Tres ideas sobre Fetiches ordinarios de Luigi Amara
Leer pdfHay cosas entre ellas vivimos ‘y verlas es conocernos a nosotros mismos’. GEORGE OPPEN
Entremos en materia. Desde el título de este libro, Fetiches ordinarios, Luigi Amara exhibe eficazmente su vena ensayística: une, como al desgaire, como quien no quiere la cosa, un sustantivo y un adjetivo aparentemente contradictorios en una frase que despierta interés, incluso quizá cierta inquietud. Por un lado, está el adjetivo “ordinario”, de ordo, orden, lo que ocupa un determinado lugar en una particular disposición de cosas (lo común, sí, pero también lo que está en armonía, lo que no desentona, lo que ocupa su lugar; podríamos decir, lo que no incomoda, lo que no disiente; lo no distinto, eso que no es lo otro). Y antes tenemos “fetiche”, voz que viene del francés fétiche, que a su vez deriva del italiano feticcio, que se origina en el portugués feitiço (esto es, hechizo: encantamiento, sortilegio, etcétera; de alguna forma, señala o alude tenazmente a la otredad, a aquello que existe, diríase, en otra parcela de la realidad a la que, con mayor o menor frecuencia, o por lo menos alguna vez, todos nos asomamos). Pero ¿por qué “eficazmente”? Porque considero que en la frase que da título al libro, si bien formada por palabras que se oponen, veremos que también se complementan: lo ordinario abre paso a la cauda resplandeciente del fetiche, palabreja imantada que nos transporta casi siempre a las riberas de la obsesión con lo sexual; y ante la candela de lo erótico, somos polillas obnubiladas. De otro modo: el fetiche y su poder de encantamiento, al pertenecer al plano de lo ordinario, se humillan ante el peso de lo eminentemente cotidiano; se vuelve hechizo común y corriente, pero hechizo al fin: maravilla de la vida diaria. Eficacia: un par de términos que machimbran a la perfección y componen una frase magnética. ¿Eficacia ensayística quise decir? Claro. Hay desde el título una propuesta que pretende reacomodar ese par de términos en busca de un filón no visto, pues, ¿qué hace el ensayista si no tantear en la oscuridad de lo trillado antes de arrojarse al vacío de lo incierto, como quería G. K. Chesterton? Los 48 textos que integran el presente volumen, y que dieron forma a la columna homónima que Amara sostuvo en el periódico La Razón, tienen en común el impulso del autor por asediar aquellos objetos que componen una suerte de escafandra que protege al Homo sapiens (criatura blandengue y menesterosa, necesitada de muletas, prótesis y toda suerte de ortopedia psíquica y corporal) a la hora de bucear en el hosco mar de la realidad. El ser humano se le figura a nuestro autor como un tipo de tímido crustáceo agazapado en la coraza de sus certidumbres; escafandra, sí, pero algo más: una tram(p)a que posibilita su sensatez ante lo amenazante de la intemperie y el azar, pero que, no pocas veces, también lo esclaviza, lo amodorra entre las sedosas almohadillas de lo inocuo. Georg Lukács sostiene que uno de los rasgos más relevantes de la escritura ensayística es que trata sobre objetos culturalmente preformados. ¿Y qué son estas casi cinco decenas de fetiches ordinarios abordados por Amara si no utensilios achatados por la mano culturizada y culturizante del hombre, herramientas que se pierden de vista por su obviedad? Al reconocerlos como entes ordinarios, nuestro autor coloca a sus objetos de estudio en el cajón de lo asimilado; al destacar su calidad de fetiche, los muda hacia el altar de lo realmaravilloso. Pero la mudanza realizada no tiene como fin la postración de la inteligencia ante el encanto, más bien es una jugada iconoclasta: si bien el objeto (la herramienta, el apéndice, la prótesis, el bastón) ha sido borrado por el poseedor sólo para incorporarlo a su ser más íntimo, de tal forma que se diría que abandona su entidad física para asimilarse metafísicamente a su dueño, el siguiente paso propuesto por Amara es, si no acabar con su dependencia, por lo menos hacerla consciente mediante la puesta en entredicho de lo que el objeto tiene de fetiche: hay que soltarlo como presa entre el bosque de las dudas y lanzar los lebreles inquisidores tras ella.
No es a partir de esta colección que nuestro autor traspasa los umbrales de la prosa de ideas y deviene ensayista eficaz. Existen por lo menos cinco títulos previos que ya daban testimonio de ese tránsito. Y hay, claro está (como en todo escritor que tiene una voz propia marcada por obsesiones particulares), hilos que comunican su producción anterior con el libro que comentamos. Podemos hallar temas que se retoman, se revisitan, se reinterrogan puesto que, como dice Amara, no se agotan ni se empequeñecen, sino que surgen nuevas luces para enfocarlos: “en realidad no hay un asunto menor para el observador curioso, y es difícil dar cualquier tema por agotado cuando quien lo interroga se deja llevar por el vuelo de las asociaciones”.1 Así, no nos detenemos en sus vasos comunicantes, puesto que ya lo han hecho antes. Mejor, preferimos resaltar, por ejemplo, el acerado stilo de Amara, estupenda herramienta que le facilita grabar su discurso en la tableta cerosa de la memoria del lector; y digo en la memoria porque la escritura de Luigi se encuentra perlada: frases contundentes de raigambre aforística que atesoramos y seguimos rumiando después, como joya que el recuerdo trata de pulir. Aquí una muestra:
“No importa el tamaño de la maceta, alberga la promesa de un jardín.”
“Al fin y al cabo una red, la hamaca no esconde su condición de trampa.”
“¡La silla nos convierte en una criatura fantástica de la mitología oficinesca!”
“El pozo, como un espejo, ha sido un lugar en el que se refleja la verdad.”2
Vivian Abenshushan afirma que “el buen ensayista convence, aunque sea por un momento, no por la veracidad de sus argumentos, sino por la agudeza de sus frases, la originalidad de sus hallazgos, el inquietante oleaje aforístico o la malicia de sus paradojas”. Si bien en el caso de nuestro autor la veracidad de sus argumentos la avala la realidad (sobre todo en aquellos textos que cuentan con una honda crítica hacia nuestro presente), por lo demás, me parece que las palabras de la autora de Una habitación desordenada casan a la perfección con el trabajo de Amara, una voluntad de estilo que responde a la escritura criptorracional de la que habla Max Bense3, una propuesta que esconde la tendencia en pro de la creación.
Que el ensayo fructifica mejor en épocas de crisis ya se ha dicho suficiente. La inteligencia necesita esas espuelas para encabritar sus corceles. Y es que también es sabido que la reflexión se desarrolla mejor en conflicto, incluso que la filosofía no busca la respuesta en sí, sino la problematización del estado de confort. Pero no porque ya se haya dicho suficiente y porque sea sabido, deja de ser cierto. Hay pensadores que desde su propio estilo (desde su propio nicho, nido, trinchera) comienzan a abonar a la deuda más grande que tiene el ser humano (y no, no es la económica, ésa sería acaso la segunda): la de la consciencia. Con sus ideas (a veces con su activismo), con sus métodos, con sus recursos personales, los pensadores colocan frente a la comunidad quizá pequeños, pero significativos cálculos, pulidos guijarros para derribar al Goliat del Sentido Común: eso que Se dice, Se piensa, Se acostumbra, Se asimila… Proponen visiones nuevas para viejos o recientes problemas, para dilemas que no se han visibilizado lo suficiente o que, de tan arraigados, no se han ni siquiera puesto en crisis, y con ello, al sembrar la, como se dice, semilla de la duda, quieren contribuir a dibujar un horizonte de futuro menos escabroso. A mi juicio, quizá el mayor interés del volumen recae sobre su oportuna crítica hacia asuntos insoslayables (pero, paradójicamente, ultrasoslayados): los tratamientos a los que sometemos los desechos que generamos, la trampa mortal en que hemos convertido el medio ambiente, el despilfarro escandaloso de los recursos naturales, el peso de la virtualidad y sus fantasmagorías como borrador de la realidad que estamos destruyendo, etcétera; y me atrevo a decir que Amara elige una ruta eficaz: hacer visible lo invisibilizado a través del microscopio del ensayo, apostar por hacer flotar lo hundido en la apatía a través de las “aladas palabras” de la creación empujada por la tendencia, hurgar con las manos hábiles de la idea en lo profundo del corazón del hombre pues, como dice Amara, “… para escarbar en esa realidad humana, demasiado humana [quizá] sea necesario un ejercicio de extrañamiento, un paso al margen que permita, frente a aquello que se encuentra delante de nuestras narices, ver más”.4
Luigi Amara, Fetiches ordinarios, Penguin Random House, México, 2025.
Imagen de portada: August Cappelen, Una maceta con helechos, ca. 1845-1852. Nasjonalmuseet, Oslo ©.
Luigi Amara, Fetiches ordinarios, pp. 183-184. ↩
Ibid., pp. 28, 147, 163, 201. ↩
Max Bense (1910-1990) es considerado por los estudiosos, junto con Georg Lukács y Theodor W. Adorno, uno de los pensadores más importantes en torno al ensayo en las primeras décadas del siglo XX. Su artículo “Sobre el ensayo y su prosa” ha sido fundamental para pensar el género desde la teoría. Uno de los conceptos que ofrece Bense es el de la “criptorracionalidad”, con el que hace referencia a la “costumbre” de la escritura ensayística de “esconder” su racionalidad, esto es, su tendencia, con el fin de permitir que la creación dote de forma al ensayo. ↩
L. Amara, op. cit., p. 15 ↩