Guillermo Prieto y Lucas Alamán: reflejos de una misma llama
Leer pdfPara el caminante, la Ciudad de México cuenta historias que se escabullen entre sus baldosas, terregales y adoquines; con la mirada atenta en el campanario de la catedral puede adivinar la silueta de una mujer a punto de lanzarse al vacío y escuchar el golpe contra el lugar en donde estuvo empotrado el Calendario Azteca. Si el caminante dirige su mirada hacia el poniente, recorriendo la otrora calle de Tacuba, puede atisbar el Panteón de San Fernando, donde coincidieron, con un dejo de ironía, los restos de Benito Juárez y Miguel Miramón.
La historia de nuestro primer siglo como nación independiente estuvo marcada por la búsqueda de la construcción de una patria diamantina, propia y alejada del pasado inmediato, y, al mismo tiempo, por el ansia de continuidad, pues quienes ostentaban privilegios no querían perderlos. Dos visiones de un país recién nacido, cuyos muchos males tuvieron su origen en las luchas intestinas más que en las intervenciones extranjeras, si bien éstas estuvieron llenas de sevicia y expansionismo colonialista.
En la tribuna pública de esta ciudad se libraron batallas con armas y plumas. Si Ignacio Manuel Altamirano buscó con El Renacimiento, en 1869, la concordia nacional, una reconciliación entre las distintas facciones intelectuales mediante la búsqueda de un bien mayor, el último tercio del siglo XIX atestiguó que éstas no fueron posibles.
En la Hacienda de San Javier, por ejemplo, dos ilustres apellidos se tornaron adversarios por las álgidas circunstancias de aquellos tiempos; el norte de la ciudad cobija una más de las acerbas historias de la prensa mexicana, la cual muestra cómo nuestra República de las Letras habitaba las páginas de los diarios y publicaciones periódicas y contendía por la construcción de un sentido de patria: el 27 de abril de 1880, después de un profuso intercambio de artículos y editoriales entre los redactores de los diarios La Libertad y La Patria, se llevó a cabo un duelo con pistolas y quince pasos de distancia entre Ireneo Paz y Santiago Sierra. El primero, fundador de La Patria, se inclinaba por la candidatura presidencial del general Trinidad García de la Cadena; el segundo, redactor de La Libertad, lo hacía por Manuel González, candidato considerado oficialista.
A principios de la centuria, a la luz de la recién consumada independencia, si bien existían los trabajos de autores como Manuel Sánchez de Tagle, Andrés Quintana Roo o Manuel Carpio que anunciaban la nueva constitución nacional, hacía falta que en una figura se juntaran las distintas ideas. José María Prieto Gamboa y María Josefa Pradillo y Estañol celebraron, el martes 10 de febrero de 1818, la llegada de José Guillermo Ramón Antonio Agustín Prieto Pradillo. Antes de saber de la vida y sus enseres en lo que hoy es la calle de Mesones, en el Centro Histórico de la capital, Guillermo Prieto vivió una infancia dichosa en Tacubaya, Molino del Rey.
Guillermo Prieto, ca. 1887. The Benson Latin American Collection, University of Texas at Austin, dominio público.
Sin embargo, aquel que fue más tarde el paladín de la Reforma y acompañante de Juárez en su larga peregrinación por el establecimiento de una república, y aquel que vivió tres intervenciones extranjeras, no disfrutó del bienestar por mucho tiempo. Apenas a los trece años, sufrió un gran golpe: la muerte de su padre, que conllevó el despojo de los bienes familiares.
“Dormía en la reducida salita de la casa en un colchón que por su poca lana había perdido el nombre, y le llamaba ya torreja, memela”.
El convulso siglo XIX forjó su carácter. A los diez años supo del motín de la Acordada, acaecido por la inconformidad ante los resultados de las segundas elecciones presidenciales en México; a los dieciocho, en 1836, fundó la Academia de Letrán y, a los veintiocho, en 1858, espetó ante el pelotón que se aprestaba a fusilar a Benito Juárez, en Guadalajara, la perenne frase: “¡Los valientes no asesinan!”. Prieto —diablino, costumbrista— cuenta que la Alameda fue su gimnasio poético y que en su primera juventud “dormía en la reducida salita de la casa en un colchón que por su poca lana había perdido el nombre, y le llamaba ya torreja, memela”.1 La pobreza con la que vivió contrasta con la riqueza de su obra; su sino fue compartido por muchos de sus compatriotas, pero, también, fue opuesto al de algunos pocos privilegiados que tomaron el rumbo del país en sus manos. Uno de ellos, Lucas Alamán:
descendiente por la línea materna de Pedro de Busto que en 1475 hizo proclamar en Ocaña a la reina Doña Isabel, y de D. Francisco Matías de Busto y Moya, primer marqués de San Clemente y vizconde de Duarte, fue hijo de Juan Vicente Alamán, natural de Ochagavia en el valle de Salazar en Navarra, y de Doña María Ignacia Escalada.2
De tal linaje y prosapia, no es de extrañarse que Lucas Alamán, historiador, político, escritor y políglota —conocía el griego, latín, italiano, francés, alemán e inglés— fuera el diputado representante del continente americano en la corte del Trienio Liberal español, puesto que, además, había llegado a Cádiz en 1814, a los veintidós años, y entablado relaciones políticas de cierta influencia. Lucas Alamán regresó a México una vez consumada la Independencia, en 1823, año en el que fue electo, el 12 de abril, como ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del Gobierno Provisional de México que sucedió a la disolución del Primer Imperio mexicano.
A los pocos años, Alamán creó el Museo Nacional y el Archivo General, conservó la estatua de Carlos IV —conocido popularmente como “El caballito”— y preservó los restos de Hernán Cortés de un posible saqueo como consecuencia de algún “fervor nacionalista”. Él mismo precoz, junto a Prieto tuvo una vida política extensa, si bien la diferencia de edades era considerable: el motín de la Acordada, que Prieto vivió como niño, fue parte del escrito de defensa de Alamán cuando lo inculparon por el asesinato de Vicente Guerrero.
Alamán, de origen español y de cuna privilegiada, no deja duda de su inclinación; Prieto, tampoco. En dos estadios de la literatura mexicana, separados por apenas un par de décadas, ambos fueron protagonistas. Alamán, primero, durante el proceso independentista y sus derivas; Prieto, en la larga lucha que precedió a la constitución de la república. Sus encuentros se dieron, de manera natural, en la hoja impresa. La distancia generacional y el tráfago político que marcó la vida de Alamán no permitiría que ambos se encontraran más que en el imaginario de los lectores decimonónicos. Prieto, junto a Ignacio Ramírez, fundó el diario Don Simplicio, desde donde tomaron las plumas para fustigar la ideología conservadora. Alamán, ilustrado político, fue, durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX, el faro intelectual del conservadurismo. Escribe Alamán:
Queremos conservar la religión católica, sostener el culto con esplendor… impedir por la autoridad pública la circulación de obras impías e inmorales; deseamos que el gobierno tenga la fuerza […] nos oponemos al régimen federal, al sistema representativo y a las elecciones populares […] perdidos somos sin remedio si la Europa no viene pronto en nuestro auxilio.3
Pascual Alamán Castrillo, Lucas Alamán, ca. 1861. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, INAH, dominio público.
Así, a las ideas de continuidad de Alamán, se enfrentó el liberalismo de Prieto. El primero era la efigie que encarnaba el viejo régimen. La pugna intelectual que ambos sostuvieron desde sus trincheras representaba dos modos de entender su realidad. Por un lado, Alamán veía en el proceso independentista un mal innecesario y dejó en sus Disertaciones sobre la historia de la República mexicana y la Historia de México su postura:
El pueblo, puesto ya en conmoción, corría a saquear las casas de los españoles y a conducirlos a la cárcel […]. A [la] alteración de la verdad de la historia, se debe sin duda el que la República mexicana haya escogido para su fiesta nacional el aniversario de un día que vio cometer tantos crímenes, y que […] empleó para su ejecución unos medios que reprueba la religión, la moral fundada en ella, la buena fe de la sociedad y las leyes. […]. Ha presentado a la nación lo que no debe ser sino objeto de horror y de reprobación.4
Por su parte, Guillermo Prieto atacó con febril encono la posición política de Alamán, por ver el futuro de la patria en un lugar lejano y asociado a su pasado. Así, Prieto escribe:
Creía entonces, como creo ahora al señor Alamán, un fanático cerrado en política, que creyó inmadura la independencia, y como una insurrección de criminales el grito de Dolores, y estaba persuadido de que eran una serie de delirios sacrílegos y peligrosos, los principios que proclamó como dogmas la revolución francesa. Y estas creencias eran tan obstinadas en el señor Alamán, que aunque él, el primero, denuncia en su historia abusos, y censura prácticas funestas, encarece el sistema colonial, cerrando los ojos a la verdad y condenando como charla impía la propaganda de la libertad.5
No obstante, la guerra contra la invasión estadounidense los unió más de lo que la tribuna pública de la letra impresa pudo haberlos distanciado. Después de la derrota del ejército mexicano en el mes de agosto de 1848, Prieto cuenta cómo, acompañado de su madre, su esposa enferma y sus tres hijos, llegaron a una casa de “rica apariencia” que un criado les ofreció. En algún momento, Prieto aprende que quien les daba techo era Alamán; en sus Memorias de mis tiempos, se sincera:
El hospedaje me fue altamente desagradable por mis hondas prevenciones políticas por el señor Alamán, contra quien había publicado todo género de dicterios y a quien me pintaba mi fantasía como a un Rodin, tenebroso, sanguinario y espanto del mismísimo Satanás […]. El señor Alamán, a la caída de la tarde, pasaba por el frente de mi cuarto, con su sombrero de paja de grandes alas, su grueso bastón y su levita de lienzo […]. Al pasar por mi cuarto me decía: —Señor don Guillermo, ¿damos una vuelta por el jardín?… Yo contestaba brusco y de mala manera, porque como he dicho, tenía fuertes prevenciones contra aquel señor […]. La señora mi madre, mortificada por mi conducta, en una de las invitaciones me puso mi sombrero en la mano y dijo al señor Alamán: —Allá va, señor.6
La prudencia materna se impuso sobre el carácter rijoso del joven levantisco. A estos encuentros y paseos obligados por las circunstancias se sucedieron pláticas interminables en donde el carácter sereno de Alamán neutralizaba la febril exaltación de Prieto.
Pierre-Frédéric Lehnert [artista] y Julio Michaud y Jean-Baptiste Thomas [impresores], Indios carboneros. Vista general de México desde Tacubaya, ca. 1835. Amon Carter Museum of American Art, dominio público.
Es cierto que aunque Lucas Alamán se había alejado de la política desde mediados de la década de los treinta, su impronta en el devenir de la nación prevalecía: fue uno de los colaboradores más destacados de los diarios conservadores El Tiempo y El Universal, formó parte de distintos gobiernos cuando se estaba constituyendo el país y, entre otros encargos, veló por los intereses del duque de Terranova y Monteleone, descendiente del invasor, como representante legal, al gestionar la venta de sus bienes.
Esto es apenas un atisbo de los alcances que tuvo don Lucas Alamán con las clases privilegiadas del país. Prieto, por su parte, fue despojado de las posesiones paternas; liberal de pluma y espada, cristalizó en sus escritos un humor que también se manifestaba en su vida cotidiana. La insistencia de su madre provocó que al primer paseo se sucedieran otros. Y en la obra que publicó póstumamente su viuda y que editó Nicolás León en 1906, casi cincuenta años después de su encuentro con Lucas Alamán, se vislumbra un mea culpa:
Esa tarde hablamos de cosas indiferentes y de algunos oradores españoles. Al siguiente día nos empeñamos en discusiones literarias, a los quince días buscaba yo al señor Alamán, por el encanto de sus narraciones de viaje, su versación profunda en las literaturas latina y española, sus tesoros de la historia anecdótica de la Francia y la España. Por supuesto que no había en estas conversaciones la más leve alusión a la política […] recibí distinciones del señor Alamán que me hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que a veces combatí las suyas.7
Ambos hombres se enfrentaron en la tribuna pública de las publicaciones periódicas. Las distintas concepciones que cada uno tenía del país los colocaron en posiciones encontradas; sin embargo, los largos paseos por el jardín, —imagino el paso cansino de Alamán junto al febril andar de Prieto—, los acercaron. Su pugna era política, pero ésta podía pausarse ante sensibles charlas que abordaran otros asuntos. Entre lecturas, anécdotas y versos construyeron una breve pero indeleble amistad que Prieto recordó cuatro décadas después.
Ahora ambos reposan en la historia mexicana de aquel siglo tejido con sangre, guerras intestinas, intervenciones y profundas desavenencias. En el duelo de la Hacienda de San Javier, Santiago Sierra fue muerto a los treinta años por Ireneo Paz, quien rozó los noventa. Lucas Alamán nació en la Nueva España y murió en México en 1853, cuando desempeñaba el último encargo de Santa Anna. Y Prieto, periodista, liberal y fundador de la Academia de Letrán, llegó a vivir casi ochenta años, en los que dio cuenta de la realidad nacional. Dos instantes de un siglo delineado entre enconos y desencuentros. Dos reflejos de una misma llama: la patria como oficio.
Imagen de portada: Carl Nebel [dibujante] y Adolphe Jean-Baptiste Bayot [litógrafo], Entrada del general Scott a México, 1851. Amon Carter Museum of American Art, dominio público.
Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos 1828 a 1840, t. 1, Librería de la viuda de C. Bouret, México, 1906, p. 14. ↩
Apuntes para la biografía del Exmo. Sr. D. Lucas Alamán, Secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores, imprenta de José M. Lara, México, 1854, p. 4. ↩
David R. Maciel, “Ignacio Ramírez: ideólogo del liberalismo social en México”, en Ignacio Ramírez, Obras completas, t. 1, Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, México, 1984, p. XIX. ↩
L. Alamán, Historia de México: desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, t. 1, imprenta de J. M. Lara, México, 1849, p. 378. ↩
G. Prieto, op. cit., p. 235. ↩
G. Prieto, op. cit., p. 234. ↩
Ibid., p. 236. ↩