crítica Gatos ABR.2026

Liliana Muñoz

Enciclopedia de las artes cotidianas de Laura Sofía Rivero

La poética de la lentitud de Laura Sofía Rivero

Leer pdf

Para escribir, Natalia Ginzburg necesitaba interlocutores: “Personas a las que poder mostrar lo que escribo y pienso, y hablar de ello; no necesito muchas: me bastan tres o cuatro”. Tres o cuatro eran también —recuerda Vila-Matas en un artículo— los lectores que Bioy y Borges anhelaban: no una multitud, sino una feliz minoría, una que entendiera a cabalidad lo que estaban intentando hacer con su escritura. Vila-Matas advierte que, cuando un autor alcanza cierto reconocimiento, acaba encontrando al menos dos tipos de lectores: los que disimulan su contrariedad para que no se noten sus prejuicios hacia su obra y aquellos desconocidos que lo leerán con increíble atención —“eso es lo impresionante de este oficio”. ​ El caso de Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) es singular por varios motivos: aunque había leído algunos textos suyos y reconocía en ella a una lectora aguda, dueña de una prosa lograda, fue su ensayo “Wisława Szymborska, lectora de libros inútiles” el que me abrió las puertas de su universo literario. La leí entonces con increíble atención, y ya no tanto por su voluntad de estilo, sino porque, a medida que avanzaba en la lectura, experimentaba algo parecido a la complicidad. Coincidíamos, al parecer, en el gusto —cada vez más difícil de reconocer en un lector— y en cierta idea de la literatura: la fascinación por las misceláneas, los ensayos, los géneros breves, lo trivial, la exploración del yo; la escritura entendida como una forma de conversación y encuentro con el otro; y, sobre todo, la certeza de que la lectura es el territorio de la duda, del extrañamiento, de las contradicciones, del asombro, del juego, de la felicidad. ​ Me parece hallar en su obra —desde Tomografía de lo ínfimo hasta Dios tiene tripas y Enciclopedia de las artes cotidianas— una idiosincrasia literaria. Ella misma admite la influencia de Arreola, Julio Torri o Hugo Hiriart en su obra, pero percibo también su afinidad con otros autores mexicanos que se valen de lo cotidiano para explorar los alcances y los límites del ensayo, como Luigi Amara, Alejandro Rossi, Vivian Abenshushan, Fabio Morábito o Alma Guillermoprieto, por mencionar algunos. ​ Christopher Domínguez Michael ha señalado ya que el título, dada la naturaleza del libro —más próximo a una “varia invención” que a una enciclopedia—, es desafortunado, aunque Rivero ha aclarado que se refiere a la “enciclopedia de una persona”, es decir, a un catálogo de manías y obsesiones humanas que de ordinario pasan desapercibidas, desde la convivencia con roomies hasta la defensa de los talleres literarios. Por mi parte, mi única objeción hacia el título reside en su aparente didactismo: a diferencia de Domínguez Michael, no me resulta manido sino engañoso, porque más que impartir saberes enciclopédicos sobre “artes cotidianas”, Rivero se complace en exhibir el desconcierto que éstas producen cuando se les mira con atención. Plantea preguntas y tantea respuestas, a sabiendas de que ninguna será satisfactoria, consciente de que la belleza del ensayo reside precisamente en el juego de las equivocaciones. Por eso cada uno de los textos tiene un cometido: “Yo opto por creer que la responsabilidad del ensayista literario, es decir, el que hace literatura de ideas, es meramente inventiva. ¿Por qué no animarnos a ver el mundo circundante como se nos antoje?”. Y es que los gestos más mundanos —compartir departamento o sobrevivir a una clase en línea— se sostienen sobre una fragilidad que rara vez queremos admitir: mientras que la rutina nos deshumaniza, el asombro ante lo infraordinario hace tambalear las certezas y nos trae de vuelta a nosotros mismos. ​ Sin embargo, no me interesa tanto el título como el género que la autora practica, pese a que concuerdo con situarlo más cerca de la varia invención que de la enciclopedia (no distingo, por ejemplo, una tentativa de ordenación orgánica, característica del género enciclopédico, sino todo lo contrario). Lo que más me atrae es el carácter lúdico, desordenado y misceláneo de sus ensayos. En el fondo, Enciclopedia de las artes cotidianas podría ser un libro infinito. Dispar y mutable, la autora lo ha ido escribiendo y reescribiendo a lo largo de más de una década. La edición que publica ahora Random House es ya la versión ampliada, modificada y revisitada de la de 2022 de Editorial Moledro (y ambas, a su vez, reúnen textos publicados tiempo atrás en distintas revistas y suplementos). ​ Enciclopedia no es un libro radicalmente distinto a otros escritos por Laura Sofía Rivero; ya en Tomografía de lo ínfimo se revelaba su fascinación por las nimiedades que, bien miradas, no son tal cosa (tras su lectura, uno no puede volver a observar las canicas con inocencia, ni dejar de constatar que las comidas en grupo no son más que una trampa). En Dios tiene tripas, en cambio, hay un sentido más unitario, generado por las variaciones incesantes del mismo tema —nuestros desechos—; y aunque la autora se esmera en ser fiel a la columna vertebral del libro, termina saltando de las excreciones al jabón y de los baños públicos a los códigos de la higiene, sin dejar de explorar y expandir el mismo campo semántico. ​ A propósito de esto, celebro la intrusión, en sus ensayos, de géneros menores y colindantes, como el chiste o la anécdota (la del Cacotas, en Dios tiene tripas, dejó en mí una poderosa impresión, al grado de desbloquear un nuevo abanico de posibilidades en el ámbito del terror cotidiano), que invitan al lector a sumarse a la conversación, a acceder a estos textos que combinan erudición y sabiduría popular, a examinar situaciones que, quizá sin darnos cuenta, nos confrontan cada día. ​ Dividido en cinco apartados —“Las palabras”, “Las personas y las cosas”, “Hoy, el futuro”, “Los otros reinos” y “La vida interior”—, Enciclopedia de las artes cotidianas carece de una progresión reconocible: el lector puede abrirlo en cualquier parte y reparar en la mirada poliédrica de la autora sobre un tema determinado, desde los pijamas hasta el nuevo arte de hacer amigos. Cada ensayo parte de un pretexto muy concreto para hablar de algo más: siempre hay un tema visible y uno o varios escondidos que emergen a la superficie con las digresiones. Al escribir sobre las clases de inglés (“Chapter four: vestir el traje de otra lengua”), por ejemplo, Rivero nos desvela la posibilidad de ser otros; y al emprender la defensa de los talleres literarios (“Razones para perdonar a los talleres”), admite que estos tienen sus bondades, como hacer que los que aspiran a escribir salgan de su recogimiento y descubran aspectos de su personalidad que no sabían que existían. En el fondo, cada texto funciona como un laboratorio de ideas donde la autora ensaya hipótesis, matiza, se desdice, vuelve sobre sus pasos. Los escritos de Enciclopedia poseen una cualidad paradigmática: son, a la vez, densos y ligeros, inteligentes y accesibles. Su temple no es pasivo: invitan a la confrontación. Tanto el lector sesudo como el lector común desearán prolongarlos, añadir alguna anécdota, aportar algún dato, formar parte de la reflexión. ​ No es casualidad que el hilo conductor de este libro sea la defensa del ensayo, género libre y dúctil que se permite tocar “los bordes vírgenes del pensamiento”, cuestionarse “su propia vergüenza e impudicia”, “inventar con libertad lo que no hemos visto aún”. Desde la defensa de Amara del “ensayo ensayo”, con sus tópicos improbables y sugerentes —la peluca, los peatones, los fetiches ordinarios—, hasta el “contraensayo” de Abenshushan y su voluntad de experimentar con la forma y convertir el proceso en parte de la obra final, los ensayistas mexicanos están en una permanente búsqueda de la originalidad. Laura Sofía Rivero no es la excepción, su propuesta reside, ante todo, en una ética de la atención, en observar lo minúsculo como un acto de responsabilidad. En un mundo que celebra la inmediatez de la opinión y la contundencia de los juicios, detenerse a pensar por escrito qué significa compartir un baño con desconocidos, o el modo en que ha cambiado la comunicación interpersonal desde la creación de las redes sociales y del internet (“el mundo que habitamos es parásito de ese otro, el virtual, que cada vez resulta mucho más verdadero”), es casi un acto de resistencia. Y no sólo eso, para Rivero el ensayo es, además, una forma de desautomatizar la realidad, ésa que habitamos y damos siempre por sentado. ​ La voz que recorre la Enciclopedia de las artes cotidianas es modesta, aunque no inocente; un yo se pronuncia con cautela, se sabe ridículo algunas veces, se mira desde afuera con ironía. Sin embargo, detrás de esta modestia hay una seriedad, una contención y una tentativa de análisis. La autora se expone, sí, pero no se desnuda por entero; más bien, deja que el otro sea quien lo haga: a partir de su experiencia hace surgir preguntas que nos conciernen a todos: ¿qué dice de nosotros la forma en que usamos los baños públicos?, ¿qué habría pasado si Julieta le hubiera mandado a Romeo un inbox avisándole que su muerte era fingida? Debido a ese movimiento pendular del yo al nosotros, los ensayos eluden la autoindulgencia y se transforman en pequeñas investigaciones sobre la vida en común. ​ Otros de los aspectos más significativos de su obra (y el que, a mi juicio, propicia esa complicidad con buena parte de sus lectores) es que, de algún modo, puede leerse como una crónica generacional. La figura del roomie, por ejemplo, condensa algunas de las preocupaciones de los jóvenes adultos: la imposibilidad de independizarse del todo, la negociación constante de los espacios, la precariedad laboral y la ilusión de comunidad. No obstante, Rivero no se limita a lamentar la pérdida de ciertas formas de vida; más bien trata de entender qué posibilidades se abren en medio de ese derrumbe silencioso: ¿puede un taller literario alojado en Zoom terminar forjando una amistad? ​ En la Enciclopedia y en el resto de su obra, la ensayista articula una poética de la lentitud que atraviesa tanto el fondo como la forma. Aunque muchos de los temas pertenecen a la acelerada vida contemporánea —las videollamadas, la exposición constante en redes sociales, las notificaciones—, su escritura se resiste a la lógica del tiempo rápido: los ensayos se dilatan, vuelven una y otra vez sobre las mismas preguntas, se permiten extraviarse en digresiones. Así reivindica el género del ensayo como un terreno fértil: un espacio que elude las conclusiones definitivas, donde el pensamiento permanece móvil y fluctuante, donde las disquisiciones no clausuran sino que amplifican los cuestionamientos. ​ Respecto a la forma, Rivero combina con acierto la soltura coloquial y la precisión conceptual. A las frases cuidadosamente calibradas, escritas con rigor y entrega, se suman observaciones que parecen tomadas de una conversación de sobremesa. Es éste uno de los rasgos más afortunados de su estilo: la amplitud del registro. Para iluminar una idea, la autora no teme recurrir a una referencia culta o a un coloquialismo, a la jerga digital o a la oralidad: “Cuando Penélope esperaba la llegada de Ulises en los tiempos heroicos de La Odisea no existían los mensajes al celular, Facebook o Whatsapp. Bastó sólo la promesa para que ella aguardara pacientemente el retorno del marido. Si Penélope viviera en nuestra época, quizás abandonaría cualquier expectativa luego de un ‘visto a las 10:48’”. ​ Laura Sofía Rivero cuenta ya, sobra decirlo, con más lectores que los que imaginaban Ginzburg, Borges o Bioy en sus inicios. Sin embargo, entre esa multitud habrá siempre tres o cuatro que lean la Enciclopedia de las artes cotidianas como algo más que un divertimento ilustrado. Quizá para ellos el libro ofrezca, ante todo, la posibilidad de abrazar esas artes mínimas con las que habitamos el mundo, aquellas con las que sostenemos, día a día, la compleja tarea de vivir.

Laura Sofía Rivero, Enciclopedia de las artes cotidianas, Penguin Random House, México, 2025.

Imagen de portada: Yani Pecanins, Las cosas que no dices [fragmento de libro de artista], 2001-2002. Wikimedia Commons © 4.0.