Cultura UNAM

Sin palabras

Lenguajes / dossier / Julio de 2019

Maia F. Miret

Mi sensibilidad al lenguaje corporal de otros se ha incrementado al punto de que puedo hacer estas observaciones sin ayuda de imágenes o sonidos: puedo oler las feromonas que exuda su piel. Hasta cierto punto, mis músculos incluso pueden detectar la tensión en los suyos, tal vez gracias a sus campos eléctricos. Estos canales no pueden transmitir información precisa, pero las impresiones que recibo ofrecen bases de sobra para extrapolarla; le añaden textura a la red.

“Comprende” de Ted Chiang, uno de los cuentos de su antología Historias de tu vida, es una exploración radical de la inteligencia y de sus alcances, un tema que en el fondo guía toda su estupenda obra y un atributo que es requisito tanto para producirla como para leerla (tal vez usted, lector, opina que la ciencia ficción es un género fácil o frívolo). Aunque el protagonista lleva la capacidad de leer el lenguaje corporal a niveles insólitos, no está solo en ese afán. Buena parte del estudio y la discusión sobre el tema, desde las microexpresiones faciales que forman parte central de la serie televisiva Lie to Me hasta la proxémica o la háptica, que se ocupan respectivamente del espacio personal y del tacto, se filtra a la cultura popular en forma de libros de autoayuda, páginas de internet y cursos de superación personal que tienen como consigna enseñar a leer y a controlar los diversos componentes de la comunicación no verbal para tener éxito en el amor, los negocios, la política y el póquer. ¿Quiere detectar en una reunión de negocios quién busca ocultar un talante agresivo o una propensión a la ansiedad? ¿Le gustaría proyectar una personalidad dominante o segura durante la presentación de un proyecto? ¿Qué tal desenmascarar, mediante la hábil lectura de la dirección de los globos oculares, el ángulo de los hombros o el diámetro de las aletas de la nariz, a un mentiroso a punto de hacer su movimiento? Es la promesa de conferencistas TED como Amy Cuddy, famosa por animar a adoptar power poses o “posturas de poder” con el objetivo de elevar exógenamente los niveles de testosterona y cortisol en preparación para un reto (y esto con base en investigaciones que, por cierto, ahora se han puesto en entredicho). Es el argumento de ventas de un célebre autor cuyas credenciales incluyen —presumiblemente para tranquilidad de los compradores de sus libros— haber trabajado durante 25 años como agente especial del FBI en contrainteligencia y evaluación conductual, sea esto lo que sea. Y es el anzuelo de sitios como www.bodylanguage­project.com, que ofrece instrucciones para volverse irresistible para las mujeres en ocho sencillos pasos y con ayuda de un diccionario de más de mil términos (¡con fotografías!), una guía infalible para el observador cuidadoso. Este útil diccionario explica que meter las manos a los bolsillos indica falta de autoestima, la intención de ocultar un secreto o bien la búsqueda de una posición más cómoda. Ajustarse la corbata puede ser lo mismo un gesto de nerviosismo que señal de una corbata chueca. El escepticismo puede expresarse tocándose las orejas y arrugando la nariz o poniendo los ojos en blanco… Más allá de los méritos de esta mezcla casi cómica entre psicología cognitiva y teoría del ligue, no debe extrañarnos que estos esfuerzos de divulgación atraigan a lectores que buscan hacer un poco más sencillas sus complejas vidas sociales, en las que tanto parece estar fuera de su control o de su conocimiento. El vocabulario conformado por los gestos, las posturas y los movimientos, íntimamente imbricado con los afluentes de las emociones, ofrece, para quien sabe mirar, un atisbo a las cajas negras que son las mentes de los demás y, con frecuencia, la propia.

Ilustraciones en Charles Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, John Murray, Londres, 1872. Fuente: Wellcome Colection. Creative commons BY

No hay que alejarse mucho de esta especie de militarización de la ciencia del lenguaje corporal antes de que empiecen a asaltarnos preguntas más interesantes que las que animan a la industria de la motivación. ¿Qué provoca este vínculo instantáneo e inconsciente entre las emociones y los sentimientos y los innumerables nervios y músculos que producen desde el más sutil entrecerrar de ojos hasta el más ostensible gesto de rechazo o de afecto? ¿Cómo está codificado el lenguaje corporal en el sistema nervioso por vía de los genes? ¿Por qué se conservó en el transcurso de la evolución de los homínidos en forma paralela al verbal? ¿Cómo es que se materializa con tanta regularidad entre miembros de distintas culturas, por más que haya diferencias claras? (No vaya a saludar con la mano en Marruecos ni a mostrar el pulgar como señal de acuerdo en ciertas culturas árabes) ¿Y cómo es que se comparte entre especies, como han constatado muchos observadores? En uno de sus libros para público general el biólogo evolutivo Richard Dawkins, etólogo de formación, narra una escena en el comedor de Oxford en la que, tras tomar una clase en la que aprendieron los gestos de dominancia de los grandes simios, él y sus compañeros ven entrar al equipo de rugby de la universidad caminando exactamente como gorilas lomo plateado que se pavonean frente a sus rivales o sus hembras.

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Un par de cientos de años antes, y a unos 150 kilómetros de distancia, este despliegue le habría provocado la misma fascinación, y posiblemente la misma gracia, a uno de los primeros científicos que estudiaron seriamente el lenguaje corporal de los humanos y los animales. Este científico era Charles Darwin, que incluso escribió un tratado sobre la materia: La expresión de las emociones en el hombre y los animales. Parece un tema curioso para el autor de El origen de las especies y El origen del hombre pero en realidad formaba parte del mismo programa ideológico. En La expresión…, el último libro en el que se ocuparía de los animales antes de dedicar el resto de su vida a escribir sobre plantas, Darwin usa el caso de la manifestación de las emociones para argumentar a favor de la naturaleza instintiva de ciertos comportamientos complejos, el origen común de humanos, simios y otros animales y la posibilidad de darle explicaciones biológicas a fenómenos que sólo unos pocos años antes se entendían como exclusivamente culturales o inmanentes. Con ello, y aún sin tener una noción funcional sobre la unidad de la herencia, sentó las bases de la genética conductual moderna. Darwin era un obsesivo de amplio espectro. Para escribir La expresión observó y se documentó vastamente sobre los gestos de los primates. Se carteó con corresponsales de todo el mundo, a los que sometió a interrogatorios epistolares sobre los detalles de las posturas y las expresiones faciales de personas de muchas latitudes durante distintos estados emocionales. Se informó sobre el lenguaje corporal de personas ciegas de nacimiento (que, por si se lo preguntaba, se corresponden en buena medida con el de sus pares videntes, como ha demostrado, entre otros, un estudio sobre los gestos de triunfo de luchadores de yudo ciegos durante las Paraolimpiadas de 2004). Examinó cuidadosamente las fotografías de los pacientes del francés Guillaume Duchenne, el padre de la neurología, que forzaba a sus pacientes con parálisis faciales a hacer rictus exagerados mediante la interesante técnica de la faradización, y las incluyó en su libro, una de las primeras obras así ilustradas. Incluso se sometió a sí mismo y a sus hijos a experimentos sencillos como éste:

Cuando volví a casa hice que tres de mis hijos, sin tener ninguna pista de mi propósito, miraran tan larga y atentamente como fuera posible a la cima de un árbol alto que se recortaba contra un cielo extremadamente brillante.

Esta prueba está inspirada por una de las fotografías de Duchenne, en la que un joven que ve también una luz brillante contrae, involuntariamente, los mismos músculos que entran en acción durante los gestos de aflicción: la nariz y la frente se arrugan, las cejas se juntan, los ojos se entrecierran. La pregunta tácita —más allá de la mención del músculo piramidal, el orbicular o el corrugador—, es qué vincula un gesto con un claro propósito práctico (el de protegerse los ojos de la luz) con uno sin ninguna aplicación orgánica inmediata. Porque a diferencia de sus coetáneos, como Duchenne mismo o como Charles Bell —que en su tratado La anatomía y la filosofía de la expresión hace un recuento extraordinariamente minucioso de la fisiología y la anatomía que producen las expresiones de humanos y otros animales, cita a Petrarca y conjetura que la respiración y el corazón son los encargados de hacer manifiestas las emociones—, Darwin quería entender su origen evolutivo: qué circunstancias, repetidas y sumadas a lo largo de milenios, y transmitidas de una generación a otra por medios sin explicación en ese tiempo, dan forma a un gesto de comunicación.

James Ensor, Autorretrato, 1899. Imagen de dominio público

Era algo muy difícil de responder con el conocimiento y los prejuicios de su época, y lo sigue siendo con los de la nuestra. Muchas de sus preguntas e intuiciones mantienen su validez hoy, aunque con frecuencia Darwin se deslizara hacia un lamarckismo un poco inquietante para los que estamos acostumbrados a pensar en él como en el campeón del antilamarckismo; tal vez porque sin un mecanismo conocido para guardar, codificar y transmitir la información de un ser a otro resultaba un salto de la imaginación demasiado grande. También incurre en afirmaciones que hoy nos parecen de un franco racismo:

Tampoco es un hecho anómalo que los niños de los salvajes exhiban una tendencia más fuerte a protruir los labios, al estar enfurruñados, que los hijos de los europeos civilizados, pues la esencia del salvajismo parece consistir en la retención de la condición primordial, y en ocasiones esto se conserva incluso en las peculiaridades corporales.

Para entenderlo en su contexto hay que recordar lo siguiente: era un inglés acomodado y sedentario que dependía en buena medida de los reportes de informantes foráneos que veían el mundo por los cristales de sus propios prejuicios y que no necesariamente eran observadores tan metódicos como Darwin mismo. También debemos tener presente lo progresista que fue en su tiempo una afirmación como ésta, en línea con el gradualismo de su teoría evolutiva y en defensa del parentesco de simios y humanos. “Aquel que admita en términos generales que la estructura y los hábitos de todos los animales han evolucionado gradualmente verá el tema de la expresión bajo una luz nueva e interesante.” En efecto. Pero su enfoque entraría en un impasse: el conductismo, que nació a pocas décadas de muerto Darwin y se convirtió en una de las escuelas dominantes en psicología hasta mediados del siglo XX, no era un terreno fértil para la exploración de lo innato. El programa darwinista debió esperar hasta que la psicología cognitiva tomó la estafeta con la consigna de estudiar las formas en las que el cerebro humano reacciona, desde el subconsciente, para afectar el cuerpo con el fin de sobrevivir. A partir de la década de 1960 se retomó la línea de investigación evolutiva, ahora enriquecida por la nueva síntesis con el mendelianismo. Se planteó que buena parte del comportamiento humano es instintivo, de origen genético y producto de la evolución. Se comenzó a pensar en el lenguaje como un instinto humano, producto de una interacción compleja entre naturaleza y crianza que nadie entiende aún del todo. El lenguaje corporal se convirtió en un fructífero campo de estudio de la psicología cognitiva, la fisiología, la neurología y la comunicación. Volviendo a la pregunta sobre los orígenes, en principio podemos especular sobre cómo surgieron en toda clase de animales, desde invertebrados hasta humanos, las formas más primitivas de lenguaje corporal que tienen consecuencias inmediatas sobre la supervivencia de un individuo: la aceleración de la respiración para oxigenar la sangre y preparar la respuesta de ataque o de huida, la dilatación de las pupilas, la distensión de las fosas nasales. ¿Pero qué pasa con las formas más abstractas, como el baile de las abejas o los elaborados cortejos de ciertos peces y aves? ¿Y es posible que eventualmente dieran lugar al lenguaje verbal exclusivo de nuestra especie? (la llamada hipótesis gestual sugiere que los ancestros de los humanos podrían haber hablado primero en lengua de señas, y más adelante las regiones cerebrales dedicadas a las señas se habrían adaptado para la emisión de sonidos, hipótesis que recuperó Jean M. Auel en su saga El clan del oso cavernario, en donde una de las cosas que distinguían a la protagonista humana del grupo Neandertal en el que fue criada era su capacidad para emitir sonidos articulados). Posiblemente nunca sepamos la respuesta. Es fácil caer en una de las tentaciones de la psicología evolutiva: la de sugerir procesos verosímiles pero imposibles de demostrar. Se ha planteado, por ejemplo, que los gestos abstractos de los primates pueden haber evolucionado mediante un proceso llamado ritualización filogenética, que consiste en tomar prestados movimientos prácticos para convertirlos en medios de comunicación. Así, ciertos gestos de dominio tendrían su origen en la posición copulatoria, y los golpes en el piso o en el pecho como muestra de agresión habrían sido trasladados desde la violencia física genuina hacia una abstracción de ésta. Suena como una progresión lógica. Es lo que hacemos continuamente al inventar metáforas; es la base de los alfabetos logosilábicos y en cierta medida constituye el origen de las lenguas de señas (aunque cabe aclarar que éstas son lenguajes verdaderos, gramaticales, recursivos y abstractos como los verbales). Pero por más lógico que suene, como ocurre con muchos otros procesos evolutivos intangibles —las motivaciones reproductivas diferenciales entre mujeres y hombres, por ejemplo—, las hipótesis que buscan explicarlos son básicamente incomprobables y no se trata más que del equivalente científico de Los cuentos de así fue de Rudyard Kipling. Tal vez llegue un día en el que podamos hacer una neurogenética que nos permita entender, experimentar y comparar las vías neurales del lenguaje corporal, pero no se avizora ni lejanamente en el horizonte. Y es por eso que hoy la mayor parte de la investigación se hace del lado de la recepción y termina en el ánimo del público en su forma procesada y lista para el consumo.

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El lenguaje corporal es mucho más que las expresiones faciales, e incluso mucho más que las posturas y los gestos que cita nuestro diccionario en línea para seductores. Como escribe Joe Navarro, ese experto del FBI del que hablábamos al principio, incluye todas las formas de comunicación no verbal: olores, cambios fisiológicos como el rubor, ruidos o gritos, el ritmo de la respiración, el uso del espacio que nos rodea e incluso símbolos y marcas como los tatuajes. “Hay tanto que permanece con nosotros como parte de nuestro ADN y como antiguos circuitos cerebrales que aún nos comunicamos fundamentalmente por vías no verbales”, concluye uno de sus artículos de divulgación para una revista de psicología popular. No es fácil medir el porcentaje de la información que se transmite efectivamente en forma sólo verbal y el de la que se transmite mediante las pistas que dan el tono de voz o el lenguaje corporal, pero hay quien aventura que hasta un 50 por ciento de la comunicación frente a frente ocurre mediante este segundo canal ancestral, profundamente conservado en las zonas más primitivas de nuestro cerebro. Incluso si fuera menos, 20 o 10 por ciento, ya nos obligaría a pensar en qué medida somos de verdad una especie lingüística, qué tanto controlamos conscientemente nuestros mensajes (no mucho al parecer) y dónde quedan el libre albedrío y otros atributos consentidos de los que nos preciamos los seres racionales. ¿Explicaría esto, por ejemplo, la popularización de los emojis en los mensajes de texto? ¿Será que no los usamos para suplir el tono de voz que transmite sarcasmo, dulzura o risa, sino las expresiones del rostro y en menor medida la postura del cuerpo? Sea como sea, su importancia en nuestra vida es innegable y exige que nos preguntemos ya no sobre su origen sino sobre su permanencia, aun a riesgo de caer en otra de las trampas de la psicología evolutiva: la falacia adaptacionista, que encuentran procesos ancestrales en cualquier circuito, conducta, instinto y huesito vestigial. Una primera opción es que somos una especie joven: apenas tenemos 200 mil años de historia, y seguramente cargamos con más rasgos atávicos de los que pensamos, en forma de dientes, instintos, reflejos y órganos de los que no hemos tenido ocasión de deshacernos. Tal vez el lenguaje corporal es un circuito primitivo, básico, que le servía a las criaturas que no podían reflexionar, pensar lógicamente ni fijar sus pensamientos de ningún modo, y el lenguaje verbal o escrito, o incluso lenguajes aún más abstractos, lo sustituyan pasado suficiente tiempo. Pero una segunda posibilidad es que este canal de comunicación constituya una auténtica ventaja que nos permite relacionarnos mejor con los otros, encontrar parejas sexuales y detectar a los mentirosos y oportunistas. Tal vez es una forma de reducir nuestra carga cognitiva: es relativamente fácil olvidar palabras, incluso las que tienen cargas emocionales fuertes (a mí me pasa todos los días) pero es raro olvidar gestos que están almacenados en un circuito cerebral más profundo, y con frecuencia sustituimos palabras por gestos elocuentes, una operación que posiblemente aligere un poco las tareas de la mente consciente. Por otro lado, el lenguaje corporal complementa muy bien el verbal, y no sólo para que nuestros oyentes puedan contrastar lo que decimos con el léxico de nuestros cuerpos, tan conectado a nuestras emociones primigenias, sino para nosotros mismos. Hay estudios que sugieren que sonreír mejora el estado de ánimo, al menos transitoriamente, y otros que parecen demostrar que los gestos espaciales nos ayudan a ubicarnos tanto en el lugar en el que nos encontramos como en las escenas y las historias que recordamos y describimos. Mientras más nos estudiamos, más imposible se nos antoja la perspectiva de terminar como cerebros en un frasco. Hoy sabemos que no somos fantasmas en la máquina sino animales corpóreos, situados en un organismo que no es un esclavo: hace lo que el cerebro le dice, a veces y a su modo, pero también produce información y tiene diálogos con la mente y con el mundo.

Ilustración “El lenguaje mudo o el arte de hablar con los dedos”, Bowles & Carver, Londres, 1644. Fuente: Wellcome Colection. Creative commons BY

Para terminar, el lenguaje no verbal también podría conservarse en nuestra especie porque confiere una aptitud que suena menos virtuosa: podría ser una herramienta de manipulación por la que algunas personas consiguen mandar mensajes contrarios a los de sus intenciones y sentimientos reales (hay gente que lo hace con gran maestría, y eso que somos enormemente sensibles al desfase entre expresiones faciales y posturas corporales). Tal vez sin saberlo llevamos millones de años poniendo nuestra inteligencia al servicio en una pelea armamentista que se combate en el escenario de la comunicación no verbal. La lengua hablada y la corporal podrían ser medios de contrainteligencia mutua en continua evolución. Quién sabe, quizá Ted Chiang sea un vidente y esa persona que toma café al lado suyo y parece estar ocupándose de su sudoku sabe ahora mismo si la conductividad de su piel acaba de aumentar, si su tono muscular subió imperceptiblemente, si por los músculos erectores del fino vello de sus brazos está pasando una diminuta carga eléctrica… ¿Qué pensaría entonces, lector, sobre ese género no tan fácil ni tan frívolo que es la ciencia ficción?

Imagen de portada: René Magritte, Bather between Light and Darkness, 1935