Mis días felices en el infierno

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Junio de 2020

Sergio Ramírez

“Vieras que extraño lo que siento con esos videos. Como si estoy viviendo el fin de este mundo y el principio de algo todavía desconocido. Me emociona y a la vez me da miedo.” Antonina me escribe estas líneas en un mensaje de WhatsApp que acabo de abrir. Anoche le he enviado el video donde el tenor polaco Leszek Świdziński canta “Nessun Dorma” en un patio rodeado de los edificios de un hospital de Varsovia, por cuyas ventanas se asoman médicos, enfermeras, pacientes con mascarillas, mientras los miembros del coro, vestido de cualquier manera, y como si pasaran por el patio por mera casualidad, van juntando sus voces. Al final, los espectadores enclaustrados aplauden, lanzan vivas al tenor. Son voces remotas, como de otro mundo. El mundo del encierro. El aria de Puccini, ascendiendo hacia el pozo de luz arriba de los edificios grises, suena más triste que nunca. Nadie duerme. Nadie sabrá mi nombre. Un beso fantasmal del que nadie sabrá nada nunca. Por desgracia hay que morir. Que se vaya la noche. Que se pongan las estrellas. El amanecer será un triunfo. ¿Vendrá el amanecer? Me han fascinado siempre esos videos para promover el gusto por la ópera, donde los cantantes andan por las plazas, los cafés, los centros comerciales, los mercados, disfrazados de empleados y compradores, y de pronto el tenor, o la soprano, rompen a cantar, se les junta el coro, van llegando uno a uno los músicos con sus instrumentos, y la gente se detiene primero extrañada, luego extasiada. Qué otro escenario más espléndido que el café Iruña de Pamplona para el coro del brindis de La Traviata. En el mercado de San Ambrosio, en Florencia, la mezzosoprano disfrazada de expendedora de carne se quita el mandil y empieza a cantar una de las arias de Carmen. Un chelista toca en solitario en el Crystal Court, un mall de compras de Minneapolis, la gente pone billetes en el sombrero que tiene a sus pies; van llegando más músicos , más y más, comenzamos a identificar los acordes de la “Oda a la alegría” de la Novena, luego la orquesta completa, es la Wayzata Symphony Orchestra, llegan los cantantes del Edina Choral, y ahora estamos dentro del torbellino ascendente de las voces que reclaman esperanza y contento. Me repugnan los centros comerciales, dice una muchacha en un mensaje al pie del canal de Youtube al que entro para revisar la grabación, ¿por qué a mí, por desgracia, nunca me ha tocado uno de esas performances sorpresivas? Todos estos conciertos, que han pasado alguna vez por la pantalla de mi teléfono celular, son de hace tiempo, diez años a lo menos. Es un pasado demasiado remoto, ahora que el tiempo se ha quebrado en astillas y nos cuesta más recomponer el cuadro del pasado, cómo fue, qué fuimos, y del futuro sólo tenemos una visión borrosa y llena de signos abstractos incomprensibles, como en las pantallas nevadas de los viejos televisores. Teníamos una idea más o menos razonable del tiempo transcurrido y por transcurrir. En el fondo de nuestras mentes, muy atrás, reposaba esa idea silenciosa de que el progreso es inevitable, porque somos hijos del positivismo triunfante, y sin muchas sorpresas, y sin más que exclamaciones de admiración, hemos visto cómo los sistemas y objetos fruto del afán tecnológico, y de la capacidad de invención, se sucedían unos a otros, y, sin sorpresa tampoco, íbamos viendo cómo sistemas y objetos se volvían obsoletos a una velocidad sorprendente, y como en ninguna otra etapa de la civilización, teníamos cada uno un cuarto atiborrado de trastos viejos. Y el progreso nos concedía seguridades. Primero de nada, la tecnología médica. La idea de alejar la muerte a través de drogas cada vez más novedosas. Medicamentos inteligentes. Cirugías sobrenaturales. La prolongación de la vida. Viejos saludables. La cota de edad de en envejecimiento cada vez más alta. Para el virus no hay medicina preventiva, y para los casos críticos del virus no hay medicamentos suficientes para asegurarte que no te vas a morir. Y desesperamos por una vacuna. No se sabe cuánto tardará en descubrirse y luego fabricarse esa vacuna milagrosa; pueden pasar años, y, mientras tanto, la inseguridad continuará, y no se podrá prescindir del distanciamiento como regla de vida. Es otro mundo. El mundo que da miedo. Pero alguien estaba siempre inventando por nosotros, y eso nos tranquilizaba; la vida, indefectiblemente, sería cada vez mejor. Oíamos decir que muchos prototipos de inventos nuevos estaban listos, pero no se sacaban al mercado por conveniencia comercial, nada más. Hoy, lo que tenemos es incertidumbre. Como si estamos viviendo el fin de este mundo y el principio de algo todavía desconocido. Nos emociona y a la vez nos da miedo. Vivimos a merced de un enemigo invisible, letal, ubicuo, traicionero, que no se aleja tras dejar en su rastro una ola de muertes, como ocurrió con la gripe española hace un siglo; que se queda medrando, al acecho, y representará una interrupción intermitente en lo que llamábamos la normalidad de nuestras vidas, de las costumbres gregarias que adquirimos hace miles de años, toda una civilización del codo con codo que desembocó en la sociedad urbana de masas. Estadios, anfiteatros, plazas, auditorios. Barcos, aviones, autobuses, trenes, vagones del metro. Y la intimidad acompañada de los restaurantes, los bares, las boîtes, las discotecas. Speak for yourself, oigo que me dice una voz socarrona. Claro, por supuesto. Hablo por mí mismo, desde esa franja que bajo los términos de la pandemia se da en llamar la de los más vulnerables. Los viejos de la tribu, los que se supone llenos de sabiduría. El consejo de ancianos. La tercera edad dorada. Vulnerable, en términos de la pandemia, quiere decir que perteneces a la franja letal, porque a determinada edad no sólo estás más expuesto por el daño mismo de los años, sino que arrastras una cauda de enfermedades crónicas que te vuelven más indefenso: diabetes, hipertensión, males cardíacos y renales. Es una lista que te vienen repitiendo los agoreros en las redes, como a los césares cuando entraban en triunfo a Roma el memento mori. Sólo que hay unos que deben recordarlo más a menudo que otros, vulnerables que son. Desde mi encierro, que ya dura tres meses, y no sé cuándo terminará, lo que tengo son preguntas: ¿Volverá el mundo a ser tan seguro como antes, en el sentido de que no le temía al prójimo, el próximo? El cercano, al que abrazas, al que le das la mano, junto al que te sientas en la mesa donde van a presentar juntos un libro, a dialogar sobre literatura. El que coloca el micrófono en la solapa, la chica que te maquilla en el camerino antes de la entrevista. La cajera a quien pagas los libros que has comprado, y es capaz de alcanzarte con su aliento desde el otro lado de la caja. El chofer del taxi que te lleva al recinto de ferias desde el hotel, a mí que me gusta sentarme adelante y entretenerme e instruirme en la conversación con los taxistas, que saben de todo y le mientan la madre al gobierno de turno. ¿Y los viajes? ¿Cuándo volveré a subirme a un avión? En el encierro me he dado cuenta que la mitad de mi vida me he quedado en mi casa escribiendo, y la otra mitad la he dedicado a andar por el mundo. Ahora no confío en la continuidad de esa otra mitad. Se acabaron las certezas. Porque llegará un momento en que la pandemia habrá dejado de ser una amenaza constante para la mayoría, que tendrá que regresar de cualquier manera a la vida diaria. Pero habrá quienes deberemos ser más cautos, o, en todo caso, si queremos sobrevivir, aceptar las reglas del claustro como los viejos monjes medievales. Mientras tanto, atardece aquí donde vivo en encierro, al pie de las serranías que limitan por el sur el valle en que se asienta Managua, y donde la vegetación reverdece, exuberante, tras las lluvias torrenciales de las últimas semanas. Es la hora en que las bandadas bulliciosas de chocoyos regresan a las ramas del alto guanacaste para pasar la noche. Y huele a tierra mojada. Vuelvo, antes de la cena, a las páginas de Mis días felices en el infierno, de György Faludy.

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Imagen de portada: Leszek Swidzinski canta el aria “Nessun Dorma”, Varsovia, mayo de 2020. Fotograma del video de Stoleczna Estrada disponible en Youtube.