Bad Bunny: ¿el heredero de la tradición musical en Occidente?
Leer pdfLope de Vega y Telemann, más reconocidos en vida que a la postre, se distinguen por ser los artistas más fecundos de su tiempo. Hogaño, su ingente producción se nos revela como la fábrica de un molde destinado al consumo utilitario. Ahí está la Tafelmusik, “música de mesa”: una serie de piezas concertísticas cuya finalidad era amenizar banquetes cual sonido ambiental, a la manera de un protoMuzak. La profusión de Telemann, no obstante, “conllevó en muchas ocasiones el peligro de que sus obras cayesen en la superficialidad; así, en algunos momentos de su extensa producción […], no llegó a superar el nivel de un trabajo rutinario”.1
Por su parte, Lope escribía con el mismo objeto y, a juicio de José Antonio Maravall, formaba parte del cuadro de escritores que buscaba adoctrinar —so color de divertir— a las masas.2 Por medio de una literatura apegada al orden estamental, el dramaturgo administraba un entretenido opiáceo al pueblo, que también servía de válvula de escape para la inconformidad. Con incomparable maestría y alevosa premeditación, Lope protegía los intereses de la aristocracia y del rey en detrimento del vulgo, que, al asistir al corral, era embelesado con la taumaturgia teatral a trueque de permanecer sojuzgado y en las mismas deplorables condiciones en las cuales era necesario mantenerlo.3 Dicho enfoque, sin embargo, no menoscaba el (in)genio de Lope: se precisaba tener talento antes de hacer arte a tutiplén.
En el entremés La guarda cuidadosa, Cervantes hace decir al zapatero que los versos recitados por el soldado “parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas”. En una nota al pie, Eugenio Asensio retoma el análisis del profesor Francisco Márquez Villanueva y elucida el significado de la frase: “[tiene] una intención irónica”, dice, pues “[su] verso es más fácil y llano que otros”.4 El presunto escarnio cervantino, no obstante, pierde el presunto cuatro siglos más tarde: en Reivindicación del conde don Julián, Juan Goytisolo encaja el siguiente dicterio al feraz dramaturgo: “del con razón Vega por lo siempre llano”.5
Azares del destino: Telemann, famoso en su época, ha sido casi ignorado en siglos posteriores, mientras que Bach, poco reconocido en su tiempo, hubo de esperar hasta el Romanticismo para eclosionar como la cumbre del Barroco. Algo similar ocurre, respectivamente, con Lope y Cervantes. ¿Qué enseñanza extraemos de estos vaivenes? Se vale sostener con aplomo una postura apreciativa siempre y cuando seamos conscientes del sesgo subjetivo y temporal del que parte.
Portada del álbum Debí tirar más fotos, 2025.
Semejante injusticia a la de Telemann podría correr, en el futuro, Benito Antonio Martínez Ocasio si los números y la calidad imperecedera de sus canciones no hablaran a su favor. Con motivo del lanzamiento de un nuevo álbum, Rolling Stone entrevista a Bad Bunny. El cantante y compositor vive su apogeo, lo cual no obsta para que muestre una cara vulnerable y aterrizada: “moriré y ya está, no me llevaré nada”.6
El diálogo nos da un atisbo de un ser humano sin ínfulas de grandeza, sin otra cosa de qué jactarse más que de sus aptitudes musicales que domina con asombrosa destreza: “Te puedo mostrar las notas de voz que grabé cantando sobre la línea de sintetizador y luego yendo tan, tan, tan, todas las partes”; al mismo tiempo, el artista se muestra como una persona que tiene los pies en la tierra, como un obrero más al servicio de la música. Al interior de su atelier no se constriñe, sin embargo, al “tan, tan, tan”, sino que hipotetiza sobre los alcances de su versatilidad: “podría cantar con cualquier flow, pero quiero que la gente diga: ‘éste es Bad Bunny’”. A qué dudar que podría cantar góspel o bel canto. Y él mismo es consciente de su enorme capacidad: “creo que sin importar la época en la que hubiera nacido, yo habría sido increíble”.
Sus referentes de la vieja guardia son Don Omar y la Shakira de los noventa; pero yendo más atrás, y tomándole la palabra, estamos seguros de que, si hubiera nacido en el Barroco, habría descollado por encima de Bach y de Biber. Aunque no lo declare en Rolling Stone, se colige que toda su vida Bad Bunny se ha nutrido de cursos —musicales—, los cuales se reflejan en la calidad de su caudalosa producción. Solfeo, contrapunto, armonía: las bases teóricas y prácticas las tiene, por lo que en la Ilustración, sin lugar a dudas, habría emulado a Mozart.
Hablando de niños prodigio, repasemos la infancia de nuestro hombre. De Bad Bunny hay testimonios incontestables de que cantó sólo “como dos veces en el colegio”, mas no por falta de pericia, sino porque “[se] moría de miedo”. Otro rasgo en común con el compositor austriaco es su inclinación a la procacidad. Si Mozart le escribía cartas escatológicas a su prima, Bad Bunny no tiene empacho en componer letras que hablen de “culos y coños”. Mozart, entre una sinfonía y un cuarteto para cuerdas, se daba el tiempo para confeccionar obras chuscas y soeces, como el canon para seis voces Bésame el culo K231/382c; del mismo modo, Bad Bunny se da un respiro de la sicalipsis cuando lo embargan proyectos más elevados: “Hago canciones sobre el desamor, sobre el perreo y sobre temas sociales porque así soy yo”.
Portada de Vogue México, mayo de 2025.
La genialidad del salzburgués, empero, no se condice del todo con la del puertorriqueño. Demos, entonces, un salto al Romanticismo y busquemos paralelismos con otro músico precoz, Mendelssohn, con quien Bad Bunny comparte una inteligencia omnímoda. Amén de músico de tiempo completo, ahora, explotando su natural poligráfico, incursiona como actor. De niño actuaba, y su madre, que siempre creyó que se dedicaría al arte histriónico, se sorprendió cuando el adolescente ascendió a la fama bajo el auspicio de santa Cecilia. Sin embargo, no es la actuación la única arista en la que deslumbra: también ha llevado sus habilidades innatas al pancracio e incluso, nos confía, ha llegado a sentir que su verdadera vocación está en el cuadrilátero de la WWE.
Mozart o Mendelssohn, da igual: músicos de cepa los tres. Bad Bunny, además, se ve haciendo [música] hasta viejo; “hay algo en mi ADN que me está llamando”, asegura. Porta en sí la combinación infusa que hace a los genios, hayan compuesto su primera sinfonía a los ocho o roto los récords de ventas y popularidad a la corta edad de treinta y uno. Su música está dirigida a gente joven como él. Gente joven, sí, pero al mismo tiempo gente a secas, según ahonda en la entrevista con sagacidad existencialista, sacando a relucir otra de sus facetas, la filosófica: “Hay un momento en el que te metes en esos viajes mentales, en plan ‘esto es lo que quiere la gente’. Pero ¿cuál gente? Ahora mismo, estamos sentados en esta oficina, y siento que este álbum lo es todo, que todo lo que pasa aquí lo es todo. Pero si abres Google Maps, no somos nada. Mi álbum no es nada, yo no soy nada”. La prótasis es inquietante y da fe de una mente compleja; es tan sofisticada que aceptamos sin problema las contradicciones subsecuentes, como cuando, sin incurrir en una palinodia, confiesa que no tiene miedo a expresarse porque así es él, “[un] cabrón”.
¿Cómo ha logrado maravillar a las masas y a la crítica, esto es, el más difícil de los connubios —como lo demuestra el que sea entrevistado por Rolling Stone—? Por medio de una apuesta asaz temeraria: ser honesto al punto de abrir su alma sensible, compartiendo los cajones de la intimidad con los fieles, todo ello, sobra decir, valiéndose de una absoluta e incuestionable maestría del arte musical.
A ejemplo de Berlioz, cuya Sinfonía fantástica nació de una decepción amorosa, Bad Bunny también escribe canciones en clave, a manera de bálsamo. Endecha rupturas y dirige mensajes de reivindicación a las mujeres que ciegamente lo atrajeron a su llama, cual mariposa incauta, sin saber que se las tenían con el ave fénix.
Cartel de la residencia No me quiero ir de aquí en el Coliseo de Puerto Rico, 2025.
La novedosa tendencia autobiográfica abierta por Berlioz halla una novelísima reinterpretación en las alusiones autoficcionales de Bad Bunny. Pero al contrario de éste, que domina el “tan, tan, tan”, el compositor francés indemnizó su educación musical elemental y tardía con la pasión por las bellas artes en su conjunto. La inclinación extramusical del corpus de Berlioz, cuán loable sea, “tiene su costado perverso, el de la condenación de un alma que ha vendido, a cambio del genio, la posibilidad de una música que trascienda la tentación de la apariencia, de la impúdica exhibición, de la autorreferencia”,7 dice Raúl Zambrano —que David Cairns haya escrito una biografía monumental donde sostiene lo opuesto no nos incumbe por ahora.8
Excesos por los cuales, en cambio, Bad Bunny no debe sentirse aludido, pues cuando eventualmente habla de sí, lo refrena a hacerlo solamente à clef y sotto voce; en consecuencia, su música podrá, a diferencia de la de Berlioz, “tranquilamente pertenecer a cualquiera que quiera escucharla”.9 Y nótese que decimos connotaciones à clef y no autobiográficas, pues el público, siempre tras las pistas pero norteado, suele interpretar de modo incorrecto las alusiones crípticas del ídolo: “Si digo algo y la gente sabe que me estoy expresando, sé que van a buscar asociaciones. Me hace gracia cuando están totalmente equivocados, pienso, ‘Hombre, ¿qué te hace pensar eso?’. A veces, no hay ningún razonamiento para las cosas que se les ocurren”.
Su grandeza, por otra parte, no impide que les dé crédito a los músicos que colaboran con él: “Todos [los músicos] se conocían. Y cuando empezamos a hacer la canción, fue la experiencia más increíble. Casi todos son de la Escuela Libre de Música de Puerto Rico”. Él no se graduó de un conservatorio, pero su olfato para reconocer la pericia es irrebatible; durante la grabación de un disco, por ejemplo, le preguntó a su staff: “‘¿Tenemos a todos los músicos? Necesito llegar a Puerto Rico y empezar a trabajar porque tenemos poco tiempo’. Empezaron a enviarme gente y yo les decía: ‘Éste es bueno, este otro no estoy tan seguro’”. Entre los buenos tuvo el tino de descubrir a “un chico de unos catorce años” en TikTok.
Interesante panorama de la consumación artística nos brinda Rolling Stone. La fama, lo repetimos, no está peleada con el (in)genio.
Imagen de portada: Portada del álbum Un verano sin ti, 2022.
Enciclopedia Salvat de los grandes compositores. Tomo I: La música barroca y prerromántica, Salvat, D.F., 1983, p. 25. ↩
José Antonio Maravall, La cultura del Barroco, Editorial Ariel, Madrid, 1975, pp. 132 y ss. ↩
Ibid., pp. 197-198. ↩
Miguel de Cervantes Saavedra, Entremeses, Eugenio Asensio (ed.), Castalia, Madrid, 1970, p. 137. ↩
Juan Goytisolo, Reivindicación del conde don Julián, Alianza, Madrid, 1999, p. 34. ↩
Todas las citas de Bad Bunny se tomaron de Julyssa López, “La entrevista con Rolling Stone. Bad Bunny: ‘¿Cuál es el punto? Mostrarle al mundo quién soy’”, Rolling Stone en español, marzo 2025, pp. 54-60. ↩
Raúl Zambrano, Historia mínima de la música en Occidente, El Colmex, D.F., 2012, pp. 133-134. ↩
David Cairns, Berlioz. Vol. 1: The Making of an Artist (1803-1832), The Penguin Press, California, 2000, pp. 477-483. ↩
R. Zambrano, op. cit., p. 134. ↩