La pasión de los extraños
Leer pdfSi no se instituye, ¿podemos mantener que la amistad es una relación política? Los tratados de la antigua Grecia sobre la amistad establecían que la amistad (philia) era una condición de la vida de la ciudad porque propiciaba la cohesión social. Era considerada una virtud ética inseparable de la aspiración a la justicia y, por lo tanto, de la política, de sus ámbitos de decisión y también de sus límites. Que fuera ética no significaba que fuera privada, todo lo contrario. Era la base y el horizonte de la vida pública.
Cuando, en las sociedades modernas, especialmente bajo el orden burgués, se disocia al hombre público (sic, en masculino) de las esferas de la vida privada, se hace difícil decidir dónde quedarán los vínculos de amistad. Para algunos, pasarán a formar parte de la vida íntima o privada; para otros, serán la base de la red de afectos de la esfera pública, más allá de la formalidad y la abstracción de la política. Actualmente, cuando la exposición de la intimidad es lo que alimenta nuestras redes de comunicación públicas, todavía es más complicado decidir cuál es la frontera, si es que la hay, y cuál es la condición de esta política sin institución, o de esta sociedad prepolítica, que serían las relaciones entre amigos y amigas.
Curiosamente, un texto muy antiguo, el más antiguo del que tenemos rastro escrito, puede arrojar alguna luz sobre esta extraña condición de la amistad. ¿Pertenece o no a la vida de la ciudad? Este texto es el gran ausente, el poema escrito más antiguo de la humanidad descubierto hasta ahora, el Poema de Gilgamesh. Es el más antiguo porque su origen se remonta a una colección de tablillas sumerias y babilónicas que no fueron encontradas hasta la mitad del siglo XIX y es el gran ausente porque, en la tradición occidental, no hay referencias a su existencia ni diálogo explícito con sus personajes, historias e ideas hasta entonces. En todo caso, forma parte del subtexto latente de la cultura —tanto occidental como oriental—, a través de resonancias como la historia bíblica del diluvio y sus supervivientes, que ya aparecen en el poema babilonio. También se han rastreado ecos del Gilgamesh en la Odisea. Así, tras milenios de silencio latente, Gilgamesh es hoy objeto de estudios e investigaciones que se actualizan a partir de nuevos fragmentos que aparecen y van ampliando su puzle, pero también de versiones poéticas, propuestas teatrales, películas, dibujos animados e incluso videojuegos.
Para algunos, como el entusiasta Rilke, por ejemplo, el tema principal del poema es el miedo a la muerte. Para otros, es la iniciación a la amistad. Ambas lecturas confluyen en el hecho de que Gilgamesh, príncipe todopoderoso de la ciudad de Uruk, un tercio humano y dos tercios divino, descubre con dolor y temor su fragilidad y la posibilidad de la muerte, a través del fallecimiento de su amigo y confidente, Enkidu. La muerte del amigo le descubre su propia condición de mortal. Para alguien que no se había vinculado afectivamente nunca a nadie, porque no lo necesitaba, la amistad interrumpida por la ausencia irreparable del otro es la verdadera experiencia de la muerte. Asistimos, así, por primera vez, a la idea de la muerte como pérdida y a la muerte del amigo como clímax de la amistad. Desde entonces, y sin interrupción, el elogio de la amistad y el canto fúnebre o arte del recuerdo han formado parte de una tradición que, de Cicerón a Maurice Blanchot o de Madame de Lambert a Elena Ferrante, ha llegado a olvidar hasta dónde se extienden sus raíces.
Relieve con dos héroes [probablemente Gilgamesh y Enkidu peleando contra Humbaba], noreste de Siria, siglos X-IX a.C. The Walters Art Museum, dominio público.
La Tablilla VIII contiene el emocionante llanto de Gilgamesh ante la agonía del amigo, decenas de versos encadenados que terminan con “lloren por ti”, expresión que invoca la compasión de todos los seres, tanto de la ciudad como del bosque, de todos los elementos naturales, humanos y divinos. El mundo entero se resiente ante la pérdida del amigo, porque la amistad, aunque sea de dos, convoca la existencia del mundo entero y, como dirá, siglos más tarde, Hannah Arendt, nunca pierde su trasfondo. La amistad es esa relación extraña que anuda un mundo. Que hace que el mundo sea mundo.
¡Que los caminos de Enkidu en el Bosque de los Cedros lloren por ti! ¡Que jamás callen ni de noche ni de día! ¡Que los ancianos en la amplia calle de la amurallada Uruk lloren por ti! ¡Que nos bendigan, tendiendo su dedo detrás de nosotros! ¡Que las cimas elevadas de montes y montañas lloren por ti, (cimas) que han sido escaladas por nosotros dos, juntos! ¡Que los campos, como lo haría tu madre, lloren por ti! ¡Que la resina de los cedros llore por ti, (cedros) a los cuales ojalá no nos hubiésemos acercado! ¡Lloren por ti oso, hiena, leopardo, tigre, ciervo, chacal, león, búfalo, ciervo, cabra, la manada y las bestias salvajes de la estepa!1
El Poema de Gilgamesh puede ser leído desde su final, la búsqueda infructuosa de la inmortalidad, o desde su comienzo: la aparición del amigo. ¿Qué significa esa irrupción para alguien como el todopoderoso y cruel príncipe, que no tiene necesidad de vincularse a nadie porque puede disponer de riquezas, sirvientes, placer y cuerpos según le plazca? ¿De dónde surge esa forma de afecto? Tal como nos preguntábamos en la radio, pues, ¿cómo ocurre una amistad? Lo singular del Poema de Gilgamesh es que el amigo aparece como un igual y, a la vez, como el más extraño. Es tan extraño al príncipe y a su ciudad amurallada, que ni siquiera es un ser civilizado. No es que haya una diferencia de estatus social, es que Enkidu es lo que más tarde se llamará “un salvaje”. No es un ser político, pero tampoco ético. “En la estepa crea a Enkidu, el héroe, vástago del silencio” (I, 100-105).2 Es un ser peludo, sin habla, que bebe agua de los arroyos y pace en la hierba, como otros animales. No tiene deseo ni conocimiento, vive y muestra su fuerza sin propósito, como una roca caída del cielo. Esta es la imagen con la que irrumpe, en un sueño premonitorio de Gilgamesh, la presencia de quien será más tarde su compañero. “Madre, he tenido un sueño esta noche: he visto un cielo tachonado de estrellas del que caía sobre mí como un paladín de Anu” (I, 245).3 Cae en el mundo, pues, con toda la fuerza de un elemento natural que sin embargo alterará el curso de los asuntos humanos y la conciencia que tienen de sí mismos como vulnerables y mortales.
Su primer encuentro es con Shamhat, la mujer libre —prostituta, según las traducciones— que, a través de la atracción sexual, doma su fuerza y educa su cuerpo y su pensamiento. “Enkidu estaba débil, no pudo correr como antes lo hacía, pero se había desarrollado, su inteligencia estaba despierta” (I, 200-205).4 Sin la mediación de la mujer, no habría encuentro posible entre los futuros amigos, sólo un choque irreparable entre sus fuerzas. Ella es el “entre” que vincula ambos mundos, el dentro y fuera de la muralla, el cuerpo del poder y el cuerpo de la naturaleza. Shamhat no es la figura de la mujer embaucadora, fuente de todos los males y peligros (la bíblica Eva, las griegas sirenas, la maléfica Pandora, etcétera). Todo lo contrario. Su cuerpo, sus palabras y su acción son la condición para acceder a la civilización, a la razón y al afecto. La primera historia de amistad conocida no es, pues, la relación entre dos guerreros, entre dos sabios o entre dos aristócratas, sino entre la fuerza política y la fuerza salvaje, entre quien detenta la ley hasta el abuso y quien nace sin contexto ni proyecto. Y todo ello, mediado por una mujer. Enkidu es el extraño que llega para inquietar a quien posee aquellos dominios. Pero ni siquiera esto podrá hacerlo solo.
[…]
Que la amistad no se instituya ni se legisle no significa que no cuente con un sistema normativo, con una serie de pautas y de acciones. Enkidu ha tenido que atravesar múltiples aprendizajes hasta vincularse al amigo y Gilgamesh ha tenido que abandonar sus códigos y seguridades para encontrarse con él. Dentro de cada cultura, época, clase social o generación, los comportamientos y los valores asociados al ejercicio y reconocimiento de la amistad siguen largos y complejos sistemas de pautas, de modos de actuar y de horizontes de expectativas.
Hay tres tipos de normatividad, que interactúan en torno a la experiencia concreta de la amistad: la normatividad particular, es decir, los rituales, expresiones o los tipos de humor que inventan dos o más personas en su amistad personal; la normatividad social, que tiene que ver con los marcos en los que se inscriben esas relaciones y que determinan lo que es conveniente o aceptable y lo que no, y finalmente, la normatividad aspiracional, contenida en el sistema de valores e ideales que define lo que una relación de amistad debería ser según una determinada cultura.
Fragmento de la Tablilla VIII del Poema de Gilgamesh, norte de Irak, siglo VII a.C. The Trustees of the British Museum CC 4.0.
Cualquier relación de amistad, por cotidiana y pasajera que sea, se desarrolla en la encrucijada entre estas tres normatividades: en primer lugar, cada relación de amistad inventa su propia tradición, crea, incluso, su lenguaje. Las contraseñas y los códigos cifrados con los que jugamos en la infancia para identificar a un grupo, una pandilla o un amigo secreto son los primeros ensayos de lo que se prolonga en la amistad adulta en forma de hábitos y lugares propios, de modos de saludarse y de felicitarse, de hablarse y de tratarse. Son maneras concretas de delimitar un dentro y un afuera de los círculos de amistad y hacer de ellos un mundo propio. Es difícil imaginar una relación de amistad sin la invención de ritos y rutinas, aunque lleguen a parecer tan naturales que resulten imperceptibles. A pesar de que tendemos a definir la amistad con valores tan altos como la fidelidad, la confianza o la estabilidad, su materia prima está hecha, en realidad, de elementos tan cotidianos como los calendarios comunes, las bromas repetidas, las historias conocidas, los lugares frecuentados o las comidas compartidas. Estas invenciones propias hacen que cada amistad parezca única, aunque todas acaben pareciéndose tanto. Pasa como en el enamoramiento, en el que todo se vive por primera vez en la historia de la humanidad hasta que se descubre el ridículo de estar repitiendo los mismos gestos, las mismas palabras, las mismas rutinas que los amantes de todos los tiempos. Lo que es singular no es lo que hacemos, sino el encuentro que se hace posible a través de lo que vivimos.
Esta singularidad del encuentro, que hace que cada amigo o amiga sea único, sin saber muy bien por qué, no ocurre en el vacío, sino en el marco de una segunda normatividad, que es la que establecen los modos en que cada sociedad, época, clase social o grupo de edad entiende lo que pueden ser las relaciones de amistad, qué está o no permitido en ellas, hasta dónde pueden permear el espacio de la casa, de la pareja, del deseo sexual. Si pueden darse entre clases sociales distintas o entre personas de edad alejada. Qué es conveniente y qué empieza a resultar inquietante o sospechoso. La mirada vigilante del padre sobre qué amigos trae su descendencia a casa ha sido la de toda una sociedad delimitando cuánta extrañeza es aceptable en su entorno y cuáles pueden ser las consecuencias de aceptar esta extrañeza como “amiga”. Las normas sociales de la amistad son, también, un amplio catálogo de las formas de vida que pueden ser penalizadas si no se ajustan al lugar que tienen asignado y a sus correspondientes convenciones.
Hay amistades que encajan en esas normas y las refuerzan, y otras que no sólo se les escapan, sino que entran directamente en conflicto con los límites que imponen. Aunque la amistad entre grupos raciales, edades, clases sociales o círculos ideológicos diversos siempre ha sido vigilada e incluso censurada, la gran frontera ha sido siempre la amistad entre diferentes sexos. O, más concretamente: la amistad femenina ha sido siempre vista como un problema. Lo ha sido y sigue siéndolo en un doble sentido: la amistad del hombre con la mujer, ya que pone al descubierto la inestabilidad de su deseo masculino de posesión (¿es mi amiga?, ¿mi amante?, ¿mi esposa?). Pero también la amistad entre mujeres: su intimidad, atravesada por la corporalidad, por lo doméstico y por una afectividad no canalizada ni monopolizada por la familia, es puesta recurrentemente bajo sospecha, porque se percibe como una fuente de resistencias y de confidencias fuera de control, capaz de abrir otros planos para la sensualidad y la confianza.
La vigilancia sobre la amistad en femenino no sólo es una forma de control sobre los límites de la sexualidad, la pareja y la familia, sino que es la prueba más evidente de que la idea de amistad, por lo menos en Occidente, está construida desde un ideal normativo androcéntrico. Como veremos a lo largo del libro, el ideal que, todavía hoy, rige la concepción de la amistad en nuestras sociedades, aunque no siempre lo parezca, está pensado desde las condiciones supuestas a la amistad masculina, adulta y autosuficiente. Si la amistad es definida como esa relación afectiva que no puede tener otro fin que sí misma, si es un amor que debe mantenerse libre de cualquier forma concreta de necesidad, solamente aquellos que pueden considerarse “libres” en este sentido podrán aspirar a ser perfectamente amigos. Quedan excluidos de la amistad verdadera o auténtica, por tanto, todos esos sujetos y formas de vida que no pueden considerarse libres porque, por alguna razón, dependen los unos de los otros económica o pasionalmente.
Podemos pensar que este tercer tipo de normatividad, la que proyecta, sobre nuestras experiencias concretas de vida, un ideal de lo que debería ser la amistad verdadera, está hoy muy lejos de lo que se vive en las sociedades actuales, donde las relaciones precarias entre grupos sociales distintos y entre hombres y mujeres son mucho más aceptadas y habituales que en otros tiempos, pero nos equivocamos si pensamos que sus códigos de valoración no están funcionando como un subtexto permanente, que hace que, a menudo, las actuales relaciones de amistad sean percibidas como poco consistentes o inauténticas. En nuestras vidas conectadas y socialmente hiperactivas, es habitual que nos asedie la inquietud: ¿quiénes son nuestros verdaderos amigos? ¿Es todavía posible una amistad auténtica?
Escucha el Bonus track de Marina Garcés, con Fernando Clavijo M.
Pasaje de La pasión de los extraños. Una filosofía de la amistad (Galaxia Gutenberg, 2025, pp. 26-34). Se reproduce con el permiso de la autora y de la editorial.
Imagen de portada: Gilgamesh y Enkidu matan a Humbaba en el Bosque de Cedros, Asia Occidental, siglos XIX-XVII a.C. Museo Vorderasiatisches, Berlín CC 4.0.