dossier Cárcel JUL.2026

Pavel Andrade

En compañía de Virgilio, José Agustín sobrevive a una temporada en el infierno

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para Maleniux


La anécdota es conocida, aunque algo enredada. José Agustín, enfant terrible de la literatura mexicana, fue a dar a Lecumberri a mediados de diciembre de 1970; tenía veintiséis años. El propio Agustín narra la historia en su autobiografía El rock de la cárcel.1 Él y su esposa, Margarita Bermúdez, fueron detenidos en Cuernavaca mientras visitaban al compositor Salvador Rojo: rocanrolero, jipi de los de huarache, camisa de manta y toda la cosa. Salvador había escrito la canción tema para la película Ya sé quién eres (te he estado observando) (1971), que Agustín acababa de dirigir a instancias de Angélica Ortiz, productora y madre de Angélica María. Los líos amorosos entre esta última y Agustín habían hecho estragos en el matrimonio, aunque para cuando se rodó la película, Agustín y Margarita ya se habían reconciliado. Al terminar las sesiones de doblaje, la pareja decidió pasar unos días en Acapulco. El viaje fue memorable. Fue durante su regreso a la ciudad de México que Agustín y Margarita decidieron detenerse en Cuernavaca para visitar a Salvador Rojo. ​ Agustín llevaba con él una lata mediana de leche en polvo que, desde luego, no contenía leche en polvo, sino mariguana. Agustín y Salvador no tardaron en irse a fumar un cigarro a un cuartito que estaba al lado de un bungaló que Salvador le rentaba a un escultor de nombre Gustavo. Así estaban las cosas cuando un grupo de agentes federales al mando de Arturo El Negro Durazo irrumpió en el terreno y empezó a detener gente. Los federales andaban en busca de Beto, el hermano de Gustavo, que esa misma mañana había huido de la policía después de que, con ayuda de cuatro amigos (todos ellos capturados durante el operativo), intentara vender diecisiete kilos de mariguana en las inmediaciones de la catedral de la ciudad de México. Fue así como Agustín, Margarita, Salvador y demás “miembros de la Temible Banda Internacional de Narcotraficantes” terminaron en los separos de la Procuraduría General de la República. A los pocos días, acusado de ser lanchero-traficante de Acapulco, Agustín fue trasladado a Lecumberri. “Todos los arrestados de la Procu”, escribiría tiempo después, “coincidían en afirmar que Lecumberri era El Infierno”.2

José Agustín con el uniforme de Lecumberri, 1971. Fotografías de Rogelio Cuéllar. © Del autor.

​ Las andanzas carcelarias de Agustín quedan retratadas en las últimas páginas de su autobiografía: su paso por la crujía H (la crujía de los ricos), con derecho a visita diaria, donde los presos eran tratados como sultanes siempre y cuando pagaran a tiempo los setecientos cincuenta pesos mensuales de renta y cubrieran las cuotas por gastos de restorán, luz, y hasta una fajina para que les tendieran la cama. Según Agustín, a él y a Salvador les dieron trato especial porque le habían caído bien al mayor de la crujía y porque, desde luego, eran “claros prospectos de imbéciles que dejarían dinero”. Por aquel entonces, cuando alguien le preguntaba ¿cómo estás? Agustín solía responder: formalmente preso. En la cárcel, Agustín aprendió de apandos interiores y exteriores. Los primeros, celdas sin luz ni ventilación y con mingitorios taponeados; los segundos, “al aire libre, bajo la inclemencia de las noches de invierno y bajo el sol del día”.3 Poco después de haber ingresado en la cárcel le empezaron a caer chambitas, primero como encargado de abrir y cerrar la reja de la crujía, después como vendedor de periódicos y escolta de los detenidos que debían salir de la cárcel para ir al juzgado. Había una juguería donde todos los días Agustín compraba un agua de melón y se pasaba horas platicando con algunos de los presos políticos confinados en Lecumberri. ​ Entre los presos con quienes Agustín coincidió en el Palacio Negro estaba José Revueltas: “increíble, lleno de una gran luminosidad, muy sereno y hermoso”. Cuando Revueltas le preguntó por qué había sido detenido, Agustín se vio obligado a admitir: “Pues ya ve, me agarraron con mota”.4 Según Agustín a Revueltas le ha de haber dado tristeza, aunque no por simpatía, sino por simple solidaridad humana, porque a Pepe Revueltas, el maestro, nunca le gustó lo que Pepe Agustín, el jipi, escribía. A decir verdad, Agustín también guardaba sus distancias del movimiento jipiteca, se describía a sí mismo más bien como una figura mediadora que, con sus amigos sicodélicos, “tenía discusiones para que trataran de darse cuenta sobre la importancia de los movimientos sociales y de la lucha política en general”, mientras que con sus cuates los rojos “discutía para hacerles ver que una revolución interior era algo que hacía falta”.5 En su panorama de la literatura de La Onda, Elena Poniatowska coincide en que, si bien simpatizaba con los onderos, Agustín nunca fue jipiteca.6

Fotografías de set de la película El Apando, 1976. Cortesía de la Filmoteca UNAM.

​ En Lecumberri, Agustín estuvo a punto de pedir su traspaso a la crujía M, la de Revueltas, donde los presos políticos tenían “círculos de estudio, muchos libros y buenos discos”.7 Ahí sí el maestro le dijo que esa idea no le parecía muy adecuada. En vez de círculos de estudio, Agustín tuvo que conformarse con compartir los chupes-hechos-en-casa que circulaban por la cárcel y que los mismos presos políticos destilaban. La anécdota ofrece una oportunidad para pensar los encuentros y desencuentros del 68 en México; las colindancias y entrecruzamientos del movimiento contracultural y la lucha partidaria, el desencanto social y la militancia política. Tiempo después, Agustín y Revueltas llegarían a colaborar en el guion cinematográfico de El apando (1975), película dirigida por Felipe Cazals, basada en la novela del mismo nombre que Revueltas escribió en Lecumberri. ​ En la cárcel Agustín también escribió una novela, Se está haciendo tarde (final en laguna). La empezó en las bolsas de las tortas que su padre le hacía llegar a los separos de la Procuraduría y la siguió escribiendo, a veces a máquina, a veces a mano, a lo largo de su encarcelamiento. Se está haciendo tarde narra la historia de Rafael, un joven de la ciudad de México iniciado en las Ciencias Ocultas que, víctima de una tremenda crisis existencial y abrumado por un quiebre amoroso, decide viajar a Acapulco para visitar a Virgilio, consumado baquetón del medio playero que “se sostenía vendiendo mariguana y drogas sicodélicas en pequeñas cantidades a hippies y aventureros”. Al menos en cierta medida, la novela está inspirada en las peripecias del viaje que Agustín y Margarita hicieron a Acapulco justo antes de ser detenidos. Se está haciendo tarde es una road novel escrita a la sombra de la generación beat (sicodelia, carreteras, sexo, roncanrol), pero es también, a contracorriente, una meditación sobre la derrota y el dolor, sobre la apabullante tristeza de la atmósfera carcelaria. “Esto era el paraíso,” admite uno de los personajes en las últimas páginas de la novela, “¿cómo se transformó en este infierno? Corazón agrietándose”.8 En Lecumberri, Agustín empezaba a trabajar por la tarde y ya no paraba hasta bien entrada la noche. Escribía “en un cuaderno gordísimo tamaño carta con una letra tan minúscula que en una hoja del cuaderno cabía el equivalente de cuatro cuartillas mecanografiadas”. Al escribir, Agustín quedaba instalado en los días brillantes de Acapulco, transportado inmediatamente “a un balcón de la eternidad”.9Se está haciendo tarde fue publicada en 1973 en la Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz. En 2017, la editorial independiente Nitro/Press, con apoyo de la Secretaría de Cultura, publicó una edición conmemorativa acompañada de una serie de ensayos con diversas aproximaciones a la novela. En uno de esos ensayos, Hernán Lara Zavala argumenta que Se está haciendo tarde es la obra más representativa de la madurez literaria de Agustín, “la más arriesgada, la más innovadora y experimental y donde mejor expresa su voluntad de estilo y su claro interés por las ideas subversivas, iconoclastas y en franco favor de la contracultura”. Fernanda Melchor, por su parte, sugiere que Se está haciendo tarde es sin duda una de las novelas más arriesgadas de la literatura mexicana del siglo XX, una reflexión sobre “el malviaje social que por ese entonces ya comenzaba a bajonear a los convidados de la dictadura perfecta”.10 En una entrevista que Adela Pineda Franco le hizo en 1992 para la revista Pluma del jaguar, Agustín admite que hubo momentos en los que la novela le salvó la vida: “Yo me encerraba en la celda y me ponía a escribir; la escritura sinceramente me metía en un estado de trance y me transfiguraba por completo. Entonces yo me acuerdo que de repente ya no estaba en la cárcel, sino entre los manglares, el sol rabioso y el mar”.11

Fotografías de set de la película El Apando, 1976. Cortesía de la Filmoteca UNAM.

​ De su experiencia en Lecumberri Agustín quedó muy marcado también por la manera en que se trataba a los jóvenes. “Antes conocí a muchos chavos macizos pero en mi estancia en Lecumberri vi hileras interminables”, chavos de clase trabajadora y clasemedieros, ninguno de los cuales debió haber sido “estigmatizado como drogadicto por haber fumado mariguana unas cuantas o infinidad de veces”. Agustín subrayaba la ironía de que en un sistema en el que a diario se justifica la explotación y la violencia, todo mundo se escandalizara de ver a los jóvenes “dejándose las greñas, oyendo rock y atacándose con mariguana y otros alucinógenos”. Para Agustín el confinamiento carcelario era, a fin de cuentas, “demasiado brutal, injustificado e inapropiado para enfrentar un problema de hondas raíces sociales y sicológicas”. Por este tipo de cosas consideraba que habría sido mejor demoler Lecumberri.12 ​ Cuando Agustín por fin salió de la cárcel no lo hizo, como Revueltas, bajo protesta. A favor de su liberación no hubo cartas abiertas ni pronunciamientos en los periódicos. Joaquín Díez-Canedo y Vicente Leñero sí estaban ya listos para ir a declarar que Agustín era una persona estimable y trabajadora, pero fue gracias a la intercesión de Angélica Ortiz que Agustín pudo, después de siete largos meses, dejar la cárcel. La productora y madre de la Novia de la Juventud fue a tocar puertas en el gobierno y logró convencer al secretario de Gobernación de que interviniera para resolver el caso. Agustín tuvo que escribir una carta dando cuenta de su situación y de la serie de malentendidos que desembocaron en su encarcelamiento. Después de leer la carta, el secretario de Gobernación telefoneó al procurador general de la República para solicitar que se desistiera de los cargos. “El sábado sales”, le comunicó Margarita una vez que todo quedó arreglado. Mientras esperaba su boleta de libertad, Agustín tuvo tiempo de ponderar la suerte que el I Ching le había augurado la noche anterior: éxito si se lleva a cabo correctamente la transición del desorden al orden. En su autobiografía, Agustín declara haber salido de la cárcel el sábado 7 de julio de 1971, “un día soleadísmo”. Sólo que el 7 de julio de 1971 no cayó en sábado.13 De si había sol o no, no hay manera de estar seguros. ​ A propósito de nada, años antes de ingresar en Lecumberri, José Agustín también fue alfabetizador en Cuba.

Imagen de portada: José Agustín con el uniforme de Lecumberri, 1971. Fotografías de Rogelio Cuéllar. © Del autor.

  1. La primera edición fue publicada por Escritores Mexicanos Unidos en 1986. Las citas corresponden a la edición de 1990 publicada por Joaquín Mortiz. 

  2. Ibid., pp. 143, 144 y 145. 

  3. Ibid., pp. 150 y 158. 

  4. Ibid., pp. 163-164. 

  5. Ibid., p. 127. 

  6. Elena Poniatowska, ¡Ay vida, no me mereces!, Joaquín Mortiz, Distrito Federal, 1986, p. 197. 

  7. J. Agustín, El rock de la cárcel, op. cit., p. 164. 

  8. J. Agustín, Se está haciendo tarde (final en laguna). Edición conmemorativa, Nitro/Press, Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2017, pp. 15 y 237. 

  9. J. Agustín, El rock de la cárcel, op. cit., p. 171. 

  10. J. Agustín, Se está haciendo tarde (final en laguna), op. cit., pp. 296 y 271. 

  11. “‘Final en laguna significa tocar fondo total’, entrevista con José Agustín”, Pluma del jaguar, nueva época, otoño 1992, p. 54. Hoy directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos Teresa Lozano Long de la Universidad de Texas, Pineda Franco codirige el programa de escritura carcelaria Pido la Palabra, financiado por la Fundación Mellon. Es un proyecto de espíritu joseagustiniano. 

  12. J. Agustín, El rock de la cárcel, op. cit., pp. 180-181. 

  13. El expediente judicial registra el 10 de julio como la fecha en que Agustín abandonó Lecumberri.