periódicas Cine MAR.2026

Hector Guerrero

¿De dónde viene el racismo?

Hace 45 años, un grupo de mujeres publicó un libro en Estados Unidos que hasta el momento se ha reeditado más de ocho veces. Se titula Este puente, mi espalda. Y las razones que motivaron a sus autoras están tan presentes hoy como en ese entonces. El libro lo podrían haber escrito hace un mes con la misma premisa con la que lo hicieron hace más de cuatro décadas.
Existe una palabra que nos gusta usar cuando queremos sonar como quien ha leído a Foucault en un café un día de lluvia, pero en realidad, al usarla, sólo estamos tratando de ocultar nuestro terror visceral ante el caos: sistémico. Es una palabra limpia. Suena a engranajes, a software barato, a algo que no es culpa de nadie porque es culpa de todos. Pero luego ocurre el lunes 25 de mayo de 2020 —un día que, meteorológicamente hablando, debió ser anodino— y la palabra sistémico se materializa en la forma de una rodilla humana y un par de binoculares Swarovski.

Relax in 5 Avenue. Todas las fotografías son cortesía del autor.

El Observador, la mujer, el cocker spaniel y los binoculares

Imagina por un segundo que eres Christian Cooper. Tienes 57 años. Eres lo que el lenguaje políticamente correcto llamaría un “hombre afroamericano”, pero para ti, en ese momento preciso, eres un par de ojos. Eres un receptor de matices. Estás en The Ramble, una sección de Central Park que es, esencialmente, un refugio para personas que encuentran más significado en el movimiento de las alas de una piranga escarlata que en el ruido de Wall Street. La observación de aves o pajareo es un ejercicio de paciencia casi budista. Requiere que te vuelvas parte del follaje. ​ Christian tiene unos binoculares Swarovski porque su padre se los regaló como muestra de cariño y fraternidad. Es una línea de tiempo afectiva que se remonta a sus 11 años. Y entonces aparece la entropía. O mejor dicho, Amy Cooper (sin parentesco, para suerte de nosotros, los espectadores). Amy tiene un perro, un cocker spaniel que, en ese momento, está violando todas las leyes del reglamento del parque al correr sin correa. ​ Lo que sigue es una coreografía que todos hemos visto en redes sociales, pero que si la analizas cuadro por cuadro, es un tratado de sociología del terror. Christian le pide que le ponga la correa al perro. Amy, en lugar de realizar el acto administrativo de sujetar a su mascota, decide invocar el arma atómica del privilegio racial. Llama al 911. ​ Y la llamada te rompe el cerebro: ella no sólo dice que un hombre la amenaza, sino que especifica que es un “hombre afroestadounidense”. Ella sabe —aunque sea a un nivel subatómico y preconsciente— que añadir ese adjetivo es como ponerle esteroides a la respuesta policial. Hacia el final de la llamada, Amy ejecuta un performance de pánico, una ruptura de voz que es, a la vez, fascinante y repulsiva. Es el uso del miedo como tecnología de control. Mientras Christian grababa el video que su hermana publicaría más tarde —en un acto de catarsis—, a unos 1,900 kilómetros de ahí, en Minneapolis, la abstracción del racismo se volvía física. Muy física. Exactamente, 8 minutos y 46 segundos de fuerza física. ​ En mayo de 2020 George Floyd intentó comprar cigarrillos con un billete de 20 dólares que el dependiente de la tienda consideró “sospechoso”. (Nota al margen: el Servicio Secreto de Estados Unidos informa que la tasa de billetes falsos en circulación es de aproximadamente 1 por cada 10,000, lo que hace que la intervención policiaca de forma letal por esta causa sea, estadísticamente, una anomalía de proporciones grotescas.) ​ El policía Derek Chauvin no sólo arrestó a Floyd: lo fijó al pavimento. Hay una diferencia fundamental entre sujetar y borrar. El video en el que se observa a Floyd diciendo “No puedo respirar” se convirtió en el espejo donde Estados Unidos se vio la cara y no le gustó lo que vio. Según datos del diario Washington Post, aunque los afroamericanos representan apenas el 13 % de la población de norteamericana, son víctimas de disparos policiales mortales a una tasa que es más del doble que la de los estadounidenses blancos.

Central Park.

New Orleans Bus Stop.

El libro

Aquí es donde tiene sentido el libro, Este puente, mi espalda: Voces tercermundistas en los Estados Unidos1 de Cherríe Moraga y Gloria Anzaldúa (con prólogo de Toni Cade Bambara). Se trata de un compendio de escritos de mujeres radicales de color publicado originalmente en 1981. Lo lees hoy y sientes una especie de déjà vu intelectual. Las autoras hablaban de cómo sus cuerpos eran “puentes” sobre los que el resto de la sociedad caminaba para llegar a su zona de confort. ​ La razón por la que el libro se ha reeditado ocho veces no es porque sea un clásico de la literatura, sino porque funciona como un diagnóstico de una enfermedad que el paciente se niega a admitir que tiene. El racismo que describe el libro no es únicamente el de la rodilla en el cuello; es también el racismo del “billete falso”, el del “perro sin correa”, el de la sospecha automática que se activa cuando alguien que no se parece a lo que se ve en los anuncios de Ralph Lauren camina por un parque con binoculares caros. ​ La cita es durante una mañana calurosa en la Ciudad de México: voy a tener una conversación sobre el libro con dos de las autoras. Lo primero que te golpea no es la retórica, sino la geografía de la conversación. Estamos en un hermoso jardín al sur de la ciudad, pero en nuestro pequeño rincón, el aire parece denso. No por falta de ventilación, sino por la acumulación de décadas de lo que Cherríe Moraga —quien a sus setenta y tantos años, mira con tal intensidad, que te hace reconsiderar cada una de tus decisiones existenciales— llama “teoría encarnada”. ​ Hay algo profundamente distópico en el hecho de que un libro publicado hace 45 años siga siendo no sólo relevante, sino una especie de manual de instrucciones para un incendio que nunca terminó de apagarse. ​ Moraga y la artista plástica Celia Herrera Rodríguez están aquí para hablarnos de una paradoja. La paradoja es que, en 1981, si eras una mujer de color y lesbiana en San Francisco, eras, para efectos prácticos del mainstream político, invisible, una especie de error estadístico en la matriz del feminismo blanco de clase media. Hoy, en cambio, eres un “segmento demográfico”, un “objetivo de política pública” o, lo que es peor, una “oportunidad de subvención”. ​ “Gloria [Anzaldúa] y yo éramos poetas sin publicaciones”, dice Moraga con una humildad que resulta casi violenta en nuestra era de marcas personales y perfiles optimizados de redes sociales. Estaban enojadas. Tenían 28 años. Y lo que hicieron fue un acto de curaduría radical: recoger las voces de mujeres que no se consideraban “escritoras” porque estaban demasiado ocupadas siendo el soporte estructural (el puente, el énfasis) de una sociedad que les caminaba por encima. ​ Herrera Rodríguez lo explica con una claridad quirúrgica: la cultura estadounidense de los 60 y 70 era el Apple Pie. Todo era blanco, europeo, y lo demás era “folclórico”. Lo “folclórico” es, por supuesto, ese término condescendiente que usamos para las culturas a las que no consideramos capaces de un pensamiento filosófico serio ni sobre las que buscamos profundizar. Nos basta con la superficie de color para creer que entendemos lo que no entendemos. El arte de Celia no es adorno, es una “llamada de presencia”. Es decir: “Estamos aquí, tenemos cuerpo, y este cuerpo tiene una política que no cabe en sus leyes de derechos civiles de algodón”. ​ Lo que resulta fascinante —y por “fascinante” me refiero a ese tipo de fascinación que sientes al ver un accidente de tráfico en cámara lenta— es la discusión sobre la “corporativización de la protesta”. Moraga y Herrera señalan algo que nosotros, los modernos hiperconectados, solemos ignorar: la profesionalización del activismo le ha matado la espontaneidad. ​ Antes, podías tener un trabajo de medio tiempo, pagar una renta ridícula y pasar la noche escribiendo manifiestos que cambiarían el mundo. Ahora, si quieres “ayudar”, tienes que formar una ONG, solicitar una beca del gobierno (que viene con un manual de términos prohibidos) y convertirte en un administrador de la miseria ajena. La protesta ha pasado de ser una “comunidad en lucha” a ser una “tienda con escaparate” financiada por el mismo Estado que, irónicamente, intenta eliminar los libros que narran esa lucha. ​ “México tiene los mismos problemas que Estados Unidos”, admite Moraga. Clasismo, racismo, la presión del Estado para definir quiénes somos. Y aquí es donde la conversación se vuelve realmente oscura. No es un “regreso al pasado”. El racismo actual no es un vintage de los años 50. Es algo nuevo. Es un racismo “armado” (weaponized), donde no importa si vienes de cinco generaciones en el país o acabas de cruzar la frontera: tu color de piel te convierte automáticamente en un criminal potencial ante los ojos de una estructura que se siente amenazada. ​ Hay una anécdota triste: el libro original fue “destruido por la palabra”, dice Moraga (fue prohibido, descatalogado, ignorado), pero sobrevivió gracias a la piratería digital. El PDF como herramienta de liberación. Estudiantes de todo el mundo ya conocían El Puente antes de que se reeditara oficialmente. Hay algo esperanzador en la noción de que la burocracia editorial no pudo detener una idea cuyo tiempo se negaba a pasar. ​ Al final, te quedas con la sensación de que estas dos mujeres han pasado 45 años vigilando un puente que ellas mismas construyeron. Un puente hecho de cartas (como la de Rosario Morales, que decía “no soy intelectual”, mientras escribía cuatro páginas de una lucidez aterradora), de ensayos corregidos a mano y de una fe casi mística en que la interseccionalidad (esa palabra que hoy usamos para parecer inteligentes en las cenas, pero que ellas vivían como una herida) es la única salida. ​ Escucharlas es entender que el feminismo no es una “teoría extraña” que se estudia en una torre de marfil. Es una respuesta a la situación económica, a la crisis de la vivienda, a los empleos precarios, a los derechos a veces elementales, al aborto, a la violencia y al simple hecho de tener que sobrevivir cuando el mundo ha decidido que tu existencia es un inconveniente presupuestario. ​ Moraga mira la grabadora. No parece cansada, pero sí alerta. Como quien sabe que el monstruo —ese “monstruo” en cuyas entrañas viven, según el prólogo del libro— no ha muerto, sino que simplemente se ha puesto un traje corporativo y ha aprendido a hablar el lenguaje de la inclusión para seguir devorando lo mismo de siempre. ​ Y justo cuando crees que el análisis sociohistórico ha alcanzado su cenit de lucidez académica, Cherríe Moraga suelta la bomba atómica de la Realidad Empírica No Deseada. ​ La conversación gira —con la elegancia de un frenazo de emergencia en una autopista de ocho carriles— hacia el elefante naranja en la habitación: el hecho de que un segmento estadísticamente significativo de la población latina, esa misma “gente de color” por cuya visibilidad Moraga y Anzaldúa casi se dejan la piel en los 80, decidió que lo mejor para el futuro de ese país era votar por un individuo que ella califica, con una precisión gramatical envidiable, como “un criminal”. ​ Hay algo profundamente oscuro en todo esto. Moraga está tratando de procesar cómo es posible que el mismo grupo demográfico que vive en las “entrañas del monstruo” haya decidido invitar al monstruo a cenar y, de paso, darle las llaves de la casa. ​ Aquí es donde Celia Herrera Rodríguez lanza la observación más devastadora del encuentro. ¿Se acuerdan de los storefronts? Esos locales humildes a pie de calle donde la gente se organizaba políticamente para exigir salud y educación. Bueno, han sido sustituidos. Pero no por centros culturales progresistas, sino por iglesias que funcionan como centros de gravedad ideológica, donde el discurso del cambio social ha sido reemplazado por una devoción casi mística a una figura política que se presenta como una deidad de lo próspero. ​ “Votaron por él porque él fue Dios”, dice Moraga, y hay una nota de genuina perplejidad en su voz y a su rostro se le imprime una expresión de incredulidad auténtica, como si fuera el rostro en una pintura de Chagall; es la perplejidad de alguien que ve cómo la conciencia de clase es devorada por una especie de mesianismo corporativo. ​ La preocupación no sólo es estética o moral: es estructuralmente aterradora. Hablan del rediseño de los estados republicanos (el gerrymandering), un proceso mediante el cual se asegura que, incluso si la mayoría no lo quiere, el poder se quede en manos de quienes están desmantelando los derechos civiles, la educación y el bienestar que tanto costó articular. ​ Es un momento de una honestidad brutal que rara vez encuentras en las entrevistas promocionales. Moraga no intenta dorar la píldora: reconoce que la “unidad” de las mujeres de color es un concepto que se está fragmentando bajo la presión de una economía que te obliga a elegir entre sobrevivir o pensar. Se pregunta si su propia gente cambiará al ver las consecuencias de lo que han ayudado a erigir, o si la conciencia colectiva ha sido tan eficazmente desmantelada que ya no hay un “nosotros” al que apelar. ​ Al final, te queda la imagen de estas dos mujeres guerreras culturales mirando el mapa de los Estados Unidos y viendo no un país, sino un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven para asegurar que el pasado más oscuro regrese disfrazado de “algo nuevo”. ​ El libro de hace 45 años sigue abierto sobre la mesa. El puente sigue ahí. Pero el abismo que tiene que cruzar parece, cada minuto que pasa, un poco más ancho.

Subway-Brooklyn.

Virginia Street.

Baton Rouge.

La bestia que camina lento

El racismo no es una “opinión”. Es una infraestructura. Está integrado en la forma en que el despachador del 911 procesa un grito, en la forma en que un policía decide cuánta presión aplicar con su pierna y en la forma en que una mujer en el parque decide quién tiene derecho a pedirle que siga las reglas. ​ Christian Cooper sobrevivió porque tuvo la presencia de ánimo de sacar un teléfono y convertir la realidad en pixeles y porque la policía nunca llegó. George Floyd no tuvo esa oportunidad. El movimiento Black Lives Matter no “reactivó” la protesta; simplemente le quitó el silenciador a algo que ha estado gritando desde que se escribió ese libro hace décadas. ​ Al final, la pregunta “¿de dónde viene el racismo?” tiene una respuesta que es, simultáneamente, simple y devastadora: viene de nuestra incapacidad para ver al otro como algo más que un obstáculo en nuestro propio relato personal. Es la pérdida total de la sensibilidad ante los “pequeños detalles” que un observador de aves conoce tan bien. Si no puedes ver los matices en las plumas, difícilmente verás la humanidad en el hombre que sostiene los binoculares. ​ Hace un año, Estados Unidos liberó a una bestia que estaba dormida; hoy esa bestia camina lento por todas sus carreteras; los pueblos sometidos le esperan atrincherados bajo el miedo. ​ El libro Este puente, mi espalda. Escritos radicales de mujeres de color ha sido reeditado al español por la Universidad Nacional Autónoma de México y por U-tópicas Ediciones. En esta edición se incluye una línea de tiempo con los acontecimientos más relevantes con relación al tema ocurridos en los últimos 40 años.

Cherríe Herríe Moraga y Gloria Anzaldúa (coords.), Este puente, mi espalda. Escritos radicales de mujeres de color en Estados Unidos, U-tópicas/Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2025, pp. 480.

  1. El título en inglés es This Bridge Called My Back. Writings by Radical Women of Color (1981, Persephone Press) y reúne los escritos de 30 escritoras y el trabajo de 8 artistas gráficas.