Wounda

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Eduardo Halfon

Han sido ya cuatro semanas de confinamiento en París. Afuera, a través de mi ventana, la calle parece más pequeña y vacía, como si los parisinos tuviesen cada vez más miedo de salir, ya sea a dar un breve paseo o a comprar comida. El gobierno francés recientemente anunció regulaciones aún más estrictas: sólo se permite una salida por día, durante un máximo de una hora, y en un radio de no más de un kilómetro de casa. El mundo, a través de mi ventana, sí se está volviendo más pequeño. En estas últimas cuatro semanas he sido casi exclusivamente un padre. Siento que ya no soy un escritor. Escribir ya no me importa, o me importa poco, o me importa menos que asegurarme de que mi hijo de tres años esté viviendo su nueva realidad como si fuese una aventura. Salimos una vez al día, por las tardes, a hacer una caminata o a que él pueda dar una vuelta por el barrio en su patineta, sin tocar nada y manteniéndonos lo más lejos posible de los pocos peatones y corredores. Y el resto del día, en casa, nos inventamos juegos: arrancarle los tallos a las hojas de espinaca, aprender a recoger pedacitos de papel con unas pinzas, crear diseños complejos en el suelo con su colección de boletos de metro ya usados, hacer una familia entera de puercoespines de plastilina y espagueti seco. Entiendo que ahora mi oficio principal es mantener a mi hijo aislado de todo lo que está sucediendo allá afuera: el confinamiento, el virus, la incertidumbre, la sensación de pánico, el número creciente de enfermos y muertos. Y en gran medida lo había conseguido. O eso creía. Hace unos días le mostré a mi hijo un video corto de una chimpancé abrazando a Jane Goodall, en lo que parece ser un gesto de agradecimiento. Le expliqué que la chimpancé se llamaba Wounda, y que Goodall y su equipo la estaban liberando en la selva del Congo tras haberla rescatado y rehabilitado. Y mi hijo, en cuanto terminó el video, se soltó a llorar. Al inicio, me sentí casi orgulloso de sus lágrimas, que interpreté como empatía o inteligencia emocional. Y quizás lo fueron, al menos en parte. Pero luego no pude evitar preguntarme cuánta frustración acumulada estaba soltando en ese llanto profundo e inconsolable, cuánta tristeza había estado almacenando durante estas últimas semanas, y escondiendo de su padre. Sé que de algún modo, y pese a nuestros mejores esfuerzos, mi hijo percibe lo que está pasando. Siente que algo en su mundo se ha quebrado, acaso para siempre. Lo primero que aún pregunta cada mañana, en su cama, es si hoy por fin podrá volver a la escuela, ver a sus profesoras, ir al Jardín de Luxemburgo a correr y a montar su patineta y a jugar con sus amigos en el arenero. Mi hijo, lo sé, empieza a echar de menos ser un niño. Han pasado ya algunos días desde que miró el video, pero todavía habla todo el tiempo de la doctora Goodall —la llama Jane— y de Wounda. Hoy en la tarde, acostados en su cama mientras él intentaba hacer una siesta, logré grabarlo contando la historia de Wounda en sus propias palabras. Y yo, escuchándolo, me puse a pensar en una mujer y su equipo sanando a una chimpancé, y en una chimpancé sanando a un hijo, y en un hijo sanando a un padre.

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Imagen de portada: Abrazo chimpancé. Fotografía de Darren Puttock, 2015. CC