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Adrián Chávez

Edgar se sigue cayendo: notas sobre la crueldad y la infantilización colectiva

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En septiembre del año pasado, el usuario de Bluesky Patrick Cosmos anunció estar trabajando en una teoría sobre la realidad presente a la que bautizó Ahora todo el mundo tiene doce años.1 Anclada originalmente en los Estados Unidos, explicaría desde el proceder de la gente que se rehusó a ponerse cubrebocas durante la crisis pandémica hasta el hecho de que actualmente las cuentas oficiales del gobierno gringo se dediquen a postear imágenes editadas de Supermán con la cara de Donald Trump, pasando por los tropeles de usuarios de Twitter que le pidieron al chatbot de Elon Musk que recreara fotos de usuarias pero con bikini, el anhelo de muchos por tener dieciocho hijos y una mujer en la cocina y, claro, la disposición mental de los conocidos y virulentos odiadores de las secciones de comentarios de las redes sociales. La única forma de entender todo esto, dice Patrick Cosmos, es concluir que toda esta gente tiene doce años.

​ Doce años estaba por cumplir Edgar Martínez cuando protagonizó uno de los videos más famosos del internet, tanto así que este año cumplen veinte de haberse reproducido por primera vez en YouTube, donde al día de hoy ha acumulado más de 88 millones de vistas, incluidas las tres o cuatro mías de hace dos décadas y las otras tantas que acometí antes de escribir este texto. Se trata de uno de los primeros registros históricos del video viral como manifestación cultural y del meme como género comunicativo; aunque se titula La caída de Egdar, yo prefiero el otro título con el que se le conoce: Edgar se cae. Así, en modo oracional, porque dos décadas después Edgar se sigue cayendo, se cae perpetuamente, y el oxímoron de la acción congelada en el tiempo —no como una instantánea sino como un glitch— es un buen síntoma de un siglo en el que, como afirma la citada teoría, todo el mundo tiene la edad de este protagonista. ​ Volví a ver el video por mero pudor ético; como suele pasar con los grandes clásicos, puedo describirlo pese a no haberlo experimentado de primera mano: el escenario es un cuadro boscoso cerca de un rancho de Monterrey atravesado por un arroyito de aguas negras sobre el que se sostiene, endeble y mal, un puente improvisado con dos delgados troncos paralelos. Primero cruza Fernando, de camiseta naranja, un poco mayor que Edgar —¿doce, acaso?—; luego lo intenta el personaje principal, de camiseta roja. En realidad, Fernando es amigo de un tercer niño, primo de Edgar, el testigo (casi) silente que sostiene la cámara. Cuando Edgar va a la mitad de ese puente que merece una palabra menos generosa, Fernando —que ya está del otro lado— tiene a bien comenzar a mover los troncos, mientras señala, advierte, profetiza: “te vas a caer”. En un texto para Vice, Raquel Miserachi compara la famosa frase reiterada que Edgar grita (“¡ya, güey!”), con “el tema que John Williams compuso para la película Tiburón. Una música de alerta universal que sólo puede significar una cosa: la anticipación de una desgracia inminente”.2 Y la desgracia llega, por supuesto: al final, Edgar cae, Edgar se cae, aunque ese pronombre se sugiera que cayó por sí mismo, quizá por medirse contra la naturaleza, por subirse a unos troncos puestos como palillos chinos sobre la porquería. Pero, en realidad, a Edgar lo cayeron, y lo cayeron dos veces: cuando le movieron los troncos y cuando los perpetradores subieron su tragedia a YouTube. Pienso en esto último como una metáfora del estado actual del internet, el antiintelectualismo rampante de los poderosos, la alergia a los matices que reina en las redes sociales, y no puedo sino imaginarme que, en esta súbita pubertad colectiva, Edgar ha tenido su venganza. En entrevistas posteriores, el regiomontano ha llegado a afirmar que, a pesar de haber tratado de encontrarle el lado bueno a su retorcida popularidad, la gente “sólo me veía como el gordito que se cayó, no como quien era yo. Era algo que sí me afectaba, que sí me dolía”.3 Hoy en día, sin embargo, Edgar tiene treinta y un años, es comunicólogo, está felizmente casado —o al menos casado; tanto como la condición de su matrimonio, no investigué—, y el resto de su presencia en el internet es voluntaria. Parece que le va bien. Por otro lado, su video —que es suyo acaso sólo como es de uno el moretón de un puñetazo— ha operado un conjuro retroactivo en sus perpetradores, que seguimos ahí encerrados, atrapados en la edad de sus personajes, junto a ese río de aguas negras que corre una y otra vez sin ser nunca un río distinto. ​ Conforme se envejece y se aprenden cosas —en la escuela, por ejemplo—, la vida se va inflando de dependes. Sin embargo, desde Trump en el norte hasta Javier Milei en el cono sur, muchos líderes han sabido aprovechar las dinámicas del internet para reivindicar lo simple, lo homogéneo, lo transparentemente estúpido, cuando no a declararle una franca guerra a la ciencia (como durante la pandemia de covid), a las universidades o a la labor intelectual, que consideran peligrosas: “el enemigo son los maestros”, dijo no hace mucho J. D. Vance, vicepresidente estadounidense, haciendo eco de una frase que pronunciara antes Richard Nixon, pero que también podríamos escuchar de alguien de, bueno, doce años.4 Al simplificar lo complejo y hacerlo digerible, como en un menú infantil, los entramados sociales y morales se reducen y se acomodan en categorías sencillas de bueno y malo. Esto se observa en el proselitismo digital de los nacionalismos más ramplones y en la deshumanización cotidiana de las otredades, pero también en la funa irreflexiva, salvaje a veces, contra individuos que no necesariamente están en una situación de poder, pero que se alejan de lo que consideramos justo o moral. En las redes sociales —dice el periodista Jon Ronson en su libro sobre la humillación digital— “hemos creado un escenario en el que vivimos constantemente momentos de un dramatismo intenso y artificial. A diario surge un héroe magnífico o un villano detestable”.5 Como en las películas que amábamos e imitábamos durante nuestra infancia, pues. ​ Es sabido que los niños poseen una evidente falta de escrúpulos: ya porque el lóbulo frontal etcétera, etcétera, ya porque las sutilezas de la convivencia social tardan en cuajar, ya por lo que sea; el punto es que la proverbial crueldad durante la infancia es un fenómeno natural que puede resultar incluso divertido (Edgar se cae es un ejemplo, quizá), pero que a veces se torna problemático, como en tantos casos de acoso escolar y, claro, en la literatura. ​ En Nada (2017), la novela corta de Janne Teller, un niño se sube a un árbol y anuncia que ahí se va a quedar porque nada importa y nada tiene sentido; acto seguido, sus compañeritos se retan unos a otros a conseguir objetos que demuestren que la vida tiene sentido. Al principio, el Montón de Significado se va llenando de cualquier bobería, pero pronto la cosa empieza a enturbiarse y se pone en marcha una espiral de crueldades cada vez más difíciles de tragar, sobre todo sin la saliva que nos niega esa prosa seca y engañosamente inocente de Teller. Cada vez que releo la novela me pregunto en qué sería diferente si sus protagonistas fueran adultos, y primero creo intuir que no acabaría tan mal, porque los adultos tienen filtros, ocupaciones y poco tiempo para caer en tóxicas crisis nihilistas. Luego, en vez de sólo adultos, pienso en adultos con acceso a internet —pienso, por ejemplo, en la gente que pasa días enteros atascada en una pelea con desconocidos en mi sección de comentarios—, y de pronto ya no estoy tan seguro. ​ La dinámica de las redes sociales favorece la crueldad en tanto que nos despoja de todos los elementos no verbales de la comunicación, nos deja a merced de nuestros más básicos instintos de autoprotección, amplificados por la necesidad de proteger específicamente la versión optimizada de nuestros personajes públicos y nos acicatea con la avalancha algorítmica que reemplazó a la lógica literalmente social de las redes tempranas, como Hi5 o el primer Facebook, porque entre más prolongada es nuestra atención, más monetizable. Una encuesta realizada por el Pew Research Center en Estados Unidos encontró que la década pasada, en el auge de Facebook, Instagram y Twitter, el 88 % de los adolescentes de la muestra habían presenciado algún tipo de agresividad o crueldad en su uso cotidiano, y hay pocos incentivos para creer que eso ha cambiado demasiado en los últimos años.6 En resumen, en su estado actual, el internet nos deja en una situación de vulnerabilidad reactiva que mueve a los personajes de Nada, aterrorizados por la posibilidad del sinsentido, de la muerte de todo, de la nada. Ernest Becker dice que la crueldad “absorbe de forma natural el miedo a la muerte […]. Creemos que logramos dominar la vida y la muerte cuando tenemos en nuestras manos el destino de los otros”.7 Quizá esa involuntaria delegación del miedo tanático es lo que mueve al amigo del primo de Edgar a sentenciar “te vas a caer” mientras fabrica él mismo la caída: una advertencia irónica, pero también un decreto de control, porque por unos segundos el futuro de Edgar está en manos de Fernando, que siente la necesidad de saborearlo en voz alta, de distender la estela de poder que ahuyenta los propios miedos. Una frase en medio del bosque que prefigura el acoso cibernético de las décadas por venir.

Jane Teller, Nada, Seix Barral, México, 2017.

​ En El señor de las moscas (1954), la ultraconocida novela de William Golding, un grupo de niños, sobrevivientes de un accidente aéreo, desarrollan una organización social propia en la que una violencia hobbesiana poco a poco va devorando nuestras certezas sobre la civilización. Es imposible pensar en Nada —y quizá también en La caída de Edgar— sin volver la cara al texto de Golding. En la novela de Teller, sin embargo, hay cierta franqueza casi alegórica respecto a la identidad y el papel de cada personaje, mientras que en El señor de las moscas, cuando los sobrevivientes se dividen en dos facciones, el grupo más violento opta por pintarse las caras. Sobre este enmascaramiento, nos dice el narrador, “entendían a la perfección la liberación hacia el salvajismo que traía consigo la pintura encubridora”,8 y es bajo ese enmascaramiento deshinibidor que ocurre la violencia culmen, el asesinato de Piggy, el Edgar de la literatura universal, el niño gordito al que es fácil arrojar piedras desde lejos, desde las faldas de un anonimato análogo al que favorece la violencia digital, mucho más salvaje que la violencia de la que son capaces las personas cuando se encuentran cara a cara, cuando se les puede reconocer y pueden ver las reacciones de su víctima.9

William Golding, El señor de las moscas, Alianza, Madrid, 1998.

​ Menos conocida es El gran cuaderno de Agota Kristoff —la edición española incluye la trilogía entera de tres novelas cortas, titulada Claus y Lucas (2019)—, donde dos gemelos crecen a la sombra de una abuela desalmada en un contexto de guerra. Los hermanos se proponen consignar en una libreta lo que ven y lo que aprenden de los otros, que rara vez es edificante. Un elemento central de la construcción del relato es la regla que se autoimponen los protagonistas de no escribir nada que no sea verdadero y observable, y de esta forma accedemos a un relato crudo, amoral, sobre la crueldad humana. Ese estilo parco y de objetividad implacable recuerda un poco a cómo, en Edgar se cae, el primo Fernando, quien, oculto tras la cámara, no ha dicho nada a lo largo del video, pronuncia al final la frase “¡ya te bañaste!” cuando Edgar, en efecto, ya se ha bañado de aguas negras.

Agota Kristof, Claus y Lucas, Libros del Asteroide, Barcelona, 2019.

​ Dice el filósofo británico John Gray que “la crueldad es la empatía en negativo”.10 Por su parte, y siguiendo la línea de otras figuras de poder occidental, Elon Musk ha dicho que la empatía es “la debilidad fundamental de la civilización occidental”.11 Esto puede explicarse concluyendo “por supuesto que piensas eso, Elon, criatura, tienes doce años”, pero también puede entenderse como parte de un esfuerzo de normalización de la crueldad, de reivindicación de un statu quo en el que el sufrimiento ajeno es como mínimo fuente de indiferencia y como máximo representa horas de diversión. No es gratuito que la diga un multimillonario: bajo la lógica del capital, Edgar verdaderamente se cae solo, por su culpa, por no echarle ganas a cruzar unos troncos de inestabilidad irrefutablemente natural. Mientras tanto, los poderosos mueven esos mismos troncos sobre los que malcaminamos los demás mientras gritamos “¡ya güey, pinche pendejo, güey!” y a cambio no obtenemos socorro, sino risas, porque para ellos el meme somos tú y yo. Tampoco vamos a fingir que el padre de todos los memes no es chistoso, quizá porque, como dice Miserachi, Edgar se cae “es humano. Muy humano. Su caída representa de la manera más sencilla todo lo que da miedo, risa y vergüenza en las personas”. Mi intención no es someter La caída de Edgar —que, como obra, es poco menos que perfecta— a un revisionismo moral, sino señalar cómo el mundo que siguió a su aparición parece atascado en sus mecanismos: un mundo digital de adolescentes perpetuos, dominado por la instrumentalización de la vergüenza ajena y la renuncia a la empatía. En Nada, esta renuncia se da por terror al sinsentido; en El señor de las moscas, por una presunta aceptación de la naturaleza humana que se manifiesta con mayor transparencia en la edad temprana; y en El gran cuaderno, como imitación del entorno, como registro y regurgitación del contexto. En Edgar se cae hay un poco de todo eso, más las risas, un hito cultural hilarante y al mismo tiempo simbólico de cómo el internet ha favorecido, monetizado y empoderado la reversión de la adultez colectiva a un estado de egoísmo pueril. ​ Irónicamente, entre la gente joven no todo parece perdido. El mismo estudio del Pew Research Center antes citado encontró que, respecto al 41 % de experiencias negativas en interacciones digitales reportadas, las positivas constituyeron un 78 %, casi el doble. Es obvio que depende de los adultos que estos dos porcentajes continúen alejándose, y no es en modo alguno imposible, pero en este preciso momento los mayores parecemos estar ocupados revolcándonos en una caricatura de la infancia fabricada para nuestro propio consumo. En esa caricatura, Edgar se cae pero también se erige como el Empire State, como La última cena, como Bohemian Rhapsody, como el símbolo agridulce de una época. Ya, güey.

Imagen de portada: Imagen del video La caída de Edgar, 2006.

  1. Disponible en: https://acortar.link/TLcEbk. 

  2. Raquel Miserachi, “La ciencia de los memes o por qué nos la pasamos viendo estupideces en internet”, Vice, 8 de julio de 2016. Disponible en: https://acortar.link/nsl6Yq. 

  3. Milenio Digital, 20 de agosto de 2020. Disponible en: https://acortar.link/rIpjaT. 

  4. CBC News, 26 de marzo de 2025. Disponible en: https://acortar.link/yTUKFr. 

  5. Jon Ronson, Humillación en las redes, Ediciones B, Barcelona, 2015, p. 75. 

  6. Amanda Lenhart et al., “Teens, kindness and cruelty on social network sites”, Pew Research Center, Washington, 9 de noviembre de 2011. 

  7. Ernest Becker, Escape from Evil, The Free Press, Nueva York, 1975, pp. 113-114. 

  8. William Golding, Lord of the Flies, Penguin Books, Nueva York, 2016, p. 22. 

  9. Mikayla Kim et al., “Anonymity and its role in digital aggression: A systematic review”, Aggression and Violent Behavior, vol. 72, septiembre/octubre de 2023. 

  10. John Gray, Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida, Sexto Piso, México, 2021, p. 121. 

  11. Zachary B. Wolf, “Elon Musk wants to save Western civilization from empathy”, CNN, 5 de marzo de 2025.