crítica Cárcel JUL.2026

Anaclara Castro

Instrucción de novicias de Ana Garriga y Carmen Urbita

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para Ariadna, Gabriela y Paola


A las 11:36 a.m. de un sábado —en un mes muy lejos de mi cumpleaños y de cualquier otra fecha que justifique regalos— recibo un mensaje de una de mis mejores amigas. Es una foto, acompañada de una descripción por demás tentadora; algo como: “los regalos no deberían anunciarse, pero no quiero que lo vayas a comprar antes de que me llegue”. Es un libro. La cubierta es preciosa, el título cautivador y las autoras, garantía de algo bueno. ​ Un par de años antes, a esa misma amiga yo le había presentado, como “mi más reciente crush auditivo”, con mención especial al episodio sobre las asociaciones barrocas entre la leche materna y la sangre de Cristo (que es tan perturbador y maravilloso como suena), el pódcast histórico-literario-vivencial de Ana Garriga y Carmen Urbita, Las hijas de Felipe, que dio origen al libro en cuestión. Yo, a mi vez, había sido iniciada en ese culto por otra amiga muy querida, compañera de trabajos y pasiones, quien, por su parte, había llegado a él gracias a una gran amiga suya de la misma estirpe de entusiastas del convento y la academia. Así, de recomendación en recomendación, se fue tejiendo un generoso rebozo comunitario de aficiones, hilado con fibras de afecto y curiosidad intelectual, que nos arropa con holgura y aspira a seguir extendiéndose para divertir e instruir a quienes a él se arrimen, adentrándoles en la deleitosa “obsesión con la estética, la liturgia y el misterio de la vida comunitaria de las monjas”, con miras a convertirse en bálsamo para la existencia presente que es cada vez más solitaria. ​ Esta enrevesada (y espero que no demasiado aburrida) anécdota sería irrelevante en cualquier otra reseña, pero no en ésta. Instrucción de novicias es una obra —en su forma, contenido y fermento, para usar uno de sus sustantivos predilectos— sobre la amistad: sus solaces y tribulaciones; las obsesiones compartidas; la cercanía en la distancia; “los agravios de la incondicionalidad herida”, como causa y antídoto de la autoexplotación laboral; así como los entrecruces entre la devoción por el saber y la necesidad humana de afiliación, afecto y “el reconfortante gusanillo de la pertenencia”. Y es que, como bien apuntan, “[n]adie olvida el arranque fulminante de un flechazo amistoso. Ni siquiera una monja del siglo XVI que se enfrenta a la agresiva represalia de las altas esferas de su orden”.1 ​ Retomando el título de un “manual para monjas debutantes”, escrito por María de San José, una carmelita descalza del siglo XVI, Instrucción de novicias se transmuta, en el siglo XXI, en una obra compuesta por dos amigas que combinan sus cuitas cotidianas con sus pesquisas académicas; invitando a su público a pertenecer al “club transhistórico” del que ellas forman parte “desde que la fiebre por las monjas [las] unió”.2 Así muestran ser expertas en comunicar y contagiar su gozo por la erudición histórica, siempre aliviada de esa pesada indumentaria que aplasta a quien la porta o le aleja de su aquí y ahora entre efluvios de arrogancia. ​ Al mismo tiempo, el libro posee un notable rigor metodológico y un sólido sustento teórico: aporta información, propone lecturas sugerentes y elabora interpretaciones originales sobre uno de los periodos más ricos y fascinantes de la historia: el Barroco. Época de particular relevancia para quienes se interesan por la vida intelectual de las mujeres (de la mano de los hombres que las obstaculizaron y, a veces, las apoyaron); los imbricados mundos de la religión (en plena Contrarreforma); la sociedad y la política; así como las farragosas relaciones entre Europa y el continente americano. Se trata de una forma salutaria y sui géneris de hacer academia y comunidad, sin poses ni pretensiones, en colaboración y con mucho sentido del humor. ​ Organizado en siete apartados temáticos: amigas, trabajo, cuerpo, amor (protagonizado por Sor Juana), dinero, espíritu y fama, más una introducción anecdótica, Instrucción de novicias replantea lo que significaba ser monja en el Barroco trazando puentes con la experiencia presente de habitar el claustro académico en el tránsito de la juventud a la mediana edad. Explora las razones que llevaban a jóvenes (y, en ocasiones, a mujeres maduras que se habían quedado solas) a buscar refugio, consuelo o escape en un convento. Muestra también lo que, para bien o para mal, implicaba permanecer años dentro de una comunidad cerrada —con frecuencia estrechamente enlazada con el exterior— compuesta por buenas y malas amigas, compañeras indiferentes o acérrimas adversarias. ​ Garriga y Urbita ofrecen probaditas de los testimonios (escritos, sartoriales y pictóricos) que estas monjas dejaron a su paso por ágoras y celdas en distintas regiones de España, Italia, Francia y la Nueva España. Describen, con lujo de imaginación y elegantes interpolaciones de cultura pop actual, sus vidas cotidianas, los “embrujo[s] coreográfico[s] de un cuerpo extasiado”, los temores y esperanzas que las guiaban, las relaciones entre ellas y con los de afuera, así como cuestiones por completo mundanas como el dinero y los negocios, pues “toda monja fundadora del siglo XVI sabía que era imposible emprender una reforma espiritual sin penetrar en los misterios de la deuda financiera”.3 ​ Uno de mis pasajes favoritos, que me permito traer a cuento como un amuse-bouche para el apetito lector, está en el capítulo “Cuerpo”. Allí se narran las mortificaciones físicas a las que se sometían algunas monjas, como Verónica Giuliani, clarisa capuchina de los siglos XVII-XVIII, quien seguía ayunos, ingestas peculiares y otras “estrictas prácticas corporales”. Aduciendo inspiración mística y abrazando un ascetismo errático que abandonaban por cansancio y retomaban en nuevos arrebatos de fervor, religiosas como Verónica recorrían un “tortuoso camino de excesos y autorregulación”, esperando “salir airosa[s] de la batalla entre los discursos que disciplinan el cuerpo y los actos de subversión que esperan liberarlo”.4 ​ Garriga y Urbita trazan paralelismos sugerentes entre aquel fenómeno y tendencias modernas (bastante menos espirituales) como el ayuno intermitente y la ortorexia, esa obstinación por “milimetrar, con precisión alquímica, la proporción de proteínas, carbohidratos y azúcares diarios”.5 Como afirman, con su característica seriedad hilarante, estas modas, supuestamente saludables —a las que ellas mismas y muchas de sus lectoras y escuchas nos hemos entregado por temporadas, alentadas por conocidos bienintencionados y algoritmos misteriosos, con la (dudosa) esperanza de conservar, en la mediana edad (y quizá más allá), la calidad de vida juvenil— no son necesariamente modernas. Esa capacidad de reírse de sí mismas y animar a su público a hacer lo propio es una de sus cualidades más entrañables. ​ Mención destacada amerita también su catálogo de lágrimas, que incluye “lágrimas por profecías autocumplidas”, “lágrimas de agotamiento” y “lágrimas hormonales avivadas por el síndrome premenstrual. Irracionales, inmisericordes, pero siempre necesarias”, todas las cuales esta lectora practica con una devoción no siempre intencional. De igual modo es memorable su comparación entre las taxonomías demoniacas y nuestra manera moderna de “analizar y socializar tus penas, clasificar y nombrar las mil caras de tu angustia” para exorcizarlas. Y es que, afirman, “[d]a igual que te desmenuces para tu psicóloga del siglo XXI o para tu exorcista del XVII: toda chica aspira a sacar un diez en el inexistente boletín de notas de la terapia”.6 ​ Si algún reclamo pudiera hacérsele al libro —más por convención reseñista que por falta real— sería la ausencia de un aparato crítico más amplio que permitiera rastrear con precisión los muchos nombres, lugares y conceptos que mencionan sus autoras (todos respaldados, eso sí, por una breve lista de referencias a las citas textuales al final del libro, una “guía de monjas”,7 una bibliografía selecta y una sofisticada seguridad con que los abordan). Dado su minimalismo, la lectora académica insufrible que escribe estas líneas ve frustrada su obsesión por encontrar una sucesión de superíndices en cada página que la remitan a todas las fuentes primarias y secundarias posibles. Mas esa misma falta de especificidad tiene la enorme ventaja de la ligereza. Libre de notas al pie que interrumpan la lectura (y afeen la página),8 Instrucción de novicias permite que quien lo abra se relaje, eche sus remilgos doctos al viento y se sumerja de lleno en la realidad barroca (con la tentadora opción de consultar la bibliografía final en un arranque de ñoñez). ​ Las vidas de convento que recrean Garriga y Urbita presentan la historia como un proceso cíclico que tiende a repetirse recordándonos que, en verdad, no hay nada nuevo bajo el sol (o para decirlo con el lema de su pódcast: “Todo lo que te esté pasando a ti ya le pasó a alguien en los siglos XVI y XVII”), mientras revelan las sutiles pero importantes diferencias de las posibilidades y las libertades físicas e ideológicas de las que disponemos las mujeres en el siglo XXI (aunque estas últimas no siempre sean tan amplias como quisiéramos creer). Y lo hacen no para que las demos por sentadas y nos durmamos en nuestros laureles, sino para no perder de vista que las normas sociales se sostienen o se derrumban con la participación, anuencia o resistencia de quienes viven en ellas. ​ A la pregunta que prometí responderle a mi amiga cuando me entregó la Instrucción de novicias —si cumpliría las expectativas del pódcast o si, incluso, las superaría— sólo puedo decir que, a mi gusto, lo mejor del impreso es poder saborear con calma la prosa de Las hijas de Felipe, una combinación deliciosa de arcaísmos y neologismos, de florituras eruditas y expresiones coloquiales; del audio, lo mismo pero a paso raudo y con sus cautivadoras voces. Después de muchas vueltas, concluyo que decidirlo es tan difícil como justificar la preferencia por lo dulce o lo salado, por los perros o los gatos, o —como se lo plantean ellas mismas— por renunciar al gusto o al tacto. En pocas palabras, toca leerlo para saber.

Ana Garriga, Carmen Urbita, Instrucción de novicias: vidas del convento barroco para guiar tu presente, Blackie Books, Barcelona, 2026.

Imagen de portada: Autoría desconocida, Retrato de monja concepcionista, segunda mitad del siglo XVIII. Museo Nacional del Virreinato.

  1. Ibid, pp. 27, 11 y 15. 

  2. Ibid, pp. 19 y 49. 

  3. Ibid, pp. 16 y 145. 

  4. Ibid, pp. 98, 100, 99. 

  5. Ibid, p. 101. 

  6. Ibid., p. 101. 

  7. Ana Garriga, Carmen Urbita, Instrucción de novicias: vidas del convento barroco para guiar tu presente, p. 5. 

  8. Para ilustrar la impertinencia y superfluidad de tales interrupciones —y también su potencial utilidad— remito a Claude Rawson, “An Epiphany of Footnotes”, London Review, vol. 11, núm 6, 16-03-1989; Melvyn New y Anthony W. Lee (eds.), Notes on Footnotes: Annotating Eighteenth-Century Literature, Penn State University Press, University Park, Pennsylvania, 2023; y Gabriel Zaid, “Nota al pie de las notas al pie”, Letras Libres, 30-04-2005, pp. 34-35.