dossier Gatos ABR.2026

Gabriel Bernal Granados

La memoria inefable de su cuerpo. “El gato” de Juan García Ponce

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Mi encuentro con la generación de Juan García Ponce (1932-2003) y Salvador Elizondo (escritores nacidos en o alrededor de 1932) probablemente se produjo a través de la revelación que supusieron todavía para mí, y para muchos de los que nacimos en la década de los setenta, la obra y la persona de Octavio Paz. Es odioso tener que reconocerlo —tener que recurrir casi siempre a él como puerta de acceso a la literatura de nuestro tiempo—, pero así fue: yendo en busca de Paz, era natural que un muchacho de quince o dieciséis años diera tarde o temprano con las páginas de Vuelta, entonces todavía en circulación, y en seguida a las de Plural. Elizondo y García Ponce, entre otros, habían formado parte de la redacción de Plural y, después de su cierre, habían figurado constantemente en los índices de la primera época de Vuelta. ​ Sin embargo, ambos escritores, a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando yo comencé a interesarme en ellos, estaban revestidos de un aura fantasmática. Los años más intensos y combativos habían quedado atrás y ambos, por razones distintas, experimentaban un aislamiento relativo. Después de la publicación de su novela Elsinore (1988), Elizondo comenzó a vivir una suerte de exilio interior en su casa de Tata Vasco, en el barrio de Santa Catarina. Todos los días, a las doce, como si se tratara de una cita a la que acudiera puntualmente, se presentaba vestido de manera casual e impecable en la veranda de su casa, ocupaba su equipal de siempre y gustaba de contemplar su jardín y acompañar esta actividad espiritual con algunos vasos de güisqui. A las cinco de la tarde se retiraba a su cuarto y se metía a su cama, una muy similar, me dijo una vez, a la que aparece en el famoso cuadro de Van Gogh El dormitorio en Arlés; y estando allí, pasaba la tarde y parte de la noche escribiendo en su cuaderno, rodeado de los bártulos imprescindibles (tarritos y pinceles) para ensayarse, en esas mismas páginas gruesas de papel blanco, en las acuarelas que parecían darle continuidad y sentido a su caligrafía.

Frente a su máquina de escribir, 1968. Fotografía de Héctor García. Todas las imágenes son cortesía del Archivo Juan García Ponce a través de Mercedes García de Oteyza.

En su estudio, 1968.

​ La leyenda de García Ponce era algo distinta. Después de haber desplegado una intensa actividad como escritor y figura intelectual emergente (como dramaturgo primero y después como cuentista, novelista, ensayista, crítico de arte, guionista de cine e incluso actor en sus propias películas y en las de sus amigos), su estrella se fue apagando poco a poco debido al avance fatídico de la esclerosis múltiple diagnosticada en 1965. Escribo de memoria. Busco en vano en sus páginas autobiográficas el relato que hace él mismo del momento en que le fue comunicada la gravedad de su condición y pensó en suicidarse. Recuerdo que fue una noche, saliendo del consultorio del médico. Se subió a su Volkswagen y, en vez de irse a su casa, se dirigió a un mirador de la carretera que va de la Ciudad de México a Cuernavaca. Allí, con la marcha del motor apagada, se preguntó qué era lo mejor que podía hacer con su vida; lo más asombroso del relato fue que se inclinó por la curiosidad: quiso saber qué sucedería si tomaba la decisión de seguir viviendo —como si la vida fuera una narración que al protagonista no le correspondiera dejar trunca. ​ Cuando empecé a leerlos, me sedujo más la prosa de Elizondo que la de García Ponce. Había una tensión intelectual y un inacabamiento en los escritos del primero que no encontraba en las tramas sencillas, casi transparentes, de los cuentos del segundo. En esa época, no me emocionaba. Es más, sentía que había un antes y un después en su narrativa, notorio a partir del momento en que había empezado a dictar sus libros. Tener que dictar suponía un distanciamiento casi corporal con la escritura. Este fenómeno no era nuevo en la historia de las letras hispanoamericanas: se encuentra en Borges a partir del año 55, cuando se queda ciego y empieza a dictar sus libros. Esa relación del cuerpo con la materia de lo escrito, a la que se refería Elizondo cuando hablaba de su proceso creativo (escribir a mano en un cuaderno y después pasarlo en limpio en una máquina de escribir, suponiendo, en ese tránsito, el ingreso de un número de adiciones y correcciones que sólo el autor podía realizar); esa relación, con el dictado, se esfumaba hasta volverse algo inaprehensible o distante. ​ Ahora que han pasado más de treinta años, y que ambos están muertos, mi percepción ha cambiado. Ahora puedo apreciar el valor de esa transparencia, que no tiene que ver con la sencillez sino con la precisión con la que se organiza el recuerdo. En sus mejores narraciones, García Ponce reconstruye recuerdos, emociones que se alojan en un rincón de su alma vieja, de su alma honda y penetrante. Porque, a pesar de que escriba de los amores de una joven pareja, lo que hace en realidad es reconstruir una emoción, algo que en un momento dado vulneró su sensibilidad y se quedó ahí, en un rincón o una grieta de su memoria, en espera de ser contado.

Frente a la ventana, 1967. Fotografía de Miguel Cervantes.

Roger von Gunten, ilustración para el cuento “El gato”, Revista de Bellas Artes, núm. 17, 1967.

​ “El gato”, que se publicó por primera vez como parte de un libro en Encuentros (1972),1 relaciona de manera directa la narrativa de García Ponce con el magisterio. A lo largo de su obra, no creo que haya escrito nada mejor que “El gato”, “La plaza” o “La gaviota”, es decir, las tres piezas narrativas que conforman el índice de Encuentros. No hay nada en su obra más sutil, más penetrante ni más equidistante entre las intenciones manifiestas de su autor y la obra resultante: desentrañar la razón de ser de una nostalgia. La trama de “El gato” es muy sencilla: una joven pareja comparte un departamento en un edificio en una ciudad latinoamericana. Un día, el joven D se encuentra con un gato en los pasillos del lugar. El felino no parece haber escogido al edificio sino el edificio a él, como si el inmueble, o su arquitectura, mejor dicho, fuese uno de los protagonistas secretos del relato. Mientras esto sucede, mientras el joven contempla por primera vez la luz reflejarse en las pupilas alargadas del animalito, la joven amante espera en el departamento, recostada en el sueño profundo de su desnudez. ​ La mañana de un domingo cualquiera, D se decide a llegar a su departamento con el gato, que ha recogido en el pasillo con el solo afán de sorprender a su amiga (estamos en los años de la revolución sexual, cuando a las jóvenes parejas no las ataba ninguna suerte de compromiso). Sin embargo, aunque nota la presencia del gato, la muchacha no se inmuta: sigue recostada sin apenas abrir los ojos y permite que el animalito se acurruque encima de su cuerpo desnudo, como una sombra que estuviese recalcando con su presencia la trayectoria de la luz. Parece establecerse una relación directa entre el gato, la arquitectura y la incidencia de la luz en ese momento preciso de la mañana en que el muchacho ha salido a comprar los periódicos, antes de encontrarse con el gato y decidir llevarlo a su vivienda con el propósito de agradar a su amante. ​ Un domingo igual al anterior, D vuelve a encontrarse con el gato y lo carga en sus brazos para llevarlo a la habitación donde lo espera su compañera:

Al entrar a la habitación vio que su amiga había vuelto a dormirse extendida por completo sobre la cama, con las piernas juntas y un brazo sobre los ojos para protegerse de la luz que entraba libremente por las ventanas. En su cuerpo no había ningún signo de espera. Estaba allí simplemente, sobre la cama, bella y abierta, como una esbelta e indiferente figura que no guardase ningún secreto para sí y sin embargo tampoco ignorara en ningún momento el juego silencioso de sus miembros y el peso del cuerpo que formaban su propia realidad […].

​ García Ponce no sólo parece reconstruir con precisión los recuerdos, sino que recrea cada una de las escenas que componen su relato con un esmero inusual o, más bien, obsesivo, como si fuera un Caravaggio que necesitara de esa manifestación volumétrica de la realidad para producir sus ficciones sobre la página o el lienzo. Esa fijación enfermiza con la que el autor yucateco reproduce los énfasis de lo real lo convierte en un narrador demorado en la manera en que la luz esculpe la densidad de los cuerpos y la forma en que esta densidad interactúa con una serie de datos verificables que niegan la posibilidad del azar: el mobiliario, el ángulo desde donde D observa el cuerpo de su amante y el gato en sí mismo, que constituye, en el fondo, el único elemento imponderable en el desarrollo de este relato, ya que no está sujeto al control que el artista (el escritor) ejerce sobre el diseño de la escena.

José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Carlos Valdéz y Juan Vicente Melo en las oficinas de Difusión Cultural UNAM, ca. 1957-1968

​ De esta necesidad de recrear con exactitud los recuerdos procede la extensión de la línea, o del periodo, en el párrafo que acabo de citar, como si la escena descrita tuviera que ser idéntica a la escena que García Ponce había atendido originalmente en su memoria, justo de la misma forma en que D contempla la figura del gato acurrucándose en el cuerpo desnudo de su amante en un departamento en un lugar indeterminado que pudo ser la Ciudad de México a principios de años setenta. “El gato se había quedado en la cama” —escribe— “y cuando ella se extendía indolentemente sobre las sábanas, sin cubrirse, como lo hacía todos los domingos para que el sol tocara su cuerpo junto con el aire que entraba por la ventana abierta y la mirada de D pareciera sumarse a la de los muebles.” La longitud de la oración en García Ponce viene de la necesidad de recrear milimétricamente una realidad soñada, pero también de lecturas en las que se encontraba inmerso por entonces. Escritores de lengua alemana, principalmente: Mann, Musil, Von Doderer; es decir, escritores de una lengua que se adapta mejor que el español a esos periodos interminables y neutros, donde la revelación se produce por el contacto de los sentidos, y el cuerpo entero, con el fenómeno de la transparencia. ​ “El gato” representa uno de los momentos culminantes en la narrativa de García Ponce. Nada sucede más allá de la nostalgia que se produce en el ánimo del lector cuando termina de pasar las páginas de este cuento impecable, como ocurre con ciertos momentos de nuestra vida que no parecen dejar mayor huella en nuestros recuerdos y, sin embargo, sentimos que el misterio ha pasado justo delante de nosotros, eludiendo los cerrojos de nuestra inteligencia y alojándose, en calidad de remembranza o sedimento, en la memoria inefable de nuestro propio cuerpo.

Imagen de portada: Juan García Ponce, El gato, SEP/FCE, México 1984.

  1. Juan García Ponce, Encuentros, FCE, Distrito Federal, 1972.