Alguien camina sobre tu tumba, Mariana Enriquez

Una pasión macabra

Emergencia climática / crítica / Febrero de 2020

Roberto Abad

Qué hermosos son los cementerios, pienso mientras miro por la ventanilla el cielo gris. Mariana Enriquez


La oscuridad: esa fuerza magnética. Es sabido –al menos en México– que Juan Rulfo recorría los panteones para encontrar en las lápidas esos nombres tan sonoros de los personajes de Pedro Páramo. Mucho antes, en Londres, la ilustradora y escritora Beatrix Potter se paseaba por el majestuoso y otoñal cementerio de Bromptom con fines similares; hoy, incluso, existe un tour que sigue sus pasos. Cuando J. K. Rowling se mudó a Edimburgo, se refugiaba en el cementerio de Greyfriars que queda a espaldas del café en el que escribía Harry Potter. Visitar cementerios con otro objetivo, que no sea acudir a la tumba de tus familiares, parece un hábito excéntrico. Sin embargo, hay quienes confiesan una fascinación por las esculturas religiosas, la geometría de las tumbas y el engañoso silencio sepulcral. Mariana Enriquez pertenece a dicha estirpe. Nacida en 1973 en Argentina, tierra sobre todo de grandes cuentistas, donde el canon atendió de una u otra forma al llamado de la literatura fantástica, Enriquez ganadora de la 37ª edición del Premio Herralde de Novela, se sitúa desde hace varios años en uno de los principales lugares de las letras latinoamericanas que dan continuidad a esa tradición de imaginación especulativa; dueña de una voz dotada de arrojo para desvelar tópicos extraños, su pluma deja constancia de aquello que se plantearon escritoras como Silvina Ocampo, Amparo Dávila o María Luisa Bombal: la creación de un universo inquietante. Lo cual se ve reflejado en sus cuentos y novelas y, ahora, en las crónicas de Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (Ediciones Antílope / Literatura UNAM, 2019). Uno se enamora de los cómics de la infancia; de las gafas que alguna vez te regalaron en un cumpleaños; de los tenis que duraron más de dos inviernos pese a la lluvia. No, de ninguna manera, de los cementerios. En su mayoría son fríos y pálidos; nuestros padres nos enseñaron que no son lugares para estar, salvo en cierta temporada del año, Día de Muertos. Fuera de ese periodo, ¿por qué uno querría acercarse? Mariana Enriquez no tiene problema en confesarlo: está enamorada de los panteones, de sus historias, de quienes descansan en ellos, de la flora que arropa las tumbas. Y en este libro, editado por primera vez en 2013, da razón de cuán lejos puede llevarla esa mirada que mezcla el oficio de periodista e investigadora paranormal. La puedo imaginar –como imagino a Rulfo, más que a Rowling– acechando los camposantos, andando por las veredas de musgo del Staglieno, en Italia, descubriendo las hermosas figuras de piedra, en compañía de un amor fugaz, o en el Cementerio Presbítero Matías Maestro, de Perú, escuchando el relato de uno de los guardias acerca del cráneo de un dominicano que fue asesinado por el narco, o en la Necrópolis de Colón, en Cuba, tarareando una canción de su banda favorita –Manic Street Preachers– al tiempo que observa los detalles del pórtico. La imagen es clara en mi mente. ¿Qué, de lo que alberga un cementerio, la atrae realmente? Ahí va ella con su cámara y su libretita; ella, que prefiere llamarse a sí misma turista de la muerte fuera de temporada, avanza en una ruta de viaje que no pretende nada en específico, pero que al final tiene recompensas únicas, como dar con los parientes de una de las brujas de Salem, perdidos en el panteón de Belén en Guadalajara. Esas cosas, pienso, sólo le pueden pasar a Mariana Enriquez, quien puede desconfiar de los perros –“no les creo la fidelidad ni la amistad ni el afecto”–, pero no repara en desarrollar una relación afectiva con un hueso robado de las catacumbas de París, al que por cierto llama François (uno de mis momentos favoritos). Si, como dijo Pessoa, los viajes son los viajeros, Mariana es entonces los senderos imprecisos, los epitafios, los robles y la hiedra; también los claroscuros de las esculturas, los mitos, el polvo acumulado en las orillas. Cada uno de los cementerios que visita y de los que relata, conforma las piezas de un fetiche. Cuando acude a tumbas icónicas, como la de Elvis Presley (en USA), la de Cortázar o la de Vallejo (en Francia), se va desvelando un retrato de la propia escritora que da pistas a la vez sobre esos sitios que califica como tristemente hermosos. “Estética y narrativamente me gusta lo oscuro, lo lateral, lo gótico, lo siniestro; en ese sentido un cementerio es un lugar que combina varias de mis inclinaciones estéticas y además me produce una mezcla de tranquilidad e inquietud que me seduce muchísimo”, dice Enriquez en una entrevista. Parece algo muy argentino, ese espíritu, esa pasión macabra, que se ve también en el Cementerio de Azul en la provincia de Buenos Aires, donde se encuentra el Ángel Exterminador, una escultura de Francisco Salamone, que me transmitió una amenaza latente. Es cierto: Mariana Enriquez tiene un radar para lo extraño. Su idea de belleza, que es “turbia y pálida y elástica, oscura y azul, un poco moribunda, pero alegre, más atardecer que noche”, explora confines en los que se refugian ecos nocturnos. Se trata, pues, de una escritora que es capaz de fingir ser una arquitecta funeraria con tal de quedarse más tiempo adentro del panteón. Es un personaje de Stephen King –y lo sabe–, que cuando está frente a una página en blanco se adueña un poco de la obsesión de Annie Wilkes y del ímpetu de Carrie. “¿Estoy caminando a algo de lo que debería estar huyendo?”, pregunta uno de los personajes de Shirley Jackson, y tal parece que con este diario de viaje Mariana Enriquez ofrece una respuesta:

Mucha gente se asusta cuando sabe que camina sobre muertos. Aunque todos, en todas partes, más o menos, caminamos sobre mayor o menor cantidad de muertos. Hay muchos más muertos que vivos, es una verdad sencilla, y todos terminan hechos tierra.

Uno de los momentos más significativos se presenta en el último capítulo, dedicado al cementerio de La Reja, en la provincia de Buenos Aires, donde se le dio sepultura a la madre de la periodista y activista Marta Dillon, desaparecida desde 1976 y cuyos restos fueron encontrados 35 años después. Es un doble cierre: el del libro y, aunque de manera parcial, el de una búsqueda. Alguien camina sobre tu tumba se ha venido publicando en editoriales independientes, quizás por la naturaleza del libro, un poco inclasificable –parecen crónicas pero también relatos y tienen algo de ensayo y otro tanto de diario–, lo que para mí es un valor agregado. Acaso este acercamiento literario a la última morada de quienes eligen permanecer bajo tierra sea una forma de adentrarnos en la experiencia del encierro, del frío que se mete por la rendija de la tapa del ataúd, y de la oscuridad agobiante en la que nadaremos hasta que los gusanos salgan por nuestros ojos. Para que, cuando escuchemos pasos encima, nada perturbe el sueño infinito. No habrá de qué preocuparse. Quizá sólo sean las pisadas de una escritora.

Antílope, Ciudad de México, 2019

Imagen de portada: Adrián Álvarez, Panteón de San Jerónimo Mavati, Estado de México, 2013