Historia de fantasmas
Leer pdfpara David
“El llavero, la dócil cerradura”: empuño aquél, para girar en ésta
el santo y seña de los goznes. Igual que un gato más, leve y untuoso,
el olor sale a recibirme, y es gato y es alfombra y es madera;
tinta y papel; lo que tenemos de animal y que nos sobra
—sudor, pelambre, dermis—; lo usado a fin de sernos animales
más sutiles —sapónidos, perfumes, algodón—; y el agua,
protagónica siempre que es obligada a no fluir; y el polvo,
pequeño dios a punta de pura omnipresencia. Si hubiera aleph,
sería cosa ciega: nada hay de simultáneo en la mirada,
y en cambio aquí en el caldo de la maceración y del aroma,
incluso el tiempo pierde cuerpo, como una mantequilla,
y escurre hasta su centro lo perdido: a más de un año y sigues,
en el olor a casa de tu casa, aunque tu carne falte, y no lo lleves,
más lejos de tu puerta, a ser un río de olor en el olor del mundo.
(La insistencia es mi forma de doler. Hablo de este avatar más noble
del monólogo, porque abre en mí lo mío que me es ajeno:
lo que alguien puso en mí, como un esqueje. En este caso tú,
con tu cara de tenue superego, con tu barba de Próspero
recién salido de la barbería, desengañado del poder, no de su ciencia,
que, libre de la fosa, vital como la duda, fue tinta y no secreto;
en este caso tú, nombre de regadío, por cuánto hay en lo mío
que se debe, tal como un eco, a esa manera tuya de habitar el aire:
botánico, crecías su rumor, ampliabas su respiro, dabas sombra.
Ya sé que mi decir va a oídos sordos —es más, que no va a oídos—.
Pero da igual: no es una metafísica. Es puro subjuntivo,
y me desdobla. Qué te cuento: la muerte nos diluye,
y tú ya eres un muerto de mis muertos. [Adiós, parte de mí,
que en combustible bulles cada vez y ya no vuelves.])
Son dos los gatos: ella (le digo yo “osa leve”, por tamaño
pelaje, en tenso oxímoron con tan tersa, tan alta liviandad,
con su tan sola sílaba), ella, decía, vino con la vacante triste,
y les llenó la ropa de su negro, y se acostaba al ocio de tu libro,
en el sillón, sobre tu vientre, y los hacía reír de torpe y de cachorra.
A él no alcanzaste a conocerlo: vino en la estela de tu marcha.
Azul en la bizquera, llorón como un bebé, tiene su duende. Apenas
hago girar la puerta de su encierro, me rodean las piernas como peces,
y titubeo para no herirlos en su agua, y me entrego al olor
como si fuera mi hundimiento. Vengo a quedarme aquí unas
cuantas noches. Aquí: para misterios, la ubicuidad de la deíxis,
que en estas líneas traza un plano, con tus estanterías que me imantan,
con esa cama doble que se vació de tu mitad, con los sofás que nos reunían,
con el que te sostuvo ya partido, con la mesa y la silla de tu fuelle.
Invocación del diario, piedra de toque en nuestro fingimiento
(cuánto hay que actuar para vivir): bajar hemos los párpados con dolo,
quietos y ecuánimes, pacientes, deseando que convenza
nuestro papel y no demore la posesión amniótica del rem
y sus visiones. Vine —me lo pidió Verónica— a quedarme con ellos,
con los gatos: a serles compañía y mayordomo —a asear su polvareda,
a alimentar su empuje—. Me viene bien, en esta rara temporada
de mi vida —tampoco eso alcanzaste—, en la que sobra luto y hace falta
tiempo y espacio de mí mismo. Estar con ellos, con los gatos,
es ser más gremio mudo y más mamífero, y… Mira la hora, basta:
si no duermo… Retorno al simulacro, cuento lana, medito de quietud…
Pero qué hacer: me hago el dormido y fallo: musito mal la invocación
de músculos y, erizo de forzarla en su colchón, me habitas como un necio.
Cuando los ruidos comenzaron, no era fácil vencer la metafísica.
(Ése era el primer paso, me decías: entregarse al rigor de la derrota
—la de nuestra carencia—, para buscar en otros y en lo Otro.
Y qué se busca entonces, no me dices; y qué hace a lo Otro Otro,
así con la mayúscula, como decían “Él” Teresa y Juan,
de Ávila y de Yépez, no me dices. Tu boca de beodo redimido
se demora, en el ábaco del doble, a sopesar su sed, y calla.
“Después lo platicamos con más calma”, zanja por hoy (ya vienen
los demás), aunque anuncia: “Ha sido todo un tema para mí”.
Así tan asimétricos —siempre, sumido en la dentera,
lo mío fue tomar apuntes frente a tu vastedad— somos cofrades,
entre otras muchas cosas, de un descreimiento rojo, de una
dioptría atea. Y a la vez de esta vehemencia y devoción:
la de cobrar sentido sola, humana, terrenal, rabiosamente,
en cuanto nos excede —el “álgebra y [el] fuego”, la balanza
y esa otra fuerza ciega que nos une. Eso no me lo dices,
no alcanzas a decírmelo, y luego vienes y te mueres y me dejas
poniéndote palabras, como un hijo a su padre en el rencor.)
Toda inquietud la gata sube y baja da una vuelta
vuelve a subir vuelve a rondar vuelve a bajar la alfombra
hace más mudo su resorte pero el crujir de la madera
se crece en el silencio como el vataje arroja sus más negros
eclipses cuando aumenta ¿siguen siendo pisadas de almohadilla?
son pasos ya en mi oído de adulto humano y no ligero la “osa leve”
me arisca con su negro que imagino pues no la veo alerta y
cola henchida vuelve a subir rondar vuelve a bajar un ruido nuevo
rasguña la pared pero no en garras es más un deslizarse
vuelve a subir vuelve a bajar y hay otro ruido un leve
traqueteo aquí a mi izquierda y el rasguño otra vez y el traqueteo
se ensancha y el rasguño ya me cercan (y la gata que sube)
como el aire del asma (vuelve a bajar) y traqueteo rasguño
pasos que van y vienen (traqueteo) en su crujir de pino y alfombrado.
Cedo a lo absurdo: te recibo. No encenderé la luz:
si estás, no quiero verte; y si no estás,
sólo en esto se alarga tu visita.
Imagen de portada: David Huerta con su gatita Bu. Fotografía de Verónica Murgía.