Final del viaje

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

María Soledad Pereira

Dicen que los síntomas no difieren mucho de una gripe normal —fiebre, dolores musculares y tos seca— y que por eso mismo hay que estar atento. Dicen que los más viejos y quienes padecen de otras patologías son el grupo más vulnerable. Dicen que las personas que tengan fiebre y sientan dificultad para respirar deben comunicarse con el SNS24: el Centro de Contacto do Serviço Nacional de Saúde. Según las últimas noticias, en Portugal hay 59 casos positivos de covid-19 y los pronósticos, en el país y en el mundo, son todos desalentadores. La ministra de salud Marta Temido pide que se refuercen las medidas de contención y apela al buen juicio de los portugueses. Es miércoles 11 de marzo. Es 2020 y estoy en Lisboa. Por WhatsApp recibo un mensaje de Buenos Aires. Una amiga manda un archivo al grupo. “El juego del coronavirus”, dice: una mezcla de instructivo higiénico y treta para niños que consiste en pintarse en el dorso de cada mano un coronavirus, un bicho que desaparece a partir del lavado frecuente. Quien logre que los bichos desaparezcan gana un punto, que se acumulará para un premio futuro. Enseguida me acuerdo de las indicaciones que, una vez, hace unos veinte años, me dio la psicóloga: llevar un registro de las veces en que, a diario, me lavaba las manos. Lo hizo para demostrarme, mediante algunos números azarosos, eso que yo ya sabía: que me las lavaba en exceso hasta hacerlas sangrar, una práctica que con el tiempo he moderado, pero nunca destituido. Llevo alcohol en gel en la mochila desde mucho antes de la gripe A, en 2009, abro puertas con el codo, prefiero hacer equilibrio a agarrarme de un pasamanos: la higiene es, en suma, un hábito —o acaso, una reacción xenófoba contra la enfermedad— que practico naturalmente de un modo excesivo. Las medidas de prevención lanzadas por los gobiernos del mundo a cuento del nuevo virus me resultan, lógico, obviedades: limpiar regularmente superficies, cubrirse la nariz y la boca con el codo flexionado al toser o estornudar, lavarse las manos con frecuencia, ¡por fin! De repente, otro mensaje. Desde hace tres días, las comunicaciones por WhatsApp desde Buenos Aires se multiplican: Guillermo, Anita, Mariana, Pablo, ahora Rodrigo. Me preguntan que cómo estoy. Y me dicen que por favor me cuide. Un “cuídate” que a la distancia es una clara señal de alarma. A estas preguntas, se suman (día de por medio y desde hace una semana) las advertencias de mi tío, el hermano de mi padre, cosa extraña porque él habla poco: “Extremá cuidados de higiene”, me dice en uno de sus últimos mensajes. Me río o intento reírme. Que alguien me diga que extreme cuidados de higiene es como que le digan a Mick Jagger que no deje de bailar. Desde el trabajo, una compañera me advierte que a la vuelta tendré que quedarme en casa, en cuarentena, durante catorce días. Según las últimas decisiones del Ministerio de Salud de Argentina, quienes regresen de áreas de circulación de coronavirus deberán permanecer en sus domicilios, aunque no presenten síntomas, durante dos semanas. Pero en Lisboa son las once y media de la mañana y el día está hermoso. Miro por la ventana. La Avenida Duque D´Ávila resplandece bajo un sol de insipiente primavera: cielo azul, monopatines y bicicletas en las vías de circulación, gente en los cafés. Dos de mis amigas, Filipa y Andreia, me dicen que fueron a trabajar normalmente. Filipe, un amigo, está como cada miércoles en su puesto, en la feria de libros usados del Jardín Constantino. La realidad —la vida misma— demuestra ser más luminosa que la que pintan los medios, medios que, para no enloquecer, empiezo a leer de modo selectivo. No obstante, estoy preocupada. Las nuevas medidas del gobierno nacional y la intención de Aerolíneas Argentinas de cancelar los vuelos de regreso desde Europa no son un invento. Ante la incertidumbre, busco en Internet pasajes a Buenos Aires. Al día siguiente, jueves 12 de marzo, voy a una agencia de viajes y reservo un asiento por dos mangos para dos días después. Lo apresurado de la decisión me estremece. Viajaré vía San Pablo para evitar el paso por Madrid donde, en las últimas horas, la situación se ha descontrolado (España es el segundo país de Europa, después de Italia, con mayor número de infectados). Mientras María José, la agente de viajes, se ocupa de la emisión de mi pasaje, salgo a tomar aire. El domingo 8 de marzo, café de por medio, planeaba con Filipa un almuerzo en Corroios para el fin de semana siguiente. Y ahora, cinco días después, estoy organizando, violentamente y muy a mi pesar, un viaje a Buenos Aires. Acabo de confirmar una reserva y dudo sobre lo acertado de la decisión tomada: ¿Será oportuno volar en una situación de emergencia sanitaria? Pienso en si podré controlar la ansiedad en un ambiente cerrado con más de 300 personas; me pregunto si sobreviviré a la fila del check in y al hecho de tener que poner en la bandeja (nunca desinfectada) de control de seguridad mi mochila, mi campera, mi cámara de fotos. Lo pienso y transpiro: me transpiran la espalda, las manos. ¿Acaso, seré capaz de mantener la calma en un espacio donde la sensibilidad está lógicamente exacerbada? No lo sé, pero el viaje es inminente y está confirmado. Vuelvo a la agencia, pago, retiro el pasaje. Le doy las gracias a María José y le pido que me desee suerte. “Todo va a salir bien”, me dice. Y por un segundo, su voz —dulce, terapéutica, conocedora— me tranquiliza.


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En el año 2000, cuando visité Lisboa por primera vez, en la ciudad no había caravanas de tuktuks —vehículos de tres ruedas semidescapotables—, ni había combos promocionales de pasteles de bacalao con vino verde, y Fernando Pessoa no había alcanzado todavía la categoría mediática de souvenir en forma de cenicero. En barrios como Ajuda o Alfama no era extraño ver a mujeres de edad avanzada (antiguas propietarias) vestidas de negro y con pañuelos en la cabeza, cumpliendo, a lo mejor, algún luto lejano. El populoso tranvía 28, en su trayecto desde Campo de Ourique hasta la plaza Martim Moniz, permitía aún cierta comodidad a bordo. De aquel tiempo a esta parte, pasaron cosas. Hoy Lisboa es una de las capitales más apetecidas de Europa, y el sector turístico —para bien y para mal— no para de crecer. Filipe es librero y se queja. Dice que los lisboetas ya no pueden vivir en Lapa ni en Santos ni en Madragoa ni… “Desde que los extranjeros empezaron a copar las casas del centro y a transformar predios en hoteles de lujo, los alquileres se dispararon y la ciudad empezó a cambiar”, dice con algo de nostalgia, la noche del 10 de marzo, mientras caminamos desde Estrela hasta Cais do Sodré. Por lo demás, Filipe pone en duda la gravedad de la epidemia. Esa noche, a mitad de camino, nos sentamos a tomar una cerveza. Es invierno en el hemisferio norte, pero parece primavera. Lo veo pagar y luego armarse un cigarrillo: tabaco, boquilla, envoltorio y lengua sobre el papel. Ese descuido higiénico me desconcierta (con todo lo que se está diciendo), pero lo disimulo (soy siempre la misma hipocondríaca). Le digo que en Lisboa vi algunos de los acontecimientos que cambiaron la historia del mundo para siempre: la caída de las Torres Gemelas, en 2001, por ejemplo; el comienzo de la guerra de Irak, en 2003. Y, ahora, la irrupción del “Corona”. “Corona suena a nombre de jugador de fútbol del club de Porto”, dice. Y nos reímos.


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El 10 de marzo, en una nota publicada en el matutino The New York Times, el periodista Martín Caparrós hizo referencia a un tuit del actor español Eduardo Noriega. “Si cada invierno —había escrito Noriega en su cuenta de Twitter—, nos informaran en tiempo real de los atendidos, hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos por gripe en España viviríamos aterrorizados”. El tuit incluía cifras verificables, y la nota de Caparrós analizaba la situación mundial más allá de los circuitos del miedo. Sin embargo, el viernes 13, mientras tomo el desayuno, pienso en cosas que me atormentan solo en los peores ratos: en lo impredecible, en lo imponderable, en la fragilidad de la vida y pienso también en la muerte. Por email recibo un mensaje de LATAM, la aerolínea con la que volaré a Buenos Aires, es casi la una de la tarde. “En LATAM —dice el mensaje—, queremos que usted viaje con tranquilidad: infórmese aquí sobre todas las medidas y procedimientos relativos al covid-19”. Pero en lugar de tranquilizarme, la noticia me incomoda. Dos horas después, Aerolíneas Argentinas me avisa, también por correo electrónico, que mi vuelo programado para partir de Madrid el 29 de marzo ha sido cancelado y que las millas canjeadas me serán devueltas. Voy a mi agencia de viajes y le pregunto a María José si lo mío está confirmado. La rapidez de los cambios me hace suponer que cualquier catástrofe podría ocurrir dentro de los siguientes diez minutos. “Está confirmado”, me dice y me aclara que la única noticia que recibieron fue lo de la cuarentena dispuesta por el gobierno argentino. Paso por el supermercado: hay góndolas semivacías, otras, desmanteladas. Faltan frutas y verduras y agua y sobre todo faltan latas: de atún, de sardinas, de bacalao. “¿Serán los estragos del miedo —me pregunto— o el mismo apocalipsis?” Salgo y corro a refugiarme en mi cuarto de la Av. Duque D´Ávila. Desde que llegué, hace dos semanas —tras haber terminado un curso de un mes en Sevilla—, estoy alojada en una casa en la que curiosamente, años antes, funcionó una editorial independiente: la 70 o Edições 70. Una casa o, mejor dicho, un caserón —más de cien años, tres plantas luminosas, fachada pintada de amarillo—, un lugar en el que me quedaría a vivir y en el que no hay —no puede haber—, trato de convencerme, lugar para virus peligrosos. Paso el resto de la tarde armando valijas y escuchando música. Escucho el mismo tema tres, cuatro, cinco veces. Y repito la letra como si fuera un mantra. “Ring the bells that still can ring —canta Leonard Cohen— Forget your perfect offering/ There is a crack, a crack in everything/ That´s how the light gets in”.


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El 14 de marzo me levanto a las cinco. A las apuradas, tomo un café con leche y salgo. Al llegar al aeropuerto, me cubro la boca y la nariz con un cuello de invierno y voy a asegurar la valija. Subo al primer piso, resuelvo el check in y paso directo al control de seguridad. Soy un robot que ejecuta órdenes a comando. Meto el carrion en la cinta, y en una bandeja, la campera, la mochila y la cámara de fotos. “La bufanda también”, me despabila de golpe un agente. Lo último que haría en la vida sería poner mi cuello de invierno en la bandeja, así que me hago la distraída y, en un descuido del hombre, me lo guardo rápidamente en uno de los bolsillos del buzo polar. Paso por el escáner, retiro mis cosas al final de la línea y limpio con alcohol en gel el cuello de la campera. Ahora sí, corro en busca de la puerta 41A y entro automáticamente en el free shop —mezcla de perfumes y vendedoras sonrientes—, que en un segundo me devuelve a la normalidad de la vida. Lo que sigue es un trayecto de nueve horas —las más largas que recuerde a bordo—, en el que me veo rodeada de pasajeros con barbijos. Pasajeros quietos, silenciosos, adormecidos. Cada uno (me incluyo) dentro de su propia isla, haciéndose invisible, impalpable, inaccesible, como queriendo desaparecer, anularse para protegerse y, a lo mejor, en un acto de solidaridad genuino, proteger también al otro. Llego a San Pablo a las cinco de la tarde. Llamo a mamá. “Llegué”, le digo y me pongo a llorar. Desconsolada. En el aeropuerto todo el personal y la mayoría de los pasajeros están embarbijados. Por el altoparlante, las recomendaciones de higiene se repiten cada cinco minutos. Para mi vuelo a Buenos Aires faltan todavía cuatro horas. En otras circunstancias me hubiera sentado a tomar un café, en éstas, lo único que quiero es salir de acá. Cuanto antes. La entrada del aeropuerto de Guarulhos está semi desierta: una decena de taxis, unos pocos pasajeros despidiéndose, todavía a los abrazos. Este escape y esta suerte de páramo me reconfortan. Cruzo las vías de circulación y camino como drogada hacia uno de los laterales, camino hasta que no puedo avanzar más y me doy cuenta de que a mi alrededor no hay un alma. Un rato después, el sol empieza a ponerse en mi propia cara de sobreviviente. Un atardecer hermoso, inesperado, conmovedor, como escribió Borges en uno de sus poemas. “Siempre es conmovedor el ocaso —escribió— por indigente o charro que sea,/ pero más conmovedor todavía/ es aquel brillo desesperado y final/ que herrumbra la llanura/ cuando el sol último se ha hundido”. Sé que hoy cuando el último sol se haya hundido y “el unánime miedo de la sombra” me acometa, tendré que correr en busca de mi próxima puerta de embarque y ponerle el cuerpo al segundo tramo de este viaje alucinado. Pero para eso todavía falta, así que saco mi cámara de 35 mm y me hundo en aquel otro cielo. Azuloso y rosado. Y (casi) puedo disfrutarlo.

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Imagen de portada: Último vuelo. Fotografía de Ronnie Robertson, 2019. CC