Historias de gatos
Leer pdfIn memoriam
En su libro Cat Sense John Bradshaw pone en práctica la ciencia felina y reduce a los gatos a su expresión más básica. Esas criaturas bellas, con su buena o mala fama de misteriosas, están condenadas a repetirse por destino genético. Si muestran señas de voluntad, de intencionalidad, no se debe a un proceso mental, sino a que padecen un hambre definitoria (aun después de comer). Si juegan con una rama en el suelo o tiran un clip de la mesa o miran algo invisible en un espacio vacío, no es por inventivas, sino porque están cazando, aunque no haya presa alguna: para eso fueron diseñadas. Bradshaw concede que quizá los gatitos juegan para divertirse, pero no los gatos adultos. Sería un error suponer que, por ejemplo, si yo lanzo un peluche con plumitas, mi gata de diez años de veras se entusiasma, lo persigue, me pide con maullidos agudos que vuelva a lanzarlo por el puro gusto de ir tras él y entretenerse conmigo. En realidad, está cazando y su naturaleza unívoca es incapaz de distinguir diferencias espaciales o circunstanciales. Sería imposible comprobar que me percibe: soy una sombra que se desplaza en un territorio donde, si el mundo no falla, deberá surgir en cualquier momento un ser vivo que mi gata acechará y, con suerte, matará. “La habilidad de los gatos para razonar”—señala Bradshaw— “parece limitada, sobre todo cuando es asunto de determinar causa y efecto.” Sin embargo, en la misma página añade que, con su reputación enigmática, “los gatos bien pueden estar todavía escondiendo el verdadero alcance de sus poderes cerebrales”. A fin de cuentas, dice, son maestros en ocultar sus pensamientos y aún más sus emociones. No detalla el sentido del “todavía” ni explica dónde, cuándo, por qué adquirieron los gatos esa maestría. Estoy segura de que frente a estas dudas retomaría sus argumentos fatalistas: los gatos son como son desde el principio. No saben lo que hacen. Sus reacciones son mecánicas; algo semejante a lo que pensaba Descartes de los animales en general: esos gritos o aullidos de dolor son reflejos de autómatas sin conciencia. No hay que dejarse engañar. Bradshaw postula, además, que los gatos ni siquiera sienten afecto por sus dueños: sólo fingen porque los necesitan. Tampoco explica dónde, cuándo, por qué aprendieron un comportamiento tan complicado como el de fingir. Habrá sido en algún tramo del Estrecho de Bering, que cruzaron hace dos o tres millones de años. O cuando los natufienses construyeron su primer granero en alguna zona de Israel, Palestina, Jordania, Siria, entre 12 500 y 9 000 a. C., y llegaron ratones y de algún recoveco salieron felinos y se encargaron de exterminar a los roedores y se inició entonces el extenso camino de los gatos hacia nuestros hogares.
Bruno Enciso, Tu gato me visitó en sueños. Cortesía del artista, 2025.
Es un pasado muy antiguo y ominoso. Bradshaw narra algunos de sus episodios. En la aldea de Chanhudaro, fundada por los harappa, en lo que es ahora Paquistán, “arqueólogos encontraron un tabique de lodo de 5 000 años con la huella impresa de un gato y sobrepuesta la de un perro. Mientras el tabique recién hecho se secaba al sol, el gato habrá pasado por encima, seguido de cerca por un perro, en feroz persecución”. En Shillourokambos, un yacimiento neolítico de Chipre —circa 7 500 a. C.— otros arqueólogos descubrieron en 2001 el esqueleto intacto de un gato enterrado muy cerca de un esqueleto humano “cuya tumba contenía herramientas pulidas, hachas de piedra y ocre, indicativas de que se trataba de un ser humano de alto rango. El gato era muy joven, tenía menos de un año cuando murió y, aunque no hay ninguna evidencia en la tumba de que lo mataron deliberadamente, la edad del gato sugiere que eso fue lo que ocurrió”. Su esqueleto es la primera prueba documentada de una relación cercana entre humanos y gatos anterior a la civilización egipcia, en la que pinturas de hace cuatro mil años los muestran ya como mascotas y en la que comienzan también a desempeñar un papel central en cultos, como objetos de sacrificio. “La producción de ‘animales sagrados’ se convirtió en una industria importante en Egipto entre los años 2 400 y 2 000 a. C. Es más, a los gatos sacrificiales se les criaba con ese propósito preciso. Se han hallado las ruinas de estos lugares de crianza junto a templos de todas las deidades asociadas con felinos.” A los gatos los estrangulaban o les rompían el cuello. Los arqueólogos “escriben acerca de las vastas pilas de huesos blancos de gatos y el polvo de yeso y lino desintegrados, disperso en el aire del desierto”. El estigma maligno se perpetuó. El vínculo antagónico entre la Iglesia y los gatos se fue intensificando del siglo XIII al XVII en Europa. Cuenta Bradshaw que en 1233 la Iglesia católica resolvió exterminarlos. “El 13 de junio de ese año el papa Gregorio IX hizo pública su Vox in Rama […] a los gatos, en especial a los gatos negros, se les identificó con Satán. En los siguientes 300 años, millones de gatos fueron torturados y eliminados, junto con cientos de miles de mujeres, sus dueñas, sospechosas de brujería.” Con la sanción de la Iglesia de Roma, cualquiera que se topara con un gato al anochecer tenía derecho a matarlo o mutilarlo: podía ser una bruja disfrazada. Quizá los gatos actuales, comenta Bradshaw, no serían como son si no se los hubiera sometido a tanta crueldad durante siglos. ¿Pero cómo son? Por un lado, la ciencia felina los congela en un presente eterno en el que su única vocación genética es la cacería y la defensa de su territorio; por el otro, admite la hipótesis de que su carácter extraño, suspicaz, tiene un origen histórico; es decir, se debe a una serie de lecciones extremas que los han hecho tan susceptibles que si no entran en contacto con gente amable durante las ocho a diez semanas iniciales de sus vidas se revierten a un estado primitivo, salvaje, cuya característica principal es el miedo. Y aun en las mejores circunstancias, nunca desarrollan las destrezas sociales de los perros. Tal vez lleguen a persuadirnos —a nosotros, sus dueños— de que no carecen de aptitudes y las revelen con distintos maullidos o acciones que nosotros, sus dueños, interpretamos de modo muy personal y relatamos como si fueran grandes hazañas, pruebas de que al menos nuestros gatos son extraordinarios. Si quien nos oye es gato-habiente, expondrá con rapidez sus propias anécdotas gatunas: cómo su gatita brinca y le toca la rodilla con su nariz, cómo se mete detrás de unos cojines y sale corriendo, voltea a verlo, le sonríe: me lo jura, y yo le creo, porque he visto esa sonrisa. Bradshaw nos previene de que los gatos fracasan en la mayor parte de los experimentos que les arman los científicos: no empujan las palancas metidas estratégicamente en una caja de cartón ni ponen en movimiento la rueda para que el platillo de croquetas se aproxime al hueco donde ellos asoman la cabeza, ni se internan en laberintos. “Es posible que los científicos aún no hayan ideado experimentos que les permitan a los gatos demostrar sus auténticas habilidades.” Es posible también que busquen probar teorías absurdas: ¿podrán los gatos entrenarse para ser perros, para ser ratas? Los científicos evitan palabras como “pensar”, “sentir” cuando estudian a los animales y prefieren “cognición” a “conciencia”, pues no quieren caer en las trampas del antropomorfismo. A mí cognición ya me parece un término muy ambicioso: ¿habrá conocimiento sin conciencia? En el libro de Bradshaw hay varios dibujos. Uno muestra a una científica sentada en un banquillo con un cuaderno en las piernas: un gato la husmea. El pie del dibujo dice: Gato osado estudia a científica. Se menciona la legendaria curiosidad felina sin ahondar en el tema. Se nos comunican las escuetas anotaciones: gato se estira con caricia, científica registra ronroneo, gato se aleja. No se va tras el gato a fin de no alterar el experimento. Se entrevista al dueño con desconfianza: tenderá a exagerar las cualidades de su gato. Los testigos fidedignos no existen. La ciencia se adaptará a la información que ya tiene. Añadirá que a los gatos no les gustan otros gatos, que se angustian al punto de enloquecer, que su prestigio va en picada porque matan pájaros, que ven solamente dos colores, azul y amarillo. Alguien me informará con tristeza que son parásitos. “No los humanices.” Nunca lo he hecho. Jamás me he portado con mis gatos como si fueran personas (“ya quisieran las personas”, reclamarían mis detractores). Pero estoy convencida de que son individuos sensibles, delicados, sutiles, ridículos, chistosos adrede, con los que he establecido conexiones profundas, iluminadoras, y les atribuyo las biografías que les corresponden, imbricadas en la de Álvaro y en la mía.
Bruno Enciso, Esto tenía enfrente mientras escogía la mejor palabra para decirte lo que
te quería decir. Cortesía del artista, 2025.
A Safo la compramos en una tienda de mascotas en el Quai de la Mégisserie en París. Fue viajera. En 1985 pasó por el aeropuerto de Moscú, luego por el de La Habana, y estuvo de huésped clandestina en el Hotel Intercontinental de Managua. Era silenciosa, dulce, muy diestra en el arte de la resignación. Murió a los quince años. Ocarina nació en 1996 en un departamento de la Condesa, en una situación doméstica idónea. Era sociable, comunicativa, mundana, desenvuelta. Murió a los veinte años, en agosto de 2016. Al poco tiempo, una señora de mi cuadra que se dedicaba, en esa época, a la traumática y heroica labor de salvar animales maltratados o perdidos en la calle, me ofreció un gato siamés. Me dijo que tenía a lo mucho un año y estaba en un refugio, pero lo iban a echar por agresivo; nadie lo aguantaba, aunque ella tranquilamente lo traía en brazos y cuando lo soltó en la zona del zaguán de mi edificio, él, igual de tranquilamente, olió el piso, exploró, jugó con una hoja seca y emitió una serie melódica de gorjeos. Le pedí a la señora que me diera la noche para pensarlo. Ella insistió en la infelicidad del gato en la jaula; yo insistí en que no tardaría más del tiempo prometido en darle mi respuesta. Lo platiqué con Álvaro y él tomó la decisión: “lo vamos a adoptar y se llamará Torcuato el Gato”. Unas semanas después —por vía de la misma señora— llegó una gatita gris de tres meses, ya esterilizada, temblando de terror en una esquina de la transportadora. Torcuato le gruñó, le escupió. Yo le susurré al oído “haz por ella lo que hicimos por ti” y él aceptó: se encargó de criarla, la adoró, pero nunca permitió que ella —Renata la Gata le puso Álvaro— fuera de nosotros. Sería siempre su gata. Fue un acuerdo tácito, obviamente, y justo, supongo, para la concesión que hacía Torcuato de no ser el único felino en la casa. Odiaba las rimas. Para molestarlo le recitaba: “Torcuato zapato de Irapuato” y demás variaciones con su nombre. Maullaba y salía corriendo, indignado. Era chaparro, de cola corta y dribleador excepcional, quizá debido a que sus patas traseras no le daban para saltar. Veía los partidos de futbol con Álvaro y movía la cabeza frente a la tele, como si estuviera examinando las jugadas en la cancha. Empezó a enfermarse en diciembre de 2023. Los veterinarios lo observaban con asco y animadversión porque se hacía caca en la transportadora. Uno me dijo “el paciente es demasiado reactivo” y lo revisó casi de lejos, temeroso de que lo rasguñara. Otra doctora, especialista en gatos, se quejó de su difícil manejo —“ataca feo”— y me preguntó en cuántos refugios había estado. Le respondí exasperada que no sabía y se negó a atenderlo. Regresamos a la casa, limpié a Torcuato y recurrí a un veterinario compasivo, gentil, que hacía visitas a domicilio y le decía “gordito precioso” a Torcuato mientras yo lo sujetaba, envuelto en una toalla. Le ponía inyecciones. Torcuato mejoraba y luego volvía a colapsarse, inmóvil debajo de mi cama, respirando con jadeos. Aprendí a inyectarlo yo. Fueron dosis incesantes de vitaminas y antibióticos, hasta que el beneficio comenzó a ser insignificante. Vino el veterinario y yo levanté a Torcuato y recibió la última inyección el domingo 12 de mayo de 2024. Espero que su muerte haya sido correcta. Ahora somos sólo Renata y yo.
Imagen de portada:Bruno Enciso, Una siesta / Anatomía de un laberinto VIII. Cortesía del artista, 2025.