crítica Cárcel JUL.2026

Leopoldo Laurido Reyes

Sólo somos en conjunto: la colección Ecosalud de la UNAM

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Habría que reconocer que la ciencia, que nos ha procurado algunos beneficios, ha sido uno de los instrumentos protagonistas del desgarramiento que infligimos al planeta. Ante este hecho, suele llegar la mostrenca objeción de que la ciencia en sí es inocua y que su capacidad de daño estaría en el uso que le dan la tecnología y la industria. Se puede, no obstante, decir lo mismo de la tecnología y la industria: que son inofensivas, que su peligro aparece en el uso que los individuos le dan. También podría decirse eso de un fusil cargado o de la llamada madre de todas las bombas. ​ Sin embargo, ningún conocimiento científico se crea en aislamiento. Por el contrario, se lleva a cabo por y principalmente para personas insertas en la sociedad, y ni siquiera en beneficio de todas las personas, sino de grupos minoritarios que se dedican a acumular poder. Quienes constituimos la sociedad, salvo excepciones rarísimas, no sólo somos inseparables de nuestras pasiones (violencias, ambiciones, ilusiones, esperanzas, deseos), sino que casi siempre somos guiados, dominados por ellas. Y el miedo (de todo tipo: a no ser nadie, a sufrir y morir, a ser olvidados) parece tener una posición prominente. La ciencia, por tanto, está subyugada a las pasiones humanas. ​ No hay lista ni libro que logre recopilar, incluidas sus más sutiles formas, todas las agresiones que le hemos asestado a nuestro entorno y, en consecuencia, a nosotros mismos. Apenas es útil señalar al azar un solo caso. Durante el siglo XX la física tuvo un despunte ni siquiera imaginado unos años antes: visibilizó leyes de la realidad que tuvieron impacto en la electrónica, la computación, las telecomunicaciones, la medicina, la conceptualización del universo. Pero también contribuyó, como ninguna otra ciencia, al desarrollo de la industria armamentística, al perfeccionamiento en la extracción de combustibles fósiles, al aumento de la contaminación electromagnética y a un lóbrego y largo etcétera. Y ni las armas de destrucción ni los combustibles fósiles ni la electricidad ni tantos fenómenos de este tipo permanecen pasivos. A todos nos llegan con facilidad ejemplos a la mente. ​ Es necesario no dejar de observar esto ni nada de lo que ocurre en el mundo (tala, agricultura mortífera, animales martirizados por la ganadería, biodiversidad arrasada…), porque es el lienzo sobre el que se dibujan nuestros monótonos días, que nosotros mismos hemos construido, pero de los que también queremos escapar, aunque sólo lleguemos a la autohipnosis. Y es que, para colmo, la colosal industria del entretenimiento ha tenido un auge tal, en los últimos años, que nos mantiene embeleñados durante nuestro breve tiempo libre. ¿Es todo lo que nos queda, vivir entre la monotonía citadina y la hipnosis salivante? ​ La ciencia tiene como uno de sus fundamentos el análisis (la división). Es éste su mayor fuerza, pero también su mayor debilidad y peligro, pues ha perfeccionado, como ninguna otra forma de conocimiento, su capacidad para diseccionar la realidad; ha logrado dividir, por dar un ejemplo, el núcleo del uranio-235. Y lo que hace con el mundo —no podía ser de otra manera— lo hace también consigo misma: se ha ido ramificando cada vez más en minuciosas especializaciones. Como consecuencia —y aquí se observa su gran debilidad—, por medio de la observación científica, podemos ver apenas, y de forma incompleta, una parte de una hoja; sin embargo, no parece interesarle mucho ver el árbol completo de la realidad que nos rodea y constituye. ​ La lectura de los cinco libros de la colección Ecosalud que la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM ha publicado hasta ahora, me hizo ver que, gracias al enfoque que los autores aplican, la ecología avanza a contracorriente de la actitud separatista de la que hablo. Procura no sólo entender, sino también comprender la salud del planeta que compartimos, quizá porque el enfoque, nombrado ecosalud, está del todo sustentado en una base ética integradora, que consiste en ver la salud humana, animal y de los ecosistemas como fenómenos interrelacionados.

​ La cachetada del covid no tuvo un resultado transformador, como con ingenuidad algunas personas supusieron. Sí hubo, en cambio, cierto impulso mayor por entender las causas y consecuencias de la actuación humana que nos ha traído al actual estado del planeta. Esta colección es un ejemplo de ello. Por la fecha del pie de imprenta del primer título, que coincide exactamente con aquella en que fue decretado el fin de la pandemia en México (9 de mayo de 2023), y por algunos enunciados en su Presentación, se puede inferir que fue durante el crecimiento de la pandemia de covid-19 cuando se gestó la colección, la cual “responde a la necesidad de promover la comprensión de la salud como un problema no sólo humano, sino que involucra el bienestar del planeta y nuestra relación con los organismos que lo habitan”. Viendo la cercanía de las fechas, uno no puede dejar de preguntarse por qué los humanos dependemos tanto del sufrimiento para empezar a actuar. ​ El esfuerzo de la ecología por comprender nuestro planeta ha derivado en afirmaciones para nada comunes en el ámbito científico (y pasmosamente lúcidas, desde mi punto de vista). En el primer libro, La salud y sus ecos. Una aproximación ecosistémica a la salud humana, Javier Crúz Mena, en coincidencia con lo especulado por algunas corrientes filosóficas de la India, como el advaita vedānta, el budismo o el tantrismo de Cachemira, sostiene que no existe el individuo. Estas corrientes justifican su afirmación con especulaciones hondísimas; en este libro, con datos científicos sólidos, el autor dice tajantemente que, a pesar de que la sociedad, la ley y la biología lo digan, no hay individuos, sino “integrantes de un ecosistema”, que no han conocido sino la coevolución. Aparecen frases similares a lo largo de la obra. Dice más adelante, por ejemplo: “No hay ‘yo’ en la biología”, “nunca hemos sido individuos”, “el individuo humano, en aislamiento, es una ilusión”. Y explica que actuamos en simbiosis desde que las formas de vida eran las células procariotas. El reconocimiento de que no existen individuos tiene consecuencias muy significativas, que van del diseño de políticas públicas hasta “cuestionamientos durísimos sobre cómo producimos, qué consumimos…, cómo vivimos”.

​ A pesar de toda nuestra evolución como especie, de todo nuestro desarrollo tecnológico, humanístico, científico y civilizatorio, los humanos no hemos dejado de ser guiados por los estímulos de dolor y placer, miedo y esperanza. Y los autores de los cinco libros no son la excepción; en ellos puede leerse cómo se asen de la esperanza para invitarnos a actuar. ​ El imprescindible segundo volumen, Virus en todas partes. Globalización y pandemias, escrito por Ana Lorena Gutiérrez Escolano y Juan Ernesto Ludert León, es impulsado antes que nada por el dolor. Este sentimiento se extendió como una nube mortífera sobre todo el planeta durante la pandemia, que abarcó, de forma oficial, desde fines de 2019 hasta mayo de 2023, momento en que la OMS declaró el fin de la emergencia de salud pública, aunque el virus sigue recorriendo el mundo. A pesar de que durante ese periodo de casi tres años y medio pudimos aprender algo sobre los virus por los medios de comunicación convencionales, este libro pasa revista a todos los enfoques: histórico y social, molecular y celular, inmunológico, epidemiológico, clínico, ecológico, evolutivo e incluso biotecnológico, en el que, de hecho, se acoge la posibilidad de “usar los virus en beneficio de la humanidad”, por ejemplo, para el control de enfermedades, para corregir defectos genéticos de algunos organismos, en vacunación, etcétera. ​ El tercer título de la colección, Biodiversidad y salud planetaria, escrito por Julia Carabias Lillo e Irene Pisanty Baruch, se acerca en varios aspectos al primero. En este caso, por el cuidadoso ritmo que las autoras le impusieron, se reconoce de inmediato su sensibilidad para identificar el estado del mundo y, por tanto, la urgencia de actuar. El primer capítulo está cargado de una saudade mundial: “Así era nuestro planeta y en esto lo convertimos”. ¿Podremos alguna vez recuperar ese planeta? ¿Será que aquella edad dorada que alababa ya Hesíodo sí existió, y que se refería a aquellos tiempos en que no estaba mutilado el mundo por la acción humana? Las autoras reafirman un hecho contundente: “estamos en la sexta extinción y la está causando nuestra especie”. ​ Justicia socioambiental. Diálogos para transformar un mundo desigual, el cuarto volumen, escrito por Fernanda Figueroa y Elena Lazos Chavero, describe varios casos en los que, en el entorno de los bienes naturales, el activismo social actúa frente a la ambición de unos y la vulnerabilidad de otros, aproximación bastante diferente respecto a los anteriores libros. Y no obstante el tan disímil punto de vista, en consonancia con los otros títulos, reconoce que “no podemos separar procesos que en realidad están íntimamente interconectados”, así como que “el ser humano es indisociable de esta red de vida, aun cuando en el entorno cultural dominante, urbanizado y occidentalizado, se separe constantemente lo humano y lo social del resto de la vida, de lo que se considera como ‘natural’”.

​ Era necesario un libro de este tipo en la colección. El activismo que describe, llamado social, tiene un papel muy importante para que no nos quedemos sentados en el sofá de las ideas —aunque, para ser justos, todos los libros de la colección nos invitan a actuar—. Sin embargo, hay que identificar sus dimensiones, pues con alguna frecuencia este tipo de activismo implica atender apenas lo inmediato, olvidando que los mismos problemas con diferentes actores seguirán entre nosotros; problemas casi siempre relacionados con la acumulación de dinero, que nos hace difícil ver más allá de nuestra breve e inmediata tribu: la familia, los amigos, los colegas, los socios económicos. Con todo ello, conocer casos puntuales de injusticia ambiental nos permitirá, acaso, intuir el tamaño de la viscosa maleza del egoísmo humano.

​ La primera palabra del título del más reciente de los cinco libros, Integridad ecosistémica. El tejido de la vida y la salud de Miguel Equihua Zamora, Octavio Pérez Maquedo y Ana Equihua Benítez, redondea lo que los anteriores han venido señalando con tanto tino: se requiere comprensión e integridad —en sus varias acepciones— y no meramente un análisis de la vida de la que formamos parte y que nos rodea. Así, nos ofrece una revisión de la historia del universo, la formación de la Tierra, la aparición de la vida en general, de nuestros antepasados y el desarrollo de nuestra especie. Este plácido paseo desde la Gran Explosión hasta nuestros días tiene como fin cimentar la evidencia de que sólo somos en conjunto, en coevolución; que, como decía el primer libro: no existe el individuo. ​ Estos cinco libros me hicieron pensar que aquellas palabras de Víctor Hugo en Los miserables nunca fueron meras “imaginerías románticas”:

En efecto, no hay nada pequeño; quienquiera que haya experimentado las profundas influencias de la naturaleza lo sabe. Aunque la filosofía no logre ninguna satisfacción absoluta ni en la tarea de circunscribir la causa ni en la de limitar el efecto, el observador cae en un éxtasis sin fin ante todas estas descomposiciones de fuerzas que culminan todas en la unidad. Todo contribuye al todo […] ¿Quién conoce los flujos y reflujos recíprocos entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, las repercusiones de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación? Una cresa es importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo es un equilibrio de la necesidad; aterradora visión para el espíritu.1

Imagen de portada: Detalle de portada Javier Crúz Mena, La salud y sus ecos. Una aproximación ecosistémica a la salud humana, Dirección General de Divulgación de la Ciencia, 2023.

  1. Víctor Hugo, Los miserables, Andrés Ruiz Merino y Elena Sandoval (trads.), Edhasa, Barcelona, 2013.