dossier Gatos ABR.2026

Alejandra Costamagna

Hombrecitos

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Está viva de pura casualidad. Se ha tragado un clip y ahora arquea el lomo, se menea y frota la cabeza contra el sillón. Tania y Boris piensan, cada uno a su manera, que esto es un milagro. Lo que ninguno de los dos ve, sin embargo, es la manchita granate dibujada sobre el cojín.

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A Tania se le ocurre que habla entre dientes, la gata. Que es una guagua. Pero la verdad es que la gata maúlla con vozarrón auténticamente felino y hace equilibrio en los tejados y se deja montar por todos los gatos en celo y, haciendo un pequeño estudio de campo, se podría concluir que es la preferida del circuito.

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Boris acaba de cumplir los treinta y ocho años, y ya casi no tiene pelo: apenas unos garabatos grises sobre el cráneo. Hace cinco años, conoció a Tania, todavía era un hombre joven.

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Se ha tragado un clip y después lo ha vomitado. Tania ha recogido el clip del fluido desembuchado por la gata, lo ha lavado y ha susurrado gracias, Dios mío, a pesar de que ni ella ni Boris son creyentes. Pero Dios igualmente no ha escuchado: lo que era un hilito se ha convertido ahora en burbujas de sangre que brotan por el hocico del animal. Tania ve el cojín con manchas rojizas y lanza un grito que parece una cachetada.

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​ —¡Perica!

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Boris trata de calmarla y no sabe a qué palabras recurrir. Se le enredan las frases probables. ¿Todo va a estar bien? ¿No pasa nada, corazón? ¿Lo siento? Pero él no puede sentirlo, corazón, porque lo que ahora pasa es tan sospechoso. La mujer, su mujer, busca con evidente nerviosismo un número en su teléfono celular. Y de golpe: “Aló, sí, millón de gracias, doctor”. No quiere pensarlo, pero la imagen brota. Es una escena distorsionada, como todas las que navegan en la corriente interna del hombre. Boris cree ver centenares de amantes en la piel de Tania. Sueña con ellos. Los huele, los adivina en la manera en que ella se mira al espejo. Cada mañana, desde hace mil setecientos, mil ochocientos días, despierta con una escena jugosa en la punta de la lengua. Pero no puede probar sus sospechas. Lo único que prueba por estos días es el cóctel de narcóticos que, lejos de hacerlo dormir, invaden su cabeza de hombrecitos montados sobre su mujer; la misma mujer que ahora mete a la gata en una jaula y camina con dificultad hacia la puerta, como si cargara una maleta muy pesada.

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​ —¿A dónde van? —se anima a preguntar. ​ —Al veterinario. ​ —¿A cuál? ​ —Al de siempre, Boris —responde Tania, con un pie ya fuera de la casa.

Amanda Mijangos, Laberinto, 2026.

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Lo que sigue son cuatro segundos de silencio mortal. Boris apostaría su cabeza a que su mujer y el veterinario; a que su mujer… Tania ha puesto el clip de adrede en el platito de la gata para enfermarla y tener una excusa creíble —urgente— a la hora de juntarse con el hombre. Con el hombre de su lista infinita. Al de siempre, Boris, dónde más. Como si fuera uno solo, piensa Boris, y yo un tarado. Como si no pudiera ver que hoy es domingo, que hace un frío de morirse y las salas de las clínicas veterinarias están vacías, millón de gracias, doctor.

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​ —¿Y a este lo atiendes gratis también? —escupe Boris. ​ —¿Qué?

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Silencio y acción. Ahora Perica, Tania y Boris van mudos al servicio de urgencia de la clínica veterinaria que sí abre los domingos, que dispone de salas adecuadas para la atención de cualquier animal doméstico. Tania maneja y le importan un bledo las imperfecciones del pavimento y los lomos de toro que hacen saltar al resto de la comitiva. Cuando los semáforos dan rojo vigila que la gata esté en su lugar. Ni me mira, calcula Boris, no existo.

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El veterinario pregunta cómo se comió el clip. Pero no expresa mayor curiosidad en la interrogación. Como si fuera muy normal que los gatos se tragaran artículos de escritorio. ¿Cómo se lo comió? Es una historia larga, se limita a contestar Tania. Boris advierte que el tono de la respuesta encierra algo, bastante más que una larga historia. Subió al escritorio cuando no había nadie y se lo tragó: eso es lo que debería responder, piensa Boris. Pero en cambio su mujer dice: Periquiña es impredecible, usted ya sabe. ¿Periquiña es la contraseña para hablar de lo suyo? ¿Qué es lo que el doctor ya sabe? A Boris le parece que el diálogo es el preámbulo de algo. Y trata de calmarse pero las visiones fluyen más rápido que su voluntad y mira a la mujer y a la gata y al hombre y su cabeza es un volcán y entonces se pregunta —pero no es él sino la misma lava del volcán quien pregunta— de qué materia está hecha esta mujer, de qué materia maligna está hecha su mujer.

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El veterinario recita su parlamento. Recomienda que la gata permanezca en reposo, con cuidados extremos. Ojalá adentro de la jaula, sin comida ni líquidos por cuarenta y ocho horas. El clip le ha causado heridas en la zona alta del estómago, explica, por eso sigue sangrando. Pero todo va a estar bien, Tania, usted tranquila.

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En el camino de vuelta a la casa no hablan. Es obvio, supone Boris, que Taniaustedtranquila está pensando en cómo hacerlo para la próxima. ¿Con él o mejor con el tipo que ahora se cruza por la avenida y al que cede el paso donde no hay senda peatonal y frena el auto y le sonríe y poco menos que le aplaude? Boris no quiere soltar lo que su boca está a punto de soltar: ¿por qué no te bajas y se la chupas al peatón, directamente? Pero Tania vuelve a la marcha como si nada. Toma el volante con una mano y con la otra saca una bolsita de su cartera. Maní. ¿Quieres?, le ofrece. Me está diciendo que soy un mono, piensa Boris con la bolsa de maní frente a sus ojos, eso me está diciendo. La gata emite un maullido tenue, el soplido de un viento neutral. No, gracias. Pero al minuto siguiente agarra un puñado de maní y se pone a pelarlos y a tirar las cáscaras donde caigan, en el asiento, sobre la jaula de la gata, en el suelo. Los pela por pelar; no para comerlos. Tania hace como si todo estuviera perfecto: un paseo dominical en familia. Tranquilo, monito, tranquilo.

Amanda Mijangos, El viaje, 2026.

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Esa noche Boris no sueña, no duerme. Las plegarias de los gatos en celo, allá afuera, suprimen sus escasas posibilidades de descanso. A eso de las seis de la madrugada siente un ruido que viene de la cocina. Se levanta. Perica ha abierto la jaula y ahora arquea el lomo y maúlla, como siempre. Como si todo —el clip, las manchas del cojín, el diagnóstico del doctor— hubiera sido un montaje impecable de su dueña. Pero al minuto siguiente abre desmesuradamente unos ojos negros, acuosos, que Boris interpreta como un insulto. Lo que de verdad pasa, sin embargo, es que la gata convaleciente ha dado vuelta al basurero, ha comido hasta el hartazgo y ahora su estómago es una bomba de tiempo. Maúlla, pero si pudiera hablar gritaría.

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Tania se levanta a las siete y media y se encuentra con el panorama. La mesa puesta, lista para el desayuno que nadie ha preparado. Boris sentado en la cabecera, con la vista fija en la ventana. Y la gata en el alféizar, tosiendo bolitas de sangre. No está bien, dice Boris corroborando lo que cualquiera podría ver. Bah, qué más va a decir. Que es un gato nomás, que agradezca que no es su amante. Pero sólo puede llenar el aire con sonidos neutros. Hasta que de un minuto a otro lo consigue: por calientes les pasan estas cosas, dice… Y va a seguir pero ella lo hace callar. ¡No hables!, le exige. ¿Crees que soy un tarado?, balbucea Boris. No hables, repite ella. ¿Qué te pasa, preciosa?, se sobreactúa, se desubica el hombre. ¿Que qué me pasa?, suspira Tania con los ojos tan descomunales, tan negros como los de Perica. ¿Sabes lo que me pasa? Y entonces apoya su brazo derecho sobre la mesa, cruza la superficie horizontal de un lado a otro con el brazo extendido y lo desplaza con suavidad, sin ningún apuro y sin dejar de mirar a Boris a los ojos, hasta el borde opuesto de la mesa, arrasando a su paso con todos los objetos —dos tazas, dos platos de pan, una panera vacía, un pote de mermelada, pelitos sueltos de la gata, una caja de leche descremada— que caen al suelo con el ímpetu de una erupción. Esto es lo que me pasa, remata. Y como en un acto milagroso, desaparece de su vista.

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Boris está hundido en la silla del comedor; un enjambre de suposiciones aplastándolo. Se diría que es menos que un hombre. Mucho, muchísimo menos que un animal doméstico. Desde su rincón puede ver a Tania, que ahora ha vuelto a la cocina y mete a la gata en su jaula y ya no es ninguna guagua, la gata, ni una maleta, la jaula; porque la maleta verdadera va al lado suyo y es una maleta que le pesa, comprende Boris, que la arquea y le hace mover el lomo como si buscara un equilibrio exclusivo. Parada la cola, afiladas las uñas, lista para emerger a la superficie.

Este relato fue publicado originalmente en Animales domésticos, Mondadori, Chile, 2011, y se reproduce con permiso de su autora.

Imagen de portada: Amanda Mijangos, El espejo. Todas las ilustraciones son de la artista a partir de este texto, 2026