Un túnel cerró la prisión de Lecumberri
Leer pdfAlberto Sicilia no tardó en darse cuenta de que las ratas salían de sus guaridas cuando el sol desaparecía tras el muro de la prisión. Aunque jamás les había tenido miedo, en Lecumberri eran otra cosa: tan grandes que parecían perros y lo primero que le habían advertido sus compañeros desde la celda vecina era que ya habían matado a otros reclusos a mordidas. La misma noche en que llegó percibió cómo dos ratas se disputaban un pedazo de pan a mordidas y chillidos, mientras otras se lanzaban contra la puerta de metal de su dormitorio, tratando de alcanzar las sobras de comida que habían quedado desperdigadas durante el día.1 “Fuera de mi puerta aquellos asquerosos animales luchaban desesperadamente […]. La noche fue una auténtica pesadilla, por suerte, al salir el sol, aquellos animales corrieron a sus agujeros y nos dejaron en paz”, recuerda sobre aquel Lecumberri de 1975.2 Unos días antes, Florentino Ventura, primer comandante de la Policía Judicial Federal, lo había arrestado mientras dormitaba empastillado en una casa en la calle Nieve, en Jardines del Pedregal. Estaba postrado desde hacía días en la cama de una habitación en la planta alta porque una caída del caballo le había fracturado un pie.3
La casona la compartía con su amante, la actriz Irma Serrano, la Tigresa, quien, según los dichos del propio Sicilia, lo había ayudado a olvidarse de su exesposa. Incluso tenían planes de casarse porque desde hacía un año vivían una felicidad absoluta. “Esta corta paz que había encontrado se destruía una vez más”, escribiría después.4 La noche del 2 de julio de 1975, dos hombres armados entraron al cuarto. Sicilia ni siquiera pudo incorporarse cuando le apuntaron con sus armas y le dijeron que si hacía un movimiento moriría como un perro. —¡La droga, dónde está la droga! —le gritaba Ventura desde una de las esquinas del cuarto.
Expediente de Alberto Sicilia Falcón, caja AC 7244223, núm. 532, leg. 5, Dirección Federal de Seguridad, Secretaría de Gobernación Siglo XX, Archivo General de la Nación.
Se puede reconstruir la historia del ingreso a Lecumberri de Sicilia Falcón a partir de dos versiones: la que cuenta él mismo en un libro de cinco mil ejemplares publicado en 1979, del que conseguí una copia tan maltrecha que las páginas se sueltan al abrirla, y la que dejaron policías judiciales y agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) en sus informes a la Secretaría de Gobernación. La versión de las fuerzas de seguridad es que Alberto Sicilia era un cubano exiliado en Miami tras el triunfo de Fidel Castro. Su biografía parece calcada de la película Scarface: andaba en un Rolls Royce, organizaba fiestas en Europa y sólo bebía champaña. Así construyó una de las organizaciones de narcotráfico más grandes de su tiempo. Fue uno de los primeros en mover toneladas de droga de Tijuana a Estados Unidos. Sicilia relata, en cambio, que a principios de 1960 participó activamente en la lucha anticastrista con la capacitación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, en calidad de agente. Siempre sostuvo su versión y negó ser narcotraficante. Ventura, acostumbrado a trabajar con las agencias norteamericanas, no indagó más. Lo envió directamente a Lecumberri.
Lecumberri nació en un canal de aguas negras. Su construcción se planeó a orillas del Gran Canal, la megaobra del porfiriato para sacar las aguas sucias y de lluvia fuera del valle de México. Según informes resguardados en el Archivo General de la Nación (AGN), meses antes de la inauguración, el canal del desagüe inundó la obra y oscureció las paredes de cantera. El penal nació sucio. Fue construido entre 1885 y 1900 por los ingenieros Miguel Quintana y Antonio M. Anza en un terreno conocido como la Cuchilla de San Lázaro, al noreste de la ciudad. El proyecto arquitectónico lo hizo Antonio Torres Torija. El 30 de septiembre de 1900, Porfirio Díaz inauguró el Palacio Negro. Encontré en la Hemeroteca Nacional un ejemplar de hace ciento veintiséis años de El Mundo Ilustrado. Díaz camina por un terreno baldío con su traje y su espada de gala. El título dice: “Inauguración de la Penitenciaría del Distrito Federal”. Ese día las autoridades explicaron el principio que regiría el nuevo sistema penal:
El mexicano […] no resiste la monotonía, porque ama constantemente la novedad; el aislamiento largo y en silencio es para él una pena enorme, a causa de haber vivido siempre en la expansión y en la libertad. Esta es parte esencial del castigo.5
En el AGN también hallé un reporte de contabilidad de 1901. Se les servían tres comidas al día: atole con pan, arroz con carne, frijoles y pan. Un día a la semana se podía sustituir la carne por un plato de verdura. El reglamento original de Lecumberri dedica páginas enteras a regular cada centímetro de la vida dentro de la prisión. Los reos debían cubrirse la cabeza con una gorra numerada que no podían quitarse ni perder. Las puertas de las celdas no tenían chapas ni cerrojos por dentro, sólo se abrían desde fuera. Cada mañana debían barrer su celda antes de las siete y media. Una vez por semana los celadores inspeccionaban cama, lavabo, excusado y muros, con especial cuidado en investigar si había chinches.
En el centro del complejo se levantaba una torre de acero desde cuya base un guardia podía, girando sobre su propio eje, vigilar todas las crujías al mismo tiempo. Sergio García Ramírez, el último director del penal, la llamó “una cárcel dentro de otra [cárcel]”. Lo que pasó después quedó registrado por quienes tuvieron que administrar ese castigo. En los archivos de la Secretaría de Gobernación encontré un informe sobre la situación de Lecumberri en 1911, sólo una década después de su apertura. Se asegura que estaba incrementando la indisciplina de los reos, quienes se volvían más reacios a la obediencia.
No lo comprenden, no lo pueden comprender los reos, quienes […] atribuyen las causas y orígenes de todas las severidades que sufren a los encargados de cumplir las leyes y reglamentos penitenciarios.6
Describen que los presos se estaban volviendo “repugnantes” y se rehusaban incluso a cortarse el cabello. Tan sólo una década después de la inauguración de la cárcel, los celadores renunciaron: de veintidós quedaban once.
Franco Sodi se hizo cargo del penal en 1936 y escribió en el artículo “Visión del Presidio” que Lecumberri era una “cuna de todos los escándalos”. Para 1947, cuando llegó el director Javier Piña, ya no había cubiertos ni platos. Los reos comían en latas o directamente en “el extremo del faldón del saco y haciendo un pequeño hueco, ahí la recibían”.7 Había de tres a cuatro abusos sexuales por semana. La solución institucional fue ordenar que los chicos abusados se mudaran a la crujía J. El argumento era que el hecho de haber sido violados los convertía en homosexuales.8
El expediente de la DFS sobre Alberto Sicilia tiene más de doscientas páginas redactadas con máquina de escribir. Las hojas se han vuelto del color del papel de estraza, y en algunas el tiempo ha destruido el papel. En ellas hay fotos en blanco y negro: Sicilia de frente y de perfil, fechadas el 30 de julio de 1975. Carga el número 329034, su ficha de detención. Tiene el cabello peinado hacia atrás, la mandíbula apretada. Alguien escribió su nombre abajo, en letra cursiva: Alberto Sicilia Falcón. La firma de un policía sobre su obra. Cuenta su expediente que el día que llegó al penal lo acusaron, junto con otras personas, de presidir una organización de narcotráfico compuesta por Alberto Hernández Rubí, José Egozzi y Luis Zuccoli Bravo. Más tarde, Sicilia confesaría que cuando entró le informaron que para obtener una celda individual, y no dormir hacinado con otros diez reos, tenía que pagar diez mil dólares. Se los entregó en la mano a Edilberto Gil Cárdenas, un militar convertido en jefe de vigilancia, quien le asignó la crujía L y la celda número 30.
Al jefe de seguridad había que darle cien mil pesos al mes. Lo mismo al jefe de la crujía. Según el expediente de la DFS, Sicilia mandó instalar un gimnasio con pera de boxeo y tenía a su disposición un baño de vapor exclusivo. “Desde ese momento fuimos objeto de amplias consideraciones”, diría Sicilia en su declaración ante el Ministerio Público. Así que, desde mediados de diciembre, mientras caminaban por el patio, analizaron cada rincón del penal. Una fuga en helicóptero como la de David Kaplan de Santa Marta sería imposible con tanto guardia armado. Saltando las bardas, tampoco. Atravesando la puerta principal, menos. “Lo único que nos queda es por debajo”, escribió Sicilia en sus memorias.
El padre y el tío de Luis Zuccoli adquirieron una casa directamente frente a la celda, al otro lado de la calle, en el número 25 de la Tercera Cerrada de San Antonio Tomatlán. La compraron por 250 mil pesos a un hombre del Estado de México llamado Eligio Albarrán. Calcularon la distancia, midieron los riesgos de la tierra fangosa y un grupo de guatemaltecos comenzó a cavar de día, aprovechando el ruido del tráfico. La tierra salía en una combi Volkswagen: una persona en la parte de atrás la iba soltando por los orificios del piso mientras el vehículo avanzaba. A Sicilia le tocó poner cincuenta mil dólares para los gastos de la excavación. El 22 de abril de 1976 escucharon el cemento quebrándose bajo sus pies. Los empleados guatemaltecos terminaban el túnel de cuarenta metros. Sólo faltaba perforar el piso de la celda. Sicilia y sus cómplices fueron al área de servicios generales y, con una larga explicación —dijeron que arreglarían una instalación eléctrica—, consiguieron prestado un berbiquí, un viejo taladro de mano. Con eso, una lima y tres brocas, perforaron el piso. El lunes 24 de abril, a las once de la mañana, lograron romper la última sección. Pudieron hacerlo porque el día anterior se celebró el cumpleaños del jefe de la crujía. Al penal entraron kilos de carne y un mariachi tocó por los pasillos mientras doscientos cuarenta internos festejaban.
Sicilia escribió que la celda se llenó de vapor de tanto esfuerzo. Atravesaron el túnel a las 10:15 de la noche, entre el fango y el excremento acumulado durante años bajo Lecumberri y que había estado ahí desde que las aguas negras inundaron la obra antes de la inauguración. En otra página del expediente hay una foto sin personas. Es la puerta detrás de la cual está el túnel, vista desde la fachada de unas cuarterías con techo de lámina en la calle San Antonio Tomatlán, a cuarenta metros de la barda sur de Lecumberri: un boquete de tierra y cemento roto, de poco más de un metro cuadrado, que se hunde cuatro metros antes de virar para volverse horizontal. En el pie de foto, mecanografiado, dice que sirvió para la fuga de cuatro reos. El personal de la penitenciaría se dio cuenta hasta que los reclusos encargados de lavar la ropa de Sicilia tocaron la puerta de la celda. Pensaron que se estaba bañando. Al no recibir respuesta empujaron la puerta. Había un agujero en el piso.
Cuatro días después, Florentino Ventura y Miguel Nazar Haro, jefe de la DFS, recapturaron a Sicilia en una casa en la colonia Narvarte, en la calle La Quemada. Llevaba traje azul, camisa de vestir y corbata de seda. En su declaración ministerial, que hoy está prácticamente deshecha y es difícil de leer, se alcanza a distinguir que dejó asentado que cuando iba llegando a Lecumberri se le acercó el teniente Gil Cárdenas y lo amenazó: el propio Gil Cárdenas mataría al deponente, motivo por el cual el compareciente se hace responsable de su vida y su seguridad. Sicilia nunca anticipó que el escándalo internacional de su fuga terminaría por cerrar una prisión de casi cien años.
Sergio García Ramírez llegó a Lecumberri el 30 de abril de 1976, el mismo día que fue reingresado Sicilia. Era también el cumpleaños número 31 del cubano. García Ramírez era un jurista de la UNAM que había dirigido el penal del Estado de México y creía que una prisión podía rehabilitar. Había impulsado la ley que obligaba a tratar a los presos como seres humanos. “Fui la primera consecuencia formal de la fuga de un grupo de internos, después recapturados”, escribió. A nivel presidencial la fuga había provocado lo que García Ramírez describe como un shock nervioso. Ante la prensa internacional, el Palacio Negro era un lugar de degradación que los había exhibido. García Ramírez encontró las coladeras destruidas, los pisos de las celdas cubiertos con trapos, los excusados deplorables, malolientes, y en los depósitos de insumos, bolsas y bolsas de basura que se apilaban por días. Desde entonces lo unió algo con Sicilia: las ratas.
Recuerda que los presos le contaron que oían por las noches el trasiego de las ratas, yendo y viniendo por todas partes. Y no sólo se lo contaron, desde que llegó los roedores asomaban su hocico puntiagudo por la puerta de la dirección. Los custodios se habían acostumbrado a pisar fuerte para ahuyentarlas, aun así pasaban a toda carrera rozando las piernas de los caminantes. Uno de los días más repugnantes fue cuando ordenó una campaña contra las ratas. Por la noche dejaron alimentos por todas las zonas comunes y encerraron a los reos. A las cinco de la mañana, presos y empleados recogieron mil seiscientas.9 Con los días miles de crías irían muriendo de hambre, luego de que las mayores dejaron de llevarles alimentos. Conseguí un ejemplar de su libro El final de Lecumberri de 1979 y, en sus páginas, García Ramírez narra que cuando llegó al penal había 2 700 reclusos en un edificio diseñado para setecientos ochenta. Escribió también que Lecumberri se había convertido en una gran ciudad generadora de delincuencia. “Si alguna vez hubo un hombre en cada celda, luego fueron dos o tres o cuatro y yo llegué a ver hasta doce o quince, y otros más dicen haber hallado veinte.” Los reos se habían vuelto hombres subterráneos: se apilaban materialmente unos sobre otros en la miseria. En el resto del penal encontró acuarios, celdas de dos pisos, algunas camas con dosel. “Sería grotesco decir suntuosas”, apuntó, eran lujos minúsculos dentro de toda esa podredumbre. Dijo que dejó que cada quien conservara lo que tenía. Quitárselos hubiera sido injusto.
El 1 de agosto de 1976 comenzó la desocupación. Los primeros cien reos salieron una vez terminada la visita dominical en las “julias” y fueron custodiados por elementos de la Dirección de Tránsito. En las fotos del periódico El Nacional, los presos miran a García Ramírez sonrientes. Él lleva una chamarra de piel negra, juvenil. Un recluso mira a la cámara y hace la señal de amor y paz. Al menos en la foto parece que los reos creían lo que les había prometido el director: serían trasladados al recién inaugurado Reclusorio Norte, donde había áreas verdes y todos podrían trabajar y estudiar.
En los días finales, dos estadounidenses se escondieron debajo del piso de la crujía L, la misma por donde había escapado Sicilia, con la intención de hacerse pasar por fugados y quedarse dentro hasta que comenzara la demolición. La policía tuvo que recorrer el penal golpeando los pisos para escuchar si surgía algún eco. Así los encontraron. Busqué en la Hemeroteca de la UNAM alguna doble plana sobre el cierre del Palacio Negro. Después de todo, por sus celdas habían pasado Gregorio Cárdenas Hernández, El Estrangulador de Tacuba; María Dolores Estévez, Lola la Chata; Jaime Ramón Mercader, el asesino de Trotski; y cientos de presos políticos del 68. Pero no encontré nada de eso. En El Nacional del 27 de agosto de 1976, hay un pequeñísimo llamado en portada que dice “Lecumberri cerró definitivamente sus puertas, ayer”. En interiores, una nota breve cuenta que en un acto sencillo, a las siete y media de la noche, García Ramírez y el presidente del Tribunal Superior de Justicia, Abel Treviño, leyeron un acta que clausuraba oficialmente el lugar.
El director de la Cárcel Preventiva aseguró que los reclusorios son el reflejo de la sociedad; son el espejo a través del cual puede mirarse el sistema social.
García Ramírez, Abel Treviño, los celadores y cocineros que quedaban y todos aquellos que habían vivido ahí entraron por última vez. Caminaron a paso lento y con una mirada se despidieron de las crujías, los comedores, los patios que alguna vez albergaron a miles de personas. Todo estaba vacío. El reportero se volvió poeta: “Sólo quedaban las rejas, los añejos muros, la soledad, el silencio”.10 A Sicilia lo dejaron hasta el final. Era parte del grupo que salió el jueves 26 de agosto. Recuerda que miró por última vez aquellos pasillos desiertos. García Ramírez los acompañó mientras Sicilia y otros reos le gritaban: “¡Viva el doctor Ramírez!”. Al mediodía, el jefe de vigilancia rindió parte:11 sin novedad, sin ningún recluso.
Imagen de portada: Expediente de Alberto Sicilia Falcón, caja AC 7244223, núm. 532, leg. 5, Dirección Federal de Seguridad, Secretaría de Gobernación Siglo XX, Archivo General de la Nación.
Passim, Alberto Sicilia Falcón, El túnel de Lecumberri, Compañía General de Ediciones, México D. F., 3a. ed., 1979. ↩
Ibid., p. 74. ↩
Ibid., p. 13. ↩
Ibid., pp. 60-61. ↩
“Inauguración de la Penitenciaría del Distrito Federal”, El Mundo Ilustrado, año VII, tomo II, núm. 14, 30-09-1900, s. p. ↩
“Informe del delegado del Consejo de Dirección de la Penitenciaría de México sobre la situación que priva en ese establecimiento”, 26-12-1911, p. 201, AGN, Fondo Gobernación, Sección 3a., Cárceles y Penitenciarías. ↩
Sergio García Ramírez, El final de Lecumberri, Porrúa, México, 1979, p. 26. ↩
Ibid., pp. 26-27. ↩
Ibid., p. 174. ↩
El Nacional, 27-08-1976, p. 14. ↩
S. García Ramírez, op. cit., p. 202. ↩