De curiosidad vive el gato
Leer pdfNunca he sido un gran aficionado de las mascotas, pero debo reconocer que, como personajes en el arte y la literatura, los gatos siempre me han fascinado. Además de su encanto físico —cortesía de un pelaje de envidiable suavidad— o su actitud esfíngea, la presencia del gato encarna una conexión emocional que muchos colocarían en los terrenos de lo sagrado. Quizás por eso antiguas civilizaciones les dedicaron amplios cementerios: en sus libros de Historia, Heródoto nos da cuenta de que en la ciudad de Bubastis los gatos muertos eran trasladados a edificios sacros donde, una vez embalsamados, recibían sepultura. Según el nativo de Halicarnaso, notable era también la conexión del gato con el hogar egipcio pues, cuando un gato perecía en casa, era costumbre que los habitantes se depilaran las cejas como señal del duelo.1 A diferencia del perro —quizás el animal más cercano emocionalmente a los humanos—, del cerdo —el más cercano filosóficamente— o incluso del chimpancé —el más cercano genéticamente—, el gato se adecúa mejor que cualquier otro a los terrenos del enigma. No es casualidad que el gato negro sea relacionado con la brujería o lo demoniaco, o que surja en las producciones artísticas y literarias como un agente de transgresión y misterio. En su silenciosa vigilancia, es testigo de toda clase de transformaciones, aunque siempre selectivo en sus intereses: si un evento no es digno de su atención —sea inmenso o ínfimo— lo ve pasar sin involucrarse, como la gata orwelliana que se sienta en las asambleas de la granja sin tomarse en serio nada de lo que se dice. Quiero retomar esta peculiar figura para conectar dos de los más grandes relatos policiacos de la tradición norteamericana. Ambos fueron escritos por exponentes esenciales del género: el primero, “Lo que trajo el gato”, pertenece a la autora texana Patricia Highsmith y fue publicado por primera vez en 1981 en el volumen de cuentos The Black House. El segundo es “El gato negro”, un texto clásico del terror psicológico del escritor Edgar Allan Poe. En los dos cuentos, la figura del gato es un componente nuclear para la construcción del conflicto. Además, los autores conforman una estructura simbólica en torno al gato, que expresa lo mismo el carácter inexpugnable de la verdad (Highsmith) que el insufrible peso de la culpa (Poe).
Para algunos lectores, quizás las obras que mejor plasman la destreza de Highsmith en la literatura policiaca sean aquéllas de su serie en torno al personaje de Tom Ripley, el célebre antihéroe americano cuyas aventuras campean entre la picaresca y el noir. No obstante, su producción cuentística atrae no poca atención por su pericia narrativa y por la creación de un mundo “claustrofóbico e irracional en el que entramos en cada ocasión con la sensación de que corremos peligro, con la cabeza vuelta un poco por encima del hombro”, según expresó el escritor Graham Greene.2 “Lo que trajo el gato” se inscribe en el género negro con una anécdota siniestra que, no obstante, se permite una dosis del humor negro característico de la autora.
Aubrey Vincent Beardsley, “El gato negro” para Cuentos de imaginación y misterio de Edgar Allan Poe, 1894. Metropolitan Museum of Art ©.
El cuento empieza con un encuentro amistoso en la campiña inglesa, en donde una serie de amigos se han reunido a jugar Scrabble. Súbitamente, la reunión se ve interrumpida por la llegada de Portland Bill, el gato de la familia, el cual lleva en su boca un siniestro trofeo. Primero, los reunidos lo identifican como un pájaro, o una pata de ganso, o un pichón, hasta que Phyllis —una chica estadounidense que ha ido a pasar el fin de semana— se da cuenta de que se trata de dos dedos humanos. Mientras las personas que lo rodean pasan de la expectación al horror, el pequeño Portland Bill levanta la vista “con orgullo hacia las caras de los cuatro humanos que lo observaban”.3 En cuanto a los dedos, Highsmith los describe así:
Los dos dedos estaban muertos, blancos e inflamados; no había restos de sangre ni siquiera en la base, que comprendía unos cinco centímetros de lo que había sido una mano. Lo que identificaba inconfundiblemente a los dedos como el mayor y anular de una mano eran las uñas, amarillentas y cortas, de aspecto pequeño entre la carne hinchada.4
Como es de esperarse, el hallazgo despierta el interés general. En particular, el de los coprotagonistas de la historia, Michael Herbert y el coronel Edward Phelps, quien además es veterano de la Gran Guerra. Tanto Michael como Eddie harán uso de sus dotes detectivescas para dilucidar el misterio de los dedos blanquísimos que les ha procurado Portland Bill: apenas los llevan al taller notan, por ejemplo, que uno de los dedos porta un anillo. Y luego de hacer un par de cortes meticulosos en la carne, encuentran que el anillo lleva iniciales grabadas: WR - MT, mismas que constituyen la única pista tangible. No es mi intención agotar la anécdota. Antes bien, me gustaría enfocarme en el papel del gato como agente detonador de la trama. Las apariciones de Portland Bill se concentran en el primer tercio del cuento, y con ellas se convoca también el humor. En vano Michael y Eddie intentan mantener al gato alejado de su trofeo, pues éste muestra en todo momento su interés por recuperarlo. Sigue la autora: “Michael se dirigió al armario que estaba cerca de la puerta de entrada, con la idea de poner aquello encima de unas cajas de sombreros, pero el gato lo siguió, y Michael sabía que un gato lo suficientemente inspirado es capaz de un salto a cualquier mueble”. 5 Estrictamente hablando, éste es un relato policiaco en tanto que la trama se construye en torno a un misterio y, posteriormente, los protagonistas luchan por desentrañarlo. Pero no intenta someterse a todas las reglas del género y, al final del día, la resolución del crimen no tiene tanto peso como la extraña manera en que se revela inicialmente. El gato de Highsmith destaca por su carencia total de juicio moral, cualidad que resalta con las reacciones de sus dueños e incluso con las de los lectores. Portland Bill se instala más allá de cualquier drama y se torna símbolo de la verdad que no puede permanecer oculta, sino que emerge de las formas más inesperadas y se revela de manera humilde pero contundente. En este caso, como el triunfal regalo de un gato a su familia. Me atrevo a decir que esta cualidad constituye la originalidad del relato, y parte de lo que lo vuelve memorable. El mensaje de Highsmith es rotundo: a veces lo más relevante de un crimen está en los detalles cotidianos que lo develan, más que en su resolución o, incluso, en los responsables.
Si Portland Bill representa cualidades felinas como la impertinencia y la curiosidad, el gato de Poe toma un camino mucho más siniestro. Todo en él es simbólico: en primera instancia, se llama Plutón, en clara alusión al dios del inframundo latino. Y vaya que este gato nos acerca en uno y otro momentos a los terrenos de la muerte. “El gato negro” es el recuento del descenso a la ruina y a la locura de su narrador-protagonista. Al principio nos encontramos con un hombre normal, cariñoso incluso, pero que, entregado al vicio de la bebida, se torna de forma gradual en un ente huraño y taciturno, con una clara inclinación hacia la violencia. Su esposa, mujer serena, callada y de sentimientos más benignos —cualidades expresadas por el propio narrador—, es la primera víctima humana de su violencia. No obstante, quien parece operar como un termómetro de su degeneración es precisamente Plutón, el viejo gato negro que fuera alguna vez su amado compañero.
Harry Clarke, “I had walled the monster up within the tomb!” (The Black Cat), de la serie de ilustraciones para Cuentos de imaginación y misterio de Edgar Allan Poe, 1919. Duke University Libraries ©.
He aquí la escalera de la locura detallada paso a paso: primero, el protagonista nos narra cómo, en un arrebato de ira, deja tuerto a su gato luego de que éste le hiciera un desaire: “Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo”.6 La crueldad no termina ahí, pues no pasará mucho tiempo hasta que el narrador se decida a ahorcar a Plutón en el jardín de su propia casa. A partir de este acto de malicia, la vida del protagonista no hace sino atraer desventuras. La noche del crimen, un gran incendio reduce a cenizas el hogar, y deja un vestigio siniestro: en el único muro que queda en pie, la silueta del gato ahorcado se plasma como un estigma del mal imborrable. Poe, maestro de la tensión, no sesga en mostrarnos el horror psíquico que su personaje padece a partir de la muerte del gato. El castigo no podría ser más ejemplar. Para tratar de aminorar la culpa, el narrador decide adoptar un nuevo gato; no obstante, ni siquiera por unos días es capaz de disfrutar de la compañía enfermiza del nuevo animal: su presencia, sus caricias, su aliento, su propio peso se vuelven un constante recordatorio de Plutón y, por lo tanto, del crimen cometido. La culpa se consolida también en la mancha blanca que este nuevo ejemplar tiene en el pecho. Una mancha con una singular forma que Poe describe así:
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!7
El horror se conecta directamente con la culpa del criminal, y no cesará sino hasta que la naturaleza maligna del narrador lo lleve a cometer un segundo asesinato: esta vez la víctima será su esposa, quien luego de defender al nuevo gato —el heraldo negro enviado por Plutón— de la ira del marido, recibe un golpe de hacha en la cabeza. Los lectores recordarán el final del cuento: para deshacerse del cuerpo, el asesino lo empareda en una de las habitaciones de su nueva casa. Para su desgracia, en el interior también queda encerrado el gato negro, quien, con sus maullidos, guiará a la policía al cruento hallazgo del cadáver femenino. Culpa y justicia. Límites entre lo humano y lo felino. En estas cualidades me parece encontrar una conexión directa entre los dos gatos aquí mostrados. Tanto Portland Bill como Plutón actúan en sus cuentos como emisarios de la justicia: ambos se ocupan de mostrar ante la autoridad —moral, además de judicial— la evidencia del crimen: un par de dedos, un cuerpo entero, magullado. En ambos cuentos, también, la justicia humana ha fallado, pues en el de Highsmith la policía ni siquiera se ha dado cuenta del asesinato, y en el de Poe los agentes están ya dispuestos a irse de la casa del asesino pues no encontraban nada sospechoso. Muchas son las obras que aprovechan esta disposición del gato hacia la investigación para construir una atmósfera propia del noir. No es mi intención agotarlas.8 Me gustaría destacar un último aspecto que, me parece, está presente en todas las obras que eligen al gato como eje justiciero: me refiero a cierta capacidad mística de dotar a los eventos cotidianos de una profundidad simbólica, tan apropiada para el arte y disfrutada por los lectores. Estos cuentos son ejemplos de dicho simbolismo. Y son también advertencias de que, donde lo humano falla, lo felino ejerce su incipiente sagacidad. Con esto, tanto Portland Bill como Plutón confrontan aquel viejo axioma y nos muestran que la curiosidad, aunque peligrosa, termina por ser la característica que le da vida al gato.
Théophile-Alexandre Steinlen, Verano: gato sobre balaustrada, 1909. The Art Institute of Chicago ©.
Imagen de portada: Théophile-Alexandre Steinlen, Gato arqueando el lomo, 1898. The Art Institute of Chicago ©.
Heródoto, Historia, Libros I-II (C. Schrader, trad.), Gredos, 1977, Libro II, pp. 66-68. ↩
G. Greene, “Prólogo”, en P. Highsmith, Relatos, Anagrama, 2018, p. 11. ↩
P. Highsmith, “Lo que trajo el gato”, en Relatos, Anagrama, 2018, p. 656. ↩
Ibid. ↩
Ibid., p. 658. ↩
E. A. Poe, “El gato negro”, en Cuentos completos, Páginas de Espuma, 2008, p. 108. ↩
Ibid., p. 112. ↩
Acaso como un corolario, no podría dejar de mencionar a Midnight Louie, el gato negro con sobrepeso que hace de detective en una veintena de novelas de la autora Carole Nelson Douglas. ↩