dossier Amistad FEB.2026

Brenda Ríos

Los amantes de Louveciennes: Anaïs Nin y Henry Miller

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La composición misma de tu sangre, tu herencia, tal vez te ha salvado, sin tú saberlo, de los problemas y sufrimientos que la mayoría de escritores se ven obligados a padecer. Eres una artista innata, con independencia del formato que elijas. Tienes una capacidad, por puro sentimiento, que cautivará a tus lectores. Sólo que debes tener cuidado con tu razón, tu inteligencia. No trates de dar soluciones […]. “No sermonees.” No saques conclusiones morales. HENRY MILLER A ANAÏS NIN, Correspondencia (1932-1953)

Entre 1914 y 1977 Anaïs Nin escribió de manera ininterrumpida uno de los mejores testimonios de la vida de una mujer, no cualquier mujer: una escritora tan sensible como brillante. Sus diarios le valieron el reconocimiento, la admiración y la veneración de sus lectores por la descripción de la vida libre, no sólo la de ella sino la de toda su generación, en un París surrealista, dadaísta, cubista: una ciudad entre guerras, de ensueño, pero con una energía tremenda.1

​ Adentrarse en esos diarios es hallar en ellos una vida al límite, entrelazada en el amor erótico y la discusión intelectual entre pares. Ahí están el cuerpo, la danza, el amor mezclado con los descubrimientos de un mundo que parecía no tener linderos ni fin. La mesa puesta en una época convulsa. Leí esos diarios como la autora cuenta que iba de un amante a otro en un solo día: atravesando París en taxi, viendo todo, queriendo todo. Leer a Nin es tener un poco de ese aire congelado en el tiempo, de ese anhelo. Y ella se descubre como escritora gracias a él: entre todos los amantes, será El amante. El único. Crucial. Miller fue su universidad, su dios. Una iglesia de la que se alejaría con la cabeza en alto y una fe menos grande. En Diario (1931-1974), apunta:

Sostuve una extraordinaria conversación con Henry, en la que hablamos sobre lo huidiza que es la verdad de un incidente de la vida, la verdad de un personaje. Para obtenerla, sería necesario contar el incidente, informar sobre la visión que se tiene de una persona, de vez en cuando, sin dejar pasar muchos años, con el fin de mantenerse a la altura de los cambios que experimenta nuestro propio punto de vista. Ahora mi novela sobre mi padre ya no me parece la verdad de mi padre; pero tampoco mi padre conocía la verdad sobre sí mismo ni sobre sus esposas ni sobre ninguno de sus amigos.

Anaïs Nin, Mirages: The Unexpurgated Diary of Anaïs Nin 1939-1944, Ohio University Press, Athens, 2013.

​ En el fondo, la relación entre ambos es un experimento sobre la posibilidad de una amistad entre iguales en el terreno del arte. No es una amistad de complacencia, sino de confrontación. Cada uno empuja al otro hacia su límite. Henry le escribe: “Tu lenguaje es todavía más abrumador que el mío. Comparado contigo soy como un niño, porque cuando hablas con las entrañas lo envuelves todo: es la oscuridad lo que yo adoro”.

​ Nin se enredó eróticamente con Antonin Artaud, con sus psicoanalistas Allendy y Otto Rank, con Edmund Wilson, Gore Vidal… y claro, con Henry Miller. La vida de Nin estuvo volcada al placer, al arte y a las discusiones intelectuales. Las conversaciones entre ella, Miller y sus amigos giraban en torno al mismo dilema: ¿cómo ser libres sin destruirse? El grupo de bohemios que frecuentaban —Durrell, Perlès, Fraenkel— encarnaba el espíritu de una generación que había perdido la fe en las instituciones, pero no en la palabra. Nin observaba esa comunidad con fascinación y distancia. Era la única mujer que escribía. Y eso la situaba en un lugar de poder inédito, aunque también de soledad. En esa dinámica, su diario se convierte en una suerte de laboratorio filosófico. Allí se cruzan los ecos de Rank, las lecturas de D. H. Lawrence, las conversaciones con Miller y sus propias dudas sobre el rol de la mujer escritora. Nin sabe que su relación con Miller es un territorio ambiguo, una mezcla de admiración, deseo y competencia. Decía que Henry robaba sus pensamientos para convertirlos en gritos.

Entre todos los amantes, será El amante. El único. Crucial. Miller fue su universidad, su dios. Una iglesia de la que se alejaría con la cabeza en alto y una fe menos grande.


​ Casada con el banquero Hugo Guiler, Nin llevaba su cabeza a donde el cuerpo quería: su psicoanalista era su amante, su amigo poeta era su amante y su historia con Henry, que inicia en 1932, sería longeva y atravesaría distintos estadios: fascinación, aprendizaje, pasión absoluta, camaradería y, finalmente, una amistad literaria. “Hemos sellado un pacto que hace de nosotros los mejores amigos. Te envío todos mis pensamientos, todo mi fervor.” Henry escribe esto con la efervescencia de la primera época. Las cartas entre ambos son breves notas y ensayos sobre su escritura, sobre los intereses de los dos imbricados entre apuntes de la vida diaria, el clima, las ciudades donde residen. Ella, después de París, terminará viviendo en Nueva York y, en sus últimos años, en Los Ángeles. Cerca de ahí, en Pacific Palisades, vivirá Miller también. Para entonces, se frecuentaban, pero no mantenían la intensidad de esos primeros años. Incluso llegaron a coincidir en el mismo hospital poco antes de la muerte de Nin, aunque en pisos distintos. Nin moriría en 1977 de cáncer de útero; Miller, de insuficiencia circulatoria en 1980.

​ En el proceso de amar y discutir con Miller, Nin descubre la posibilidad de una voz femenina autónoma, no subordinada. Si él la desafía a escribir sin miedo, ella lo obliga a confrontar la dimensión emocional de su obra. Miller, que había hecho de la obscenidad un manifiesto, encuentra en ella una profundidad que trasciende lo sexual.

Anaïs Nin y Henry Miller, Una pasión literaria: Correspondencia (1932‑1953), Siruela, Madrid, 2003.

​ En el célebre ensayo sobre la amistad de Michel de Montaigne (dedicado a su querido amigo Étienne de La Boétie), el autor reflexiona sobre si es posible relacionarse de este modo con las mujeres: “La común inteligencia de las mujeres no alcanza para que puedan compartir la conversación y la comunicación propias de tan sagrado vínculo; ni su ánimo posee la constancia necesaria para resistir un nudo tan apretado y duradero”; de ahí a la frase de la rom-com más famosa de la historia (Cuando Harry conoció a Sally, con el guion de Nora Ephron) que Billy Crystal le suelta a Meg Ryan: “los hombres y las mujeres no pueden ser amigos porque la parte sexual siempre se interpone” no hay mucha diferencia. Quizá nuestro francés eludió hablar del sexo y optó por decir “falta de inteligencia”, pero lo de “sagrado vínculo” requiere mayor atención.

​ En Anaïs Nin y Henry Miller: una pasión literaria. Correspondencia (1932-1953), él escribe: “Detrás de todas las leyendas de amistad y amor entre hombres, entre mujeres, o entre hombre y mujer, subyace esa horrorosa imagen narcisista del yo individual, autosuficiente, la primitiva fuerza generativa que se fecunda a sí misma, que en su incontenible exaltación improvisa un sistema planetario que conforma el cuerpo entero del culto y el amor mitológico”. No existe una sola respuesta a la pregunta de lo platónico entre hombres y mujeres; en el caso particular de estos escritores, el éxito fue, quizá, la transición: primero fue el amor y lo sexual y, al final, la amistad. Nin y Miller intercambiaron alrededor de doscientas cincuenta cartas. La última tiene fecha de 1953. Nin afinaba, pulía esa amistad como una lámpara secreta:

Le llevé a Henry un ejemplar de la revista Transition. Me gusta añadir algo a lo escrito por él, enriquecerlo. Lectura de Proust anotada por Henry:

“Por otro lado, no es casualidad que los seres intelectuales y sensibles se entreguen siempre a mujeres insensibles e inferiores. Hombres así tienen necesidad de sufrir. Esos seres intelectuales y sensibles están por lo general poco inclinados a la mentira.

Por ello ésta les coge tanto más desprevenidos cuanto que, aun siendo muy inteligentes, viven en un mundo de posibilidades, apenas si reaccionan, viven en el dolor que una mujer acaba de infligirles más que en la clara percepción de lo que ella quería… Es así como la mujer mediocre, que nos sorprendió ver convertida en objeto de su amor, enriquece su universo mucho más de lo que hubiera podido conseguir una mujer inteligente […].”

Había adivinado todo esto y se lo comenté a Henry. He visto que entre Henry y yo hay puntos comunes, ambos tendemos a ceder y a ser blandos en nuestras relaciones con otras personas.

​ Se trata de un vínculo y una complicidad formada por lecturas comunes. Su avidez es mutua. El erotismo entre ambos, por tanto, es también un acto intelectual. Nin lo entiende como una forma de conocimiento, una síntesis de su estética: la unión entre razón y deseo, entre pensamiento y carne. Esa idea, que más tarde influirá en escritoras como Marguerite Duras o Hélène Cixous, nace en el diálogo con Miller, aunque se expande más allá de él.

Confiscación de traducciones al finlandés de Trópico de Cáncer de Henry Miller, 1962. Agencia del Patrimonio Finlandés CC 4.0.

​ El contexto histórico marca su vínculo. Son años de crisis económica, de ascenso del fascismo, de incertidumbre cultural. París todavía es el centro del mundo literario, pero el esplendor de las vanguardias empieza a marchitarse. Nin y Miller viven ese momento como una especie de fin de la esfera íntima. En ese clima, su amistad funciona como resistencia: mientras el panorama se endurece, ellos apuestan por la subjetividad, por el diario, por la confesión, por la vulnerabilidad como gesto político.

​ Sin embargo, Miller no puede comprender del todo la complejidad de Nin, su necesidad de introspección. Nin, a su vez, entiende que la libertad de Miller es también su límite: una libertad que a veces excluye al otro. En Diario…, Henry le escribe:

Durante largo tiempo no he tratado nunca, honestamente, de causar daño a nadie, ni tampoco lo he deseado. Pero eliminar el dolor (ajeno) es algo imposible. Especialmente si ese dolor es consecuencia de que yo sea yo. Naturalmente, encajaré todo lo que me venga por ser yo. Está bien y es justo que así sea…, es el propio destino. Eso no lo discuto. En estos momentos, todos mis problemas nacen de que trato, cada vez más, de ser yo; de ser como soy. Si este yo es un monstruo, cuanto antes se reconozca, mejor. Al elegir una vida por encima del nivel corriente, nos creamos graves problemas. El objetivo último es hacer de esta tierra un paraíso.

​ El aprendizaje ya estaba hecho. Lo que queda de esos años —las cartas, los diarios, los libros que se inspiraron en su vínculo— muestra que su amistad fue una forma de creación recíproca. Ambos se inventan mutuamente. En junio de 1934, ella escribe: “Henry ha estado llorando y riendo con Winter of Artifice. Dice que no cambiaría nada en mí aunque pudiera”.

​ Pese a que sus caminos se separan, el diálogo continúa en la obra. Trópico de Capricornio, publicado en 1939, todavía lleva la marca de Nin: la presencia de una mujer que simboliza la conciencia, el límite. Por su parte, los diarios de Nin de los años cuarenta y cincuenta son, en buena medida, una meditación sobre lo que quedó de esa relación.

Llegada de Henry Miller al aeropuerto de Schiphol, Ámsterdam, 1959. Fotografía de Wim van Rossem. Archivo Nacional de los Países Bajos, dominio público.

​ No fue una amistad que buscara el consuelo, sino la intensidad, el conocimiento. Encarnan lo que podría llamarse una ética de la complicidad estética: la creencia de que el otro puede ser un medio para llegar a la verdad, aunque esa verdad duela. Lo que sobrevive no es la pasión, sino el modelo de una amistad que se funda en la exigencia.

​ Lawrence Durrell, quien más tarde se convertiría en uno de los grandes novelistas del siglo XX, escribió sobre Miller con devoción. En sus cartas y ensayos lo retrata como un profeta del exceso, un escritor que hacía de su vida una obra de arte. Durrell reconocía la influencia de Nin en ese proceso. Decía que Miller logró una voz autoral por ella. Esa observación, proveniente de un testigo cercano, confirma lo que los textos de ambos ya revelan: Nin no fue una figura secundaria en la carrera de Miller, sino su interlocutora fundamental.

​ Pero así como se alimentaron, también se agotaron. A finales de los años treinta, la relación comienza a deteriorarse. La guerra se aproxima, los caminos se bifurcan. Miller parte a Estados Unidos; Nin permanece en Europa y luego se instala en Nueva York. La distancia geográfica precipita una separación emocional.

​ En esos años, Nin continúa escribiendo y publicando sus diarios, mientras Miller se convierte en un personaje central del realismo visceral norteamericano.

​ El contexto posterior da una dimensión simbólica a su vínculo. Cuando Miller alcanza la fama en la década de los sesenta, con la publicación sin censura de sus Trópicos, Nin se convierte en una figura de culto para el movimiento feminista y en pionera de la literatura erótica. Su escritura íntima, su exploración del deseo femenino y su defensa de la subjetividad anticipan los debates de los años sesenta. De algún modo, ambos encarnan las dos caras de la modernidad literaria: Miller, la ruptura del lenguaje patriarcal;2 Nin, la reescritura de la experiencia femenina.

​ La libertad de Miller era una libertad masculina, sostenida por la posibilidad de moverse sin cargas. Ella, en cambio, debía disputar su independencia dentro de una estructura social que todavía esperaba docilidad de las mujeres. En sus diarios reflexiona sobre esa asimetría. Ella debió negociar su emancipación dentro de los confines de su género, una batalla interna que volcó en sus diarios y en su defensa apasionada de la subjetividad femenina. Su voz, más íntima y sutil, se convirtió en el espejo crítico de la modernidad.

​ Ambos entendieron, en distintos momentos, que su amistad había sido un ensayo sobre la libertad. Para Nin, libertad era poder escribir desde la emoción sin ser reducida al sentimentalismo. Para Miller, libertad era decirlo todo, sin pudor ni censura. En esa diferencia se encuentran sus límites y su legado. Nin llevó la subjetividad al terreno del pensamiento; Miller llevó el cuerpo al terreno de la palabra.

​ Pudieron ser amigos, ganó la literatura cuando el deseo se desvaneció. Hombre y mujer se encontraron en algo que hicieron juntos, y en ese amor perfecto que es la amistad resolvieron cómo acompañarse en el mito que hicieron de sí mismos.

Imagen de portada: Anaïs Nin y George Leite en la galería y librería Daliel’s, Berkeley, 1946. Wikimedia Commons, dominio público.

  1. Louveciennes es un suburbio en París, donde Nin y su esposo vivieron de 1930 a 1936. Ahí conoció a Miller. 

  2. Con esto me refiero a que lo erótico e, incluso, lo soez le dieron la vuelta a un lenguaje literario hecho por hombres preocupados por su lugar de autoridad, señoriales, serios. Al ser Miller tan evidente, al centrarse en lo básico del cuerpo, rompe el estereotipo de lo caballeroso. En su escritura, el hombre ya no es amable, es bruto, es elemental.