La vida después de la cárcel
Leer pdfPues miren, jóvenes, la verdad, yo vengo de un reclusorio y no quiero volver a delinquir. Simplemente regálenme una moneda que no les afecte su economía, pero de esas doraditas. Las doradas son las de a diez. Evítenme la pena de quitarles sus anillos, sus alhajas, su reloj o su celular.
La primera vez me agarraron por robar perfumes en Tepito. A los dieciséis años estuve en mi primera cárcel, en el tutelar de menores. Y, pues, empiezas a vivirla —ahí eres tú—, a sobrevivirla tú. Yo no tenía visita. Veía que a mis compañeros los llegaban a visitar sus madres, sus hermanos y, pues, si tú estás solo, nada más te quedas viendo a la puerta a ver a qué horas llegan y te ven. Desde ahí empecé a perderle el sentido a la vida, a perderle el valor, más que nada. Yo nunca me dejé hacer las tres garras: un tatuaje que es como el símbolo de que ya estuviste en la cana y, si vuelves a caer, quiere decir que ya te la sabes, pero yo no quería que me marcaran. Estando ahí te comienzas a proyectar como delincuente y es inevitable que conozcas gente de más arriba. Cuando salí, un amigo del tutelar me conectó con su tío, que estaba pesado en la Familia Michoacana. Me trataba como a su hijo, nunca dejó que me drogara. Él me quiso y yo también lo quería. Fue ese señor el que me enseñó a robarles a empresarios y, así como Robin Hood, a repartir el botín con todos los que participaron por igual. Yo iba con empresarios de varo. Me los ponían casi siempre sus secretarias o algún colaborador. Les ofrecía un 20 %; ellos me daban toda la información y yo siempre les pagaba. No me gustaba ser violento, hasta les hablaba de usted. Me les ponía enfrente, nomás les mostraba el arma y les decía: “Evíteme la pena de agredirlo o de que acabe con su familia. Lo tenemos bien ubicado. Su hija se llama fulana; su hijo, zutano, y están en tal lado. ¿Sabe qué? Yo por usted no pido nada, porque usted no vale. Yo le pido cinco millones por su familia. Está en sus manos. No sé cuánto los valore”. Entonces, pues así fue. Me hinché de billetes. Eran otras épocas, no había casi cámaras de seguridad. Nos echábamos varios de estos robos al año. Tenía coches, mujeres, drogas. Yo me sentía poderoso, estaba orgulloso de mí. De ser un chamaco que sus padres abandonaron con su abuela, que se crió casi solo en el barrio, que pasó hambres y frío… me convertí como en un rey que lo tenía todo.
Un día me agarraron. Ya traía una colota y había muchos empresarios tras de mí. Me mandaron a Barrientos y ahí me encontré a un carnal de Tepito que vivía a dos cuadras de donde yo viví con mi abuela. Él, al saber en qué nivel estaba, como que me empezó a abrir camino, en el aspecto de que les decía a los demás caneros: “A él me lo respetan, porque viene de un alto pedorraje, o sea, él no se anda con que le voy a jalar la bolsa a la viejita o a robar un celular”. Estuve seis meses en Barrientos. Yo tenía mucho varo y mis compas me ayudaron a pasarles una feria al fiscal y al juez. Salí y volví a lo mismo. ¿Qué más sabía hacer? En esas andaba cuando conocí a una muchacha de clase humilde, igual que yo, pero de familia honrada. Me enamoré mucho y nos casamos. Yo le di de todo: casa, coche y cuenta en el banco para que gastara en lo que quisiera. Durante varios años no supo de dónde salía el dinero; le decía que me dedicaba a los bienes raíces. Ella me creía o se hacía la que me creía, porque yo apenas y acabé la primaria. Un día que estaba borracho, me quité la máscara y le conté lo que hacía. Para ese entonces ya teníamos tres hijos que eran toda mi adoración. Le dije que no quería que, de grandes, nuestros hijos fueran como yo, pero tampoco quería que, de niños, pasaran todas las carencias que pasé. Ella no me dejó, pero nada volvió a ser igual. Al poco tiempo la encontré con su amante y lo maté.
Me metieron en Santa Martha y me aventaron veinte años. El primer año fue un horror. El güey que maté tenía un hermano que pagaba para que me pegaran los custodios. Todos los días, a las siete de la noche, me metían a un cuarto de cuatro por cuatro y ahí descargaban toda su muina. Empecé a lavar ropa de otros internos para sacar feria. Ahí en la cárcel, el más león se vuelve gato. Con el dinero que sacaba les pagaba a los custodios para que no me pegaran. Ellos cobraban doble y también cobran lista. Pero un día decidí ya no pagar lista. El custodio me decía: —Juan Martínez, ¡Juan Martínez!, ¿qué no estás oyendo tu nombre o qué? —Pues, ¿qué no me estás viendo? —No, tú sí necesitas que te den otra calentada. —Pues dámela. ¿A poco sí me retas nada más por tu uniforme? Nada más por lo que te acredita como policía sientes que tienes todo el poder. Estás mal. Pero quítate el uniforme y eres lo mismo que yo: un ladrón, un golpeador y un matón. Desde ahí los custodios me fueron midiendo, porque les dio temor de que yo nada más tenía que agarrar mi teléfono y marcarles a mis carnales de afuera para decirles: “¿Sabes qué? Es Fulano de Tal. Pónganle cola. Maten a su familia”. Ése es el miedo que tienen, porque nosotros estamos más malos y más locos. Ya no tenemos nada que perder y ellos sí. Al principio mi esposa quiso entrar a verme, pero yo no quise. Acabé de alejar a mi familia porque es tanta la culpa de lo que causaste, tanto lo frío, tanto lo sucio, que después de haber sido aquel rey, yo no quería que me vieran allá adentro, mal vestido, mal comido y golpeado. Yo ya había cruzado el puente más grande, de robar a matar, y eso sí que no era un orgullo. Prefería que ellos siguieran su vida sin mí… Sin mí, ellos son alguien en la vida. Los años que estuve ahí me la pasé martirizándome, haciendo puro ejercicio y buscando en el patio no a quién me la hiciera, sino a quién me la pagara. “¿Qué me ves? ¿Qué me estás viendo?” y ¡pum!, se armaba el tiro a cada rato. Yo lo que quería allá adentro era que también terminaran conmigo, que me picaran y ya se acabara mi libro, que yo ya no fuera nada. De tantas riñas me trasladaron al Oriente porque, tarde o temprano, si ocasionaste un homicidio, podrías ocasionar más.
Bomba bomba bomba,Cinco estrellas,2023. Imagen cortesía del artista.
Cuando me movieron ahí me transformé en otra persona, me quedé mudo. No hablé en mucho tiempo; lo único que decía era “no tengo hambre” cuando me querían dar de comer. Como nadie me mataba, me estaba matando solo. Por ese entonces recibí una carta de mis papás que decía que me olvidara de ellos. Yo les contesté que yo era huérfano, que ellos me habían olvidado a mí desde chiquito, cuando me abandonaron con mi abuela sin darme ninguna explicación. Ahí fue cuando me volví a drogar: piedra, mota, coca, pastillas, todo lo que tú quieras. Todo te lo venden ahí dentro y yo me la pasaba en otra vida, en otro mundo. En la cárcel todos los días, te juro, ves la maldad y ves también la nobleza de la gente que está pagando lo que no hizo. Y la maldad pesa, el miedo controla, como en todos lados. Nosotros, los que matamos, teníamos como un nivel superior y los que iban por robo estaban como en el nivel kínder. Para conseguir droga bastaba con talonear a los del kínder en los pasillos. Me les quedaba viendo y con una mirada los mataba. Luego luego les olía el miedo. “¿Sabes qué? Ahí llevas dinero y presta.” Así me pasaba el día. Todas las noches tenía un fajote de lana. Me pasé esos años alucinando con estar con mi familia. En la cárcel cero ventanas, pero por las rejas entraban y salían pájaros, gatos, ratas, y yo decía: “Quisiera ser ese gato o esa rata para salir de aquí” o “yo quisiera ser esa paloma para poder ver cómo están mis hijos, cómo están de grandotes; o sea, ver, aunque sea de lejos, la ilusión que perdí”. Porque perdí esos caminos: cambiar pañales, jugar con ellos, cuidarlos, protegerlos, verlos crecer. A veces escuchaba música y me imaginaba a mi hija bailando, siendo feliz. A veces también pensaba en mi esposa… Aunque terminamos muy mal, la valoro mucho. Porque mis hijos ahorita tienen carrera, como haya sido, los tres, y ella sola lo hizo, sin necesidad de su padre. Cuando compurgué me llamaron a los juzgados. Me daba miedo salir… ¡lo que habrá cambiado todo allá afuera en estos veinte años! Pero me di valor, agarré mi papeleta, bueno, mi boleta de salida, me la escondí en la axila y ya vas pa’ fuera. Y todos como que empiezan a notar esa vibra, ese “ya se va, ya se va, ya se va”, y pues mi semblante era de libre, de alegría, de gusto, de pensar que el castigo terminó y que podría volver a vivir, buscar a los que agredí, pedirles perdón, decirles que ya no soy ese Juan. Ese día, en la mañana, me puse a hacer ejercicio y me bañé varias veces… salía de la regadera y me volvía a meter. Quería sentirme limpio. Salí en la madrugada, a las dos de la mañana. A esa hora nos sacan. Nada más se abrieron las puertas del penal y me quité la ropa. Si tú vas a las afueras de un penal por la noche, vas a ver un montón de ropa azul y beige. Como dicen: “Quítate todo, déjalo ahí y no voltees para atrás”, y fue lo que hice. Me quedé en bóxer. Nadie fue por mí, no tengo a dónde ir. Me quedé a dormir ahí, afuera del reclusorio, semidesnudo, sin una cobija, pasando frío, en posición fetal, como si hubiera vuelto a nacer, pero otra vez huérfano. No era el único… varios de los que salieron esa noche también se quedaron ahí, igual que yo, a las puertas del reclusorio, sin tener a dónde ir.
Este texto está basado en conversaciones reales
Imagen de portada: Bomba bomba bomba, Cárcel es fe y viceversa, 2022. Imagen cortesía del artista.