Primera jornada

Especial: Diario de la pandemia / suplemento / Mayo de 2020

Saúl Juárez

Lo primero que se me ocurre al iniciar la cuarentena es lo más obvio: el Decamerón. Medio siglo atrás, había leído algunos pasajes en una edición donde aparecían en la portada siete mujeres y tres hombres vestidos con ropas medievales. Ellos se parecían a Dante y ellas a sensuales sherezadas. Como no encuentro ese ejemplar en mi librero, bajo en el iPad la edición de Losada y entro a la lectura con pocas expectativas. Pronto descubro el poder hipnótico de esa narración que describe con frialdad los efectos de la peste negra: las bubas salían en las ingles y en los sobacos de los infectados, las manchas negras aparecían en la piel de los futuros difuntos. Boccaccio dice haber sido testigo del fulminante contagio de humano a bestia. Cuenta que unos cerdos murieron poco después de devorar el cadáver de un hombre abandonado en la calle. La órbita florentina de esos años mortíferos era aterradora. Imposible pensar que en esa misma región, tiempo después, aparecería otro brote —también incontenible—, el del Renacimiento. Pero en los momentos a los que alude el Decamerón, la única realidad era la plaga fatídica que pudo haber sido diseminada por los tártaros. Ha llegado a plantearse que su ejército usó cadáveres de combatientes infectados para lanzarlos con catapultas al interior de la amurallada ciudad de Caffa, asentamiento comercial genovés en Crimea. Esa población sería así la primera en padecer un ataque bacteriológico. El avance de la peste podría haber alcanzado un radio de entre ocho y catorce kilómetros por tierra al día dejando una estela de muerte que, al cabo, terminó con la vida de más de un tercio de los europeos de aquellos tiempos. En el Decamerón, Boccaccio, a pesar de la contundencia de los sucesos, toma distancia de la perspectiva religiosa. Era evidente una concepción intelectual nueva que no desdeñaba los temas considerados paganos en aquella primera mitad del siglo XIV. Todo lo contrario, se solazaba en ellos. En esa obra fundacional, la moral religiosa no ocupa el sitio preeminente. Sus personajes relatan las historias con absoluta libertad. El escritor toscano otorgaba máxima relevancia al hecho de que la lectura fuera entretenida. La apología del aislamiento es propicia. En esa circunstancia surgen los pensamientos más insospechados. Los episodios más remotos de la memoria fluyen sin límite y manan las reflexiones más audaces, desbocadas acaso por la inminencia de la muerte. Boccaccio echa los cimientos de la narrativa moderna abordando los temas mundanos en una novela dentro de otra; una historia compuesta por cien relatos.


Después de organizar con mi mujer lo necesario para hacer más habitable nuestro departamento, luego de comprar el súper y tratar de conseguir inútilmente tapabocas y gel antibacterial, me hundo ya sin interrupción en los pasadizos del Decamerón para encontrarme con:

las cuales novelas donde se verán sucesos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos.

Los modernos tiempos, me encantó la frase tratándose de 1348. Durante la peste negra, de acuerdo al Decamerón, las poblaciones se dividieron en dos grupos de personas: los que se recogían encerrándose a piedra y lodo y los que caminaban por las calles sin otra protección mas que flores y hierbas para llevar a la nariz y así moderar la pestilencia del aire. Los primeros rezaban, los segundos bebían en las tabernas. La aplicación de las leyes, tanto las divinas como las terrenales, era letra muerta para unos y otros, no existía quien pudiera ejercerla y tampoco quien estuviera dispuesto a acatarla. Era tal el miedo que los hijos abandonaban a los padres y, en muchos casos, estos a aquellos. La ciudades se despoblaban, la gente huía hacia los parajes más distantes suponiendo que encontrarían la salvación en la soledad de los páramos. Tras las murallas de algunas ciudades, solo quedaban espectros y cadáveres. Mientras mi lectura avanza, las noticias en la red son cada vez más alarmantes. Las muertes en Italia superan ya a las chinas. España avanza por la misma senda. Como un bálsamo recibo por WhatsApp un aleccionador cuento escrito y leído por Miguel Pérez Maldonado que tiene por personaje al chino que fue el primer infectado. El hombre se dedicaba a cortar y preparar la carne de los murciélagos para la venta en el mercado. Por una ínfima herida de ese trabajador, el virus entró a su organismo. Así logró invadir después a miles de personas por todo el planeta. El individuo murió sin ver el tamaño de la tragedia. La peste negra era trasmitida por las pulgas de las ratas, pero eso no lo supo ni Boccaccio ni ninguno de sus contemporáneos. Cuando la curva de mortandad estuvo en su punto más álgido, todos se atenían ya solo a un milagro. Ni siquiera valía el aislamiento, muchos esperaban y nada más. A la desesperanza sigue la desolación. Las víctimas no conocían a su enemigo. Nosotros, en cambio, sabemos mucho de nuestro agresor. Los científicos de hoy han difundido hasta las secuencias del genoma del virus. Es un ARN que puede sitiar, atacar y capturar células obligándolas a acatar sus destructivos mandatos. Es capaz de mutar y esconderse. Puede aguardar oculto como lo hacen los depredadores para capturar a la presa. Y, sin embargo, un epidemiólogo inglés aseguró en entrevista que el virus no busca la muerte de su huésped porque eso provoca la suya. Ahí está la fortaleza de nosotros los científicos para saber controlarlo, aseguró. El bicho no acabará con la humanidad, se encontrará el medicamento o la vacuna tarde o temprano. Pero en el camino podría morir hasta una tercera parte de los ancianos. Afirmación escalofriante. Del testimonio literario de Boccaccio, se infieren similares reflexiones a las que hoy suscita el asedio del coronavirus. Los diez refugiados, guarecidos en aquella villa cercana a Florencia, sabían que el miedo despierta los peores sentimientos, pero también encarna en actos de solidaridad heroica. El amor y el odio giran en el mismo torbellino. En la debacle emerge lo peor y lo mejor de la gente, a veces de manera asombrosa. Lo cierto es que esos diez contadores de historias, habitantes de ciudades amuralladas, de catedrales góticas, de atmósferas de mesianismo y superstición, entendían mucho más de lo que pudiera creerse. Si bien pensaban que la suma de pecados era la causa de la peste, también suponían que la naturaleza cobra cíclicamente una cuota de vidas para así regularse. Hoy, más de seis siglos después, crece el sentimiento de que estamos pagando por la devastadora soberbia humana contra el planeta. Había culpa en la gente de entonces y la hay en la de ahora. Los europeos de entonces pensaban que al terminar la tragedia todo sería diferente:

Este horroroso comienzo no sea otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Hoy todos concuerdan en que, al pasar la catástrofe, será obligado refundar nuestro mundo. Pero parece solo un acto de fe en medio de la fatalidad.

Boccaccio tuvo la suerte de no contagiarse, pero la enfermedad durante su vejez fue un martirio. El despiadado Giovanni Papini cita en su prólogo al Decamerón, traducido por Luis Obiols, un fragmento de la carta que el viejo y empobrecido escritor envió a su amigo Mainardo Cavalcanti refiriendo las consecuencias de todos los males de su salud:

De lo que se deriva que me sea difícil mirar al cielo, pesado el cuerpo, el paso vacilante, la mano temblorosa, palidez infernal, ningún deseo de comer, aburrirme de todo: me son odiosas las letras, me disgustan los libros antes tan queridos; relajadas las fuerzas del espíritu, casi extinguida la memoria, y atontado el ingenio; todos mis pensamientos se doblan hacia el sepulcro y la muerte.

Me acuesto a dormir, pero el insomnio me atrapa, sigo con la lectura. Duermo dos horas, me levanto para ir a la sala y mirar por la ventana. Está amaneciendo y un camión recoge la basura del centro comercial de enfrente. Sentada en la banqueta, una señora mayor llora cubriéndose el rostro con las manos. Así empieza la nueva jornada.

Saúl Juárez nació en 1957. Es narrador y poeta, ha publicado los libros Paredes de papel (Práctica de Vuelo, 1981), Más sabe la Muerte (Oasis, 1983), Si van al Paraíso (UNAM, 1994), Es agua esta luz (UNAM, 1995), Señales de Viaje (Planeta, 1995), El viaje de los sentidos (Verdehalago, 2000) y La calle de los fresnos (Hecho a Mano, 2002).

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Imagen de portada: Luigi Sabatelli, La peste di Firenze dal Boccaccio descritta, ca. 1810. Wellcome Collection CC