¿Ha cerrado Francia su ciclo político?

Violencia / panóptico / Septiembre de 2022

Guillermo Fernández-Vázquez

Cada cinco años en Francia la vida política se acelera, robustece, comprime y recompone hasta recuperar finalmente su ritmo habitual. Cada cinco años coinciden allí las elecciones presidenciales —a dos vueltas— y las legislativas en un largo sprint plebiscitario que deja casi todo decidido hasta el lustro siguiente.

​ No obstante, a pesar de que haya concluido el ciclo electoral, las cuestiones políticas en Francia continúan muy abiertas. En primer lugar, porque tanto las elecciones presidenciales como las legislativas han mostrado que el rechazo a Emmanuel Macron está muy extendido en la sociedad francesa. En segundo lugar, la oposición (liderada ahora por la izquierda alternativa —y no por el Partido Socialista— y por la extrema derecha —y no por los Republicanos—) ha logrado unos resultados históricos, dejando en minoría al partido del presidente en la Asamblea Nacional. Y finalmente, los cordones sanitarios y los acuerdos tácitos de naturaleza ético-política han perdido fuerza, autoridad, legitimidad y, por lo mismo, han dejado de seducir y movilizar al electorado. De pronto Francia constata, entre el desconsuelo y la excitación, que el viejo orden cuyo desmoronamiento comenzó en 2017 ha desaparecido definitivamente y, al mismo tiempo, que la recomposición política iniciada entonces aún no ha cristalizado; lo cual dibuja un panorama muy abierto y siembra incógnitas en el quinquenato de Macron. Incertidumbre es, de hecho, la palabra de moda en Europa.

Claude Monet, *La Rue Montorgueil en París. Celebración del 30 de junio de 1878*, 1878Claude Monet, La Rue Montorgueil en París. Celebración del 30 de junio de 1878, 1878

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La sociedad de los tres bloques

Antes de entrar al detalle de las interrogantes, es importante resaltar que en los últimos años la sociedad francesa se ha dividido en cuatro sectores equiparables en tamaño y en tres bloques políticos bien diferenciados. Los cuatro sectores se corresponden con el sector popular —11.2 millones de votos—, el centro-derecha liberal —11.4 millones—, la extrema derecha —11.3 millones— y la abstención: 12.8 millones de ciudadanos que deciden no acudir a las urnas.

​ Paralelamente, los tres grandes bloques apuntan en primer lugar al “bloque de la izquierda”, compuesto por el partido de La Francia Insumisa, el Socialista, el Comunista, Los Verdes, el Nuevo Partido Anticapitalista y Lucha Obrera, formaciones que comparten, a pesar de sus diferencias, una misma visión ideológica del país. En segundo lugar, el “bloque liberal” concentra al partido del presidente Macron —La República en Marcha (LREM)—, a los conservadores clásicos de Los Republicanos y a pequeños partidos como el del centrista François Bayrou. Por último, el bloque de la “extrema derecha” o “derecha dura” reúne al Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen, al partido de Éric Zemmour —¡Reconquista!—, y a Debout la France, la modesta formación de Nicolas Dupont-Aignan.

​ En consecuencia, ya no se trata de un gran bloque de la izquierda frente a su equivalente de la derecha —como ocurrió arquetípicamente en 2007 con Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy, o en 2012 con François Hollande y Sarkozy—, sino de tres bloques parejos que necesitan realizar incursiones en el sector de la abstención para destacarse y estar en condiciones de formar mayorías.

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Mélenchon y la NUPES: aciertos y extraña sensación final

A pesar de que a finales de 2021 el panorama no parecía muy halagüeño para las izquierdas francesas, arrinconadas en la frustración de resignarse a presenciar otro duelo Macron contra Le Pen, la candidatura de Jean-Luc Mélenchon logró encabezar una asombrosa recuperación a lo largo de los meses de febrero y marzo de 2022 y se quedó apenas a 400 mil votos de acceder a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

​ Aunque no contó con el apoyo del resto de candidatos del “bloque de la izquierda”, el equipo de campaña de La Francia Insumisa supo presentar a Mélenchon como “el candidato del cambio”; o sea, como aquel que venía a desbaratar el cacareado y decepcionante duelo Macron/Le Pen. De esta manera, Mélenchon no encarnaba tanto el perfil de un izquierdista como un factor disruptivo, de quiebre de “la lógica de las cosas” en un país que había vivido y sobrellevado cinco años realmente convulsos. Mélenchon fue percibido como el personaje impredecible que muchos esperaban e interpretó con maestría ese papel.

​ Más adelante, en el interregno entre las presidenciales y las legislativas, el equipo de campaña de La Francia Insumisa consiguió que el eje principal de disputa ya no enfrentara a Macron contra Le Pen y, consecuentemente, al establishment contra la extrema derecha; sino al partido del presidente saliente contra Mélenchon. O, lo que es lo mismo: a la derecha y al centro-derecha contra la izquierda. En suma, al “bloque liberal” contra el “popular”.

​ Este retorno a la discusión pública de la división horizontal de la política entre izquierda y derecha fue mérito de Mélenchon y de su equipo de campaña. Varios días antes de la celebración de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, una de las personas claves de su equipo, Manuel Bompard, acuñó el eslogan “Mélenchon primer ministro”, sorprendiendo al mundo periodístico e insuflando nueva esperanza al electorado progresista francés, que sentía que, por muy poco, otra vez se le había escapado la posibilidad de enfrentarse directamente contra Macron. Además, a través de este lema logró levantar una dinámica de entusiasmo popular —un sí se puede, un aquí no se rinde nadie— que acabó arrastrando al resto de formaciones de la izquierda a sellar un acuerdo de coalición de cara a las elecciones legislativas.

​ De pronto, todo lo que no se había logrado en años estaba ahí: el entusiasmo popular, el optimismo electoral, la unión de partidos y la posibilidad de ganar. Y lo que es más importante desde un prisma narrativo y afectivo: estaba ahí contra todo pronóstico. La épica residía en que, tras un largo periodo, el cambio era posible y además lo protagonizaba la izquierda. O, lo que es lo mismo, que recaía en la izquierda la misión de bajar a la tierra a Macron, contrapesar su “monarquía presidencial” y poner punto final a ese estilo soberbio de hacer política que los franceses denominan “la macronie”.

​ Sin embargo, pese a la buena dinámica de la gran coalición de izquierdas —la Nouvelle Union Populaire Écologique et Sociale (NUPES)— los resultados de las legislativas no colmaron plenamente las expectativas. La opción progresista y ecologista logró que el partido de Macron no obtuviera mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, lo cual conduce a una cierta “reparlamentarización” del juego político. No obstante, la candidatura de izquierdas no alcanzó a rebasar a LREM al menos en número de votos. Cabe destacar que, en esta ocasión, el cordón sanitario —o, mejor dicho, su ausencia—, perjudicó a los representantes de la coalición de izquierdas. Ante el miedo a ser desplazados por la NUPES, los candidatos del “bloque liberal” no dieron la consigna de “hacer barrera” a la extrema derecha en aquellas circunscripciones en las que en la segunda vuelta se enfrentaban candidatos de la coalición de izquierdas con candidatos del Reagrupamiento Nacional de Le Pen.

​ El argumento para rechazar el cordón republicano apuntó a que “no se puede obligar a los franceses a elegir entre opciones radicales”, resucitando el viejo mantra de “los extremos se tocan”. La gran beneficiada de este singular ejercicio de doble moral fue la propia Le Pen, que culminó en las nubes un curso político en que temió verse arrastrada por el suelo.

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Marine Le Pen: la revenante

La extrema derecha francesa ha vivido un duro combate interno a lo largo de los últimos meses. La aparición de la candidatura del polemista Zemmour debe ser interpretada como un desafío a Le Pen o, más específicamente, como un pulso a su liderazgo y estrategia. Un sector de la derecha “dura” francesa interpreta que la presidenta del RN es un obstáculo para la victoria del programa neoconservador en Francia. De acuerdo con este punto de vista, Le Pen representaría un lastre en dos sentidos muy precisos: en primer lugar, porque su apellido continuaría suponiendo un estigma para una parte de los franceses que, sin embargo, podrían simpatizar con sus propuestas sobre identidad, seguridad o inmigración. Y, en segundo lugar, porque su línea estratégica seguiría siendo excesivamente estatista en lo económico y complacientemente liberal en lo moral. Ambos motivos, razona un sector de la “derecha desacomplejada”, apremian a un cambio de rumbo y de caras en el autodenominado “campo de los patriotas”.

Marcha por el clima, París, 2021. Fotografía de Jeanne Menjoulet. FlickrMarcha por el clima, París, 2021. Fotografía de Jeanne Menjoulet. Flickr

​ La candidatura de Zemmour, a contrapelo de las encuestas que ya situaban a un candidato de extrema derecha en la segunda vuelta de las presidenciales desde otoño de 2017, debe ser leída como un ajuste de cuentas. En este sentido, el artefacto político construido por el polemista de origen judío, Reconquête! no fue concebido como un fin o punto de llegada, sino como una plataforma instrumental para competir con Le Pen —e idealmente superarla en número de votos—, y preparar la futura “unión de las derechas” de cara al siguiente ciclo electoral. Por eso la función política de Zemmour era más la de un croupier que inicia un nuevo reparto de las cartas que la de un liderazgo alternativo propiamente dicho. Su misión era desbancar a Le Pen para permitir un proceso constituyente dentro de las derechas francesas cada vez más radicalizadas en torno a un programa de naturaleza liberal en lo económico, ultraconservador en lo moral y nativista en lo identitario. Un programa, en suma, en línea con los modelos de Hungría y Polonia, en sintonía con los conservadores británicos y capaz de integrarse en el grupo parlamentario de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR, en sus siglas en inglés).

​ Sin embargo, las buenas perspectivas electorales a las que apuntaban las encuestas del otoño de 2021 no se cumplieron. Zemmour fue perdiendo apoyo a medida que avanzaba la campaña de las presidenciales y en abril únicamente logró obtener el 7 por ciento de los votos, frente a una Le Pen que reunió el 23 por ciento y se clasificó para la segunda vuelta. Los planes de los “neocon” franceses se torcieron aún más en las elecciones legislativas, donde Reconquista no consiguió ningún diputado.

​ Ambos resultados dibujan a Le Pen como la ganadora del envite y a Zemmour como una apuesta fallida. De momento el liderazgo de la primera dentro del espacio político de la extrema derecha y su apuesta por mantener un modelo programático sui generis —que mezcla dosis de welfare chauvinism y de nativismo con tentativas de resignificar el feminismo o el ecologismo en clave antimusulmana— han sido ratificados tanto en las presidenciales como en las legislativas, donde el RN se ha situado como tercera fuerza. Resta por saber qué hará el grupo de los “neocon” franceses de cara al futuro, puesto que el proyecto de la “unión de las derechas”, aunque ha quedado muy tocado en este ciclo, seguro resurgirá en los próximos años.

Imagen de portada: Marcha por el clima, París, 2021. Fotografía de Jeanne Menjoulet. Flickr