#TeamManteconchas

Mapas / multimedia / Julio de 2018

Antonio Ortuño

Quizá me equivoque, o quizá es que no tengo paciencia para seguir estas cosas hasta el final y lo que voy a decir sucede cuando ya volteé para otro lado, pero jamás he visto que una discusión en redes sociales consista en un cívico intercambio de argumentos y termine con la concesión de alguno de sus involucrados de que su contraparte gozaba de la razón. Nadie, ni siquiera la gente que es tonta como la madera y carece hasta de la menor habilidad retórica, ni siquiera la que profesa las ideas más peregrinas, los terraplanistas o los antivacunas, por ejemplo, suele reconocer que yerra. Así que lo que tenemos no son intercambios de opiniones sino puros machetazos. Y, a consecuencias de ello, también padecemos lo que podríamos llamar una epidemia de mensajes de adoctrinamiento preventivo, es decir, mensajes que están redactados con la idea de aplastar a un rival hipotético antes de que éste vaya a manifestársenos en la red: “A todo el que crea tal cosa, pues sépase que…”, etcétera.

Últimamente evito abordar ciertos temas en la red del mismo modo que me alejaría de una fosa séptica abierta. Lo hago porque ya sé que lo que uno diga sobre política, lo que sea, ocasionará unas olas que ya las quisiera Malibú para un Mundial de Surf. Y lo mismo sucede con asuntos tan delicados como los abusos sexuales (la cloaca de los ataques de religiosos católicos a niños, que no deja de supurar, y que volvió a ocupar el centro de la mirada en los días últimos, pero antes de eso el caudal infinito de denuncias de agresiones a mujeres en los cuatro puntos cardinales del globo). ¿Para qué opinar si uno no tiene nada relevante que decir? En ciertos temas, me parece que si no se es experto, víctima o acusado, lo procedente sería cerrar la boca, leer y oír antes de llegar a expeler cualquier opinión. Porque de otro modo acaba uno soltando bobadas sobre lo que sea, bobadas que pueden llegar a ser muy virulentas. Como si uno supiera de lo que habla y tuviera derecho a perorar encendidamente sobre un asunto que no le compete (“¡Qué poco saben todos de Guinea Ecuatorial!”, le leí hace unas semanas a alguien que revisó unas notas en internet pero nunca estuvo en Guinea Ecuatorial). Y lo más sorprendente es que los mismos recursos radicales que empleamos para discutir sobre esos casos, que afectan a millones y tienen repercusiones enormes en las vidas de tantos, como, no sé, el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, el #MeToo o el racismo (por un decir) los pongamos en juego, como si diera lo mismo una cosa que otra, para reñir por cualquier controversia rabona. Como la que procedo a enunciar.

Hace unos días que leemos a miles de mexicanos sacarse los ojos, unos a otros, tras la aparición pública de las “Manteconchas”, engendros de pan dulce que mezclan la concha tradicional con la no menos tradicional madalena (o mantecada, ese pan que muchos de ustedes, antes de este episodio, ya llamaban cupcake, como si fueran nativos de la lengua de Tennyson). Esos luchadores por el honor del pan dulce lo hacían, pensaba yo, en broma. Porque, después de todo, qué tanto puede enojarse alguien por un pinche bollito azucarado. Me equivocaba. La discusión de las “Manteconchas” subió de tono y acabó, según los infaltables analistas que siempre sacan las mismas conclusiones de todo lo que ven, por demostrar que la de México es una sociedad polarizada entre los esnobs y reaccionarios (es decir, quienes rechazan la “Manteconcha” sin haberle hincado el diente) y los arribistas y celebradores ignorantes de lo desconocido (o sea, los entusiastas de las reformas a una suerte de ley general del pan dulce, que nadie conoce pero todos parecen llevar tatuada en la mente). Lo que comenzó como chiste derivó en mentadas de madre, pues. Y como somos México, en una de esas y acaba a balazos o cuchilladas entre los talibanes del pan tradicional y los subversivos del pan posmo.

“Cierro filas con el cambio. #TeamManteconcha”, escribe, esta mañana, uno de mis contactos. Y yo ya no sé si es por culpa de la resaca de la infinita pugna electoral en que seguimos metidos, aunque ya pasaron las elecciones, o si de verdad es que, en el fondo, todos tenemos la cabeza llena de una masa de harina refinada y saturada de azúcar que nos impide ver con claridad.

Mantecónchense los unos a los otros, pues.