Kilómetro azul
Leer pdfCada vez que escucho sonar el teléfono, bajo las escaleras a zancadas. Una vez que habló Alberto, contestó mi mamá. Después de que colgué me preguntó por qué mi amigo tenía esa voz tan grave y aguardentosa; sabrá Dios qué contesté porque se quedó intranquila. “Bueeee-no”, respondo el teléfono, traviesa y seductora. “¿Claudina?”, pregunta una voz achatada (sana) del otro lado, en medio de lo que parece una terminal de autobuses de la India. Me quedo dudando. Hay algo en la voz y en la llamada que prometen problemas, pero se me hace grosero colgar o negar quién soy yo. (Malditos sean mis buenos modales.) Pregunto quién habla, aunque es puro trámite (o deseos de que no sea él); cuando la voz dice “soy yo”, ya sé de quién se trata y por qué parece que está en una central de autobuses. He escuchado rumores en el bachillerato, al que recién volvimos después de que la policía entrara a la Universidad a disolver la huelga. Hache dice que se siente muy solo y asustado (tiene motivos); remata que ha pensado en mí y que quiere hablar conmigo, me extraña. “Ponte de acuerdo con mi hermana para visitarme, te doy su teléfono.” Unos días después estoy haciendo fila afuera de uno de los reclusorios más grandes y poblados de la Ciudad de México. La hermana de Hache habla hasta por los codos; sólo los nervios pueden hacer que alguien le cuente todas sus dificultades a una muchacha distraída de diecisiete años. Me voy poniendo de malas porque llevamos horas haciendo fila, el sol comienza a herirnos y la mujer no para de hablar, así que me distraigo analizando con detenimiento a una transexual que hace cola en la fila de los hombres. Es la primera vez en mi vida que veo en persona a una mujer que fue hombre. En un primer momento quise acercarme para decirle que estaba haciendo fila en el lugar equivocado, pero luego observé con atención los glúteos enormes en un cuerpo alto coronado con un rostro de mandíbulas cuadradas. Ahora me dedico a observarla con una curiosidad desfachatada: ¿no le pesan los enormes implantes en el trasero? ¿Viene a ver a un novio o a un hermano? ¿Por qué estará su familiar aquí? Se necesita tener diecisiete años y la cabeza de chorlito para estarse preguntando esto y no: ¿cómo diablos voy a entrar a la prisión si soy menor de edad y no tengo ninguna identificación? Una vez que la fila avanza (que ¡por fin! avanza el gusano humano lleno de jetas tristes) surge nuestro problema en la puerta de entrada. Pero de alguna forma la hermana de Hache lo resuelve (tiene sus ventajas hablar mucho) y los policías me dejan entrar. Traigo puesta la falda pardo anaranjada, pero en los cubículos de entrada no me piden que me la quite como en las películas, ni me meten los dedos en los agujeros ni nada. En cambio, una oficial cansada me pasa las manos por el cuerpo vestido casi como si me hiciera una limpia con muchísima flojera. Después pasamos a un salón grande con una especie de mostradores al fondo. Las visitantes, casi todas acostumbradas a estos vericuetos, se forman en diferentes filas con sus ollas y tópers. Para muchas es la parte más delicada de la revisión. De que todo salga bien depende que su familiar se alimente como ser humano los siguientes días. Las aguas sospechosas terminan vertidas en un tambo gigantesco; mi guía me explica que a veces intentan pasar hielos de alcohol. Para los que no traemos tacos y aguas pero acompañamos a alguien que sí, se trata de otra enfadosa fila, al final de la cual hay otro zaguán metálico. “Ya vamos a pasar al kilómetro azul”, me dice la hermana de Hache que, como los comentaristas de futbol, comenta hasta las más mínimas de las acciones a su alrededor.
Entramos a un patio que hay que recorrer como Teseo, dando vuelta cada pocos pasos, primero a la izquierda, luego a la derecha, siguiendo el trazado de unas bardas de dos metros que convierten el trámite de atravesarlo en una caminata de un kilómetro rodeada de muros pintados de azul celeste. Si hay un motín y un preso se quiere escapar por la entrada de visitantes, le costaría no sólo más tiempo y esfuerzo atravesar el kilómetro azul, sino que sería visto desde las torres de vigilancia. Sólo entonces caigo en cuenta de lo que significa estar entrando a una prisión, aunque sea de turista. Entonces, cuando termina el kilómetro azul, se abre, no como boca de lobo sino como recto de lobo, un túnel oscurísimo de techo bajo y por lo menos cien metros de largo. Me acerco a la hermana de Hache casi hasta rozarla; el corazón me late a prisa. Un par de metros antes de salir a la luz siento en la nariz un penetrante bouquet compuesto por todas las flores inhalables y fumables: tíner, resistol, piedra y mota entretejidas en una espesa maraña que te adormila un segundo y al siguiente te raspa la garganta. Hay una reja que separa un patio enorme de un camino que conduce a unas escaleras. Cuando volteo a la izquierda descubro cuatro pares de ojos feroces mirándome: me traje el topcito rojo que me deja casi al aire las tetas sin sostén. Oh, Sentido Común, don esquivo. El aire es espeso, no sólo por los aromas sino por la atmósfera: pesada y eléctrica al mismo tiempo. Las escaleras interiores que nos llevan al comedor de visitas resumen lo que ocurre en este lugar: algunos escalones tienen sitios carcomidos hasta las varillas y en todos hay rastros de golpes o manchas oscuras y sustancias pegosteadas. No tienen ese desgaste que nos parece natural y que da a los escalones una apariencia pulida; acá las escaleras parecen haber sufrido una serie de castigos, vejaciones y tormentos. Cuando llegamos al área de visitas (un comedor donde las visitantes sacan cacerolas y tópers para el pariente o novio y por lo menos dos amigos) ya tengo las manos empapadas de sudor. Supongo que si viniera a ver a Hache seguido terminaría acostumbrándome, pero por lo pronto el corazón me late rápido, tengo una caída de presión arterial y comienzo a sentirme obnubilada. Necesito tomar pronto una cocacola o algo dulce que me estabilice la presión y detenga la sensación de haberme hundido en el hueco centenario de un sofá.
Colectiva La Lleca, De la calle a la lleca [fotoensayo a partir de un performance], 2024. Cortesía de Constanza Moctezuma
De hecho, lo único bueno de esto es que me siento más ansiosa por desmayarme que por estar en la cárcel o por ver a Hache (en “público”, con su hermana). Él está sentado en una mesa con tres compañeros, dos de su misma estancia y otro, de rostro más fiero (en la cárcel, las clases sociales se agudizan) de una celda distinta. Por fortuna, no tengo necesidad de hablar, ni Hache ni su hermana, porque sus compañeros no reciben visitas y nosotras nos convertimos, en un par de horas, en mamás, hermanas, terapeutas y abogadas. Le pido un vaso de cocacola a la hermana de Hache, que saca el envase tamaño familiar, junto con la comida que anhelan su hermano y sus compañeros. Observo detenidamente a Hache; quiero saber si realmente me extraña o si únicamente me lo ha dicho porque en la prisión eres capaz de añorar a tu vecino con cara de perro. Quiero suficiente a Hache como para venir al reclusorio a escondidas de mis papás, pero no lo bastante como para seguir viniendo si no está un poquito enamorado de mí. Mi codicia, como la de muchos de mis contemporáneos, no sólo es erótica sino emocional. Estamos obsesionados con la pureza absoluta de las emociones. No queremos el cuerpo y el amor de nadie a cambio de nada; anhelamos ser amados únicamente por “lo que somos”, como si fuésemos hijos únicos del mundo. Y esto nos condena a los malos entendidos, las sospechas y los despechos. Hache, como era de esperar, me trata amable pero discretamente. ¿Vienen otras a visitarlo o por qué finge que no me pone a cuatro patas o que lo monto?
Me sacan de mis disquisiciones silenciosas los compañeros de Hache. Veinte años después recordaré sus historias al pie de la letra. ¿Es sólo por lo caprichosa que resulta la memoria? El Ratón es contador; es alto, carnudo y exhibe dominio de sí mismo y de las situaciones. Cuando el compañero de cara fiera se va a ver qué huevo puso la marrana, el Ratón me cuenta que ese otro compañero no es de la misma estancia que ellos, sino de una con reclusos de menos nivel socioeconómico y educativo. Él, Hache y el pelirrojo están “alojados” (utiliza esta palabra) en una donde el nivel mínimo es de secundaria (que aquí es como decir que eres doctor). El Ratón le robó al SAT, a mucha honra. La historia del pelirrojo es más tétrica. (Todas estas historias parecen mentira, excepto porque estamos en México.) Se había ido de parranda y amaneció en casa ajena. En la mañana, cuando todavía estaba dormido, entraron los judiciales. En la casa había un coche robado; le enjaretaron diez años, que quizá se reduzcan a siete por buena conducta. Tiene el cabello castaño claro y la barba, cortada en forma de candado, roja. Sería guapo si no fuera porque sus enormes dientes están descuidados. Está muy consciente de ello y, cuando habla, se tapa la boca con la mano. Cuando regresa el del rostro fiero también me cuenta su historia. Trae un putazo fresco en el ojo y la nariz torcida, recuerdo de un tubazo de afuera. Me explica todo esto sin ton ni son (entre golpes de mona), así que tenemos que volver sobre cada una de sus oraciones. Se peleó por una mandarina ayer, por eso lo del ojo. Y el tubazo, que le da a su cara un aire de caricatura veloz, se lo ganó cuando intentaba escapar de la policía. Recién había salido de la prisión (de la misma) y había vuelto a la Warrior a reintegrarse a la sociedad de la navaja cuando lo agarraron escapando por una barda. Un vecino lo quiso detener dándole un tubazo. No está triste ni enojado ni decepcionado; está contento porque le gusta la comida que manda la mamá de Hache.
Supongo que me quieren dar el mejor tratamiento turístico posible, porque cuentan, con detalles, por qué la gente está un poco nerviosa: hace dos semanas un interno mató a su novia que iba de visita. “Eso no se hace.” La visita es sagrada, agrega, escandalizado, otro. Hache me dice que quiere platicar conmigo, que si vamos a caminar. Deja a su hermana encargada con los amigos. Bajamos por la misma escalera jurásica, damos un par de rodeos y nos encontramos en el patio que vi al entrar. Es marzo y el sol nos golpea la coronilla con fuerza. Hache me cuenta cómo va su proceso. Es obvio que lo metieron por estar en la huelga, para amedrentar a los estudiantes que quieran seguir protestando por los presos políticos. Es una clásica de la política mexicana: hurgar en la vida de un cabrón cualquiera para mandar un sutil mensaje al resto de los involucrados en un borlote: podemos torcer a cualquiera por motivos que no podrán llamar políticos; podemos torcerlos a todos y cada uno de ustedes (conocemos sus vidas). Para acabarla de chingar, las disqueras (a las que ha hecho perder miles de millones de dólares vendiendo casetes piratas en los tianguis) no lo quieren perdonar. Si lo disculparan ya estaría afuera; de esta forma su familia tuvo que vender un terreno para pagarle a su abogado. Hablo poco: observo un partido de basquetbol y los altos muros de la cárcel, las rejas, los alambrados, las torres de vigilancia. No hay una sola marquesina ni un rincón. No hay en todo el patio donde esconderse ni para comerse un moco en privado.
Colectiva La Lleca, De la calle a la lleca [fotoensayo a partir de un performance], 2024. Cortesía de Constanza Moctezuma
Hache me pregunta si tengo ganas de “estar con él”. Le digo que sí, porque siempre tengo ganas de estar con él. Pero esta vez sí estamos confundidos semánticamente. Caminamos unos metros más a lo que parece un campamento de refugiados. Un tipo nos abre, como si estuviéramos en Medio Oriente, una cobija vertical mientras Hache le extiende un billete. Mierda, me digo, así que a este estado del estar se refería. Digo, yo encantada siempre, o casi siempre, porque no creo estar lista para coger en un reclusorio en la primera visita. Una vez Sonia me contó que tenía una amiga que iba a visitar a un novio medio narcomenudista (sic) al Reclusorio Norte. Sonia me dijo que ése era el peor de los reclusorios, pero que la chica iba como si fuera al tianguis por unos tlacoyos. Y un poco pensando en esto es que decido que no hay por qué temer. De esto a relajarse hay un mundo de distancia. Tenemos veinte minutos, contados. Casi no nos desnudamos, pero esta vez Hache sí me besa con la boca abierta. Acaricio su espalda con los ojos cerrados, intentando olvidar que tengo la espalda y el trasero sobre unas cobijas tendidas en el pavimento de una cárcel feroz. Nos quedan cinco minutos cuando terminamos. No estuvo muy bien, pero supongo que tendrías que ser una diosa para ponerle a alguien una cogida espectacular en un reclusorio sin estar viendo las paredes hechas de cobijas, sin sentir (a cada minuto) que basta con que a un loco se le ocurra romper las reglas de convivencia (“la visita es sagrada”) para terminar violada y degollada. Hache comienza a hablar con esfuerzo y medio ruborizado. Me da vergüenza escucharlo tímido. Dice algo como que sabe lo que siento por él. Dice que le ha costado darse cuenta y que está dispuesto a empezar “bien”, una vez que salga. Dice, con voz más baja, como si lo dudara (o como si supiera que está mintiendo) que me puedo mudar con él una vez que pase todo esto. Que debemos hacer algo bien. Bien es la palabra clave. Bien es una palabra muy rara en una historia llena de borrones y tachaduras, como el hecho de que sólo amedrentado por esta soledad infernal (real y al mismo tiempo alucinante) es que se percata de que hay una mujer enamorada de él. Salgo de la cárcel molesta. Yo creía que necesitaba convertirme en un hada rechoncha para alcanzar el corazón de Hache, pero resulta que es la realidad la que me lo sirve en bandeja de plata. Bueno, no sólo la realidad, sino la necesidad. No se me escapa que soy muy exigente, que quizá si lo quisiera más me conformaría con su necesidad por mí; que no preguntaría por el amor. Y esto me lleva a la autodecepción: unos meses antes hubiera dado lo que fuera por una reunión donde él dijera estas cosas: vivir juntos, sé lo que sientes, no lo he hecho bien. Ahora que lo tengo, me parece que la envoltura arruina el regalo. Y todo ello me hace llegar rápido a la conclusión de que me miente sin intentar averiguarlo o ponerlo a prueba. Y me pregunto por primera vez: ¿cómo es que deseando la profundidad soy una persona tan voluble? Llego al sábado sintiendo un malestar revuelto: si aquel día hubiera dicho por teléfono “número equivocado” no habría visto a mi altivo amor humillarse para retener a su visita semiconyugal y tampoco habría tenido que descubrir que a veces no soy tan empática y sensible como me creo. ¿O es que temo a la realización de los deseos? Hache me promete algo así como la libertad (o dejar de vivir en la casa paterna) y su persona, que tanto había adorado. Claro, con la condicional “una vez que salga de aquí”, que es, por lo menos, imprecisa.
Éste es un fragmento de la novela Dominio (Sexto Piso, 2023) y se reproduce con permiso de la autora.
Imagen de portada: Una mujer después de planchar su cabello en el centro de detención de La Yaguara, Venezuela, 2018. Fotografía de Ana María Arévalo Gosen, de la serie Días eternos sobre cárceles de mujeres en Latinoamérica. Cortesía de la autora.