Viruses, marzo 31

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Martín Caparrós

Nevó. Esta mañana al levantarme veo las copas blancas de los árboles: en mi sierra ayer noche nevó, y es primavera. Esta mañana al levantarme las copas blancas de los árboles me regalaron ese placer idiota que la nieve te trae: volverte nene, disfrutar de algo que te da igual. Nadie, (digo nadie porque quiero decir nadie) podía prever que nevaría pero anoche nevó. Ahora ya nadie puede prever. Es primavera.


Prever es lo que hacemos. Prever nos hace humanos. Prever es lo que nos deshace.
Ahora no sabemos. De verdad no sabemos. Siempre decimos que sabemos que no sabemos pero creeemos que sabemos. Ahora no sabemos. Es vertiginoso no saber. El vértigo es mirar y prever y cerrar fuerte los ojos ante eso que prevés: cerrar los ojos.
Pero ahora ni siquiera: no sabemos. Está la nieve y está, faltaba más, el miedo.
Los ojos bien cerrados, bien cerrados.
Ahora no sabemos. El futuro se fue. Quedan el miedo, la nieve, la certeza de que ya no sabemos. En la vida aquella que teníamos teníamos la osadía de prever. Sabemos que pueden pasar cosas, que aquello que prevemos puede no suceder. Que puede haber fallos, suspensiones, infartos, un olvido pero somos buenos para olvidarlo, buenos para creer que haremos eso que prevemos: somos buenos.
Para cerrar los ojos.
La nieve es como un bálsamo que cambia los colores. Nada más cambia los colores: cambiarlos es la prerrogativa de la nieve. Cambiarlos: demostrar que no son siempre lo que son, que ya eran otros.
Hay nieve: es decir que nevó. Ahora no prevemos. Estamos encerrados, sabemos –casi con certeza– donde estaremos, sabemos –casi con certeza– qué haremos mañana y pasado mañana como nunca supimos –casi con certeza y en el casi se esconde todo el miedo–, sabemos lo que haremos porque no podemos hacer nada: cuando más claro está lo que haremos día a día más oscuro está qué haremos cuándo, más adelante, cuando todo vuelva si es que vuelve. Porque ahora vivimos en el presente pleno como nunca sin futuro, sin prever, pendientes de un animal desconocido –que somos y la nieve.
El presente por fin nos atrapó. Nos atrapó el presente, y atrapar es un verbo que suena.
Prever en cambio es un deporte: puro esfuerzo que solo sirve para gritar los goles que solo sirven para gritar los goles. Prever es un deporte suspendido. Hay nieve o sea que ahora sabemos (dolorosamente lo sabemos, Sócrates es un huevón, con la filosofía poco se goza) que no sabemos nada.
Y hoy mañana pasado mañana deberán ser, deberían ser iguales, casi iguales.
Que todo pasa cuando quiere como quiere, que todo pasa, que no sabemos nada. Lo hemos dicho veces, tantas veces y recién ahora sabemos que no sabemos nada. Que todo puede no ser lo que había sido, lo que era. Prever es un deporte de interiores.
Afuera, allá lejos, afuera las copas blancas de los árboles. Nada, casi nada. Nieva allá lejos, nieva como todo: afuera.

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Imagen de portada: Carolina Magis Weinberg, Nieve de primavera, 2020. ©