Primera carta de Berlín

Mapas / multimedia / Julio de 2018

Antonio Ortuño

Me mudé por un tiempo a Berlín, Alemania, porque se alinearon a mi favor una serie de asuntos más o menos complicados. Esto que cuento podría no tener importancia a efectos de este querido blogcito de Negocios raros, de no ser porque alguien que, como yo, suele escribir sobre lo que piensa y observa, no puede quedarse así nomás ante lo que representa un trocamiento de paisaje tan violento. Porque Zapopan, digamos, no es el Grunewald, y pasearse a orillas del río Spree no tiene demasiado que ver (o nada) con hacerlo por la avenida Río Nilo de Tonalá, Jalisco. Y no por superioridad manifiesta de un lado u otro del mapa sino por algo más simple: porque el mundo, aún, es capaz de eludir, a veces, la homogeneidad y no parecerse a sí mismo del modo que un supermercado se parece a otro. Y otras veces no lo consigue.

Comienzo por lo obvio: Berlín es una ciudad que, para un mexicano, tiene el raro encanto de funcionar. Los autobuses y los dos sistemas de trenes locales (metro subterráneo y al nivel de calle), además de los tranvías, pasan a tiempo, con frecuencia y son cómodos y silenciosos. Los ciclistas tienen veredas especiales y no les echan el auto encima. Los peatones son respetados. Nadie se brinca un semáforo rojo. Me dieron una cita en una oficina municipal para empadronarme (sin el papel sellado que le dan a uno allí, no pueden hacerse trámites o comprarse siquiera un chip celular local, así que uno es casi un fantasma) y me atendieron solo cinco minutos después de la hora marcada en la cita automática obtenida por internet. La funcionaria que vio mi caso era un energúmeno pero como llevaba todos los papeles en regla, salí de allí empadronado diez minutos más tarde y sin saber más alemán que el necesario para decirle “danke” con cierto desdén.

En Berlín hay abundancia de agua. Uno sale a caminar y se topa, según la zona, con ramales del río Spree, así como lagos, lagunas, charcas, canales. Para beber basta con abrir una llave de agua, que es toda potable y sabrosa (sí, el agua lo es, cuando está limpia y fresca). La ciudad, a la vez, es una especie de bosque. Para donde agarre uno abunda el paisaje vegetal. Hay decenas de parques y los cuidan con mimo. La gente, incluso, recoge la mierda de sus perros (y regaña al que no lo hace). A cambio de eso, los animales pueden viajar en el metro (van muy serios, los perros que he visto en el S-Bahn, con cara de que irían hojeando un Der Spiegel si los dejaran).

En Berlín hay museos y galerías de primera (con arte arcaico, clásico, moderno y contemporáneo a mares), un par de sinfónicas monumentales, cines hipermodernos con tecnología casi del espacio exterior y cines de arte tan minoritarios y radicales que pasan documentales kurdos los domingos a las doce de la noche. También hay clubes legendarios de rock y música electrónica y salones de baile en los que los paseantes, turistas y residentes de origen latinoamericano se ven exaltados a musos danzarines de ciertas rubias locales (eso es lo que vi, más que al contrario, es decir, que las latinoamericanas bailaran con alemanes).

La gente bebe cerveza en la calle a todas horas, tanto en las terrazas como así nomás, caminando con una botella por ahí. La policía no detiene a nadie por hacerlo a menos que arme un alboroto tremendo. El bar de cerca de mi casa abre a las diez de la mañana y ya tiene clientes esperando afuera. Esto lo digo porque en México abundan los que quieren restringir y hasta prohibir la venta de alcohol y le atribuyen nuestros males a la debilidad nacional por empinar el codo. “La cerveza y el futbol tienen la culpa de que sigamos en el tercer mundo”, decía un profesor mío. Pues no: acá se bebe muy fuerte y la gente es muy aficionada al deporte de las patadas y no se les cae el tejido social, debo decir.

Para decepción de algunos mexicanos, a los alemanes no les molesta hablar de la derrota de su selección ante la nuestra en el pasado campeonato de Rusia. No dudo que haya irredimibles por ahí que nos guarden rencor, pero a mí me ha tocado pura gente educada, que hasta me felicita. Nadie se cortó las venas por el pésimo Mundial de la Mannschaft, aunque las críticas en la prensa y las cervecerías, me cuentan, fueron feroces. El futbol les gusta, claro, pero no hacen depender su vida de lo que les pase en la cancha. Un vecino me dice que se deprimió tanto el día que Corea del Sur eliminó a Alemania que se fue a su cabaña de las afueras, en medio de un bosque, donde no tiene televisor, y se puso a leer a Séneca. Así cualquiera, le respondo.

Todo esto, que podría sonar al paraíso terrenal para un mexicano, de tan habituados como estamos al caos y a una vida urbana en donde debemos estar con la guardia en alto todo el tiempo y rara es la noche que no escuchemos balazos, ambulancia o patrullas (y mejor no entremos en temas como la corrupción, la falta de servicios públicos, la equidad, etcétera), también tiene lados peliagudos. Berlín, sí, es una ciudad con fama progresista, en la que gobiernan los socialdemócratas. Sin embargo, como una especie de sombra que se mueve en el fondo, el ultraderechismo asoma. Un partido ultra, la AfD, tiene presencia en el cabildo local (y tuvo el 15 por ciento de votos en las últimas elecciones locales). Y aunque sus militantes no sean abiertamente nazis, sí que son antimigrantes. La cosa preocupa. En algunos puntos de la ciudad, medio escondidas bajo pasos a desnivel o en las escaleras que suben o bajan hacia el metro, hay pintas neonazis. Con todo, en la ciudad es mayoritario y decidido el antifascismo.

Hay por acá migrantes de todos los puntos del globo, algunos de ellos del brazo de alemanas y alemanes, lo cual ayuda a que la gente de Berlín sea más diversa (y guapa) que la de otras ciudades. De radicalismo islamista no he visto la menor huella aún. La ciudad está llena de turcos, algunos más tradicionales y otros ya muy hechos a la vida occidental. Con los que he tratado han sido simpáticos y generosos y parecen más interesados en la condición migrante del recién llegado que en su procedencia (los turcos que atienden los puestos de Kebab bien podrían ser intérpretes de la ONU y algunos de ellos saltan del turco al alemán, del inglés al ruso y hasta al español, a través del italiano, con habilidad pasmosa).

El verano ha sido inusitadamente caluroso (hay sequía desde mayo, me dicen) y ahora mismo hay tantos turistas por acá (mexicanos fresísimas en las tiendas caras de la avenida Kurfürstendamm, españoles de mochila y bote de agua, chinos elegantes como príncipes renacentistas) que la ciudad no puede decirse que sea propiamente ella misma. Ya tocará verla sin maquillar cuando las hordas de visitantes se marchen.

Por lo pronto, me quedo con dos cosas. La primera es que estuve en un concierto de Nick Cave, en mitad de un estadio lleno con 20 mil alemanes que parecían estar mirando a la Filarmónica de Berlín de tan circunspectos y que, eso sí, entre canción y canción aplaudían como locos. En cambio, cuando vi a Cave en el exDF, hará unos cinco años, en un clubecito elegante y pequeño, la gente se deschongó desde el primer acorde y aquello parecía círculo del infierno de Dante. Las maneras de mexicanos y alemanes son muy diferentes, sin duda. Acá el rock es una música popular en una escala que en México no lo ha sido nunca y tanta gente ha nacido, crecido y envejecido con él que es raro el que se vuelve loco en una tocada. La segunda cosa es que mi hija se encontró con un amiguito alemán que vivió en México y al que hacía como seis años que no veía, y resulta que les gustan las mismas series de tele y las mismas canciones de moda. Y, ellos sí, cantan y bailan igualitos, como dos gotas de agua. La industria del pop ya es absolutamente mundial y es una máquina aplanadora en más de un sentido, que acabará por alisarnos, me temo, a todos.

Así que las diferencias importan, sí. Que nos importen más.