Algo sobre el mundo táctil y sonoro de Coral Bracho
Leer pdf¿Qué decir de una poeta de veintiséis años cuyos versos inaugurales, en Peces de piel fugaz (1977), proponen una extrañeza que se queda grabada en el lector? Van compuestos en una pauta musical, en una onda expansiva que se enfoca en una atmósfera, en esos peces con “ojos ornados de arenas vítreas”. En ese mundo rítmico y musical, sus peces de mármol tienen una suavidad sedosa. Sus frases reverberantes no concluyen, no se cierran, revientan grietas donde vuelven a nacer. Desde el primer momento se activa una llave con fuerza centrípeta y poderes centrifugantes. Todo se queda abierto, girando, agregándose, elevándose, desplazándose en su propio caleidoscopio con esos animales que dan inicio a su obra. Peces que, en sus lechos, “han fundado sus cauces”. Y no es vano ese fundar. Es lo que, sin saberlo, hacía esa jovencita cuya escritura fue la explosión de una voz, de un discurso tan propio que no nos recuerda, en su originalidad, a nadie, pese a que en ocasiones haya dicho que su lectura de Lezama Lima fuese un detonador para su mundo. Usaba el pelo a la altura del cuello. Era menudita, llevaba lentes, vestía vaqueros y algo parecido a unos Hush Puppies; tenía una voz inconfundible y una dulzura difícil de olvidar. Cuando publiqué un libro de semblanzas de poetas mexicanos, ni siquiera le pregunté a Coral, amiga desde el primer instante, si podíamos tener una conversación, porque ella siempre ha sido de una envidiable claridad y no aceptaba, pese a su gentileza, ninguna clase de entrevistas. Me alegro que su postura se haya suavizado. La razón de aquella negativa, creo entender, era simple y modesta. Imagino que no sentía confianza en la construcción de un discurso oral frente al delirio brillante de su propuesta escritural. Y, sin embargo, ha pasado por momentos de distinta exploración, pero nunca le he detectado una caída. No conozco un solo verso fallido en la obra de Coral Bracho. “Como abrir la llave del agua y meter la cabeza y de pronto, ya, el mar es una inminencia oscura y enardecida.” Así subvierte el mundo su percepción y convierte el chorro en una masa de agua, en un mar que inunda sentidos, los propios, los de sus lectores. Una poética, la de sus primeros libros, que siempre se queda abierta, brotando. Ya se ha dicho que Coral quería estudiar la mente, el cerebro. No faltan científicos en su familia, una estirpe con la que podría volverse a fundar la Bauhaus. Pero la poeta entró a la Facultad de Psicología de la UNAM. Sólo se quedó un año y de allí se cambió a letras. Por ese entonces, formó parte de un coro en el que seguramente disfrutó sentir su voz fundida en otras voces. La voz, la música. Ésas fueron dos ventanas que la dejaron a la intemperie para lanzar al nado esos peces que indagan en un mundo lleno de preguntas, de guiones, de paréntesis, de repeticiones, de formas, de imágenes inusuales, de erotismo, de fugacidad. “Habría que entrar levemente, oscuramente en ese instante de danza.” En la poesía de Bracho nada permanece estático, todo está moviéndose, desplazándose. Veinticinco años después de Peces de piel fugaz aparece su sexto libro, Ese espacio, ese jardín (2003), acaso una vuelta a la niñez, a las imágenes que le dejaron sus días en Zacatecas, al lado de la abuela, como parte de una familia numerosa, contando, sí, una historia de lo sensorial, sin anécdota alguna. Vuelve, como un ritornelo, a irrumpir la poeta de aquellos años, pero ahora en versos más breves, menos vesiculares: “En la mirada que entrecruzan los niños,/ en su fulgor/ frente al estanque iluminado./ Es la frescura de sus voces recorriendo el espacio, vertiendo/ entre hondonadas de luz,/ su azar de viento y extensiones. Es la tersura/ de sus voces ardiendo en desbandadas de gozo”. En la mirada que entrecruzan esos niños, allí veo a Coral, la del nombre marino, en una niñez dichosa, cuando aún vivía el padre, muerto en un accidente de avión. La niña tenía diez años.
—Coral, ¿te dan miedo los aviones? ¿Te da miedo volar? —sonríe como siempre. —No, para nada. Me encanta.
He sido testigo de muchos de sus procesos vitales y nunca la he escuchado quejarse. Desde su segundo libro, El ser que va a morir (1982), se abrían esas escenas donde “los niños corren y gritan,/ como pequeños lapsos, en un eterno, enmudecido/ sepia demente”. Siempre la constante y evocada resonancia. Mención aparte merece ese mundo táctil y sonoro del agua que comienza a edificarse, construyendo sus muros altos, porque va subir, va a levantarse como pocas veces se ha visto en la poesía hispana. Tercera sección de El ser que va a morir. Allí va a explotar la ola verde; el tsunami de la poesía de entonces va a irrumpir como en el momento álgido de una sinfonía que se ha venido preparando para llegar a esa cumbre donde participan todos los instrumentos. Allí leemos lo más grande y envolvente que se ha leído sobre el agua (el agua y el deseo transfigurado), no sólo en la poesía mexicana sino en toda la tradición hispanoamericana. Y a la voz oscura del poema habría que agregarle su voz física.
Obra sin título [papel amate con cuerda de pita y fibras de palma], Autorretrato de Marta y Máscara de Naualli, 1960, 1968 y 1989.
En un iluminador ensayo de Susana González Aktoríes se exploran los alcances de la voz poética de Coral, especialmente en el imperio “de agua láctea, sinuosa”, y se aterriza en una zona en la que poco suele trabajarse y de donde pueden extraerse elementos para alumbrar con otras luces las ondulaciones de una obra.1 Me refiero a la voz física de la poeta. Coral Bracho leyendo en voz alta. Aunque en el texto de Aktoríes se hace referencia a lecturas en festivales en México y alrededor del mundo, su fuente principal es el proyecto Voz viva de México de la UNAM.2 Hago un pequeño alto para recordar la primera vez que la escuché leer. Volví a casa repitiendo sus acentos, sus pausas. Pido disculpas por cercenar este poema, incluso en su acomodo. Lo cito mal y en fragmentos que voy rompiendo como mi memoria los aisló, con todo y los errores que hago míos:
Huelo en tus valles profundos Toco en tus ciénagas vivas, en tus lamas Oigo los veneros, las larvas: tus rastros Abro a tus muslos ungidos Oigo en tus légamos agrios En tus atrios: las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas) [los hervideros].
Se había impreso una huella que permanece viva en mí, quizá unos cuarenta años después y que hasta hoy me envuelve. Al leer ese fragmento se reabren las puertas de la percepción y, si está en un instante de mayor entrega y de concentración afilada, puedo asegurar que el lector se desliza hacia un abatimiento de la razón y que, sin darse cuenta, ha llegado a una suerte de trance. Esa impronta parece suscitar algo similar en otros escuchas. Vuelvo aquí a la voz física de Coral. Cito dos referencias, la primera de Aktoríes: “Esa implicación sensitiva pone también en acción al cuerpo en su representación, como si durante la lectura el cuerpo vocal y, por ende, el cuerpo que lo emite, no sólo realizara una descripción sino se transformara por momentos, él mismo, en el cuerpo caprichoso del agua”. Y, en esta otra lectura, escuchamos a David Huerta, en voz y presencia tan cercano a Coral Bracho. También David, imantado por la poesía de Coral como ella por él como su compañero de ruta, se refiere a la experiencia de escucharla:
En las lecturas públicas de sus textos poéticos, ella despliega lo más parecido a una interpretación musical […]. En la lectura en voz alta de sus poemas no busca ella una melodía musical, ni estricta ni relajada: no canta, propiamente hablando; ofrece a la escucha un ritmo lleno, pleno, una modulación de las líneas silábicas y acentuales gracias a la cual es posible discernir, con relativa facilidad, su concepción del verso libre […].3
Pienso en otros poetas latinoamericanos de los que podría escribirse un ensayo sobre su lectura en voz alta. Me vienen a la mente Raúl Zurita, José Kozer, Gonzalo Rojas, Olga Orozco y Coral, otra vez Coral. Todo esto nada tiene que ver con una buena dicción, o con la alabanza del timbre o la potencia de la voz. Es la capacidad de sumergir al escucha en un estado de hechizamiento. Hace poco pude ver un video de esa jovencita leyendo el fragmento del agua. Se produjo el efecto de la magdalena proustiana en mi mapa sensorial, como si esa agua lúbrica, láctea, fuese también agua de la concepción, agua uterina, mi propia agua. La escuché con ojos cerrados, como debe de ser escuchado un rezo. Agua de mi juventud que me fundía con esos versículos largos que exploró, sobre todo, en sus dos primeros libros fundacionales. Es como si en sus otros siete libros, la poeta que venía cabalgando y encabalgando tomara un aire de distinta duración, pero de intensidad equivalente. Cuando Coral recibió el Premio Xavier Villaurrutia (en 2003), expresó en su discurso de entrega algo que merece ser recordado. Dijo que el poema es una creación colectiva (pues) cada lector ve en sus reflejos algo distinto: “Cada lectura se detiene en diferentes rasgos, en diferentes cortes, en líneas distintas de sentido. Cada lectura construye su vitral singular, su propio espectro de contenidos únicos”. Dominada por esta fuerza, por ese vitral singular, su poesía despierta y subvierte los sentidos como una droga que adelgaza la saliva. Verónica Murguía la ha llamado maga, hada, adivina. Sus temas, su reverberante expansión, su delirio que asocia, con rigor y libertad, el manar de los versos son también una declaración de principios. Coral habla del “caballo del caos perdido en sus futuros caminos”. Le importa su país, su sociedad; le importan el mundo, los animales, las plantas, el agua, la mente, la enfermedad, la condición humana. Su poesía, sin embargo, respira en cipos, en columnas de expansiva libertad. Tiene convicciones, pero no militancias poéticas; ningún “ismo” contamina su trabajo. Recuerdo que alguna vez me dijo que le fascina la poesía radicalmente distinta a la suya. No es una postura para quedar bien con nadie, es la naturaleza de su mente con mil compartimientos. Nuestra amistad, que ya cumple décadas, nos ha permitido compartir la maternidad, la abuelez, la autoburla por nuestras míticas distracciones. Cada una piensa que la suya es peor y más imperdonable. Un día me dejó boquiabierta al relatarme el modo en que olvidó en la cajuela de un taxi, en esa época anterior al internet, tres maletas llenas de ficheros, notas, capítulos concluidos, apuntes dispersos de sus incontables visitas a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en Washington, con los que elaboraba su tesis doctoral. Y traigo a cuento esto porque lo que Coral trabajaba en esas páginas perdidas era algo con lo que su oído estaba entrenado. Me refiero a un recurso que ha ejercido con brillantez en su poesía: el encabalgamiento. Me imagino que el taxista pensó, al hurgar en los papeles, que se trataba de una exótica pasajera interesada en algún hipódromo de apuestas. Lo imagino desechando los “inútiles papeles”. Con esa tesis en proceso perdió la academia y ganó la poesía. Coral se dedicó de lleno a escribir y nosotros a leer ese sistema de asociaciones que nos revela a una poeta, columpiándonos entre el mundo interno de gozo personal, de fiesta de lenguaje, y su otra mirada, tan única: a veces triste y afligida por aquello que hemos hecho de nuestro entorno.
Imagen de portada: Marta Palau, Chamán de la tierra guerrero, 2003. Imágenes cortesía del MUAC, UNAM.
Susana González Aktoríes, “La dimensión sonora de la poesía y su relación con la figura autoral. Un acercamiento a partir de ‘Agua de bordes lúbricos’ leído por Coral Bracho en viva voz”, en Horizontes teóricos y críticos en torno a la figura autoral contemporánea, UNAM, Ciudad de México, 2019. ↩
Coral Bracho, Huellas de luz (serie Voz Viva de México), Dirección de Literatura, UNAM, Ciudad de México, 2011. ↩
David Huerta, Introducción a Huellas de luz, op. cit. ↩