periódicas Amistad FEB.2026

Julieta García GonzálezJorge Comensal

Un optimista informado: charla con José Sarukhán

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Detrás de las instituciones ambientales más importantes de México, están la visión y el trabajo de José Sarukhán. Su padre, un erudito exiliado de Armenia, le inculcó una vocación humanista por el conocimiento, que distintos profesores, sacerdotes, colegas, amigos y su madre reforzaron en él. Esto explica que el doctor Sarukhán no se limitara a investigar asuntos ecológicos, sino que se empeñara en hacerlos comprensibles para el público. Ante las catástrofes que nos depara el cambio climático, sus décadas de experiencia y su inusual temperamento, que equilibra la esperanza y la advertencia, son más valiosos que nunca.

El gris del cielo amenazaba con lluvia, pero era media mañana, así que parecía imposible un aguacero. La Ciudad Universitaria estaba cuajada de verde: plantas, líquenes, musgo y humedades acá y allá por un verano de intensidad pluvial. Subimos a la carrera un par de pisos para encontrarnos con él: José Sarukhán, investigador del Instituto de Ecología y exrector de la UNAM. Detrás suyo, la Reserva Universitaria resultaba el marco ideal para la narración de una vida excepcional y de una de las trayectorias científicas y humanísticas más notables de nuestro país.

Sarukhán es ponente en una mesa llamada “Crisis ambiental y ética”, organizada por el Posgrado de la Facultad de Economía en 2022, en su auditorio. Se trata de la tradicional mesa universitaria, con personificadores, una jarra con agua, papeles y un mantel de paño azul con el logotipo de la UNAM, que comparten él y otros académicos destacados. “Yo me voy a parar”, dice el ambientalista, “porque, entre las cosas que pasan cuando uno tiene 82 años, es que yo ya no veo ahí”. Señala algo lejos de nuestro alcance visual. Se pone de pie, se quita el saco, toma el micrófono con la confianza de quien lo ha hecho miles de veces y se suelta hablando.

​ Sin más, baja las escaleras del escenario y se planta en el centro del auditorio que se encuentra, a estas alturas, cautivado por su personalidad y sus palabras. Habla de forma directa, firme, aunque en el tono relajado que le da la experiencia. Los trastornos ambientales, que producen gran desasosiego y preocupación, son causados, dice, “por cada uno de nosotros que estamos aquí y vivimos en este planeta”. En ese instante señala a sus escuchas sin dar espacio para que no se sientan aludidos. Durante más de dos horas, camina de un lado al otro, sin mostrar cansancio, explicando con detalle a qué se refiere con que todos somos responsables del desastre ecológico.

​ Desde 2022, cuando dejó su puesto en la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), donde trabajó casi tres décadas en distintos despachos, se ha dedicado a ser, según sus propias palabras, una especie de apóstol del ambientalismo y de las posibilidades reales que tenemos para hacer un cambio. Este apostolado no es nuevo: se trata de la continuación de un proyecto de vida que empezó hace más de medio siglo y que sigue vigente.

José Sarukhán en entrevista con la RUM, 2025. Fotografía cortesía de Javier Narváez.

José Aristeo Sarukhán Kermez nació en la Ciudad de México en el verano de 1940, hijo de Harutiun Sarukhanian y Ángela Kermez, quienes salieron huyendo de Armenia durante el genocidio perpetrado por el Imperio otomano entre 1915 y 1923, que arrasó con alrededor de dos millones de personas.

​ Harutiun fue el undécimo hijo de la familia. Supimos durante nuestra charla que sus padres, abuelos paternos de nuestro entrevistado, miraron a su benjamín y pensaron “este chico tiene cara inteligente, ¿por qué no lo donamos a la Iglesia ortodoxa?”. El muchacho fue a dar con los sacerdotes mejitaristas, del monacato cristiano oriental, quienes pensaron lo mismo que sus padres y lo enviaron a estudiar a Venecia. La idea era que ingresara al sacerdocio, pero a los diecisiete años Harutiun descubrió que no tenía esa vocación. No volvió a casa siendo el mismo: regresó con un importante bagaje humanista, hablando ocho lenguas y con el dominio de la caligrafía árabe.

Cuando muere mi padre, mi madre va a la escuela a decir que no puedo seguir: no tiene con qué pagarlo. Y ellos toman a su cargo mi educación desde la primaria hasta la prepa. Son esas cosas fortuitas que marcan la vida de una persona, que me permitieron tener una buena educación.


​ Este joven instruido y su esposa llegaron a México cuando en nuestra tierra todavía humeaba la Revolución. Si bien aquí no fueron perseguidos por ser armenios, el país tampoco resultó un entorno especialmente propicio para un políglota extranjero.

Curiosamente, lo que pasó fue que una persona como él tuvo que dedicarse a hacer zapatos. Mi casa era el taller de zapatos, los hacía mi padre con un ayudante para venderlos. Y de eso vivimos. Desafortunadamente, tuvo un cáncer muy severo. Yo casi dejé de interactuar con él como un año porque ya estaba… No había dinero para hospitales, no existía la quimioterapia todavía…

​ José tenía siete años cuando perdió a su padre. Quedaron él, su hermana y su madre solos, con un taller de zapatos encima. “Uno esperaría que el único hombre de la familia, cuando llegara su momento, se dedicaría a trabajar y ayudar. No fue así. ¿A ayudar en los zapatos? Mi madre tomó las riendas y puso una zapatería en la colonia Juárez, junto al mercado Abraham González.” Nos dice con seriedad que su padre le dejó una impronta clara: la educación y la formación son fundamentales para las personas. Mientras cursaba sus estudios, su madre lo salvó de tener que pensar en suelas, hormas, trabas y tacones, poniéndole el ejemplo de quien sale al paso con la cabeza en alto. Por si fuera poco, su ascendencia armenia le trajo una sorpresa que le regalaría, entre otras cosas, la posibilidad de construirse en el conocimiento.

Enlistemos algunos de sus méritos: se licenció como biólogo en la UNAM, tiene una maestría en Ciencias Agrícolas del Colegio de Postgraduados de Chapingo y un doctorado en Ecología por la Universidad de Gales, en el Reino Unido. Ha recibido más de diez doctorados honoris causa por distintas universidades, incluyendo la UNAM. Tiene en su haber premios muy sonados, como el de investigación de la Academia Mexicana de Ciencias, el Nacional de Ciencias y Artes, el Tyler al logro ambiental, el Premio de la Conservación NatureServe y el Campeones de la Tierra, otorgado por la ONU. Hace poco fue incorporado a la recién formada Orden del Cóndor de las Californias, entre cuyos miembros se encuentran Sylvia Earle, Russell Mittermeier y Laurie Marker.

​ La gente con su trayectoria académica e institucional suele dirigirse a los demás con un tono un poquito engolado, con la jerga de su área de trabajo, como desde una burbuja. Pero el doctor Sarukhán no es así: usa palabras accesibles, precisas, en un tono afable a la vez que entusiasta. Conforme charlamos, su entusiasmo crece y, como si su emoción lo convocara, se suelta un aguacero de aquellos, que enmarca su figura de lentes, compacta, de pelo platinado.

José Sarukhán cuando era estudiante de Biología en una excursión de grupo, 1960. Cortesía del retratado.

​ Su oficina no es ni inmensa ni lujosa, así que más o menos nos apretamos en torno a él, que se desliza en una silla de rueditas para lograr mayor cercanía. Casi nos rozamos entre todos las rodillas. Nosotros compartimos sillón con un peluche de Darwin casi de tamaño natural, de barbas blancas y serio, un recordatorio de la importancia del naturalista en la vida de Sarukhán, quien escribió Las musas de Darwin (1988), un hermoso libro sobre la curiosidad de dicho científico y la aventura que fue publicar El origen de las especies en la Inglaterra victoriana.

​ La charla comienza con tibieza y se va calentando porque Sarukhán, que hace un recuento de su vida mientras el cielo se viene abajo, es un gran conversador que revive las historias que narra, ejerciendo una suerte de hipnotismo.

Bueno, la otra cosa es que yo entré a estudiar la primaria con los padres lasallistas por una razón: porque uno de los hermanos era armenio, amigo de mi padre, y fue con él para decirle que [los sacerdotes] necesitaban traducir unos textos del griego al español para alguna cosa. Y mi padre lo hacía. Entonces empezó a relacionarse [con ellos] de esta manera y fue la entrada natural para que yo pudiera estar ahí. Cuando muere mi padre, mi madre va a la escuela a decir que no puedo seguir: no tiene con qué pagarlo. Y ellos toman a su cargo mi educación desde la primaria hasta la prepa. Son esas cosas fortuitas que marcan la vida de una persona, que me permitieron tener una buena educación. Y acabé mi prepa en el Cristóbal Colón.

​ A nuestras espaldas hay un cuadro que ocupa una buena parte de la pared que el ambientalista tiene frente a sí. Es un paisaje al óleo o una naturaleza viva que tiene lugar en lo profundo de un bosque húmedo. Hay hongos blancos, grises y de un anaranjado brillante; hay musgo, líquenes, hojas abundantes y oscuras, ramas caídas. Casi se percibe el aroma de la tierra mojada, el olor a moho, a saprobiosis en acción… Es el escenario de una vida oculta, secreta, un espacio frente al que no solemos detenernos a admirar, pero que alguien capturó en un lienzo. En la esquina inferior derecha hay una firma: T. Sarukhán 1975.

​ “Ése que está ahí”, dice el doctor señalándolo, “es un cuadro de mi hermana, que era muy buena pintora y también tuvo que dejar eso…”. De joven, su hermana renunció a los estudios y trabajó en un banco para aportar ingresos a un hogar sin padre, que fue llevado desde entonces por dos mujeres.

​ Así, el niño Sarukhán fue acogido por los lasallistas gracias a un padre con pasado armenio y talento lingüístico. Y en segundo de secundaria, después de años de formación con inclinaciones humanistas, se encontró con Antonio Carrillo, otro hermano de la orden.

Él era el profesor titular. Era un espléndido dibujante, pero también tenía interés por las plantas y por la biología. (Como es costumbre en estas corporaciones religiosas, a los lasallistas les encantaba estudiar la flora.) Esto sería por el 55. Era un tiempo en el que no había manera de tener ilustraciones, ni siquiera un proyector de transparencias, cero. ¿Entonces, cómo le hacía [Carrillo] en sus clases de biología?: dibujaba en el pizarrón. Y eran unos dibujos enormemente atractivos, de verdad. A mí me llamaban mucho la atención. Era arte efímero que tenía que borrar. Yo creo que ésa fue una de las cosas que me picó. Desde luego, no tenía yo la menor idea de lo que quería ser en segundo de secundaria.

​ ¿Cómo se forma una persona?, ¿cuáles son los elementos que apuntalan su camino y sus logros? Muchas veces son las casualidades las que hacen la diferencia.

José Sarukhán en la copa de un árbol en Tuxtepec, Oaxaca, 1963. Cortesía del retratado.

​ Algunas de las instituciones ambientales más relevantes de México hoy en día tienen a José Sarukhán detrás, casi siempre como autor intelectual y gestor, aunque ha estado también al frente de sus despachos. Estamos hablando del Instituto de Ecología de la UNAM y de la Conabio, principalmente, aunque hay más. También ha sido amigo, colaborador, mentor y promotor de un sinnúmero de figuras del ambientalismo en nuestro país, además de cultivar relaciones cercanas con personas interesadas en transformar la situación que vive el planeta.

Estamos perdiendo cada vez más ecosistemas naturales protegidos. Lo que pienso es que tiene que haber una transición, un cambio civilizatorio en serio. Y en serio quiere decir que todos tenemos que entrar, algunos con cosas más modestas, otros con cosas menos modestas.


​ La casualidad, decíamos, tuvo que ver en sus decisiones; por ejemplo, que los lasallistas formaran parte de los Scouts. “Los lasallistas no usábamos sombrero de tachuela, sino boina francesa, y todos nos veían así”, gesticula una sorpresa. “Había campamentos nacionales y fue una época, para mí, muy formativa porque aprendí a trabajar con alumnos, a tomar responsabilidades, a hacer cosas que de otra manera no hubiera podido hacer.” Le tocaba “construir” tiendas de campaña, que eran muy sencillas y requerían ajustes. Las impermeabilizaban, les ponían una cubierta, preparaban todo lo necesario para un campamento adecuado. “Yo tenía a mi cargo una patrulla y nos daba por hacer cosas exóticas. Dijimos un día: ¿Por qué no poner la tienda en los árboles en vez de en el suelo? Y lo que hacíamos era montar troncos y hacer como hamacas, que era donde poníamos los sleeping bags y dormíamos.” Nos cuenta que acampaban en Los Azufres, Michoacán, y en las faldas del Iztaccíhuatl, a donde iban “con un frío de los diablos”. Se lavaban por las mañanas en los arroyos y canales del “glaciar que ya no existe” y salían con hielo en el pelo y la cara colorada. “Era un trabajo de uno para todos y todos para uno, realmente. Yo creo que eso me ayudó a formar el carácter.”

​ Su hermana, recuerda, fue otra influencia positiva y, además, lo aproximó a la música clásica. En uno de los campamentos, a su patrulla le tocó encender la fogata. “Podríamos haber ido con un poco de papel periódico, un montón de leña y echarle un cerillo. Pero dije: No, vamos a hacer otra cosa.” Usaron la música de Cuadros de una exposición, de Músorgski, para hacer lo siguiente: “Uno de nosotros iba a un árbol y de ahí soltaba por una línea de alambre una bola prendida”. Las bolas caían de una a una hasta encender una fogata central. “Era un show, un espectáculo total. Como inauguración olímpica, ¿no? Vaya, esas cosas no se adquieren, no se expone uno a ellas de otra manera.” Estuvo en los Scouts hasta el primer año de la carrera. “Me jubilé de los Scouts, pero seguí saliendo a campo, ya con otros objetivos.”

​ Para él, la naturaleza es una “vivencia muy cercana”, y no puramente asombro. Quiso estudiar neurociencias, pero en México eso no era posible por entonces. Así que estudió biología.

​ En nuestra conversación, el doctor Sarukhán menciona a quienes lo acompañaron en distintas etapas.1 Habla de ellos con respeto y narra con detalle cómo le fueron abriendo puertas y le ayudaron a hacer camino, incluso si hubo diferencia de opiniones o si no se entabló una amistad. Son personajes que componen un panorama trascendente para la salud ambiental de nuestro país y del que José Sarukhán es ahora una pieza central. Entre otras cosas, fundó el mismo Instituto de Ecología donde lo entrevistamos. Fue rector de la UNAM durante dos periodos (1989-1996) y fomentó y procuró fideicomisos con vocación ambiental. Es miembro del Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, pues entre sus méritos está la escritura.

​ Su trabajo se ha enfocado especialmente en la ecología de algunas poblaciones de plantas, sobre lo que ha publicado profusamente: malezas, árboles tropicales, maíz… También ha escrito sobre el cambio climático y el patrimonio natural de México. Ha sido un profesor y un investigador con los pies en la tierra y las manos en su materia de trabajo.

José Sarukhán con los restauradores Antonio Hernández, Roberto Amelco y una comitiva. Fotografía de Omar Montiel. Wikimedia Commons CC 4.0.

Cuando hicimos esta entrevista, la reunión climática COP 30 estaba a días de ocurrir, cerca del corazón amazónico. Quienes deseamos ver cambios urgentes en el manejo ambiental solemos sentir dosis similares de esperanza y frustración frente a estas conferencias organizadas por la ONU. Aunque a últimas fechas la frustración ha ganado terreno, la gente más joven y las poblaciones originarias se mantienen como un pequeño haz de luz. El doctor Sarukhán lleva décadas tratando, entre frustraciones similares, con los problemas ambientales que para México son acuciantes, porque están muy cerca de poner en riesgo lo que comemos, respiramos y bebemos.

Todos los gobiernos, todos, están cooptados por el interés económico, por las industrias, por los intereses financieros. Si eso no cambia, vamos a… Es decir, los problemas que habrá que resolver, para cuando nos convenzamos de la situación, van a ser de tal magnitud que todo lo que sabíamos para resolverlos, lo que sabemos ahorita, no va a servir de nada. Yo siempre acababa con una cosa dura en las conferencias, diciendo: “O cambiamos esto ya o no va a parar [el desastre climático]”. Me decían: “¡No seas tan pesimista!” No soy pesimista, no. Soy optimista, pero informado.

​ Ese optimismo informado fue parte fundamental de la red que ha tejido en torno a sí y que ha legado también a México. “Sí se pueden hacer las cosas bien. El primer ejemplo que voy a poner es el arreglo del agujero en la capa de ozono. ¿Y quién lo hizo? Fue un químico mexicano que estudió en la UNAM: se llamó Mario Molina.”

​ Ganador del Nobel en 1995, José Mario Molina (1943) egresó como ingeniero químico de esta casa de estudios e hizo su doctorado en Berkeley, California. Aunque fue pionero en muchas ramas, tiene un reconocimiento general gracias a sus investigaciones sobre la química atmosférica y el adelgazamiento de la capa de ozono. Él y su colega F. S. Rowland no sólo describieron un fenómeno preocupante, sino que le encontraron soluciones. Su trabajo produjo el Protocolo de Montreal de las Naciones Unidas que, según el Centro Mario Molina, fue “el primer tratado internacional que ha enfrentado con efectividad un problema ambiental de escala global y de origen antropogénico”.

José Sarukhán en Los Tuxtlas, ca. 1980-1982. Cortesía del retratado.

​ Nuestro entrevistado, que fue su amigo y colaborador cercano, nos dice que cree que la atención sobre el tema tuvo que ver con que “afectaba a todos los países del norte y unos cuantos del sur que son acomodados, como Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia… Esos países dijeron: Oiga, no, éste es un problema serio para nosotros. Encontraron un sustituto de lo que causaba [el adelgazamiento], los clorofluorocarbonos, y ya está. El agujero se va haciendo así”, junta sus manos achicando el aire, “y en quince o veinte años más va a estar cerrado, ése problema no va a existir”.

​ Otros temas impostergables no han sido tratados con la misma urgencia y es obvio que Sarukhán lo lamenta. La lluvia cede un poco, la plática también. Circulamos brevemente por la oficina atestada de libros. Hay fotografías familiares, alguna postal, un Baby Yoda, mapas antiguos, discos compactos.

​ Hemos hablado de la transformación del campo desde que inició su carrera hasta hoy: de cómo, desde hace décadas, se ha infiltrado el crimen organizado ahí (rozando a quienes estudian el terreno), de que México es uno de los pocos países megadiversos, de la evolución bajo domesticación, del barbasco (su objeto de estudio en la licenciatura), la cortisona y las solanáceas, de herbarios y Harvard, de cómo alimentar un país… Y dice:

Lo que va a pasar es lo que está pasando: que estamos perdiendo cada vez más ecosistemas naturales protegidos, que nos estamos quedando sin los ecosistemas que proveen a todos, desde las hormigas hasta nosotros. Lo que pienso es que tiene que haber una transición, un cambio civilizatorio en serio. Y en serio quiere decir que todos tenemos que entrar, algunos con cosas más modestas, otros con cosas menos modestas. Pero los cambios de comportamiento humano no son sencillos.

​ Entonces nos cuenta casos de éxito (algo sobre lo que ha trabajado junto a Julia Carabias), de cómo las comunidades nativas han logrado avances en la conservación, de cómo hay que hacer públicas las colecciones de plantas, público el conocimiento y la información, para que las personas puedan exigir el cambio que los intereses políticos no quieren hacer.

​ En esta mañana húmeda, José Sarukhán habla, al final, de la esperanza.

Imagen de portada: José Sarukhán en entrevista con la RUM, 2025. Fotografía cortesía de Javier Narváez.

  1. Además de los mencionados, salen a colación Enrique Beltrán (quien tuvo el cartón #1 de Biología en la Dirección de Profesiones), Efraín Hernández Xolocotzi, Arturo Gómez Pompa, Faustino Miranda, Agapito Hernández, Carlos Galindo, Gonzalo Halffter, Efraím Hernández, Terry Pennington, Marisa Mazari, Isaac Ochoterena, Agustín Ayala, Ramón Echenique, algunos expresidentes y Julia Carabias, entre otras personas valiosas para la biología y los estudios ambientales en México y el mundo. Algunos fueron habitantes de pueblos originarios, otros fueron exiliados, funcionarios e investigadores, de todas las edades y de distintos países.