No dejaremos nunca más que nos roben nuestra vida

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Annie Ernaux

Traducción de: Lydia Vázquez

Señor Presidente:


“Le escribo una carta/ Que quizá lea usted/ Si tiene tiempo.” A usted, que es ducho en literatura, quizá le evoque algo esta entrada en materia. Es el principio de la canción de Boris Vian El desertor, escrita en 1954, entre la guerra de Indochina y la de Argelia. Hoy, aunque usted así lo proclame, no estamos en guerra, el enemigo aquí no es humano, no es nuestro semejante, no tiene idea ni voluntad de perjudicar, ignora las fronteras y las diferencias sociales, se reproduce ciegamente saltando de un individuo a otro. Las armas, puesto que se empeña en usar ese léxico bélico, son las camas de hospital, los respiradores, las mascarillas y los tests, son el número de médicos, el de los científicos, el del personal sanitario. Pues bien, desde que usted dirige Francia, ha permanecido sordo a los gritos de alarma del mundo de la sanidad y lo que podía leerse en una pancarta en una manifestación del pasado noviembre —El Estado cuenta su capital, nosotros contaremos los muertos— resuena trágicamente hoy. Pero usted ha preferido escuchar a quienes propugnan la desvinculación del Estado, preconizando la optimización de los recursos, la regulación de los flujos, toda esa jerga tecnocrática descarnada que asfixia al pez de la realidad. Pero mire, en este momento son los servicios públicos los que aseguran mayoritariamente el funcionamiento del país: los hospitales, la Educación nacional, y sus miles de profesores, de maestros tan mal pagados, la EDF (Electricidad De Francia), Correos, el metro y la compañía de ferrocarriles SNCF. Y esos de quienes dijo usted en otro tiempo que no eran nada, ahora lo son todo, ellos siguen vaciando las basuras, cobrando en las cajas registradoras, repartiendo pizzas a domicilio, garantizando, en suma, esa vida tan indispensable como la intelectual, la vida material. Extraña palabra la elegida por usted, “resiliencia”, que significa reconstrucción tras un traumatismo. No hemos llegado a ese punto. Tenga cuidado, señor Presidente, con los efectos de este tiempo de confinamiento, de cambio del curso de las cosas. Es un tiempo propicio para los cuestionamientos. Un tiempo para desear un nuevo mundo. ¡El suyo no! No ese mundo donde los decididores y financieros relanzan sin pudor la cantilena del “trabajar más”, hasta 60 horas por semana. Somos muchos los que ya no queremos un mundo cuya epidemia revela las desigualdades escandalosas, muchos los que, al contrario, queremos un mundo donde las necesidades esenciales, alimentarse sanamente, cuidar la salud, alojarse, educarse, cultivarse, estén garantizadas para todos, un mundo que las solidaridades actuales muestran como posible. Sepa usted, señor Presidente, que no dejaremos nunca más que nos roben nuestra vida, solo nos queda eso, y “nada vale una vida” —otra canción, esta de Alain Souchon—. Ni amordazar prolongadamente nuestras libertades democráticas, hoy restringidas, libertad que permite que mi carta —al contrario de la de Boris Vian, cuya difusión radiofónica fue prohibida— pueda ser leía esta mañana en las ondas de una radio nacional.

En Cergy, a 30 de marzo de 2020

Esta carta, fue publicada y leída en France Inter el 30 de marzo, cuando Europa comenzaba a entrar en el pico de la pandemia. La retomamos aquí, con autorización su autora y de su traductora.

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Imagen de portada: Macronavirus, 40 días de confinamiento. Fotografía de Paul Bodilis, 2020. CC