“Las memorias son arcones que viajan en el tiempo”: Leila Guerriero
La dictadura argentina instaurada tras el golpe militar que, en 1976, llevó al poder a Jorge Rafael Videla, es el escenario que recorre La llamada. Un retrato (Anagrama, 2024), trabajo de la periodista argentina Leila Guerriero. Protagoniza la historia Silvia Labayru, militante de la organización guerrillera peronista Montoneros. A los dieciocho años se integró a este movimiento armado en el sector Inteligencia de la capital, comandado por el escritor argentino Rodolfo Walsh, y fue secuestrada en diciembre de 1976. Silvia estuvo recluida dos años en un centro de detención clandestino, la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, donde fueron torturadas y asesinadas miles de personas, algunas de ellas arrojadas después al mar durante los llamados “vuelos de la muerte”. Silvia Labayru es una sobreviviente. En La llamada, Leila Guerriero recoge su testimonio y compone un recuento puntual de uno de los momentos más atroces de la historia de Argentina en un libro tan interesante como desgarrador, un óptimo ejercicio periodístico. Me reúno con la escritora en un café de la colonia Condesa, en la Ciudad de México, para platicar sobre su libro.
Leila Guerriero (LG): La historia de Silvia me atrapó porque resumía todos los horrores de la dictadura. A ello se sumaba la situación de repudio que tuvo después, ya en el exilio, en Madrid, por parte de sus propios compañeros de militancia. La secuestraron con veinte años, estaba embarazada de cinco meses, la torturaron, la hicieron parir en el centro clandestino. Allí nació su hija, a quien le quitaron días después para entregarla a los abuelos. Silvia formó parte de este plan perverso de rehabilitación, de desmontonerización, que implementaron los militares dentro de la ESMA. Ese plan, además del trabajo esclavo, incluía designar a un oficial para que la violara sistemáticamente. Ella no podía quejarse ni resistirse, debía mostrar que no los odiaba. Sumado a eso la obligaron a hacerse pasar por hermana de uno de los seres más siniestros de la dictadura, Alfredo Astiz, cuya infiltración en las Madres de Plaza de Mayo terminó con la desaparición de tres madres, dos monjas francesas y otros familiares. Ya con eso tenías una historia de una sobreviviente que no era cualquier sobreviviente. A esto se sumaba una personalidad poderosa, una fuerza vital extraordinaria y una historia de amor recuperada treinta, cuarenta años después. La relación había empezado en la adolescencia y fue interrumpida por la decisión de ella de entrar en la organización de lucha armada. Años después, en 2018, con ella viuda y él divorciado, se reencuentran, se encierran en un departamento en Buenos Aires y la pasión surge como si fueran dos chicos de dieciocho años.
Juramento de Jorge Rafael Videla como presidente de Argentina después del golpe de Estado, 1976. Wikimedia Commons, dominio público.
Leila Guerriero comenzó a entrevistar a Silvia Labayru en 2021. Lo hizo durante un año y siete meses, comenzando en plena pandemia de covid y ambas se resguardaban tras cubrebocas. En todo momento Silvia mostró la mejor disposición, afirma Guerriero.
LG: Era una sobreviviente muy particular, por esa historia, pero también por la forma en la que la narraba: su aplomo, su inteligencia, su mesura, su insolencia. Por la crítica que hacía de la organización; por su autocrítica como participante, porque ella misma es, en la vida cotidiana, un personaje muy disparatado, divertido, despistado, desordenado. Todo eso, sumado a la historia de amor, era muy interesante. El hecho de que hubiera pasado todo este tiempo para poder reencontrarse [con su gran amor] y hablar por primera vez de lo sucedido, también era una huella de lo que había hecho la dictadura con ellos. No sólo Silvia había soportado la tortura, esos tres años de calvario, el martirio del rechazo de sus propios compañeros de militancia porque a cualquier sobreviviente se le consideraba un traidor, sino que también estaba el efecto colateral que había tenido en su vida sentimental y profesional. Ella quiso ejercer la psicología, no lo pudo hacer debido a que vivía en España y entre los argentinos del exilio se había expandido el rumor de que era una persona no grata.
Uno va por el libro descubriendo a una periodista que interroga, pero, mientras avanza, deviene en una suerte de psicoanalista que desmenuza cada rasgo, cada palabra, cada movimiento. Al entrar en la cabeza del personaje, detona una relación de complicidad en la que las dos partes se enganchan.
Guadalupe Alonso Coratella (GAC): ¿Cómo fue esa experiencia, Leila?
LG: Hay un nivel de escucha muy profundo que se parece al del psicoanálisis, hay una búsqueda muy fuerte de borramiento cuando uno está entrevistando (no estoy acá del todo, te estoy escuchando atentamente pero no pienses en mí). El otro empieza a escucharse a sí mismo o, ni siquiera, empieza a tener una soltura en su relato y a necesitar contar más y más y más, pero creo que eso sucede porque hay una escucha terriblemente atenta, muy continuada. Eran encuentros que las dos esperábamos con ganas, cada una con su propia carga de curiosidad. Y, bueno, esa escucha atenta es una herramienta básica del periodismo.
Hay mucha gente, incluso excompañeros de militancia de Silvia, que siguen pensando que ella hizo cosas indebidas para salir viva de ahí. Ahora, si bien desde nuestra generación es difícil entender ese nivel de convicción de “vamos a cambiar el mundo y lo vamos a tomar por todo lo alto y vamos a transformar por lo menos este país”, a mí no me resulta imposible.
Fachada de la Escuela de Mecánica de la Armada, 2013. Wikimedia Commons CC 3.0.
GAC: ¿Y cuál fue el reto periodístico, considerando que se trata de un libro que incluye una larga nómina de personas alrededor de Silvia, entre familiares y amigos?
LG: El reto ante cada libro siempre es parecido: darle sentido a lo que está flotando disperso, a esa historia que uno entiende o cree que entiende, pero cuando se trata de contársela a otro hay que apuntalarla con un montón de cuestiones. Primero que nada, borrar toda posibilidad de inverosimilitud, aunque la realidad se esfuerza mucho por ser inverosímil. Se sabe desde hace años que los militares sacaban a las mujeres secuestradas y las llevaban a boliches, bailables, a la boîte, y de regreso las volvían a meter en la celda, pero muchos lectores jóvenes pueden preguntarse: ¿esto sucedía de verdad? Entonces, cuando es todo tan inverosímil, tan oscuro, tan perverso, tan loco, tan demencial, tenés que hacer el esfuerzo por no naturalizarlo —lo cual siempre he visto como una aberración— pero al mismo tiempo lograr que resulte sólido, que el lector no avance dudando de lo que le estás contando. Y lo más problemático de todo, en los libros, es la estructura, darle sentido, saber dónde vas a poner qué fotografía. Se te presentan toda clase de problemas técnicos.
GAC: Además de mantener la atención del lector a lo largo de cuatrocientas treinta páginas…
LG: Sabía que no podía contar esa historia de manera lineal cronológicamente porque, ¿en qué punto iba a llegar al momento en que Silvia, con sesenta y cinco años, habla conmigo, al final del libro? Entonces está lleno de flashbacks. Me interesaba que fuera dinámico y me interesaba toda la vida de Silvia Labayru. El arco de su vida es, narrativamente, muy potente. Pero, ¿cómo hacés para contar toda la vida de una persona cuando las cosas más horrorosas pasaron entre sus dieciocho y sus veintidós años? Sin embargo, cuando vos tenés claro que esa historia de hace cincuenta años dejó todas esas esquirlas que mencioné antes, que había dejado más marcas de lo que parecía evidente, efectos colaterales en la vida de ella que fueron como bombas de tiempo retardadas, entonces el relato avanza y puedes hacer uso del suspenso. Además, está todo lo que pasó durante el reporteo, las visitas a la ESMA, lo que pude observar de ella en ese lugar, los encuentros con sus amigas. Cuando escribe, uno intenta llevar un ritmo sostenido en el cual no se licue la historia, mantener un poco al lector en trance, y creo que eso sucede si uno también está un poco en trance durante el proceso de escritura.
GAC: Por un lado, ¿cómo narrar el horror sin ser estridente? Por el otro, ¿qué reflexión harías acerca de la discusión que se dio tras el Holocausto, aquello de la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz y la tensión estética presente en la obra de autores como Paul Celan o W. G. Sebald, en cuanto a la belleza con la que se puede narrar el horror?
LG: Hay que tratar de no ser estridente. Las cosas ya son de por sí tan horrorosas que no hace falta subrayarlas. Al fotógrafo brasileño Sebastião Salgado se le tildaba a veces de esterilizar un poco la pobreza, el horror de las minas, el trabajo brutal de esa gente. Pero ahí lo que vale es la mirada porque, al menos yo, no me perdía un ápice del horror que estaba mostrando o de la belleza de la selva amazónica que se estaba perdiendo. Creo que se trata de entender cuál es el tono, que hay varias cosas de las cuales escapar cuando uno narra el horror. También es necesario evitar los textos complacientes. Hay una cuestión de buen gusto, de no privilegiar la prosa por encima del desastre que se está contando.
Leila Guerriero, La llamada. Un retrato, Anagrama, Barcelona, 2024.
Hija de un piloto de las fuerzas armadas, durante su paso por Montoneros, Silvia llegó a pedirle a su padre que le trajera, en sus vuelos, repuestos de armas desde Estados Unidos. La negativa fue contundente. En este momento del libro, Guerreiro le pregunta a Silvia: “—¿Qué pensabas de esa respuesta de tu padre? —Uf, qué conservador es mi padre. Sentíamos que íbamos a cambiar el mundo […]. Creíamos que venía el hombre nuevo. […] Queríamos formar parte de esa mística revolucionaria”.
GAC: Leila, ¿cómo percibiste a esa generación de chicos que dieron la vida por un sueño? Algunos declaran que se equivocaron.
LG: Primero, hay mucha gente, incluso excompañeros de militancia de Silvia, que siguen pensando que ella hizo cosas indebidas para salir viva de ahí. Ahora, si bien desde nuestra generación es difícil entender ese nivel de convicción de “vamos a cambiar el mundo y lo vamos a tomar por todo lo alto y vamos a transformar por lo menos este país”, a mí no me resulta imposible, aún cuando yo no nunca tuve esa convicción debido a que soy muy escéptica.
GAC: El tema de la memoria, la importancia del testimonio, han sido constantes en tu labor periodística. Argentina es un país que ha apostado por ello, insistiendo en un pasado atroz para que no vuelva a suceder: “nunca más”.
LG: Es importante la labor de los relatos periodísticos de más largo aliento que realmente funcionan como una especie de historia del presente. Es radicalmente importante recoger los testimonios de quienes pasaron situaciones fuertes de nuestra historia contemporánea mientras estas personas todavía pueden contar su testimonio. El trabajo implica saber que estamos lidiando con memorias, que éstas son frágiles, que cambian los hechos, que la gente no siempre recuerda las cosas de la misma manera; los relatos se van deformando con el paso de los años, es el devenir natural de la memoria de todos nosotros. Más aún en el caso de personas que vivieron experiencias traumáticas, porque existe la posibilidad de que muchos estratos de esa memoria hayan sido suavizados y que la persona establezca un relato que le resulte soportable. Entonces, no hay que quedarse solamente con el testimonio de esa persona, sino blindarlo con otras versiones, incluso si son contradictorias. Las memorias son arcones que viajan en el tiempo, una especie de cápsulas de tiempo, y es una labor muy hermosa y muy necesaria rescatarlos y abrirlos. El testimonio de los sobrevivientes es fundamental para conocer esa historia y para que, de alguna manera, no vuelva a pasar, para no repetir el horror.
Madres de Plaza de Mayo de la línea fundadora en la peregrinación a la Basílica de Luján, cuando usaron por primera vez el pañuelo como símbolo de lucha y búsqueda de sus desaparecidos, 1977. Fotografía de Adelina Alaye. Archivo Memoria Abierta CC 4.0.
GAC: ¿Cómo ves América Latina hoy, este renacer de los populismos, las ultraderechas, las dictaduras?
LG: Latinoamérica es la región en la que vivo y me interesa profundamente. Estoy, como todos, viendo estos cambios. Diez años atrás la región era completamente distinta en términos políticos, ahora nos estamos moviendo como un péndulo. Lo sigo de cerca, intento explicármelo, digamos, bastante guiada por la situación de mi país, más que en otros momentos, y tratando de entender qué pasó ahí y qué está ocurriendo ahora.
“La llamada se produjo el 14 de marzo de 1977, cuando el embarazo había alcanzado los ocho meses”, se lee en la página 140 del libro. Fue “El Tigre” Acosta, jefe de inteligencia en la ESMA, quien se comunicó con el padre de Silvia para “hablar de su hija”. El padre, pensando que ella estaba muerta a causa de su militancia en Montoneros, al escuchar la voz de aquel hombre arremetió con una serie de insultos y terminó diciendo: “—¡Soy anticomunista, antiperonista y antimontonero, hijos de puta!”. Acosta colgó. Dedujo que el padre estaba del lado de los militares. Entonces volvió a marcar y le pasó la bocina a Silvia.
A la vuelta del tiempo, tanto ella como su padre consideraron que, sin duda, aquella llamada le había salvado la vida. “El padre murió hace unos meses”, me cuenta Leila, “pero mientras vivió, cada año, en esa fecha, festejaron el regreso de Silvia”.
Madres de Plaza de Mayo de la línea fundadora en la peregrinación a la Basílica de Luján, cuando usaron por primera vez el pañuelo como símbolo de lucha y búsqueda de sus desaparecidos, 1977. Fotografía de Adelina Alaye. Archivo Memoria Abierta, CC 4.0.
Imagen de portada: Compañeros de la Unión de Estudiantes Secundarios despiden a Eduardo Beckermann en Argentina tras ser asesinado por la Triple A, 1974. Diario Noticias, año I, núm. 263, Buenos Aires, 24 de agosto de 1974, dominio público.