Duelos

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Luciana Sousa

Todas las noches, invariablemente, apoyo la cabeza en la almohada, cierro los ojos y vuelvo a terapia intensiva. Está aislado, en la primera pieza a la izquierda. Desde la sala de espera se oye el ruido, un sonido dulce, en dos tonos, que avisa a los enfermeros que algo va mal. Yo lo escucho y me acerco a su cama; los valores que registra el monitor al que está conectado empiezan a moverse. La presión baja. Baja de a poco, pero ya no vuelve a subir. Llamo a mamá. Se está muriendo, le digo. Mira el monitor y me abraza. Junto con mi tía rodeamos la cama, agarrando sus manos hinchadas por las vías, blancas, enormes, pero todavía vivas. Las manos de mi papá. Él está completamente sedado. Pero igual le hablamos. Te amo, le repito. La presión baja. Mamá llama a la médica; no se puede hacer nada. Te amo te amo te amo. El monitor silenciado emite una alerta luminosa; entra en paro. Unos segundos después una mancha púrpura tiñe la piel amarillenta a la altura del corazón.


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Tras su muerte, la muerte de mi papá, anduve distraída. Me sentí incluso aliviada. Estaba aturdida, agotada, llena de pastillas. Apurada por volver a la vida normal. Después, con el paso de los días, empezó a calar la falta. Cada día me pregunté ¿para qué? y ¿hacia dónde? Estuve triste, insomne, furiosa, eufórica, adormilada y falsamente comprensiva, a veces todo eso en sólo pocas horas. Tuve fantasías de maternidad, de trascendencia. Y de las otras, también. Llegué a tocar un dolor que adquirió la forma de mis manos, y que todavía no he soltado. Me sentí profundamente sola, en medio de un mar de gente. Empecé terapia, hice planes, adoptamos un perro. Volví a escribir. Y ahí, justo en medio, se decidió el aislamiento. Un duelo dentro de otro: el duelo, esta vez, de nuestra idea de futuro.


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Lo primero que perdí en cuarentena, lo más inmediato, fue la noción del tiempo. Así, todo entero, se me volvió elástico, inédito, obsoleto. Pasaron las horas, después los días, y al fin casi dos meses, sin calcular la demora entre dos subtes o el riguroso horario de almuerzo. La violencia de los días que pasan dejó de ser solo mía. También la de la muerte: no es que ahora sea menos discreta, reservada, menos hospitalaria. Pero, a su luz, el resto de las cosas se vuelven irremediablemente absurdas. También para el resto. La gente dejó de reunirse y de conversar. En cambio, nos vemos virtualmente, a través de nuestra propia comunidad espectral: uno, dos, y hasta diez cuadros distribuidos en la pantalla en los que adivinamos el contorno fantasmagórico de nuestros familiares y amigos, en su versión doméstica. Sigo estando sola, en un mar de gente sola.


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La llamada “nueva normalidad” se instaló tan lentamente que ya dejó de ser nueva. Cerraron fábricas, comercios y plazas: creció el desempleo y la desigualdad. Hay aún más hambre. Las personas, bajo atenta vigilancia vecinal, volvieron a las calles, cumpliendo higiénicas reglas. Por las noches, desde sus casas, con las manos limpias, aplauden a los médicos. Con las manos, igual de limpias, piden que ningún preso salga de la cárcel. El virus siguió siendo invisible para la mayoría, porque se metió en las villas y los geriátricos, ahí donde escondemos todo lo que no queremos ver. Contamos infectados y muertos, dos veces al día. La trampa de la “nueva normalidad”, es que es la misma de antes, solo que un poco peor.


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En la ciudad vacía, de madrugada, se oyen los grillos. De vez en cuando, a lo lejos, sirenas de ambulancias y patrulleros. Estoy otra vez sin dormir. El libro pasa del sillón a la cama, de la cama al baño, del baño a la mesa. Miro, miro y miro, sin leer nada. Tampoco escribo demasiado: simplemente no encuentro nada bueno que decir. Desde el balcón, entre los edificios, puedo ver un pedazo de cielo, en el que rara vez aparece la luna; por eso lo prefiero especialmente al atardecer, cuando se pone violáceo. Una mancha efímera. No siento angustia, miedo, o pena. No siento nada en particular. Sé que la vida parece en suspenso. Pero no. La vida está pasando, solo que de otra forma.


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Mi papá estuvo en coma durante dos semanas. Los días excepcionales empezaron a parecerse todos entre ellos: también los partes médicos. Para sobrellevarlo, escribí un diario. Así supe que hubo días mejores que otros, que hubo presencias y ausencias, ligeras señales, que entonces valieron la pena. También fui registrando allí pequeñas cosas que observaba en su cuerpo, cosas por las que el tiempo sí pasaba —sus uñas largas como garras; la barba, rala bajo el respirador; las cejas creciendo crispadas— y cosas que iban sucediendo en el mío —las canas plateando la melena larga; el espacio hueco, hundido entre los huesos del tórax; las aureolas moradas del sueño—. En estos días de cuarentena en los que no encuentro forma de ver el tiempo me dediqué al cultivo: de la semilla al brote, del brote a la planta, de la maceta a la tierra. La flor, como un milagro. Las mido, las trasplanto, las riego amorosamente. Una vez por semana, además, fotografío la hiedra que cubre el paredón frente a mi ventana, y que ha quedado casi calva este otoño: las hojas amarillearon desde el este, y se fueron desprendiendo, dejando sobre el cemento desnudo un río de raíces secas. Algunos amigos hicieron levadura; otros engendraron hijos. Medidas, excusas: evidencias del tiempo.


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Cuando mi mamá dice que extraña la vida normal, sé que no se refiere a la vida sin coronavirus. Pero igual le sigo la corriente, y le digo: ya va a pasar.

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Imagen de portada: Atardecer violeta. Fotografía de Silver Blu3, 2012. CC