Poemas
Leer pdfNo. No es gris. Lo que por convención poética llamamos gris
es apenas un beige de claridad uniforme, un parduzco estival de tiempo acumulado
cuyo lento proceso de podrirse
duerme ininterrumpido por el flujo del aire. Por este cielo beige no vuelan pájaros. Sobre las alambradas, por encima del pasto o el cemento, todas las superficies son de polvo. Palimpsesto de huellas. Quedan sólo retazos de significado: basura de palabras judiciales; meses; años quietos ahí, sedimentados en discursos inmóviles; unas catorce hectáreas de momentos estáticos; jirones de guitarras-marioneta
lánguidamente desgarradas, desgarradas así: por décadas de uñas. Quedan sólo las sílabas partidas, la mecánica ciega de las estaciones, de las cartas de amor descompuestas en polvo, beige y dudosamente enamorado. Todos, todos los tonos concebibles del beige
son siempre exactamente el mismo tono: el imborrable no-color de la arena
de este reloj enorme. Desde las muchas cosas interiores, se decanta el color
de lo artificialmente detenido
y beiges son los rostros y las rejas
y beiges las paredes
y beige la pobre ropa que los presos se tejen
con esa dignidad pepenadora: con las sobras del tiempo. Nadie escapa
a la lenta ceniza del beige en su espesura: ni el principesco cábula con su corte de monstruos, ni la borrega vil por más que ponche, ni el compulsivo brazo del nahual, ése a quien nada humano le es ajeno. Hasta el barrio indigente que rodea
la inmensa barda como una mala madre, el blanco siempre abierto de los ojos, las armaduras negras de los simios, la sangre ocasional
y hasta el azul sin nubes de finales de marzo
son aquí de ese límpido, de ese transparente
color beige. ¿Qué ha de decir apenas un turista? Después de dos, de seis, de nueve años, dudo
que sea posible hallar ese color
quieto en algún resquicio mínimo del mundo, sin caer en un shock de pupilas quebradas, en un derramamiento
de agujas turbias bajo los lagrimales. Así que no, de ninguna manera. Lo que por convención poética llamamos gris
es más bien ese beige, único e imposible, que escurre de la boca de un Cronos detenido
en este solo y largo instante fotográfico
de comerse en nosotros, en todos, a sus vástagos.
(Para Justino y Eric: que salgan pronto)
Sé que es Mictlantecuhtli quien me arrastra, sé que es él quien me arresta y, con la toga puesta, él mismo ahora me levanta el acta. Una cárcel compacta, el Reclusorio Oriente se muestra de repente como el círculo interno de otra cárcel mayor: El barrio es el infierno. Pero peor. Laberinto de feria, el oriente es de polvo y de miseria: Laberinto estratégico, el círculo interior de la Ciudad de México es su mitad oriente. Un círculo tras otro donde nada se siente, dentro de otro más ancho. Un preso lleva el rancho en tambos de pintura. Es el círculo interno de nuestra cultura. Cultura del infierno. Mictlantecuhtli reina en este emporio, pues dentro del país está el oriente y dentro del oriente el Reclusorio. En círculos concéntricos de aspiraciones rotas, en círculos concéntricos de cemento y de odio, con uniforme y botas de custodio, no sufre, no se alegra. Botas y ropa negra. Sin levantar la voz, cumple de todos modos. Allí Mictlantecuhtli nos espera a todos.
Estos poemas pertenecen al libro De la materia en forma de sonido (DGP/Instituto Veracruzano de Cultura, 2015) y se reproducen con permiso del autor.
Imagen de portada: Gina Arizpe, Cerramiento [registro en video multicanal de la acción artística en el Archivo General de la Nación], 2011. Cortesía de la artista.