No todos los gatos son pardos: historias felinas
Leer pdfPara este dossier, convocamos a la comunidad lectora de esta Revista a contribuir con sus experiencias en torno a la razón detrás del peculiar nombre de sus gatos. La convocatoria tuvo una respuesta insólita: más de doscientas personas nos hicieron llegar anécdotas y fotos de sus compañeros felinos. Sin embargo, nuestro número de páginas nos obligó a hacer elecciones difíciles. En la selección se consideró, sobre todo, crear un coro con los tonos más variados posibles: hay relatos tristes, cómicos y científicos; muchos involucran a familias enteras, pero otros tienen como coprotagonista a una persona que vive sola e, incluso, algunos tutores recibieron a su gato como legado. Nos percatamos de dos rasgos comunes: por un lado, prácticamente todos estos compañeros de vida son adoptados y, por otro, hubo una gran proporción de ejemplares negros, lo que nos llevó a sospechar que muchas de las personas que empatizaron con estos animales (en su mayoría, callejeros o abandonados) se conmovieron también ante el desamparo provisto por su estigma y decidieron acoger a estas criaturas más luminosas que lo que indica su pelaje.1
Herido de gravedad, un gatito salió del terreno cercano a nuestra casa. Al salvarse lo nombramos de la forma precisa para quien atraviesa una tierra baldía. Indiferente a la arrogancia de su nombre, creció feliz rodeado por mis hijos. Después ya no supimos detener a la muerte. No veré más el fulgor de su belleza elástica, pero sé que nos cuida en su breve jardín, junto a una placa con un verso de Eliot, el otro Eliot, el primero de todos: “En mi fin está mi principio”.
Malva Flores
Mi gata se llama así porque estoy segura de que es igual de lesbiana que su mexicana madre. Sor es por Sor Juana Inés de la Cruz; Chavela Vargas, claro, por la icónica cantante; Cárdenas, por Nancy Cárdenas, la escritora y madre del movimiento LGBTIQ+ en México; Castro, por la actriz y conductora Verónica Castro (haciendo alusión a su estrecha, pero muy estrecha amistad con Ana Gabriel); y Romo, porque todas queríamos ser la secretaria de Daniela Romo. Llegó un día que yo iba de salida al trabajo, abrí la puerta de la calle y ahí estaba. La vi y ella me miró con esos ojos que a veces son de “gata bajo la lluvia” y otras de “una gatita que le gusta el mambo”. Ella, tan diva, tan potra, tan caballota, arrojó un “meow”. Le contesté: “Pásale, pues”. Y desde ese día, entre el yin y el yang, entre su apego evitativo y mi apego ansioso, convergemos las dos jochis en el mismo departamento porque, como dijo la Chavela: “Yo no estudié para lesbiana, yo nací así, mis dioses me hicieron así. Para mí es un orgullo llevar el nombre de lesbiana”.
Sarahi Geraldinne Gómez Martínez
Inicialmente fue contratado en un taller mecánico donde cazaba ratones, aunque pronto quedó claro que su verdadera vocación era el sabotaje humano, pues se especializaba en emboscar tobillos con precisión quirúrgica. Una noche de tormenta llegó a nuestra puerta empapado y tembloroso. Al cruzar el umbral, ignoró mantas, cojines y camas acolchadas para elegir, como lugar de descanso, los uniformes médicos y las batas blancas perfectamente dobladas. Esa extraña fijación terminó por definir su identidad. No era un simple gato callejero, sino un profesional de la salud mentalmente inestable. Así nació el nombre Dr. Malito: “Dr.” por su gusto refinado por la indumentaria clínica y “Malito” por esa expresión que sugiere que podría recetarte un arañazo sin anestesia. Hoy ha colgado los guantes de combate y patrulla tranquilamente la casa hasta encontrar su lugar sagrado sobre los uniformes.
Laura Chinas
Mi gatito se llamaba Circe cuando llegó y era hembra. Después descubrimos que nanais, que era macho, justo en el momento de la esterilización, así que le cambiamos el nombre a Doctor (como el gato de Alexandre Dumas, Le Docteur), pero además, como lo castraron, le añadimos Fellineli (de Fellini), pero también en alusión a Farinelli, el cantante castrato. Y así es como Circe ahora se llama Doctor Fellineli.
Erika Rivadeneyra
En Pátzcuaro es común comer uchepos, los tradicionales tamales de elote tierno, dulces o salados, que se sirven con crema, salsa verde y queso fresco. Uchepo también es el nombre de mi gato tuxedo de casi nueve años, nacido en la Semana Santa de 2017. Llegó a mi vida para ser envuelto no en hojas de maíz, sino en brazos llenos de cuidado y cariño. Lo nombré así porque es esponjoso, dulce y suavecito. Para mí, no sólo es un felino, también es memoria, origen y afecto, y una palabra purépecha que todos los días me recuerda a mi hogar.
Tzitziki González
Fue arrojada sin más a la entrada de la casa, en un viejo saco de azúcar atado con un cable. La acompañaban sus cinco pequeñas hijas: Kali, Celeste, Naíma, Selva y Nínive. Cuando mi madre la vio, conmovida hasta las lágrimas, dijo: “Es una señora con hijitos”. Nos quedamos con toda la familia y, sin siquiera pensarlo, empezamos a llamarla “Señora”. Es una gata cariñosa, inquieta y ha demostrado ser la mejor madre del mundo, no sólo con sus hijas biológicas, sino con una retahíla de huérfanos entre los que se encuentran gatitos lactantes, perros agorafóbicos y hasta Macario el tlacuache, al que acogió lesionado y aterrorizado una noche de mucha lluvia. Hoy, Señora goza de un sitio privilegiado en casa, y en esa calidad de reina que ostenta, se sienta todas las noches junto a mi madre a ver series policiacas acompañadas de leche tibia y conchas de vainilla.
Perla Briyite Chávez Palacios
Es hijo de una gata callejera y el más pequeño de seis hermanos. De cachorro le gustaba vagar por el jardín y explorar todos los rincones de la casa hasta que una mañana, antes de irme a trabajar, no lo encontré por ningún lado. Entonces volteé a mirar la jaula de los perros —tengo tres: un gran danés y dos eléctricos, o, como dicen por ahí, corrientes— y ahí estaba mi gato que, invadido por la inocencia o enceguecido por la valentía, intentó convivir con ellos como si fueran sus hermanos. Éstos le triplicaban el tamaño y lo comenzaron a oler. No conforme con ello, el gran danés abrió las fauces y lo tomó por el lomo. En un arranque de miedo o, como dice mi madre, de instinto maternal, corrí a la jaula saltando la valla como un atleta y le arrebaté al perro el cuerpo babeado de mi gato. Por suerte, salió ileso. Desde entonces lo llamé Kamikaze, un gato que me recuerda que, a veces, hay que lanzarse a la vida con nuestra intuición. Ese día Kamikaze aprendió una lección, pero soy yo el que la practica.
Mitchel López Granados
Mi gato se llama Ciclo de los Ácidos Tricarboxílicos, CAT, pero de cariño le decimos “Krebs”. Le pusimos así porque tenía mucha energía y comía mucho (el ciclo de Krebs es el encargado de eso). Además, cuando se pone a dar vueltas como loco, podemos ver “el ciclo” de Krebs. Quiero mencionar que CAT es más grande que un perro Schnauzer.
Dan Yuna Urueta
Se hizo merecedor de sus nombres debido a dos particulares aficiones. Cuando lo conocí, era un joven gato sin dueño. Un día saltó la puerta del patio. No sé cómo se dio cuenta de la presencia de MiBi, mi hermosa siamesa punto chocolate que, para entonces, estaba muy enferma. Durante varias mañanas se plantó frente a ella, en el ventanal de la sala, para cantarle durante largos minutos. Después de negociar su adopción —a todo contestó con entonados “miaus”—, supe que se trataba de un príncipe cantor. Es por ello que se llama Calaf, igual que el protagonista de la ópera Turandot. Poco después, descubrimos que Calaf es asiduo admirador de las flores, sobre todo de las lavandas y de las rosas. Al llegar mi esposo del trabajo, suele correr a toda velocidad de la puerta del patio que rodea la casa al cuarto de lavado para atravesar la cocina, la sala y el comedor. Pero al cruzar el umbral de la puerta de la entrada, olvida el impulso original y se detiene en seco para oler las flores. Igual que Ferdinando, el manso toro de lidia del cuento de Munro Leaf, se embelesa con el aroma. La combinación de los dos apelativos puede sonar impactante; pero, maravíllense con el nombre completo: Calaf Ferdinando Guevara de la Sota.
Alejandra López Guevara
Lo conocí una tarde en una veterinaria de Santa María la Ribera. Me agradó su actitud hierática, su nobleza. En aquel entonces yo vivía obsesionado con el trabajo del historiador Aby Warburg y, cuando observé que mi minino se sentía muy a gusto entre los libros que iban llegando a casa —los observaba y olisqueaba—, no lo pensé más.
Arturo Ávila Cano
Cuando terminó la contingencia y regresé a la oficina, concluí que Corunda, mi gata, estaba muy sola; una tarde la encontré jugando con el cráneo de una vaca —un recuerdo michoacano— y decidí que necesitaba compañía con vida propia. A los pocos días, llegó a casa una bolita de pelo blanco con ojos azules. Desde el inicio, Inso se distinguió por desconocer los principios más elementales de la convivencia felina: territorialidad, respeto al plato de croquetas ajeno y, sobre todo, la sana costumbre de no pedorrearse por toda la casa. Aunque Corunda intentó ponerlo en su lugar a base de bufidos y arañazos, el pequeño Inso no sólo no se amedrentó, sino que parecía disfrutar del peligro. Para entonces aún no sabía qué nombre ponerle. Barajé dos opciones: Sombra, porque me parecía genial llamar así a un gato blanco, y Felini (sin comentarios, la vergüenza persiste). Una mañana, mientras retiraba del arenero unas cacas de mamut de ya saben quién, escuché en la radio que Chente, el charro de Huentitán, había pasado a mejor vida. Entonces tuve una epifanía. Tomé al gato y le dije: “Güey, eres Inso… lente Fernández”.
Leonardo Martínez Salgado
Martirio (blanca) se llama así en honor a la obra teatral de Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba. En este caso, nombre no fue destino, porque Martirio es un amor y ha hecho mi vida más agradable. No es el caso de Cosima Piovasco di Rondó (gris), nombrada así por El barón rampante de Italo Calvino, de cuyo personaje homónimo heredó el placer por la aventura y la pasión por subirse a las alturas.
José Luis Rangel
En enero de 2007 volvimos a casa con un gato llamado Gary, como el caracol de Bob Esponja; pero su nombre era demasiado ligero para un felino cuyo carácter parecía pedir algo distinto: necesitaba uno con personalidad y fuerza, pues se trataba de un espécimen grande, de aproximadamente siete kilos, pelaje negro brillante, de un año, con una mirada intensa y un temperamento fuerte, atrevido, casi desafiante. Por eso lo llamamos Ratzinger B7; la B, además, es por el apellido de la familia y el 7 porque es mi número de la suerte. Ratzi fue nuestro compañero durante diecisiete años. Hoy, aunque vive con nosotros un gato llamado Sr. Oscuro, su memoria aún habita la casa.
Carmina Montiel
Te encontramos Emilio y yo una tarde, caminando a casa después de haber comprado helados. Viniste tan manso, noble y tierno que no hubo otra opción que llevarte con nosotros. Algún parentesco debiste guardar con el general/presidente Obregón —tenías amputada la pata delantera derecha—. Ahora, Futuro, eres restos. Un pelito blanco en la chamarra que usabas para acostarte mientras yo leía; una pausa en la consola donde ya no hay una cabecita que acariciar. Recibir esa llamada y tratar de digerir que te habías terminado es una contradicción que sigo sin saber nombrar. Tenerte a mi lado hacía que todo se sintiera fácil. Porque mientras te sostuviera entre mis manos, sentía que nada malo podía pasar.
Mateo Sánchez Mejía
En un intento por convencer a mi entonces novio (ahora ex) de adoptar una gatita, lo hice partícipe de la elección del nombre para aquella flaquita tímida de rayas naranjas y amarillas. Salieron los más obvios y comunes (estaba pagando caro mi idea de hacer consenso). Semanas antes nos habíamos comprometido en un pueblito maya llamado Solferino, así que después de forzar un par de pistas, Solferina fue el nombre elegido (¡perfecto!). Al final, el novio se fue, el compromiso se disolvió y la boda nunca sucedió, pero Solferina se quedó a llenarme el corazón.
Ana Laura
En la cultura budista, Mara es un demonio que tentó a Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda, bajo el árbol Bodhi, antes de su iluminación. Esa filosofía recomienda que a los animales se les dé un nombre que tenga relación con el Dharma, esto es, las enseñanzas de Buda para superar el sufrimiento, con la creencia de que, al escucharlo, sembrarán semillas positivas en su mente y se establecerán huellas kármicas favorables para sus siguientes renacimientos. Para mí el nombre de Mara representa la posibilidad que tenemos todos de dominar las emociones, los obstáculos y los aspectos negativos que surgen día a día, y es el recordatorio de que podemos superarlos para alcanzar un estado de nirvana, la liberación del sufrimiento y del ciclo de renacimientos. Asimismo, es un deseo para que mi gatita Mara, de color negro y con un año y medio de edad, tenga un cuerpo humano y pueda lograr la iluminación en su siguiente vida.
Yesenia Hernández García
Cuando lo adopté, yo era residente de anestesiología y vivía agobiado por la carga de trabajo del hospital. Uno de los medicamentos que utilizamos en quirófano, el sugammadex, se llama Bridion cuando es de patente. El pelaje de mi gato —blanco con parchecitos anaranjados— tiene los mismos colores que la etiqueta del medicamento. Pero Bridion no sólo comparte patrones con la medicina, también representa lo que ese nombre significa para mí: control, calma después del caos, el momento en que todo vuelve a su lugar. Hoy, cada vez que digo su nombre, ya no pienso únicamente en farmacología, sino en bigotes, ronroneos y compañía.
Jorge Cabrera
Nuestros gatos son hermanos y siempre han estado juntos. La blanquinegra se llama Romualda Federica Segunda y el negriblanco, Torcuato Horacio Amundsen. Recién llegados a la casa, no sabíamos cómo ponerles, así que probamos muchos pares de nombres. Al final, Romualda y Torcuato nos dieron risa y ternura. Federica es el nombre de la primera gatita que tuvo Raquel y Segunda viene de que sus manchas son igualitas a las de Primo, otro gato que vivió con nosotros. En cuanto a Horacio, éste es el nombre de un personaje mío que es viajero y explorador, al igual que Roald Amundsen, porque el gatito siempre ha sido curioso y se mete en todo. (Para abreviar, les decimos Romy y Chacho: no les molesta y de todos modos no hacen caso.)
Alberto Chimal
Nunca habíamos vivido con gatos. Nahuala llegó con la cabeza rota a la casa de la infancia de David. Una vez me quedé dormida en el sillón y descubrí a una criaturita blanca subiéndose a mi cuello para acurrucarse; decidí adoptarla. Todos los días se miraba en el espejo durante algunos minutos; si nota que la observo, me mira a través del reflejo. Cuando me baño, se queda viendo las gotas de agua que caen al piso, fija la mirada hasta que termina la lluvia. Estoy segura de que Nahuala es gente y que anda por ahí pensando en lo absurdo e insensato de su elección.
Berenice Orozco
Estoy sola y triste hasta que llegan Nat y Luis. Vamos a Bacal. El mesero, turbo-guapo, nos trae una ronda de sotol cortesía de otra mesa. A la tercera ronda, lo invito. Después de un soliloquio pregunta: “¿Han ido a Vietnam?”. Después de una semana me manda unos versos. Le respondo: “¡NADIE NUNCA HA IDO A VIETNAM!”. Pasan meses y aterrizo en Culiacán. Me hospedo donde vivió Maradona. Estoy en el bar con un amigo cuando un hombre asiático, escoltado por dos bigotones, nos dice: “Sorry, this is my table”. Nos levantamos, pero él tiene mil preguntas. Lo interpelo: “But why Culiacán?”;“It reminds me of my hometown in Vietnam”. Mi amigo se conmociona; los escoltas, también. Ajá: soy la única en la mesa que no ha ido. Estoy con un capo vietnamita del MDMA, en el hotel de Maradona. Horas después amanezco en un mirador con unos culichis random. Con el sol, aparece un gato bebé. Me mira, maúlla. Yo lloro. No puedo dejarlo ahí.
Alessandra Abate
Es una gatita calico. Al tener tres colores, merecía tres nombres. El día que la llevamos por primera vez al veterinario se hizo pipí. De ahí, Fiona, “de miona”. Rayita es un guiño a la película Gremlins. Además de estar un poco loquita y morder mucho, como el villano de la historia, tiene una rayita blanca en la nariz que la hace inconfundible. Ramona hace referencia al segundo nombre del gobernador de mi estado (Hidalgo), ya que Fiona Rayita Ramona fue abandonada y rescatada detrás del Teatro Hidalgo Bartolomé de Medina, en Pachuca, justo donde se encuentra el edificio del poder ejecutivo. Casi siempre la llamamos Rayita o Rayi (o Pinshesha), Fiona queda reservada para el veterinario y Ramona aparece cuando hace travesuras.
Yolitzi
Es un gato muy hermoso, cariñoso y tímido. Le puse Piaupi para que tuviera un nombre único, que no fuera para humanos; también porque me sonó muy, muy, muy original. Matateno es porque le gusta cazar insectos y algunos de sus favoritos tienen antenas: mariposas, hormigas, libélulas, grillos y abejas. Matateno me sonó a “mata antenas”; además, tiene una “M” en la frente. Guapapanza es porque su pancita es suave, hermosa, calientita y rayadita; con ella comparte amor dejando que lo acaricies. Todos sus nombres fueron espontáneos y puestos con cariño porque lo queremos mucho y es parte de nuestro corazón.
Julieta (8 años) y su mamá Mayte
A Lupe no le gustaban los gatos, hasta que conoció a Ahuehuete. Lupe era mi mejor amiga; Ahuehuete, mi adorado gato; y yo estaba a punto de irme a vivir fuera de México. Lupe tenía ratones en su casa y este inesperado obsequio significaba la solución a su problema. Lo que ella no sabía es que él no estaba por la labor de cazar ni siquiera una mosca. Ahuehuete se llama así porque lo encontré bajo la sombra de un majestuoso sabino de Chapultepec. Fue una casualidad que pasara por ahí cuando un gatito de pelambre jaspeado y enormes ojos verdes salió a mi paso. No había rastro de su madre ni hermanos. Una chica que pasó a mi lado dijo: “Si no te lo llevas, se lo comerán las ratas; es muy pequeño”. Lupe y Ahue fueron entablando una frágil y conveniente amistad que se iba sellando mediante algún que otro rasguño, una eventual mordida y, desde luego, un cada vez más frecuente ronroneo. Ella vivía para “darle gusto”: le compraba comida gourmet, juguetes que jamás usaba y premios que lo iban poniendo cada vez más gordo. Ahue sólo hacía la siesta si estaba puesto el Disney Channel. Únicamente bebía agua Vichy. No me dio buena espina. La última vez que llamé a casa de Lupe, contestó una voz que decía: “¿Miau?”.
Laura Martínez
Lo adoptamos en Colombia; era de un señor de origen muisca. El abuelo le puso Xue, como una deidad central de la cosmovisión de esta población indígena: el dios del sol, asociado con la luz, el orden, la autoridad y el poder.
Ana Monroy
Atila acaba de cumplir dos años en febrero y lleva la penitencia en su nombre. A los pocos días de su llegada a la casa destacó como explorador y hábil cazador, además de ser voluntarioso y mostrar una gran seguridad al darse a conocer con los demás gatos —desafió a Ruffles, el líder de la manada—; aunque también es cariñoso y carismático. Sus actitudes y carácter me recordaron al rey huno, conocido como “aquél que nació para sacudir imperios”. Así llegó Atila, cambiando la estructura de la manada y sacándonos de nuestra zona de confort, bárbaro y empecinado como él solo.
Ana Carolina Buenrostro
Mi gato Schrödinger es la encarnación de la paradoja cuántica expuesta por el famoso experimento mental de Erwin Schrödinger, pues tiene heterocromía: un ojo es azul y el otro verde. En mecánica cuántica, una partícula puede existir en varios estados a la vez hasta que la función de onda colapsa. Mi gato, con sus iris de color distinto, parece habitar esa frontera donde la realidad aún no se ha decidido por una sola opción. Mientras que el gato del experimento está vivo y muerto al mismo tiempo dentro de su caja, el mío está en una superposición de azul y verde. Cada vez que me mira, me recuerda que la realidad es mucho más fascinante de lo que percibimos a simple vista.
Dr. José Arturo Alcántara Rodríguez
Ponerle nombre a un gato es un acto de responsabilidad narrativa. El mío se llama Kaito. De cariño Kai. A Kaito lo abandonaron cuando era bebé. Lo encontré en la universidad: diminuto, naranja y con una dignidad desproporcionada para su tamaño. Tal vez por eso, o por alguna lealtad simbólica, siempre he pensado que es puma. Hoy tiene dieciséis años. Elegí su nombre por su origen japonés y por sus significados posibles: “mar que vuela”, “océano que se eleva”, “líder del mar”, “ladrón fantasma”. Tiene una disciplina personal muy clara: dormir, observar, decidir. Se coloca frente a la ventana como si estuviera a cargo del horizonte y mira el mundo con una paciencia que yo no tengo. De pronto corre por el pasillo con urgencia, como si hubiera cometido un error moral y necesitara huir de él. Su afecto es breve y exacto. Lo nombré Kaito porque, aun siendo rescatado, nunca se ha parecido a un animal doméstico. Con él aprendí que quedarse también puede ser una forma de volar. Y que algunos pumas prefieren vivir en una casa.
Luisa Fernanda Nivón Ramírez
“Arenita, porque vive cerca del mar”, así te bautizó mi hermana. Arenita, suave cuando brincas a mi regazo y te quedas dormida; suave cuando me pides que te acaricie la cabecita. Arenita, indomable, porque persistes en salir, explorar y, al cabo de un rato, llegas con el pelaje lleno de maleza o toda “empanizada” de tierra. Arenita, tersa y agreste como el paisaje que te nombra.
Lourdes Alonso
Lo encontré ya adulto, corriendo por una avenida mientras yo iba camino al trabajo. Los vecinos me dijeron que al principio tenía collar porque alguien lo abandonó en un edificio con otros gatos ferales. Decidí llevarlo a casa para esterilizarlo y buscarle hogar, pero nos encariñamos demasiado. A Sor Juano le gusta leer conmigo, acurrucarse mientras hojeo un libro. Lo nombré de esa manera porque pasó de la calle al claustro. Antes era Juano de Asbaje, pero ahora que lleva una vida intelectual es Sor Juano Inés de la Cruz. A pesar de ser un nombre largo, responde a él.
tandehui Tapia Colunga
Es un gato siamés, bonachón y de mirada indisciplinada. Sus ojos, cada uno con vocación propia, fueron el origen de todo: estrabismo convertido en nombre; “Travis”, para que sonara más artístico y menos a expediente médico. Al principio fue el Sr. Travis, correcto, educado, de bigotes respetables, pero bastó observarlo con atención —y escuchar a una querida amiga, sabia en asuntos de palabras— para entender que no era cualquier gato. Su calma, su dignidad natural y su forma solemne de dormir largas horas exigían un título mayor. Así fue ascendido, sin objeciones, a Doctor. No receta pastillas, pero prescribe siestas. No toma el pulso, pero acompaña. Atiende desde el sillón, la cama o cualquier rayo de sol disponible, y cobra únicamente en croquetas.
Berenice Romero
Primero la llamé Luna, porque me acompañaba a todas partes durante las noches; en silencio y con aros luminosos. Durante el día, miraba por la ventana a los vecinos, los autos, los perros, las aves y las plantas; y cuando volvía a mí, veía los chismes en sus ojos verdes. Supe entonces que su nombre era Meche. Pero cuando su mirada juzgaba mis chismes, alargaba su nombre en regaño, en venganza: Mercedes. También la llamé Lluvia, pues sus maullidos me daban vida a cuentagotas. Y fue Gato Ceniciento, porque su pelambre era más brillante que la ceniza en un brasero ardiente. Mi abuelo le puso Coluda porque caminaba con la cola en alto; mi mamá y mi hermana le decían Gatillo porque así les gustó; y mi abuelita le decía Nieta, por ser tan libre y dormilona. Conformé le llegó la edad, se fue quedando sin nombres. No más vistas a la ventana, ni cantos de agua. No más cenizas en su lomo, ni fuego para levantar la cola. No más cacerías en la noche, ni un lecho placentero. La enfermedad la despojó de sus cien nombres y respondió sólo a Luna; en las noches siempre la vemos brillar.
Uriel Velázquez Bañuelos
Desde que lo conocimos, tenía una agustocidad abrumadora, con su pelaje blanco y negro, una mirada que mostraba desdén a todos, pero también de poeta romántico del siglo XIX; de hecho, únicamente le faltaba el turbante para parecerse a Lord Byron, de ahí su nombre.
Vladimira Palma
Hace diez años, recién titulado de la maestría con una tesis sobre el proceso editorial de Alfonso Reyes en sus Obras Completas, empecé a imaginar la posibilidad de adoptar un perro o un gato que se llamaría Alfonso. Una tarde, una amiga compartió en Facebook una foto de una mirruña naranja con cara de espanto: lo habían rescatado de una de las alcantarillas de tormenta de El Colegio de México (fundado por Reyes y otros compañeros suyos), a unos metros de la estatua del gran literato. El tabby rojo estaba teniendo una pésima noche, lleno de gusanos en la panza y con una patita lastimada por la caída en la alcantarilla de poco más de metro y medio. Apenas fue dado de alta, llegó a la casa. Siento que Alfonso nos mira con la curiosidad con la que Reyes veía a sus perros: amor; aunque también con todas las dudas de que seamos remotamente inteligentes y un poco de rencor por no dejarlo comer de nuestros platos.
Danielle Cruz
Adopté a la Tecu un 29 de febrero, necesitaba conocerla más y entender su carácter para nombrarla. Unos días después me enfermé terriblemente, no podía moverme —¿qué hice? ¿Cómo se me ocurrió adoptarla si ni siquiera puedo cuidarme a mí misma? Olas de dudas me recorrían—. Junto a mí: la calma. Mi gatita de dos meses dormía junto a mí. Sólo le podía repetir: “Te quiero mucho, te quiero mucho”.
Samantha Mayer
Cacio e pepe es una pasta que se compone de dos ingredientes: queso y pimienta. El caciocavallo es un queso de pasta hilada (como el quesillo) que se cura colgado, dándole forma de bola. Mi pareja y yo adoptamos dos gatos que sólo conocíamos por fotos. Al que llamamos Cacio había vivido con una familia que lo dio en adopción porque la hija más chica le rompió la cadera jugando con él. Pepe había vivido con sus hermanitos en una jaula para pájaros; era una bolita negra de pelos con dos ojitos, similar a los Susuwatari —los hollines errantes— de El Viaje de Chihiro. Pensamos en miles de nombres, pero ninguno parecía que fuera con ellos. Al que finalmente se le ocurrió fue a un amigo, que solamente nos mandó un mensaje que decía “Cacio y Pepe”. Y aunque mi pareja no tenía por qué sufrir de la pretensión heredada por mi ascendencia italiana, los nombres iban de la mano y quedaban con sus personalidades: su similitud con una bolita de queso y una de pimienta era innegable.
Antonella Parolini Arroyo
Cuando mi hermano y su esposa la adoptaron, la alergia de ésta hizo la estadía de la felina algo indeterminado. Era su gata, pero en cualquier momento dejaría de serlo. Entonces, las islas Malvinas sirvieron como inspiración. Un territorio en disputa; una gatita en disputa. Ahora que es mi compañera no hay indeterminación; pertenece a este hogar, a este regazo. Ya sólo hay ronroneos y caricias.
Danush Montaño
Después de un rescate de doce horas, en agosto de 2019, el nombre surgió por asociación cuando lo escuché atrapado en un garaje. Pensé: gato negro, garaje, oscuridad, humedad, moho. Este ser con el que convivo —medio salvaje, medio domesticado— se expande por mi vida como un hongo: ocupa mi mente, los huecos de la casa, mis manos y muchas de mis preocupaciones. Su mitad gato, a diferencia de su mitad hongo, ha hecho de la búsqueda del sol su principal ocupación. Tras varios días de lluvia, cuando por fin aparece el sol, Moho entra en estado de meditación. Podría describir cada gesto de su ritual: desde que se da cuenta de que los rayos han entrado a la casa hasta sus cambios de postura para que le alumbren todo el cuerpo. Cuando por fin lo consigue, cierra los ojos y suspira con una profundidad cavernosa, como si al exhalar arrastrara el peso de la historia de todos esos seres que, a diferencia de él, no han tenido la misma suerte y se han quedado a oscuras.
Andrea Traverso
Él era el gato de la casa de al lado, pero terminó en la calle. Durante meses, su rutina consistió en observar a mis gatos desde el tinaco del vecino. Un día escuché un chillido que venía de un depósito de agua viejo en mi casa; pensé que era uno de mis michis, pero al acercarme, encontré al pequeño panterita. En cuanto me vio no dudó en salir, listo para adoptarse él mismo. Aunque buscamos nombres elegantes, ninguno le quedaba. Entonces decidimos llamarlo en honor al lugar donde nos espiaba cada mañana y donde lo encontré cuando llegó para quedarse.
Anayeli Sánchez Tapia
Recuerdo mucho los jueves de mi infancia. Por la tarde, mi mamá y yo esperábamos a papá para estar juntos los tres. La dinámica en mi familia siempre fue complicada y, en ese entonces, mucho de nuestro tiempo se iba en trayectos entre la casa y la escuela o el trabajo, así que las tardes del jueves, aunque sencillas, eran especiales. Tiempo después me olvidé de esos días y fui tomando el rol de una adulta medianamente funcional. Seguí con mi vida hasta que ésta dejó de serlo y se convirtió en una consecución de eventos sin sentido con el mero objetivo de subsistir. Un día, en mi cumpleaños, me detuve a pensar: “¿qué estoy haciendo?”. Durante meses pensé en el propósito que le daría a mi vida; entonces, entré al sistema de distribución felina. Una amiga mencionó que conocía a alguien que había rescatado un gatito de unos perros, que le estaban buscando hogar… ahí supe que yo sería su hogar y que él, por supuesto, sería mi Jueves.
Brenda de la Cruz Cartagena
De cariño “Feis”. Cuando era pequeño, era el menos agraciado de la camada, por lo que lo llamábamos “el Feito”, ya que su pelaje era de un café claro de apariencia deslavada, desordenado y en algunas partes, incluso, parecía medio calvo. Poco a poco se fue suavizando a “Feis”. En una ocasión mi mamá lo regañó y, como buena mamá mexicana, al gritarle lo llamó por su nombre completo: “¡Facebook, bájate de ahí!”. A partir de ese día su nombre, para los controles veterinarios, demás trámites y cuando lo presenta a familiares y amigos, es Facebook. Ah, por cierto, creció y se convirtió en un hermoso gato siamés.
Michelle Volantín
Espectro, para quienes la queremos. Es una gata negra de ojos amarillos que representa la única entidad en el universo capaz de lograr lo imposible: escapar del horizonte de sucesos de un agujero negro. El horizonte de sucesos es esa frontera invisible que rodea a los agujeros negros, el punto de no retorno donde ni siquiera la luz puede salir. Más allá de ese límite, todo es absorbido inexorablemente hacia la singularidad central. Pero Espectro lo hizo. Escapó. Su pelaje negro es el testimonio de su origen, la oscuridad absoluta del pozo gravitatorio del cual emergió contra todas las leyes de la física. Y sus ojos amarillos brillantes son cuásares encapsulados tras su huída, esos núcleos galácticos extremadamente luminosos alimentados por agujeros negros supermasivos que devoran materia y crean discos de acreción resplandecientes. Cada ronroneo suyo es un recordatorio de que hasta las fuerzas más poderosas del cosmos tienen su contraparte: una gata negra de ojos dorados que decidió que las reglas del universo no aplicaban para ella.
Gabriel Charles Cavazos
Mi gato se llamaba Batman, hasta que un día de invierno, para que no se congelara, le puse una cobijita blanca. Cuando toda la familia veía una película, llegó con la cobija en el lomo, caminando con solemnidad de emperador en plena marcha triunfal. Me recordó a Gladiador; nos dio tanta risa que pensé: “este gato merece un nombre nuevo”. Así nació Bátximo.
Sara Gutiérrez
Un martes cualquiera, en pleno verano, mientras me preparaba para ir a la Facultad de Arte y Diseño, recibí un mensaje de mi mamá. “¡Mira lo que nos trajo la mañana!”. Era la gata más chistosa, flaca y narizona que había visto en mi vida. La nariz de bola era tan grande que casi le tapaba la mirada. “Qué gatita tan tierna”, pensé en mi malhumor, esperando que mi mamá no se atreviera a adoptar un tercer gato. El fin de semana llené mi mochila de ropa sucia y salí de mi cuarto en Xochimilco para ir a mi casa en Cuautitlán. “Se llama Chanclita” dijo mi mamá, con gesto serio. “¿Chanclita?”, le pregunté, aguantándome la risa. “¡Sí! Es que, por más que la sacaba, encontraba la forma de volverse a meter y escabullirse por ahí; tanto que, de repente, nada más veía algo café y maltratado por el rabillo del ojo y me volteaba para sacarla, pero luego me daba cuenta de que sólo era la chancla vieja de tu papá… aunque a veces sí era ella.” Chanclita, Chancla, Changuita, Chango-león, chango-mión, Simonk, ¡Tejón! (cuando hace desastre), Cub, Cubsito, Pantufla y hasta La Huaracha Sabrosona son algunas mutaciones de su nombre.
Andrea Damián
Estroncio (Sr) es un elemento de la tabla periódica de color blanco que se utiliza en la pirotecnia; aquí, hace referencia a lo explosivo y dinámico. En una ocasión salió de casa por tres días. Después de un puente largo, al regresar a la oficina, lo encontré en el área del albergue; cuando escuchó mi voz asomó su cabeza y nos reencontramos. Nunca sabré cómo llegó a la oficina ni lo que sorteó para encontarme.
Marha Salazar Ulloa
Nimo es un gato altivo, elegante y discretamente afectuoso. Antes de ser mi gato, fue de mi casa, una vivienda con patio grande y jardín de plantas salvajes. Un espacio donde vivió una familia de amigos míos. Nimo eligió esa casa y a esa familia como suyas. Simplemente empezó a llegar a dormir ahí. Mis amigos aceptaron a Nimo como su gato: “Ni modo, tenemos un gato. Lo llamaremos Nimo porque, pues, ni modo”. Un par de años después, mis amigos se fueron a otro país y yo me mudé a esa casa. El gato venía incluido. Y yo pensé: “Ni modo, tengo un gato” y mi familia se volvió su nueva manada. “Ni modo”, habrá pensado Nimo, “ya tengo una nueva familia”.
Francesca di Saint Pierre
Cuando conocí a Omar, le decían Pixie y era de una señora que vivía y trabajaba en una tortillería. Siempre me gustaron los gatos negros y éste era muy amigable, me podía acercar a verlo sin tocarlo. La señora me lo cedió porque su empleador no la dejaba quedarse con él y ella temía dejarlo en la calle porque la gente es muy mala con los gatos negros. Me lo quedé, lo llevé al veterinario y Pixie resultó macho. Le cambié el nombre a Salem. Se desaparecía entre mis muebles, que son oscuros, y me fue tomando la medida hasta que su chiqueación llegó al límite. Mi mamá, de broma, lo comenzó a llamar Omar, porque en el kínder tenía un amiguito, hijo único y completamente consentido, que le gritaba a su mamá para que bajara a todos los niños del brincolín y poderse subir el solito. Entonces, Salem hizo más caso cuando le decían Omar.
Jimena Cuevas
Se llamaba Meow Meow.
Y el gato seguía sin maullar.
Así que gordo, flojo y gris, le pusimos Licenciado Simón.
Simonchi, a veces.
Chimo.
Hasta el día que saltó por una ventana.
Iba y venía por toda la colonia.
“¿Y si no regresa, mamá?”
Descubrimos que tenía otros nombres.
Unos vecinos le pusieron Monty.
Otros Sid, por viajero.
Lo encontrábamos en sus jardines,
bajo los coches.
Y caminando así nomás por la banqueta.
Nunca regresa cuando lo llamamos.
Pero responde a “Simón”.
Voltea, se nos queda viendo, y sigue como
si nada.
Si nos ve cerca, corre rápido y salta, con
todo y su gran panza.
“Mamá, cuando sea grande yo tampoco
voy a volver.”
[…]
El Licenciado Simón ronronea
infinitamente
igual que ese día
cuando los niños supieron antes que yo
todo lo que el gato que no maúlla nos iba
a decir.
Que somos esta persona y ésa también.
Que todos vamos y venimos.
Seguimos al sol.
Y llegamos a casa.
Alexandra Délano Alonso
Imagen de portada: Brünnhilde, 1936. Fotografía de Adolph E. Weidhaas. Library of Congress ©.
Selección de Claudina Domingo, Laura Ímaz Álvarez Icaza y Elizabeth Zúñiga Sandoval. ↩