos con los que curaban el escorbuto. Puedo imaginar el sabor de una naranja dulce cuyo jugo se abre camino en la tersura escaldada de la lengua. Abastecida, la nao descendía hacia la costa de Nueva Galicia (actual Jalisco), pero aún faltaban varias semanas antes de llegar a Acapulco. En cuanto se avistaba su masiva silueta en el horizonte, se anunciaba su llegada desde San Blas hasta la Ciudad de México, donde se echaban al vuelo todas las campanas. Al escuchar al pregonero se ponían en marcha mercaderes, curiosos y familiares de los navegantes. Arreaban sus mulas por el camino real: Cuernavaca, Taxco, Chilpancingo y, al fin, Acapulco. ​ En cuanto la nao rebasaba la isla de la Roqueta, izaba las banderas portuarias entre sus velas blancas y las autoridades del fuerte de San Diego disparaban salvas de bienvenida. Amarrada la nave a una ceiba, los tripulantes llevaban a su santo protector hasta la iglesia del puerto, en medio del júbilo. Fiesta, feria y despliegue de las maravillas de Oriente. ​ Acapulco, pequeño pueblo de pescadores, se transformaba en un puerto comercial de primera importancia. Durante semanas acudían marchantes de toda la Nueva España, incluso del Perú. Se compraba y se vendía de todo, desde víveres como el aceite de oliva, cacahuate, cochinilla, vino, chocolate o azúcar, hasta pequeños tesoros. Las mercancías se transportaban a lomo de mula. Una parte se quedaba en las distintas ciudades novohispanas; otra se enviaba a Veracruz para embarcarse rumbo a España. Gracias a la Nao de China, mantones de seda, tibores de porcelana y delicados crucifijos de marfil terminaban en las elegantes moradas de madrileños y sevillanos pudientes. Da vértigo pensar en los miles de kilómetros que estas piezas recorrían en sus cajas de madera, por mar y por sierra. Y más aún que hoy podamos admirar algunas de ellas intactas. ​ De la Nueva España a las Filipinas, las naves transportaban sobre todo plata acuñada y lingotes, así como otros metales, entre ellos el cobre. En Manila, comerciantes de diversos países asiáticos (China, Japón, Sumatra, Camboya, India, Siam,2 Java y Malaca), los intercambiaban por enseres de lujo: seda —monopolio chino—, vajillas y adornos de porcelana, figuras esculpidas en marfil, piedras preciosas, orfebrería, cerámica, muebles y especias. Estas últimas eran tan costosas que en Lisboa se conservaban en el Palácio das Especiarias, cuyas puertas se forraban de terciopelo para que no se perdiera un gramo con la brisa. ​ La porcelana era considerada una joya, una materia que entonces no existía en Europa. No fue sino hasta el siglo XVIII cuando se produjo en Meissen, Alemania, tras el descubrimiento del caolín. Llegaba a Occidente por dos vías: el galeón desembarcaba piezas en Acapulco, mientras los portugueses y holandeses las llevaban a Lisboa y a Ámsterdam para redistribuirlas. Eran sobre todo vajillas y tibores monocromáticos, extremadamente costosos. Con el tiempo la porcelana se popularizó: para el siglo XVII ya se encontraba incluso en las macetas de los corredores de muchas casas mexicanas. Al producirse de manera casi industrial, los motivos y las pinturas bajaron su calidad. En Puebla, la influencia china es evidente: durante todo el siglo XVIII, la talavera poblana plasmó motivos orientales tales como pagodas, puentes o personajes orientales. ​ La seda fue tan importante como la porcelana. Se intentó el cultivo de gusanos y moreras en la mixteca oaxaqueña, pero la corona española, temerosa de la competencia, lo prohibió en 1595. De Asia llegaban sedas lisas para los forros, sedas bordadas y multicolores, damascos, mantones de Manila, pañoletas, casullas y manteles para las misas. ​ Los marfiles tallados en China desembarcaban en grandes cantidades: vírgenes, santos y sobre todo Cristos. Los artesanos mexicanos les añadían bases de plata y piedras semipreciosas. Algunos Niños Dios de ojos rasgados parecen pequeños budas. Como el espacio en los navíos era limitado, los muebles importados eran pequeños: bargueños, gabinetes, baúles, cajoneras, escritorios y cajas. ​ Al principio zarpaban en promedio tres galeones al año, pero Felipe II intentó restringir tanta abundancia y solo permitió dos viajes de 300 toneladas. También quiso imponer un modelo de barco único, sin mucho éxito. Las primeras naos se construyeron en el puerto de La Navidad, Zihuatanejo; después en Cavite, donde la madera de teca resultaba más resistente que el pino. Además, Manila contaba con murallas, artillería, cordonería y todo lo necesario para hacer galeones, galeras y galeotas. Los metales se compraban en China, Japón y Macao y eran trabajados por herreros malayos, mexicanos y españoles. ​ En esa época Filipinas tenía más contacto con la Nueva España que con Madrid. El castellano de las elites en las islas era el mismo que el de la capital novohispana, mientras las clases populares hablaban un criollo chabacano, mezcla de tagalo y castellano, salpicado de náhuatl. Las influencias culturales, sin empaque ni sellos marítimos, viajaban a la par de las mercancías. Circulaban muchos libros, recordemos que la primera imprenta de América se estableció en México en 1539. La migración era parte del legado: miles de filipinos se quedaron en México, otros tantos mexicanos en Filipinas. Hoy todavía existe un pueblo llamado México en la provincia filipina de Pampanga, con más de cien mil habitantes. Mientras nosotros les enviamos chile, cacao, aguacate y maíz, nos quedamos con la pirotecnia, el coco, el tamarindo, los mangos de Manila y las peleas de gallo. ​ El sustento de miles de familias dependía del galeón y, si por alguna razón, “no andaba nada la nao”, las repercusiones económicas se hacían sentir. Los comerciantes chinos radicados en Manila, llamados “sangleyes”, determinaban la cantidad de mercancías destinadas a la Nueva España. Instalaron su mercado, “El Parián”, junto a las murallas del puerto de Manila, mientras los marchantes mexicanos vendían las prendas de la nao en “El Baratillo”, en el centro de la capital. La fayuca es cosa antigua: ya en el siglo XVI entraban fardos de ropa china al pueblo de Nativitas de contrabando.

​ Las fabulosas riquezas del galeón despertaron la codicia de piratas ingleses, holandeses y franceses. Aunque las naves iban artilladas, apenas podían defenderse. En 1762, el Santísima Trinidad fue capturado por los ingleses y llevado a Plymouth. De sus sesenta cañones sólo diez pudieron disparar: los demás estaban cubiertos de enseres. Cada galeón transportaba un millón de pesos en plata. Para entender la proporción, el costo de construcción de uno de estos barcos en el siglo XVII era de treinta mil pesos. El más caro de todos fue precisamente el Santísima Trinidad, de 190 mil pesos. Las ganancias eran tan grandes que los capitanes y pilotos sólo hacían tres o cuatro viajes para luego retirarse. ​ El primer extranjero en alterar el vaivén de las naos en el “lago español” fue Francis Drake, corsario de la Reina Isabel I. El “Draque” como lo llamaban los españoles, logró hacerse de cuantiosos botines en las costas de América del Sur, en 1578. Un año después, con su barco Golden Hind, capturó el Nuestra Señora de la Concepción, apodado “Cagafuego”, frente a las costas de Ecuador. El Draque se apoderó de varias toneladas de plata, sedas, linos y porcelana fina que provenían de la nao. Muchas joyas también. Amarró en Huatulco para aprovisionarse y siguió hasta Acapulco, perseguido por soldados españoles. ​ A lo largo de dos siglos y medio navegaron 163 galeones, sólo cuatro fueron capturados por los ingleses. El más famoso fue Thomas Cavendish, quien en 1587 capturó el Santa Ana frente a Cabo San Lucas. Era una nave de setecientas toneladas, sin cañones. Sus tripulantes se defendieron con lanzas y piedras. Cavendish dejó a ciento noventa españoles en la costa con algunas vituallas. Luego incendió el Santa Ana y volvió a Plymouth en su barco Desire. Pero no estaban únicamente los ingleses, también los holandeses buscaron aniquilar la ruta comercial entre China y las colonias españolas.

​ Muchos años me pregunté qué significaba “pichilingue”, donde yo nadaba con fruición cuando el agua todavía era limpia en Acapulco. Aprendí que provenía de “speak in English”, orden que daban los piratas a los nativos. Cierto o falso, la explicación me deja de lo más conforme. ¡Pichilingue! ​ La ruta terrestre floreció a la par de la marítima. Además de la capital, Guadalajara, Puebla, Veracruz, Jalapa y San Blas tenían tiendas surtidas de objetos de lujo. Las salas de las ricas familias novohispanas se engalanaban con óleos, tibores y marfiles. Pátzcuaro era la Sede de la Real Aduana donde se revisaban las mercancías y se cobraban parte de los impuestos. Los artesanos michoacanos, fascinados por la estética oriental, comenzaron a trabajar la laca con tal destreza que para el siglo XVIII sus piezas competían con las de la nao. Cuando la porcelana se rompía, sus pedazos, las “chinitas”, se usaban como moneda en los mercados ambulantes. ​ El padre R. Navarro, misionero de Guadalupe, relató hace dos siglos que, en algunos pueblos de Corea, las novias llevaban en su dote pequeños muebles incrustados de concha nácar con dibujos asociados a la felicidad. Se importaban de México y hoy forman parte de la tradición coreana —en desuso: yo me encontré algunos, a bajo precio, en el mercado de pulgas de Seúl—.

​ No todo fue intercambio comercial, en estas naves convivían distintas religiones: católica, protestante, musulmana, judía… Cada uno intentaba convertir al otro. Los judíos conversos fueron especialmente dotados para el comercio. También circularon plantas y medicinas, cultivos y gérmenes. Las influencias diversas enriquecieron la gastronomía, la arquitectura y la música. Se forjó la sensibilidad artística del criollo, el mestizo y el indígena. ​ La diversificación comercial inició el declive del galeón. Carlos III autorizó la creación de la Real Compañía de Filipinas para establecer una ruta directa con España por el cabo de Hornos y evitar Acapulco. Luego se acordaron intercambios con compañías holandesas, inglesas y norteamericanas en Manila. ​ En 1813 se suprimió la ruta de la nao. Coincidió con las independencias de varios países americanos. Una mañana de marzo de 1815, el Magallanes levó su ancla con la bodega vacía y cruzó la bahía de Acapulco por última vez. ​ La nave que Fernando Benítez describió como “un tesoro de Aladino que cabalgaba sobre la espalda del océano, un purgatorio marinero, la ambición de los reyes y el botín de los piratas”, nos dejó mucho más de lo imaginado. Su legado persiste hasta nuestros días. Las rejas de la catedral metropolitana, por ejemplo, fueron hechas en Macao por artesanos japoneses, según el diseño de Juan Rodríguez Xuárez. En Cantón3 se fabricaban los aretes de filigrana cuyos destellos siguen brillando en los lóbulos de las oaxaqueñas.

​ Muchos de estos tesoros pueden admirarse en este momento en el Museo de San Ildefonso. La exposición “Somos Pacífico” (yo quisiera agregar una “s”), que se mantendrá hasta el 31 de mayo, reúne unas 300 piezas de excepción. Provienen de colecciones nacionales e internacionales y abarcan una vasta línea de tiempo. Desde los primeros encuentros —y algunas piezas arqueológicas representativas— hasta una mirada contemporánea sobre las repercusiones artísticas de los galeones de Manila, con cuadros de Diego Rivera y Miguel Covarrubias en el espacio “tropical”. ​ Se exponen mapas, instrumentos de navegación, una espléndida maqueta de la nao, cofres con incrustaciones de nácar y una maleta chocolatera delicadamente repujada. Chales de encaje hechos de fibra de piña, un mantón de Manila —su origen también es cantonés— que se convirtió en la prenda emblemática de la coqueta sevillana. También un traje de china poblana. Se dice que en el siglo XVII una niña nacida en Delhi4 fue llevada como esclava a Manila, donde los jesuitas la bautizaron como Catarina de San Juan. Luego desembarcó en la Nueva España, se desempeñó como criada en Puebla y al final se casó con un esclavo chino. Lucía prendas bordadas de colores llamativos. Su desenfado y su sentido fashionista antes de la hora, la convirtieron en un emblema nacional.

​ En una de las salas, hay un espacio dedicado a la travesía del samurái Hasekura Tsunenaga, enviado para abrir un comercio de plata privilegiado entre la Nueva España y el Japón. Admiré biombos exquisitos, como el japonés que recrea las batallas de Alejandro Farnesio (1690) o uno con un mapa de la Ciudad de México. Una escultura de madera policromada de San Felipe de Jesús atravesado por dos lanzas, proveniente de Singapur. Es uno de los testimonios de los 26 Mártires de Japón que fueron ejecutados en Nagasaki en 1597, entre ellos, varios frailes franciscanos que viajaron en la nao con intención misionera. Dicen que cuando cayó San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano, reverdeció la higuera de su casa en México. ​ Se exhiben cuadros de arte plumario y con incrustaciones, vasijas, tibores de porcelana, estatuas de marfil. ¡Lacas! Los tarascos de Michoacán aprendieron la técnica japonesa “maki” y agregaron oro a sus calabazas y jícaras tratadas con ceras y aceites que con los años se convertirían en “maque”. Un cofre pintado con la vista del parián de Manila proveniente del museo Bello de Puebla, así como porcelanas de las dinastías Ming y Qing, de diversos colores. El vasto inventario de esta exposición da cuenta de lo que debieron ser las obras de arte transportadas en las naves de un continente a otro, no se la pierdan. ​ Escribo estas líneas desde Puerto Ángel, mientras me asomo por la ventana del café internet para ver el oleaje suave y transparente lamer la arena dorada. El mar cargado de microplásticos… Tal vez hasta vengan de Asia. No me pasé la mañana enjuagando estrellitas con mis manitas, como María Bonita en Acapulco, sino recogiendo tapas de botellas de todos colores en la playa. ¿Cuándo entenderemos nuestra inmensa responsabilidad de preservar nuestros océanos? Porque debemos, queremos, seguir siendo Pacífico(s).

Somos Pacífico. El mundo que emergió del trópico. Exhibición en el Colegio de San Ildefonso, a cargo del Asian Civilisations Museum de Singapur (ACM), el Programa de Estudios Filipinas-México del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Colegio de San Ildefonso, con la participación de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Embajada de México en Singapur. Así como del Museo José Luis Bello y González, el Museo Casa de Alfeñique, el Museo Franz Mayer, el Museo del Banco de México, el Museo Nacional de Antropología y el Museo Nacional del Virreinato, entre otras instituciones. Colegio de San Ildefonso Justo Sierra 16, Centro Histórico, CP 06020, Ciudad de México Martes a domingo de 11:00 a.m. a 6:00 p.m. Exposición abierta al público hasta el 31 de mayo de 2026.

Fuentes: ​ Almazán, Marco A., “El galeón de Manila”. En “El galeón de Manila”, Artes de México, núm. 143, año XVIII, 1971. ​ Dorado Marín de Espinosa, Belén, “La Nao de China: el Pacífico como espacio de interculturalidad entre dos mundos”. En Bambú, dragones y tinta. China en el Mundo Hispano. El Mundo Hispano en China, núm. 14, diciembre de 2022. Consultado el 17 de enero de 2026. https://www.bambudragonesytinta.com/todos-lo-nuacutemeros-de-la-revista.html ​ Garabana, Antonio Francisco, “El comercio del Oriente en la Provincia Mexicana”. En “El galeón de Manila”, Artes de México, núm. 143, año XVIII, 1971. ​ Humboldt, Alexander von, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. México, Porrúa, 1966. ​ Martínez del Río de Redo, Martita, “La piratería en el Pacífico”. En “El galeón de Manila”, Artes de México, núm. 143, año XVIII, 1971. ​ Mejía, Luz María, “El Galeón de Manila. La ruta transpacífica”. Arqueología Mexicana, núm. 105, pp. 34–38. Obregón, Gonzalo, “El aspecto artístico del comercio con Filipinas”. En “El galeón de Manila”, Artes de México, núm. 143, año XVIII, 1971. ​ Quintana, José Miguel, “Un viaje de Filipinas a la Nueva España en el siglo XVII”. En “El galeón de Manila”, Artes de México, núm. 143, año XVIII, 1971. ​ Villamar, Cuauhtémoc, “Redes mercantiles e intercambio cultural en la ruta del Galeón de Manila, 1565–1600”. Universitas Humanística, núm. 89, diciembre de 2020. En https://doi.org/10.11144/Javeriana.uh90.rmic. Consultado el 13 de enero de 2026. ​ Yuste López, Carmen (coord.), Nueva España, puerta americana al Pacífico asiático. Siglos XVI–XVIII. Presentación de Carmen Yuste. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2019. En Nueva España, puerta americana al Pacífico asiático, Instituto de Investigaciones Históricas. Consultado el 10 de enero de 2026.

Imagen de portada: Cartel de la exhibición “Somos Pacífico. El mundo que emergió del trópico.”

  1. Actualmente se trata de una región autónoma en la costa sur de China. 

  2. Antiguo nombre de Tailandia. 

  3. Ciudad al sur de China. 

  4. Ciudad de la India, hoy conocida como Nueva Delhi.